martes, 19 de julio de 2016

El perro de la casa grande

Perro en la ventana

El 18 de julio de este verano se han cumplido 80 años del golpe de Estado contra la II República, que dio lugar a una guerra atroz. En la provincia de Burgos el golpe triunfó desde los primeros momentos y la represión fue brutal. Los fascistas purgaron los pueblos de la provincia para no dejar ni rastro de republicanos. 
Desde el principio acudieron en su ayuda tropas nazis. En muchos de los pueblos del norte de Burgos las casas de los republicanos depurados, desaparecidos, asesinados, fueron ocupadas por soldados nazis, como sucedió en la comarca de las Merindades en la localidad de Gayangos. 
Es una historia que se conoce poco. Yo he tenido noticias gracias a la memoria de Esperanza López, que me relató la historia triste del perro guardián de su familia, que murió de pena al ver como los soldados invasores ocupaban la casa familiar y él no podía hacer nada. 
Fabulando, y tomando como percha la leyenda del perro de la familia de Esperanza, he construido esta historia -que pego a continuación- un poco real, un poco inventada. Quiero que sirva de homenaje a todas esas personas que han resistido sin olvidar y que nos relatan lo sucedido. También a los perro, a los gatos, a los burros o los caballos, a cualquier bicho viviente que resiste y no se doblega ante los invasores. Y por supuesto quiero dedicársela a quienes han cogido el testigo y siguen indagando para saber qué sucedió en nuestra guerra, en nuestra larga postguerra y durante la dictadura franquista. Es algo necesario si queremos ser capaces de entender mejor nuestro presente. El 18 de julio debería aparecer teñido de luto en el calendario español, para recordarnos el día de la infamia, algo que no debe volver a producirse. Para ello es necesario juzgar el franquismo. Este país dará un paso histórico hacia una democracia sin lastres cuando lo haga. Mientras espero, continuaré escribiendo, rescatando historias, fabulando, relatando...
Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.radicaleslibres.es en su sección Open Kultur: http://radicaleslibres.es/perro-la-casa-grande/ 

El perro de la casa grande
Las botas negras de los soldados estaban relucientes. Brillaban tanto que en su lustre se reflejaban los ojos húmedos del perro pastor de la casa grande. Eso es lo que mejor recuerdo de aquellos días. Las botas negras y relucientes de los soldados y los ojos húmedos del perro. Me daba miedo mirar para arriba. Los soldados eran auténticos gigantes oscuros, que hablaban con tono desabrido y seco, como si con cada palabra cortaran el aire como el hacha corta el cuello de una gallina, ¡cracs!, en un idioma áspero que no entendía. Hablaban en el idioma de los invasores. Yo no quería mirarles. Solo miraba hacia el suelo. Veía sus botas y los ojos húmedos del perro reflejados en ellas. El perro de la casa grande, que se había vuelto viejo de repente.

Estaba convencida de que si les miraba directamente me ocurriría algo malo. Me convertiría en piedra, tal como sucede en los cuentos cuando una niña mira a un brujo malvado a la cara. O me podría ocurrir algo peor. Podría desaparecer para siempre. Como le había pasado a mi abuela y a mi madre, que se las habían llevado y hacía días que no se sabía nada de ellas. Y no digamos de los hombres de la familia, habíamos perdido la cuenta de los días, parecía que se los había tragado la tierra. Mi tía y yo éramos las únicas que todavía permanecíamos en la casa. Bueno, mi tía, el perro y yo.

Mi tía era una mujer fuerte, decidida. Era la hermana pequeña de mi madre. Creció de golpe durante aquellos días. A pesar de todo la recuerdo erguida, caminaba con la cabeza alta, como si no hubiera ocurrido nada. Cuando se llevaron a mi madre y a mi abuela a ella también se la llevaron. La soltaron al día siguiente, al fin y al cabo no tenía más de quince años. Eso sí, cuando apareció en la puerta de la casa con cuatro soldados -vestidos con ese uniforme negro- detrás de ella, casi no la reconozco, porque le habían arrancado el pelo a mechones y tenía la cabeza como si hubiera pillado la sarna. Pero la que se escondía dentro de esa figura destartalada era su voz, era ella. Le habían arrancado el pelo, pero no habían conseguido quebrar su voz. Tampoco sus andares altaneros. El perro pastor la reconoció antes que yo y se fue hacia ella como para protegerla, enseñando los colmillos como un lobo.

Yo solo le había visto así una vez que iba con mi padre por el campo y vimos un oso de lejos. El perro se colocó delante de nosotros, se puso tenso con el pelo del lomo erizado y sacó sus colmillos. Recuerdo que mi padre le dijo: “Vamos Rollo, deja de enseñar los dientes, ya se va el oso, buen perro, buen perro…”. Y efectivamente lo era. Era un buen perro. Grande, con el pelo oscuro, con una mezcla entre perro pastor y mastín que le daba un aspecto imponente. Mi padre le llamó Rollo, un nombre que no hacía justicia a nuestro perro, que se tenía que haber llamado Trueno o Tormenta, como quería mi madre. Pero mi padre se empeñó en ese nombre porque decía que así se llamaba el perro de Jack London, un escritor de novelas de aventuras que le gustaba mucho. A menudo nos leía párrafos de una novela que trataba la historia de un perro de trineo…cómo disfrutaba yo con esa historia. Es curioso, si cierro los ojos todavía puedo escuchar la voz de mi padre leyendo historias para mí al caer la tarde.
-“¿Dónde estás, padre?, ¿dónde?, ¿cómo es posible que todavía no hayamos podido encontrarte?”

Uno de los soldados le dio un golpe seco, con la culata de su fusil, y luego otro y otro y otro…Lo dejó tirado como un fardo y lo ató al portón de la entrada del pajar. Sobrevivió de milagro a ese primer día.Yo corrí y me senté a su lado, y le sujeté la cabeza sobre mis piernas. El soldado me gritó algo que no entendí…mientras otro tiraba de él y entraban en la casa detrás de mi tía. Los ojos de Rollo estaban abiertos y húmedos. Nunca había visto llorar a un perro. Nunca volví a ver llorar a ningún otro perro. Pero estoy segura de que Rollo lloraba. Lloraba de impotencia, para dentro, como lloran las personas que presencian una injusticia y no pueden defender a sus seres queridos, ni tampoco a sí mismas. En ese momento me pareció que Rollo era una persona metida en el cuerpo de un perro y que estaba ahí, presa, dentro de un cuerpo peludo de cuatro patas que no le correspondía. Se merecía un cuerpo de dos patas y dos manos, como el mío. Pero también recuerdo que pensé que quizás gracias a su forma de perro se había salvado, si hubiera tenido un cuerpo de persona se lo habrían llevado como a mi padre, a mis tíos, a mi madre y a mi abuela.

Desde ese día Rollo ya no fue el mismo. Caminaba con la cabeza gacha, como si arrastrara su cuerpo, vencido por una impotencia amarga, espesa y tenaz, que se pegaba a sus patas como la brea. Cuando oía las voces broncas de los soldados mandar a mi tía o a mí se le caían las orejas y los ojos se le llenaban de agua. El pelo se le volvió gris de repente. En unos pocos días Rollo había pasado de ser un perro fuerte, que no llegaba a los siete años, a convertirse en un anciano lleno de achaques. Yo podía ver con claridad como cada grito de los soldados, cada golpe que le daban a mi tía o cada empujón que me propinaban se convertía en un mal que minaba la vida del perro de la casa grande como solo puede hacerlo un terrible veneno.

Los soldados se quedaron en la casa una larga temporada. Ocuparon los mejores cuartos, los de arriba. Mi tía y yo nos convertimos en sus criadas. Yo no llegué nunca a mirar más arriba de sus rodillas. Solo veía sus botas negras. Se me quedaron tan grabadas en la memoria que setenta y cinco años después, aun me parece ver esas botas negras y relucientes pisotear con marcialidad las losas pulidas del salón de la casa grande.Y los ojos húmedos del perro reflejados en ellas.

Rollo se murió de pena. Su vida se apagó en un mes. No duró más. Los soldados se quedaron en la casa y él no pudo soportarlo. Dejó de comer y se dejó morir, se apagó despacio, como lo hacen las luciérnagas del río si se les mojan las alas.

Mi tía y yo sobrevivimos a los soldados, que volvieron a su país cuando terminó la guerra en nuestro pequeño mundo. Se llevaron sus botas y sus cruces negras. Arrasaron nuestra casa, se comieron los cerdos y las gallinas, dejaron sin leche las ubres de la vaca, que se secaron para siempre; rompieron todos los libros que había en la casa y arrancaron los retratos familiares de las paredes. Pero no pudieron con mi tía ni conmigo, que quedamos en pié para recordar, para buscar respuestas, para contar lo sucedido y conjurar el futuro. Somos viejas, pero fuertes como los juncos del río, que soportan sequías y locas tormentas y siguen ahí, inclinándose lo justo para no ser quebrados por los vientos adversos. 

Hoy, 12 de junio de 2011 hemos tenido noticias de que era posible que los cuerpos de mi madre y de mi abuela estuvieran entre los restos encontrados en la finca de los Tilos, al norte del Valle Encendido. De mi padre y de mis tíos seguimos sin pistas. Han pasado setenta y cinco años, no los olvidamos.












miércoles, 15 de junio de 2016

La hecatombe o la risa contra el miedo

Un corazón en el muro de Lennon


La risa es un bálsamo contra el miedo. Lo conjura. Es una poderosa herramienta de lucha. Miguel Hernández escribió unos versos en un lindo poema que me encantan y que me vienen a la mente cuando observo cómo las gentes que resisten, que luchan por conseguir un mundo más justo y más igualitario casi siempre lo hacen con una sonrisa en los labios:  "Tu risa me hace libre/ me pone alas/ soledades me quita/cárcel me arranca...".
Ahora en España estamos inmersos en una campaña electoral diferente. Se repiten la elecciones con una particularidad importante: hay una candidatura unitaria llamada Unidos Podemos que recoge el impulso esperanzado de todas las personas que se han hartado de que les recorten la vida, les expropien los derechos y les devalúen la existencia. Esta candidatura concurre bajo el lema "La sonrisa de un país", un hermoso lema cargado de esperanza que alude al poder de la risa que nos hace libres para oponernos a lo injusto, nos pone alas para remontar las dificultades, soledades nos quita porque luchamos unidas en pro de conseguir el bien común en torno a un conjunto de aspiraciones compartidas y cárcel nos arranca, porque son muchas las personas a las que esta democracia recortada quiere sancionar o encarcelar: Bódalo es un ejemplo, los más de trescientos sindicalistas pendientes de juicios son otro ejemplo sangrante. 
El cuento que va a continuación va de eso, de la pugna entre la risa y el miedo. Intenta ser una metáfora de lo que sucede, espero haberlo conseguido. 
La fotografía que lo acompaña la realicé en el Muro de John Lennon en Praga, una auténtica belleza artística, producida gracias a la cooperación de muchos grafiteros y grafiteras que han querido dejar allí su colorida huella.
La hecatombe
Los periódicos anunciaban una hecatombe. Repetían, como un mantra, que el mundo se terminaría el 26J si el equipo formado por la unión de los morados, los rojos, los verdes y otros colores difíciles de describir -por su mezcla imaginativa y heterogénea- conseguía alcanzar la cima. Los diarios de la mañana describían las siete plagas bíblicas, que asolaban un país del Cono Sur, para poder explicar lo que sucedería. Los de la noche, en cambio, fijaban como ejemplo los horrores descritos en el mismísimo infierno de Dante, que según ellos se había instalado en la cuna de la civilización europea, para alertar del desastre. Sin duda exageraban, pero ya se sabe que la noche todo lo oscurece.
Luego, más adelante, nos enteramos que se terminaría, no ya el mundo, sino el mundo conocido, el que había existido hasta ese momento, pero eso sería más adelante.
El caso es que por esos días las gentes caminaban temerosas por las veredas, pegadas a la pared para evitar despeñarse y sin hacer demasiado ruido, porque la amenaza de algo definitivo parecía cierta e ineludible. Nadie en su sano juicio podía escapar a una sensación de fin de temporada. Pero no el fin de temporada que da paso a las rebajas en los centros comerciales, ese que te incita a correr para no quedarte sin tu camiseta preferida. No. Era un fin de temporada mucho peor, porque los periódicos en su obsesión describían un fin de temporada total: el final, una hecatombe.
Así transcurrieron los días. Unos días marcados por incertidumbres extremas y escasos resquicios por los que una persona cualquiera pudiera escurrirse para escapar por el pasillo de la esperanza. Pero ninguna exagerada impostura puede mantenerse eternamente.
Una mañana hubo un punto de inflexión en la percepción del miedo a la hecatombe. Nadie sabe muy bien cómo se produjo, pero todo apunta a que el nivel de desesperación y temor que se infundía fue tan pronunciado, que necesariamente tuvo que comenzar a aflojar un poco. Una tensión prolongada de temor extremo o explota ya, o tiende a desinflarse.
Y eso fue lo que sucedió. El aire de ese globo de miedo comenzó a escaparse, como casi siempre, gracias a una carcajada. Fue la risa.
Fue una risa contundente, cargada de inteligencia, una risa de reflexión, ese tipo de risa que producen los hallazgos inesperados; una risa de felicidad y fuera de control, que se escapó libre, aleteó como una idea luminosa y se fue a posar sobre el papel de un dibujante que deliraba rematando el boceto que tenía que entregar para el periódico de la mañana. Ese tipo de risa fue la que torció el curso de los acontecimientos, porque se propagó como un virus eficaz e incontrolado por el cuerpo social sin contención alguna. La risa es un bálsamo contra el miedo, es un abanico lleno de colores que airea los malos pronósticos y termina por diluirlos en un mar de relatividad. Cuando se pronostica el miedo absoluto se suele terminar en otra parte.
El viñetista se atrevió a conjurar el miedo a la hecatombe componiendo su propia interpretación descabellada del escenario que describiera Dante. Y es que la realidad es muy rica, y lo que para unos son demonios con el pelo de colores, para otros son solo personas que comienzan a cuestionar lo que se ofrece.
Aquella risa descontrolada fue una luz cegadora, un disparo de nieve -como pronosticara un tal Silvio- en una noche oscura. Iluminó algunas mentes que comenzaron a reír, primero con cierta timidez y hasta disimulo, pero después los rostros, las bocas, los pechos, las cinturas, las caderas, las manos y los pies de miles, de millones de seres se fueron contagiando de una alegría tal que iba a romper todos los pronósticos.
Efectivamente después de aquél 26J nada iba a ser igual. Se terminó el mundo conocido y nació otro diferente, más esperanzador. Nació un mundo que oponía la dulzura de la risa al miedo. Un mundo tejido con el compromiso y la cooperación de todas esas gentes de pelos de colores que se atrevieron a trepar muy alto, hasta la cima de la montaña más elevada para poder mirar unidas lo que les rodeaba con la suficiente perspectiva. Un mundo alumbrado por gentes que se resistieron a navegar por la vida a solas, con lo justo, en embarcaciones precarias y sin seguro, como lo hacen las hormigas en una cáscara de nuez, que intentan sin éxito sortear las siempre procelosas aguas del mal menor. Nada que ver con una hecatombe.
Carmen Barrios

domingo, 1 de mayo de 2016

¡Viva la unidad y la fuerza de los trabajadores y las trabajadoras!

La cama

Las camas gritan es un relato que escribí desde las tripas, tras leer un artículo que contaba las penosas condiciones de trabajo de las camareras de hotel. Su trabajo ha quedado desvalorado y sufren el acoso de la precariedad laboral más descarada desde que los convenios laborales han dejado de ser una herramienta de regulación debido a la contrarreforma laboral de Partido Popular.

Las dos ultimas reforma laborales han servido, fundamentalmente, para que la explotación descarnada de los trabajadores y de las trabajadoras se convierta en norma, precisamente porque estas dos leyes han terminado con las normas y han instalado un mercado de trabajo desregulado en el que los empresarios tienen las manos libres para tratarnos como una mercancía muy barata. La fuerza del trabajo se ha abaratado (salarios de hace treinta años), y las condiciones laborales rozan la última expresión. Una de las consecuencias más graves es el incremento de los accidentes y de las muertes en el trabajo, también del aumento de las enfermedades asociadas a él. 

En lugar de trabajo decente tenemos, cada vez más, trabajo precario y salarios de miseria.

La Federación de Servicios a la Ciudadanía de CCOO convoca un premio anual de relato corto para conmemorar el Día Internacional de la Seguridad y la Salud en el Trabajo, este año ha sido la segunda edición, titulado La salud en el trabajo para dar visibilidad, a través de la literatura, esta realidad. Mi relato ha resultado ganador de esta edición.

Realicé esta fotografía en un hotel portugués de la ciudad de Tomar el verano pasado. Cumple con las expectativas del relato, porque transmite inquietud y desasosiego. El blanco y negro ayuda a proporcionar el dramatismo oculto que necesita la imagen metafórica que conduce todo el relato. 

Lo subo el 1 de Mayo de 2016 porque sigue siendo para mí un día de lucha y de reivindicación de los derechos de la inmensa mayoría de las personas, que estamos unidas -nos demos cuenta o no- por nuestra condición de trabajadores y trabajadoras, y como tales tenemos un largo recorrido por andar hasta conseguir nuestra emancipación y nuestra decencia como seres humanos. Nuestra fuerza sigue siendo la unidad de quienes nos sentimos miembros del cuerpo del mundo del trabajo, en cualquier lugar, en cualquier país, en cualquier galaxia.

¡Viva la unidad y la fuerza de las trabajadoras y los trabajadores!

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.radicaleslibres.es

Las camas gritan

Las camas gritan, están gritando muy alto. Me ponen los pelos de punta. Se quejan con la desesperación de los cerdos cuando son atravesados por el punzón afilado del matador. Agonizan, lloran con un lamento empapado de muerte, están destripadas y panza arriba, con las sábanas enfangadas y caídas hacia el piso, como miles de brazos inertes.

Las camas del hotel gritan de forma tan furibunda que las oigo desde mi propio cuarto. Me pregunto cómo es posible. Pero sí, las oigo. Están aquí a mi lado, en mi lecho, me gritan al oído. Su estrés rebota dentro de mi cabeza como el badajo de hierro dentro de una campana. Las camas escupen con ansiedad la mugre de los cuerpos sudados, cubiertos de pelos que se clavan como finas astillas podridas en los tejidos y me despiertan en mitad de la noche, o de madrugada, o dos horas después de acostarme. Me despiertan todos los días. Un día tras otro, en este infierno de camas y camas por hacer al precio de un euro y medio la pieza.

Cuando me levanto por las mañanas tengo los ojos secos y gordos. Los párpados, hinchados por los efectos de los gritos nocturnos, me dificultan la visión clara de las cosas y me pesan las piernas como sacos de arena. Hago un esfuerzo por encima de mis posibilidades y salgo a la calle con un café y un par de analgésicos en el estómago, que una hora después parece una olla repleta de rescoldos.

Mi estómago no importa. Mis piernas no importan. Mi cabeza no importa. Tengo que llegar al hotel lo antes posible. Las camas no pueden esperar, están en las últimas, necesitan que las asistan con urgencia, se precisan manos… miles de manos firmes y fuertes para recuperar todas esas camas despanzurradas y dolientes, todas esas camas moribundas y agonizantes que esperan el contacto firme de las manos para resucitar.

El encargado ya está ahí esperando, y me apremia, me apremia dando palmadas detrás de mí para que suba corriendo y me ponga con ellas. Cuando subo a la primera planta la cabeza me va a estallar. Los gritos y los lamentos de las camas son insoportables, no sé si podré salvar alguna, están casi todas en las últimas. Abro las puertas del corredor del primer piso y me decido por la 111, que parece la más urgente. Presencio un espectáculo que me supera. Atroz.

La cama es grande, más grande de lo normal, es una de esas camas especiales de tamaño descomunal y se encuentra completamente desangrada. Tiene las tripas fuera y sus sábanas caen como los brazos flojos y abatidos de un soldado destripado en medio del campo de batalla. Tiene una hemorragia que no puedo sujetar y se me va, se me va…se me va a morir…No, No, No!!! No puedo comenzar el día así, con una cama muerta…

Una cama muerta al inicio de la jornada me invalida el día…ya no seré capaz de superar esto…este dolor, esta cabeza que me va a estallar, estas piernas que no me obedecen, estos riñones que no sé si son míos o me los han trasplantado de una cerda…ya no lo soporto…comenzar así el día, sin ayuda, sin nadie más que asista este desaguisado…no sé si llamar al encargado para que certifique la muerte de esta cama gigante o si continuar con el siguiente cuarto, el siguiente cuarto, el siguiente cuarto…del que sale una luz brillante, la luz de un sol cegador…

Ufff!!, ¿qué hora será? Dios! Mierda! Me he quedado dormida…si es que no puede ser, no puedo continuar así, tomando pastillas para dormir, pastillas para levantarme, pastillas para poder andar, pastillas para que no me estalle la cabeza, pastillas para poder soportar este dolor de riñones, este trabajo a destajo de temporada alta…a euro y medio la pieza, ¡menuda mierda! ¡Y sin convenio ni hostias! ¡Que se ha ido todo al carajo con esta crisis! ¡Qué nuestro trabajo no vale una mierda! Y con este calor pringoso que hace en las islas…sofocante, y venga camas, y una cama tras otra, y venga temporada alta, y venga habitaciones, limpia, friega, recoge, dejas las camas listas, estiradas, bien colocadas, y los detalles para los clientes… que no se te olviden los malditos detalles… ¿cuántas habitaciones hice ayer?, ¿treinta?, ¿cuarenta?, ¿cuarenta camas?
No me extraña que tenga pesadillas.

domingo, 17 de abril de 2016

El olmo marca un lugar para la memoria


El banco de Tomás


Recupero un cuento que escribí hace tiempo. Una relato que se enreda en los recodos oscuros de nuestra memoria histórica. No es una historia que se refiera a alguien en especial, nadie me contó nada parecido. A la luz de todo lo que se va conociendo, bien pudiera ser la historia común de muchos de los asesinados y desaparecidos, y también de alguno de los asesinos, que han sabido convivir con su odio asesino fresco en su interior sin arrepentirse y sin llegar a sentir empatía o compasión ni por los muertos ni por sus familias, que todavía les buscan una generación tras otra.

Todavía son demasiados los pueblos y lugares de España en los que los asesinos o sus descendientes conocen o intuyen los lugares en los que están los cuerpos de los republicanos ajusticiados y se niegan a revelarlos o a contribuir a que se abra la tierra y se proceda al reconocimiento de las víctimas.

La fotografía que acompaña el texto la realicé este verano en un precioso jardín botánico que hay en el centro de Coimbra, un lugar especial que es un auténtico canto a la naturaleza y a la biodiversidad forestal, que alberga preciosos árboles y flores traídos de muchos lugares del mundo. En uno de sus rincones, abrigados por una penumbra casi permanente, se encontraba este banco cubierto de un musgo espeso, que parecía el lecho de un semillero.


El olmo

Me gusta el viejo olmo de la era de los “Tomasines”. ¿Cuántos años lleva aquí? Quién sabe,  doscientos, trescientos  años… Toda mi vida he admirando su magnífico tronco, sus ramas recias, la fuerza que emana de su presencia. Aunque desde que tuvo esa enfermedad de los olmos, ¿cómo se llama?, ¿grafiosis?, -sí, creo que se llama así- ya no es el mismo. Ha perdido las hojas y está como yo calvo y anciano, pero aun conserva  su tronco imponente y en primavera todavía se permite el lujo de echar unos cuantos brotes.  Son solo un pequeño fogonazo de luz, que colorean de motas verdes la corteza polvorienta del árbol. Más de uno en el pueblo le dio por muerto hace unos años. 

Se le cayeron todas la hojas y pasó por él un año entero sin un solo brote, y claro, algunos listillos del ayuntamiento quisieron hacerlo astillas, pero los más viejos nos opusimos, faltaría más, ¡si este árbol ha estado aquí siempre! ¿Qué sabrán esos politiquillos venidos a más? Menos mal que conseguimos frenar aquello y lo respetaron. Hace un par de años volvió a tener hojas, ha revivido el pobre y ahí está, en el  mejor sitio del nuevo parque. 

Hay que reconocer que en esto sí que han acertado los del ayuntamiento. El parque nuevo le ha dado vida al pueblo. Lo que son las cosas, la antigua era de los “Tomasines” convertida en parque municipal, con su fuente, su buen estanque, ¡y lo que refresca en verano, el jodío estanque!, pero lo mejor son estos bancos tan cómodos para descansar. 

Está un poco retirado del centro del pueblo, pero el paseo es agradable. Sobre todo ahora en primavera. Da gusto llegarse hasta aquí y sentarse un ratito bajo el olmo,  ya lo dice don Francisco el médico, “no hay nada como un buen paseo para controlar la tensión”. Y yo le hago caso, faltaría más, no se llega los 89 años sentado en un sillón, no señor. 

Con lo que me gusta a mí venir cada día hasta el viejo olmo de la era de los “Tomasines”, me da fuerzas. Respirar su aliento me alarga la vida. 

Hay, los “Tomasines”, los “Tomasines”,…no queda ni uno. 

Tomás, el padre, y los tres hijos, todos muertos…, je, je…y bien enterrados. Lo que es la vida. Ellos tan fuertes, tan leídos, tan bien alimentados…¡mira que tenían buenas tierras los “Tomasines”!…pero se equivocaron. Y anda que no le advertimos veces al viejo Tomás, “por ahí no, Tomás”, “con esos no, Tomás”, ¡Qué pesado se puso Tomás con presentarse a alcalde por los republicanos! ¡Y encima salió! ¿Y cuando se le ocurrió traer un maestro de la capital para la escuela? ¡Pero si aquí siempre dio clase el cura! ¿Y la que lió con los contratos de los jornaleros?... No eran tiempos para eso, Tomás… 
Así acabó, enterrado ahí, debajo del olmo. Él y sus hijos, no dejamos vivo ni al pequeño, no fuera a ser que con el tiempo…El tiempo…, el tiempo…¿Cuánto tiempo ha pasado ya?...¿setenta años? ¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo! Y los que les quedan, esos no salen de debajo del olmo, como me llamo Anselmo.

Carmen Barrios

martes, 22 de marzo de 2016

Mujer al límite



Mujer al límite del color


El relato que cuelgo es real como la vida misma, es un relato de la crisis, tan real que duele. Está basado en la historia de una mujer que existe y de la que no sé su nombre real. Escuchando la radio muy temprano, una mañana ella había dejado en el contestador automático de "Diario de Hoy por hoy" de la cadena SER un resumen, en pocas palabras, de su historia. Yo he fabulado intentando meterme en su cabeza. No sé si ella leerá mi cuento, si es así, espero que haya podido recuperarse de tanto destrozo existencial.

La fotografía que acompaña el relato la realicé en Portugal este verano, en un barrio decadente de la ciudad de Oporto. Me gustó mucho este apunte sobre el muro de una mujer en el límite del color. 

Volver a empezar

Trabajar, trabajar, solo tienes que pensar en eso, en trabajar. Llevas tanto tiempo con las manos caídas, como inútiles, y con la cabeza embotada, llena de nada, que te parece increíble la posibilidad de volver a trabajar. El teléfono ha sonado y una voz te ha citado para una entrevista en una de esas empresas de trabajo temporal. Cuando han preguntado por ti no reconocías ni tu propio nombre, casi respondes que se habían equivocado, pero en el último momento has acertado a decir que sí, que eras tú. Menos mal que has reaccionado con la última neurona viva que te debe quedar en el cerebro. Llevas más de dos años a la desesperada. Desde que se te terminó el subsidio de desempleo vives de la beneficencia y haciendo chapuzas que no creías ni que pudieras soportar. Tú que tenías un trabajo espléndido en una constructora, que parecía que hasta iba a llegar a urbanizar la superficie de Plutón.

De repente todo se fue a la mierda. Y en esa mierda se diluyó tu carrera de aparejadora. Has perdido hasta tu casa, se la quedó el banco, pero tú sigues ahí, pagando tu deuda como si fueras gilipollas, así es como te sientes como una gilipollas, porque lo que tendrías que haber hecho es pegarle fuego a la sucursal antes de que te quitaran la casa… pero no, hiciste como todo el mundo, te aguantaste y a tirar, a tirar con lo que venga. Y lo que vino fue un desasosiego vital, que se te pegó a la piel como la capa de alquitrán caliente se adhiere al asfalto: para siempre. De hecho, te miras en el espejo y no te reconoces. Tu cara es de color gris, estás fofa y llevas el pelo pegado, sin forma, y a medio teñir, como si fueras una indigente. Eso es lo que pareces, una indigente. Pero claro, hay que comer, comer es lo primero, ir a peluquería se convirtió hace tiempo en un lujo que no te podías permitir y has engordado, además, porque encima estás menopáusica perdida, que ya has cumplido cincuenta y dos, cincuenta y dos, cincuenta y dos…¡cincuenta y dos años!, que te pesan como si tuvieras quinientos cuatro, porque con esa edad y mujer, nadie te da trabajo, es que ni te miran. Y menos con este aspecto de pobre que llevas, que te das asco a ti misma, pero no lo puedes evitar, te sientes degradada, como si ya no fueras una mujer, más bien te sientes ¡como una cerda!...a ver, bonita, tienes que abandonar esos pensamientos que no conducen a nada y pensar en positivo…como leíste en uno de esos libros de autoayuda que te dio el psicólogo de la seguridad social: “Pensar en positivo es la mejor fórmula para tener una vida sana”. Una vida sana, una vida sana, una vida sana…te preguntas a dónde ha ido a parar tu vida sana… ya nada tiene sentido.

Otra vez, otra vez igual, no pienses así, que además hoy tienes una entrevista de trabajo. Es increíble, pero la tienes. El tiempo lo cura todo. Menos mal que no le prendiste fuego a la sucursal bancaria que se quedó con tu casa, porque ahora estarías entre rejas y no pensando en volver a empezar, porque eso es lo que puede proporcionar un empleo, volver a empezar de nuevo, cuánto necesitas sentirte una mujer normal, decente, con sus quehaceres diarios, con una vida corriente, como la de todo el mundo, sin lujos, porque no pides lujos, pero que dé para comer y pagar las facturas.

Aquí estás, clavada en la puerta de la ETT, ya has llegado. Te has adecentado lo mejor que has podido, con una boina roja que antes te favorecía mucho, ahora te sirve para ocultar ese pelo de tiñosa que llevas…sueñas con eso, con arreglarte el pelo de una vez, con podértelo teñir de un color que te favorezca y te tape las canas y llevarlo con un corte bonito, cada vez que lo necesites, como hacías antes, que siempre ibas tan arreglada y tan guapa, que daba gusto verte, pero eso era antes…antes…antes de que todo se fuera a la mierda…anda guapa hazte un favor a ti misma y deja de pensar en el pasado que vas a hacer una entrevista de trabajo, y quién sabe…a volver a empezar quizás, además…¿no habíamos quedado en eso de “mente positiva”?

Uffff! Lo has conseguido, has conseguido trabajo…no es el trabajo de tu vida, pero es un trabajo, hasta te harán un contrato, eso sí te ha dicho el encargado de la ETT que solo te pueden dar de alta media jornada…y que igual -“tendrá usted que trabajar alguna horilla más, Concha, que ya sabe usted como están las cosas”-, ha afirmado con una sonrisa un poco cómplice…pero estás contenta. Por fin vas a tener un trabajo, desde luego está muy por debajo de tu preparación, pero, como te ha llegado a decir el señor encargado, -“un empleo es un empleo, Concha, que yo sé lo mal que se pasa, en fin, qué le voy a decir a usted, que he visto en su expediente que ya se le agotó la prestación hace tiempo, y cuánta gente hay así, ¿eh?, como usted… Pero sonría mujer, que la hemos elegido a usted, ya puede respirar tranquila, tiene un empleo, para que luego digan, porque un empleo es un empleo, ¿verdad Concha?, ¿o no?”-...

La verdad es que se le veía un poco como queriendo agradar y el hombre tiene razón, un empleo es un empleo y bienvenido sea, estoy contenta. Limpiar no es tan duro, ya lo hago en mi casa todos los días y en casa de la vecina del 8º C, que mira que me da coraje, pero con eso, y limpiando el bar de la plaza, he ido sobreviviendo…sobreviviendo, sobreviviendo…sí, esa es la palabra, lo justo para comer un par de veces al día y encender la luz un rato por la noche…de calefacción ni hablamos…y cuántas veces me he duchado con el agua fría…bbbrrrrrr!!, pero todo eso va a cambiar… voy a volver a ser como la gente normal, sin lujos, pero lo normal, tres comidas, ducha caliente, calefacción, un cafetito a media tarde con una pasta, hummm! Si es que ya lo estoy saboreando.

Este trabajo es bueno, muy bueno diría yo, porque me hacen un contrato y ganaré un sueldo fijo, limpiando, sí, pero con un sueldo y contratada. El encargado me ha explicado que se trata de que el cliente, el Banco Mostrum, esté contento, me ha dado un listado de casas para limpiar con un manojo de llaves y me ha dicho que tengo que tener los pisos listos para poder enseñarlos…bueno, ya se sabe, ahora los bancos tienen un montón de casas, más que nadie…casas como la mía, que se la quedó el banco, otro banco, no este, pero qué más da si todos son iguales, y la sigo pagando aún, la sigo pagando y ya no es mi casa, pero la deuda, la deuda sí es mía, qué cosa más injusta, no me la quito de la cabeza, se quedaron con mi casa y yo sigo pagando por una nada y si no pago, qué, ¿qué me puede pasar? El del banco me dijo que la deuda seguiría creciendo y creciendo y que me meterían en una lista de morosos, y quién sabe, a lo mejor hasta en la cárcel…en fin, no sé…

Pero mujer, ¡espabila coño!, que tienes un trabajo, un tra-ba-jo no vuelvas por ahí mujer, como te ha dicho el encargado, y con buen criterio: “Concha toca usted el futuro con la mano, ahora a trabajar mujer, que comienza una nueva etapa”… “Volver a empezar” sí, qué bonito, parece el título de una película, jajaja, ha sido muy amable, el hombre, si casi me ha parecido que se emocionaba y todo por poder ofrecerme un empleo… volver a empezar, quiero volver a empezar…claro que sí, volver a empezar…

¿Volver a empezar?, ¡¡dios!!, ¡¡rediós!!!, ¿puedo volver a empezar así? Estoy aquí plantada en medio de la cocina del primer piso, el primer piso que voy a limpiar y está así, como si sus ocupantes hubieran tenido que salir apresuradamente, con lo puesto… En este piso parece que todavía vive gente…está todo tal cual, como si acabaran de estar aquí, sentados hace un momento…si están los platos sobre la mesa y la comida ahí, en el fogón…que madre mía, lo mal que huele, está podrida…a esta gente los han desahuciado y se han tenido que ir con lo puesto…seguro…¡¡ay que ver Concha!!, ¡¡otra vez!!, otra vez no, otra vez esto…¡¡NO!!

Como te pasó a ti Concha…esto es lo mismo que te pasó a ti, ¿es que ya no te acuerdas?, ¿o no quieres acordarte?, ¿“mente positiva”?, ¿recordar es “mente positiva”?...a ti te sacaron de casa con lo puesto, que te tuviste que ir unos días a casa de tu amiga Lupe, sin nada, con lo puesto, que te sacaron en pijama porque se presentaron los del juzgado a las siete de la mañana, y ella te tuvo que dejar ropa y hasta unas bragas suyas limpias, que te measte encima del estrés del desahucio y de la impotencia, que se te soltó la tripa y te pusiste echa un asco…menos mal que Lupe te echó una mano…que no te quieres acordar y solo hace ocho meses, no quieres revivir todo aquello, pero ahora con este trabajo, ¡zas!, un mazazo en la cabeza ¡Volver a empezar!, Concha, ¿no querías volver a empezar? Pues vaya mierda, si es que tendrías que haberle pegado fuego a la sucursal o mejor a la central del banco, ¿total?


Carmen Barrios

lunes, 1 de febrero de 2016

Los fantasmas de la infancia

Dentro de la cabeza

Como digo en este cuento "la infancia es un lugar al que se viaja de forma instantánea o no se llega nunca". A veces una melodía, una frase, un color...sirven para conectarnos con nuestro pasado de forma inmediata y sin que lo hayamos planificado nos vamos de viaje sin maleta, con el único equipaje de nuestra propia memoria. Eso es lo que le sucede al protagonista de mi cuento. 

La fotografía que lo acompaña la realicé no hace mucho en una calle de Madrid. Un día, paseando por detrás de la Gran Vía, me topé con este magnifico mural. Otra vez un artista urbano me ha prestado su imaginación para ilustrar mi relato. Gracias.

Tanto el cuento como la fotografía también están publicados en la sección de cultura de la web de información ww.nuevatribuna.es  pinchando el enlace: http://www.nuevatribuna.es/articulo/cultura---ocio/fin-ha-muerto-dracula/20160201192909124965.html

“Por fin se ha muerto Drácula”

La noticia le hizo sonreír. Se enteró parado en un semáforo, cuando leyó un mensaje en el móvil que decía: “Ya puedes dormir tranquilo, por fin se ha muerto Drácula”. La frase tenía su gracia. Respondía a unas claves que solo podía compartir con su hermana, que con su mensaje había obrado el milagro de sacarle de sus ventas y sus agobiantes números de beneficios semanales. La frase le conectaba con su infancia con la inmediatez de un mando a distancia. Esas palabras, que se pronunciaban en un suspiro, le trasladaron a un lugar amplio y revuelto como el desván de la mansión de los Plaff. La infancia es un lugar al que se viaja de forma instantánea o no se llega nunca.

Tenía diez años cuando vio por primara vez una película de Drácula. En sesión matinal, del domingo por la mañana, 25 pesetas dos superestrenos en el cine del barrio. Aquel día su hermana y él vieron una de romanos -de la que no recordaba el nombre- y “Pánico en el transiberiano”, su primer contacto con el terror cinematográfico, con el de la vida real ya había tenido algún roce. Se recuerda en la segunda fila comiéndose la pantalla y hecho un ovillo, con las piernas encogidas y apretadas sobre el tórax y con las manos delante de los ojos, viendo a través de los dedos entreabiertos cómo la sangre empapaba el celuloide, y chorreaba tanto que parecía que iba a inundar la sala.

El cine estallaba en gritos de pánico cuando Cristopher Lee, el mejor Drácula que ha pisado un plató, llenaba la pantalla con los ojos rojos y palpitantes como los globitos de los emoticonos de los móviles y con la boca abierta, mostrando unos colmillos de sable, que a él le parecía que se salían de la pantalla y le arañaban el cuello. Menos mal que estiraba una mano y su hermana se la cogía con fuerza para devolverle al mundo de los vivos. No habría podido superar el impacto de esa película sin su hermana.

Drácula se apoderó de sus sueños desde aquella mañana de domingo y los habitó de forma frenética y en cinemascope durante unos meses plagados de insomnios y miedo a la oscuridad. En cuanto se metía en la cama y cerraba los ojos, aparecía el vampiro y llenaba el techo de su habitación, que se convertía en una pantalla gigante que le engullía. Era frecuente que a Drácula le echaran una mano “el chino” y un tal Kafka, que competían dentro de su imaginario del terror a ver cuál de los tres le arrastraba hasta el fondo oscuro de una enorme caja negra. Cuando el pavor se hacía insoportable, salía temblando de debajo de sus sábanas y reptaba sin hacer ningún ruido hasta la habitación de su hermana, un lugar en el que, no sabía por qué, los monstruos no podían entrar.

-“Bonita, bonita…por favor, ¿me dejas dormir contigo esta noche?”- le preguntaba a su hermana en un susurro. La mayoría de las veces ella se removía entre las sábanas y con una especie de gruñido afirmativo le hacía un hueco en la cama. Aunque recuerda que en alguna ocasión, cuando ella tenía la noche cruzada, le tocaba dormir en la alfombra. Su hermana era muy suya. Pero a él no le importaba, cualquier cosa antes que quedarse en su habitación peleando toda la noche con sus particulares fantasmas.

Cuando se abre el semáforo, circula dos minutos hasta el primer hueco que encuentra, estaciona el coche y vuelve a leer el mensaje que le ha puesto su hermana: “Ya puedes dormir tranquilo, por fin se ha muerto Drácula”. Cuarenta años después se ha muerto por fin uno de sus fantasmas. El de los ojos sanguinolentos y los dientes de sable no volverá a salir de su ataúd. Esta vez lo han clavado allí dentro para siempre. La radio, la televisión, los periódicos, todos le han dado por muerto y hasta le han rendido homenajes. Sin duda, si a alguien le rinden homenaje eso es lo definitivo. Ya está bien muerto. Pero qué pasa con los otros dos, qué pasa con “el chino” y el tal Kafka, le consta que siguen haciendo de las suyas. Cuando sus retratos colgaban en la pared de su habitación ya habían muerto hacía tiempo. Y ahí estaban, dando por saco cada noche jugando al corro de la patata con el vampiro. Estaba seguro que si ahora cerraba los ojos los vería tan nítidos como si los tuviera delante.

Qué jodidos sus padres, mira que poner los posters de Ho Chi Ming y de Frank Kafka dibujados en negativo para decorar su habitación…cómo no iba a soñar por la noche, si todavía le tiemblan las piernas cuando se acuerda de ellos. Y encima, si algún amigo subía a jugar con él a casa y le preguntaba por los señores de los retratos de su habitación no podía decirles nada sobre ellos. En esa España tener retratos de Ho Chi Ming y Frank Kafka era como gritar a los cuatro vientos que esa casa era un nido de comunistas, como efectivamente eran sus padres, pero él sabía que eso era algo que nadie debía conocer. Por eso disimulaba, siempre decía: “no sé creo que son un ‘chino’ que hace pelis y un escritor romántico que le gusta a mi madre, pero no recuerdo sus nombres”.

Su infancia no fue como la de la mayoría de los niños de su época. Él vivía dos vidas, la de dentro de casa y la de fuera. Igual que su hermana, pero ella era distinta, no le afectaban tanto las restricciones de la clandestinidad. O al menos no lo mostraba. La clandestinidad. Vaya palabra. Sus padres eran militantes comunistas, y eran clandestinos claro, porque en aquella época en España todavía se cantaba el himno nacional, con la letra de Pemán, antes de entrar a la escuela. Y los comunistas estaban prohibidos, eran los diablos rojos por antonomasia. Ser comunista era muchísimo peor que ser un vampiro.

Para colmo, sus héroes nunca coincidían con los de los otros niños. Recuerda que una vez en el colegio dijo a sus amigos que su héroe favorito era Gagarin, Yuri Gagarin. Todos respondieron al unísono: 

-¿Gaga…qué? ¿Qué dices, Franchu? ¿Quién es ese?-.

-Jolines, pues un astronauta soviético, fue el primer hombre en llegar a la Luna-.

-¿Venga ya Franchu, tú estás chalao, o qué? Si los que han llegado a la Luna son los americanos, ¿en qué mundo vives, Franchu?-…Cuando sucedía algo así, inmediatamente se daba cuenta de que había metido la pata. Le invadía un complejo de culpa que le ponía coloradas las orejas y le salía por los mofletes a llamaradas, y a continuación sentía un miedo terrible a que ese pequeño desliz se convirtiera en una pista para llevar a sus padres a la cárcel. Sabía de sobra que “soviético” era una palabra prohibida, su madre se lo había dicho cientos de veces.

Sentado en su coche se da cuenta de que aquello era un peso muy grande para un niño. Por lo menos para él, que de pequeño era muy sensible y un poco asustadizo. También se da cuenta, y esto lo habló ya una vez con su hermana, que cuesta mucho sacudirse la clandestinidad de encima. Las huellas del miedo que uno pasa de pequeño no se borran así como así.

Al releer por tercera vez el mensaje de su hermana ha entendido mucho mejor su significado.

-¡Ánimo Franchu!, ya solo nos quedan el “chino” y el tal Kafka -se dice para sí- y esos están chupaos, total no son más que dos zombis-.

Carmen Barrios