viernes, 5 de junio de 2020

LAS 'CUNAS DEL HAMBRE' EN LA VILLA Y CORTE DURANTE EL COVID-19






Las cunas del hambre en la Villa y Corte durante el COVID-19

“En la cuna del hambre, mi niño estaba/ con sangre de cebolla, se amamantaba”. He recordado estos versos inmortales de Miguel Hernández cuando he visto largas colas de personas esperando para recibir una bolsa de comida. En los barrios de clase trabajadora de Madrid muchas personas, sobre todo mujeres, solas o con sus hijos pequeños, hacen filas interminables con su mascarilla puesta, esperando una ayuda que llega de la solidaridad vecinal fundamentalmente, porque el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid no saben, no contestan. 
Madrid se ha convertido en un lugar decimonónico, en el que la caridad y la solidaridad  de sus vecinos y vecinas está sustituyendo a derechos constitucionales, porque los gobernantes madrileños son de la ideología de dejar actuar al mercado y no intervenir. ¿Cuánto podrá aguantar en estas condiciones la ciudadanía madrileña?
Las privatizaciones y el deterioro, y desmantelación, de lo público en Madrid, Ayuntamiento y Comunidad, en materia sanitaria, asistencial y social está mostrando, más que en ningún otro lugar de España, que esa ideología mata y empobrece, crea desigualdades profundas y no aporta solución alguna a la mayoría social cuando se declara una emergencia sanitaria, social y económica como la actual, provocada por la pandemia.
Las asociaciones de vecinas y vecinos y un variopinto tejido social, que se nutre desde asociaciones deportivas a culturales, pasando por las tradicionales de asistencia a migrantes o población desfavorecida, se han tenido que coordinar y poner manos a la obra para ayudar a una parte significativa de la población de Madrid que se ha quedado sin un euro de un día para otro debido a la crisis desatada por el COVID-19, que ha devenido en brutal azote de hambre. Hay una escandalosa emergencia social en Madrid, que desoyen tanto la presidenta de las lágrimas de cocodrilo y los pisitos de lujo, como el Alcalde sordo, mudo y ciego, que cada vez se parece más al monito de las ilustraciones.
Miran para otro lado y solo actúan para distraer. La una, Ayuso, escenificando políticas de imagen que compran los medios, enfocadas a ocultar el desastre de su gestión de la emergencia por la pandemia que es escandalosa, debido a la profunda corrupción que el Partido Popular y sus socios llevan tramando durante décadas en la Comunidad de Madrid. Madrid ha sido y es un nicho abonado para que empresarios y empresas sin escrúpulos –Sarasolas, Florentinos, Koplovichs, fondos buitres de aznares y botellas, etc- hagan fortunas a costa de privatizaciones de los servicios públicos como la sanidad y la asistencia a los mayores, que han costado vidas durante esta pandemia y han colocado a Madrid en el top ten de los contagios y los fallecimientos por Covid de toda Europa. La presidenta Ayuso se retrata como Mater dolorosa y mártir del Gobierno de España, mientras azuza las bajas pasiones de los señoritos de los barrios pudientes, que se envuelven en la bandera de España y pelean por sus privilegios de clase, palo de golf en ristre, en caceroladas de opereta en las calles chic de la Capital. Las campañas de Ayuso crean odio y distraen de lo importante, que el Gobierno de Madrid no resuelve, sigue teniendo la sanidad y la asistencia a los mayores bajo mínimos, a los trabajadores y trabajadoras de los hospitales se les maltrata sin protección suficiente y con contratos y salarios precarios y la atención primaria sigue congelada. Todo esto se está pagando con las vidas de la gente.
El otro, el Alcalde Almeida, mira la vida pasar. Callado pasa desapercibido y sube en las encuestas, simplemente porque no parece un cabestro de la derecha que embiste, como sus socios del partido verde vómito y su socia Ayuso. Inaudito.
Me pregunto, ¿dónde está la Administración más cercana a la ciudadanía, el Ayuntamiento de Madrid?, ¿dónde está?, ¿qué está haciendo para paliar esta emergencia social de sus vecinos y vecinas?
Según se puede leer en medios diversos el Ayuntamiento está callado y de brazos caídos. Como mucho, los servicios sociales saturados derivan a las personas necesitadas a los puntos de distribución creados por las asociaciones coordinadas para la recogida y reparto de alimentos en un gran número de distritos de Madrid, como Carabanchel, Latina, Centro, Moratalaz, Usera, Villaverde, ...
El Ayuntamiento no hace nada, ante la emergencia. No contrata personal asistencial especializado, no activa redes de ayuda, no se arremanga y se pone a trabajar al frente de la coordinación, nada. El tejido vecinal de los distritos de Carabanchel/Latina, muy afectados por la pobreza con cara de hambre sobrevenida en esta pandemia, solicitó hace un par de semanas que las escuelas de cocina municipales se pusieran a hacer comidas calientes para gente sin recursos, ni posibilidades de hacerse una comida caliente, ancianos, personas con movilidad reducida, o personas que viven en habitaciones sin derecho a cocina, que hay mucha necesidad. El Ayuntamiento anunció la apertura de una de estas escuelas, pero las asociaciones se encontraron con que toda la infraestructura la tenían que seguir poniendo ellas con el trabajo voluntario de la gente que se apunta a ayudar. ¿Es posible que el Ayuntamiento de la capital del Estado no sea capaz de poner en marcha una red asistencial de emergencia que ayude a sus vecinos? Estamos en el siglo XXI. Hablamos de la capital de un Estado de la Unión Europea. La institución más cercana a la ciudadanía, ¿para qué sirve?, le pregunto al Alcalde Almeida, regidor capitalino. ¿Dónde está el Ayuntamiento de Madrid -que ahora tiene las cuentas saneadas, gracias a que la anterior corporación de Ahora Madrid hizo bien su trabajo y sobre todo, no robó ni privatizó, ni endeudó más a sus vecinos y vecinas con obras faraónicas-, por qué no actúa ya?
La solidaridad popular se ha puesto en marcha en los barrios de clase trabajadora donde el pueblo salva al pueblo, creando esas redes de ayuda que deberían haber puesto en marcha el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, que tienen las competencias y los recursos para ello. En estos barrios se usan las cacerolas para preparar sustento para paliar el hambre que ha traído el capitalismo ramplón, ladrón, zafio y oportunista del que se benefician los de la cacerola de marca del barrio de Salamanca. Un capitalismo de amiguetes minado de corrupción y adornado con la ley laboral rajoniana, que ha hecho de este Madrid -Villa y Corte- y de su Comunidad, el epicentro de la corrupción y que se ha quedado desnudo, mostrando en la pandemia del COVID-19, que si se privatizan los servicios públicos, si se detraen recursos de lo público y se inyectan en lo privado la gente se empobrece a manos llenas, se muere sin la asistencia adecuada y se cae con facilidad, y de un día para otro, en la cuna del hambre.
El deterioro estructural social que tiene Madrid se detiene con políticas públicas, con inversiones en los servicios públicos y con políticas fiscales redistributivas, que amparan a las personas y son una buena fórmula de reparto de la riqueza. La solidaridad y caridad vecinal es una solución coyuntural ante una situación extrema como la que se sufre, nunca puede sustituir a largo plazo la acción de las Administraciones Públicas guiadas por los gobiernos. La caridad nunca sustituye a los derechos.
O el pueblo de Madrid exige derechos o crecerán las cunas del hambre.
Este artículo ha sido publicado también en Nueva Tribuna
Carmen Barrios Corredera

  

miércoles, 3 de junio de 2020

MÁS FEMINISMO PARA SUPERAR TIEMPOS DE PANDEMIA





MÁS FEMINISMO PARA SUPERAR TIEMPOS DE PANDEMIA

Cuidar. El primer acto civilizado de la Historia fue el momento en el que un ser humano cuidó de otro. Me acojo a esta idea para afirmar que el único camino, capaz de proporcionar otras certezas que amparen la vida y las redes de sustento necesarias, es más feminismo. Ideología de la igualdad, de la coherencia, del reparto, de la inclusión, de la cooperación, de la solidaridad y la sororidad, que preconiza poner la vida en el centro, organizando la sociedad de los cuidados, del mimo entre los comunes.
No se puede construir nada sin contar con las mujeres y sus aportaciones para mejorar la vida de todas las personas. La historia lo refrenda.
Las mujeres fueron las que pusieron pie en pared en la revolución francesa, salieron a tomar la Bastilla las primeras, con sus picas y sus palos, porque el sistema era insostenible, el hambre mataba a los hijos. Indicaron el camino de un cambio de paradigma.
En la otra gran revolución histórica, la revolución rusa, también fueron ellas las que pararon el sistema para reiniciarlo. Pararon la fábricas de San Petersburgo un 8 de marzo, contagiaron de huelgas toda Rusia, y a los nueve días cayó el Zar. Comenzó una nueva era, en la que una de ellas, Alexandra Kollontai, que fue la primera mujer en la historia en ocupar un puesto de ministra en un Gobierno, pone en marcha un sistema político de servicios sociales públicos (asistencia sanitaria, asistencia a mayores y personas dependientes, asistencia a la infancia, guarderías y escuelas infantiles, etc) para poder atender a las personas según sus necesidades y liberar a las mujeres de las tareas de los cuidados en la medida de lo posible, con una cobertura del Estado como colchón y abrigo social. Ella fue la creadora de lo que luego se conoció como “Estado del Bienestar”, que en las democracias avanzadas de los países nórdicos lo desarrollaron con éxito situando a su ciudadanía en las cotas más altas del Índice de Desarrollo Humano que elabora Naciones Unidas. Cuando la sociedad en su conjunto se hace corresponsable del cuidado y bienestar de todas la personas se da un gran paso humano.
Históricamente los postulados inclusivos y de reparto reclamados por las mujeres, que hoy se atesoran dentro del recorrido político del feminismo, se han mostrado necesarios para cambiar sociedades. Cuando las mujeres participan, no se las aparta y se las incluye y atiende en la corresponsabilidad de aportar para el desarrollo de los países se enriquece la vida de todas las personas y se progresa en conjunto.
Patriarcado, capitalismo y COVID-19
Cuando llegó el COVID-19  a las vidas de todas las personas del planeta, el capitalismo patriarcal estaba en su pleno apogeo. Las mujeres feministas ya llevaban tiempo en las calles advirtiendo que el actual sistema depredador, que busca la máxima rentabilidad en cualquier actividad por pequeña que sea, no era el camino, porque explota de forma salvaje a las personas, y doblemente a las mujeres y a la madre tierra. Así no es posible continuar. 
Para salir en condiciones de la situación límite creada por la pandemia se hace necesario un modelo antagónico al actual, al de la sociedad del lucro, del consumo, de la competitividad entre los seres humanos, que hace aguas en cada crisis que se presenta y que lejos de aportar soluciones de salvaguarda para las mayorías sociales, trae sufrimientos en grandes dosis para los comunes, desastres medioambientales cada vez más frecuentes y enriquecimiento desmedido para tan solo el 1% de la población mundial.  
El feminismo tiene mucho que aportar. Es resistente, combativo, señala y denuncia sin maquillaje este modelo económico, político y social por el que se permite esquilmar y sacar rentabilidad a cualquier especie o brizna de vida que hay sobre la tierra muy por encima de las posibilidades de la propia vida sobre la tierra. De ahí la ofensiva de lo más recalcitrante y retorcido del patriarcado capitalista contra los avances de las mujeres. En España esto se traduce en una criminalización espuria del último 8M, hasta el punto de que se ha llegado al extremo de usar, por parte de una judicatura retrógrada y miope, a la Guardia Civil, un cuerpo de la Seguridad del Estado, que ha elaborado informes falsos con el objetivo de culpar a las mujeres feministas de la transmisión virulenta del Covid-19.  Este tipo de actuaciones del cuerpo verde oliva le deshonra y provoca que pierda respeto social, al situarse fuera de su cometido democrático.  Los ataques a las feministas de corte Bolsonaricos o Trumpianos en España  y otros países persiguen volver a meter en casa a las mujeres, ayudados en abrazo por los postulados de unas cuantas iglesias que reproducen, en lo cultural, lo peor del dominio de los hombres sobre las mujeres.
La filósofa Rosi Braidotti analiza en Por una política afirmativa que “el movimiento social de las mujeres destaca por su capacidad de autogestión, energía organizativa, potencia visionaria y estructura carente de líderes. Movido por aspiraciones de libertades colectivas y compartidas, el respeto de las diversidades, el deseo de justicia social y simbólica, y la política de la vida cotidiana, el feminismo es un movimiento político apasionado, irónico y políticamente riguroso. Irreverente en relación a las normas dominantes, pero responsable hacia los grupos de mujeres de los que encarna la rabia y la imaginación”.
Me quedo con esa frase de Braidotti que afirma que “el feminismo es la política de la vida cotidiana”.
La pandemia muestra ahora, más que nunca, que se requiere el cuidado de lo colectivo, y que las sociedades saldrán adelante cooperando, mimando el Planeta, y de forma colectiva o no saldrán. Es más necesario que nunca un movimiento social y político como el feminismo, que pone la vida en el centro y no discrimina, que huye de fuertes liderazgos y escucha, que abraza el diálogo para la búsqueda coordinada de soluciones a los problemas. En este sentido, son un buen ejemplo las políticas del amparo a las personas y del acuerdo, que se están impulsando desde el Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos en España. Este Gobierno ha dado un paso importantísimo con la aprobación del Ingreso Mínimo Vital, ejemplo vivo de la necesaria puesta en marcha de esa política de la vida cotidiana, que mira a las personas y que protege las cosas de comer. El feminismo encarna, como ningún otro movimiento político, la necesidad del cuidado de lo social para no dejar a nadie atrás, aporta soluciones colectivas desde el positivismo de la acción política que cuida la vida. Debe ser transversal y afectar a todas las políticas que se implementen.
Las mujeres feministas del siglo XXI no solo reclaman el derecho a la igualdad, exigen además el cuidado de la madre tierra como fuente de la vida y una relación con ella que la preserve, cuide de la biodiversidad de plantas y especies y no esquilme, porque es imposible desligar los cuidados a la tierra y los cuidados que necesitamos las personas que la habitamos. Y esta pandemia, en palabras de Vandana Shiva “no es un ‘desastre natural’, así como los extremos climáticos no son ‘desastres naturales’. Las pandemias de enfermedades emergentes son, como el cambio climático, ‘antropogénicas’, causadas por actividades humanas (…). Todas las emergencias de nuestros tiempos que amenazan la vida tienen sus raíces en una visión mundial mecanicista, militarista y antropocéntrica de los humanos como algo separado de la naturaleza, como dueños de la tierra que pueden poseer, manipular y controlar otras especies como objetos con fines de lucro”. Las mujeres feministas del siglo XXI exigen cuidar la tierra, porque es el único paraíso posible, al que de verdad se puede aspirar en esta vida.
Durante los días de pandemia se ha visto con claridad que el sistema patriarcal y capitalista, basado en el lucro egoísta, irresponsable y criminal de unas poderosas minorías tiene los pies de barro. La grandeza de las elites se sustenta en una mentira repetida millones de veces, que choca con la preservación de la vida digna. La mentira neoliberal que afirma que Tener está por encima de Ser, y en esa competencia por tener se beneficia la sociedad en su conjunto, es una falacia que mata y que se sustenta en la supremacía de la voluntad de poder del varón blanco y rico sobre el resto. En esta pandemia mundial un virus microscópico ha mostrado que el patriarcado capitalista es un monstruo desnudo y muy feo, ineficaz, depredador, egoísta, que usa a las personas y las tira a la basura una vez que las ha exprimido hasta sacarles el último jugo, como un limón en la cadena de montaje de una fábrica de refrescos.
En la Comunidad de Madrid, que es un paradigmático ejemplo de cómo funciona este sistema, se ha despedido de un plumazo al personal médico, de atención, limpieza y logística contratado en IFEMA, se ha echado a la calle a personas que han arriesgado sus vidas para salvar a otras, trabajando sin descanso durante los peores días de esta pandemia. En lugar de mantener e incorporar a esas personas a los servicio públicos, comunitarios, que están tan mermados y tan necesitados de efectivos, en esta Comunidad en la que hay una emergencia social que abruma, se ha decidido no contar con ellos y con ellas en aras de la rentabilidad y del robo de las élites. Para salir de esta hay que apostar de forma decidida por el sector público sanitario y de los cuidados, y no por lo contrario, como hace el Gobierno del PP en la Comunidad de Madrid. Hay que apostar por la escuela pública, y no cargarse de un plumazo 14.000 plazas, como denuncia CCOO de enseñanza en Madrid que ha hecho el Gobierno de Ayuso; hay que potenciar los hospitales públicos, no privatizarlos de forma encubierta, como ha hecho el Gobierno de Ayuso con el Niño Jesús; hay que cuidar el medio ambiente, no dar una vuelta de tuerca a la liberalización del suelo en Madrid para esquilmar y ‘rentabilizar’ los espacios naturales. ¿Acaso estas políticas depredadoras benefician al conjunto de la población madrileña? Madrid es la Comunidad con la renta media más elevada y también la que peor reparte. Es el lugar con más desigualdades y más nichos de crecimiento de la pobreza de España.
Las mujeres en tiempos de pandemia
Cuando las mujeres se quejan, se manifiestan y exigen la vía feminista de la inclusión y la igualdad es porque la bota del patriarcado capitalista que esquilma y explota aprieta sus cuellos más que nunca. La crisis del COVID-19 muestra con escándalo que las mujeres están siendo las más afectadas, en todos los sentidos, y que eso es una característica desgarrada y violenta de la desigualdad que provoca el patriarcado capitalista.
La violencia hacia las mujeres se manifiesta de forma física y cotidiana en los hogares confinados como la gota malaya, que no cesa, que sigue matando en la intimidad del lugar que se presupone un refugio, pero que para miles de mujeres es una cueva en la que domina una fiera que desgarra. No hay tregua en la pandemia.
La violencia también se manifiesta fuera de las casas, porque es violencia el desprecio que estamos presenciando con salarios de miseria y trabajos precarios hacia las personas que están poniendo el cuerpo en esta pandemia en España, que son mayoritariamente las mujeres las que ocupan los trabajos del sector de los servicios y la atención a los y las demás personas. Sectores muy deteriorados debido a la legislación laboral involutiva puesta en marcha por el Gobierno del PP con Rajoy a la cabeza, y que es necesario derogar ya. Es necesario organizar las sociedades bajo otros criterios y paradigmas de dignidad.
Sobre las espaldas de millones de mujeres, con los derechos mermados, está sujetándose con parihuelas el sistema patriarcal capitalista que las explota doblemente. Tal como recogía Marisa Koham en un articulo reciente en Público, citando a la economista feminista Carmen Castro, las mujeres están en primera línea sosteniendo la vida. Ellas suponen el 85% del personal de enfermería y ocupaciones relacionadas; el 70% de las trabajadoras de farmacias; el 90% de las limpiadoras de empresas, hoteles y hogares (incluido el servicio de empleadas domésticas) y cerca del 85% de las cajeras de supermercados. Ellas son las que atienden, todo el tiempo a los demás, dentro y fuera de la casa. Ellas están ahí, poniendo el cuerpo siempre. También las mujeres del campo, jornaleras de la fresa, trabajadoras de la tierra explotadas, invisibilizadas, olvidadas y tan necesarias.
María Sánchez afirma en Tierra de Mujeres (Seix Barral, 2091), que “Las mujeres siguen siendo invisibles aunque estén ahí. Trabajan con ellos y no son titulares de la tierra. No toman decisiones. Pero trabajan todos los días. Tienen tiempo para todo. Las llaman mujeres todoterreno como alabanza, cuando debería reprocharse y ser visto como algo malo que una mujer esté disponible para todo y para todos siempre”.
Esto es aplicable al campo y a la ciudad, es fruto del patriarcado, que al invisibilizar el trabajo y los esfuerzos de las mujeres, los desvaloriza de tal manera que en una economía capitalista se aprovecha para hacer dobles rentas de los cuerpos y del trabajo de las mujeres, sacando plusvalías que están desangrando el cuerpo social de los sustentos.
La pandemia está mostrando la verdadera cara del sistema.
Las mujeres feministas tienen que seguir de pié, mostrando lo altas que son, su talla política y social, y sus ganas de aportar soluciones para cambiar las cosas. El momento es difícil, dramático, terrible, pero es un momento decisivo en el que se puede inclinar la balanza hacia un espacio que ampare las vidas dignas, que provea, que cuide. Para salir de esta hace falta más feminismo, más reparto, más inclusión, más igualdad, más cuidado a la madre tierra. Se lo debemos a los hijos que hay sobre la tierra y a los que vendrán, se lo debemos a las miles de especies que conforman esa biodiversidad que nos da la vida.
Este artículo ha sido publicado también en Asamblea Digital y en Nueva Tribuna.
Carmen Barrios Corredera, escritora y fotoperiodista.

jueves, 28 de mayo de 2020

POEMAS ILUSTRADOS DEL CONFINAMIENTO II



Va una nueva entrega de POEMAS ILUSTRADOS DEL CONFINAMIENTO.

Javier Castarnado y yo continuamos inmersos en un diálogo entre la palabra y el dibujo pleno de sentimientos y de emoción.


Octavo poema ilustrado del confinamiento
Noveno poema ilustrado del confinamiento


Décimo poema ilustrado del confinamiento


Once poema ilustrado del confinamiento


Doce poema ilustrado del confinamiento


Trece poema ilustrado del confinamiento

viernes, 8 de mayo de 2020

POEMAS ILUSTRADOS DEL CONFINAMIENTO



Javier Castarnado, dibujante y fotógrafo, pero sobre todo entrañable y querido amigo de largo tiempo, y yo hemos iniciado una serie titulada POEMAS ILUSTRADOS DEL CONFINAMIENTO. 

Ya colaboramos en un libro de relatos eróticos publicado recientemente, DE PALABRAS COMO LENGUAS EN TU BOCA, Utopía Libros,  noviembre de 2019 y el confinamiento nos ha proporcionado abrir la puerta a una nueva posibilidad creativa. 

Nos estamos divirtiendo retándonos el uno a la otra o la otra al uno, según la ocurrencia...y ahí vamos, creando poemas dibujados en una espiral que nos divierte y nos une como creadores una vez más. 

Por el momento llevamos 7, que voy a compartir en este post.  



Primer poema ilustrado: LA MUJER QUE HAY EN MÍ
Segundo poema ilustrado: CUANDO ESTO PASE...
Tercer poema ilustrado: CONFITADA
Cuarto poema ilustrado: DE TU MANO
Quinto poema ilustrado: QUÉ ES POESÍA
Sexto poema ilustrado: DE GANAS DE TI
Séptimo poema ilustrado: CON LOS DEDOS

viernes, 1 de mayo de 2020

1 DE MAYO EN CONFINAMIENTO POR COVID-19. MEMORIA Y JUSTICIA SOCIAL, MUCHO POR REIVINDICAR.

La casa de todos



1 de Mayo 2020 en confinamiento por COVID-19.  Memoria y justicia social, mucho por reivindicar
El 1 de Mayo de 2020 celebramos y reivindicamos en casa una fecha que nos pertenece. Se cumplen 130 años de historia de luchas en España que celebramos y reivindicamos confinados, pero no en soledad, orgullosos de pertenecer al equipo de los comunes. Millones de trabajadoras y trabajadores del mundo entero estamos hoy en nuestros domicilios, en nuestros refugios recordando quienes somos: personas trabajadoras, que unidas a miles, a millones, construimos el presente y hacemos grande una historia que nos pertenece, que labramos exigiendo vidas dignas que hacen avanzar el mundo. Es la primera vez -desde la infancia para muchos- que no acudiremos físicamente a esa manifestación anual en la que las personas que nos reconocemos hermanas de la clase trabajadora nos reunimos para rendirnos homenaje mutuo y continuar reclamando derechos.  
En la memoria de algunos queda el recuerdo de la manifestación del 1 de Mayo de 1975. Los militantes organizados del todavía clandestino Partido Comunista de España convocaban una concentración-celebración-comida popular en el Pinar de la Siete Hermanas de la Casa de Campo junto a los miembros del también clandestino sindicato CCOO. La intención que subyacía era recuperar espacios de libertad política, sindical y social en un lugar emblemático, ganado para el pueblo un 30 de abril de 1931, cuando la Casa de Campo fue confiscada por el Gobierno de la II República y entregada oficialmente al Ayuntamiento de Madrid como parque de uso público para el disfrute de los comunes. Hasta ese día era el Parque de la Corona, reservado para la Casa Real y los nobles. Así, el 1 de Mayo de 1931 las gentes de Madrid salieron masivamente a celebrar el Día Internacional del Trabajo con comidas populares en ese espacio físico conquistado para el pueblo, que se convirtió en un símbolo.
Dicen las crónicas de nuestros padres y madres, que cuando los convocados de 1975 se sentaron a compartir la comida el pinar fue rodeado por la policía nacional a caballo. La gente decidió permanecer sentada, familias enteras, haciendo un picnic campestre -prohibido por la dictadura- obviando las sombras grises, que se alzaban sobre sus cabezas formando alrededor del pinar como un ejército de confederados dispuesto a cabalgar sobre el campamento de los Siux.
Todavía no había muerto Franco. Muchos no olvidan. La memoria ayuda a construir el presente con mayor libertad. Hace 45 años de aquello. Mediados de los setenta era un hervidero de huelgas y manifestaciones, de gentes gritando libertad y reivindicando derechos que luego fueron reconocidos en la Constitución española gracias a la presión ejercida en las calles por nosotros y nosotras, los y las comunes, las gentes trabajadoras que no nos conformamos y que exigimos justicia social en cada época que nos toca vivir y construir.
El 1 de Mayo del 2020 saldremos al balcón a manifestarnos como mujeres  trabajadoras que somos, porque tenemos mucho que reclamar en esta vida desigual que nos toca vivir.
La pandemia desatada por el COVID-19 ha mostrado la debilidad del sistema capitalista, que promueve la competitividad individual y la privatización de lo público, lo común, lo que es de todos, desde la filosofía neoliberal, que por desgracia se ha ido imponiendo como fórmula cultural y económica desde que Thacher y Reeagan iniciaran la gran involución social en los años setenta del siglo pasado.
No hay que olvidar que en la crisis de 2007 los poderes económicos dieron una vuelta de tuerca extra contra los derechos sociales y laborales, haciendo recaer sobre las espaldas del cuerpo social y de las y los trabajadores el desastre de la crisis. Desastre que se cebó especialmente sobre las mujeres, desestabilizando, precarizando y depauperando empleos del sector de los servicios, especialmente ocupados por ellas como son el comercio, la limpieza, los cuidados, la salud y la educación. Sectores que, en esta pandemia del COVID-19, están sujetando en parihuelas al país, con personas que están trabajado hasta dejarse la piel y la vida, en algunos casos, para atender y salvar al resto con contratos y salarios muy precarios.
En la crisis económica de 2007 se socializaron las pérdidas de los negociantes de casino y fuimos nosotros y nosotras los que pagamos con recortes de los servicios públicos y de los salarios un desastre económico del que todavía no se había terminado de salir, cuando se desencadenó esta pandemia.
Muchas personas saldremos al balcón el 1 de Mayo de 2020 con la vista puesta en el después. Cuando por fin comience la desescalada y podamos regresar a la vida normal, lo haremos con la intención de terminar con la “normalidad” impuesta por el capitalismo neoliberal, que es una anormalidad enfática que mina la vida digna.
Durante la pandemia se ha visto con claridad que han sido las iniciativas promovidas y coordinadas por el Estado, en forma de ayudas y regulando ERTE’s para proteger el empleo, con fondos y recursos públicos -doscientos mil millones de euros puestos a circular, para frenar el desastre que se cernía sobre los más-. A ello se han sumado también numerosas decisiones solidarias de cooperación -impulsadas por las gentes en los barrios- para atender a los demás y dar de comer a miles de personas, que quedaron sin empleo ni recursos de un día para otro y que en grandes ciudades, como Madrid, ni Ayuntamiento ni Comunidad Autónoma han respondido para poner más dotaciones en los servicios sociales capaces de solventar las cosas.
Cuando las Administraciones no llegaban, precisamente por falta de recursos en los servicios sociales de personal y de fondos en Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, debido a los recortes y el adelgazamiento de lo público -que dejó la crisis económica anterior- han estado el poder del Estado organizado y las personas solidarias para actuar con decisión y eficacia.
Esta pandemia ha mostrado evidente que es muy necesario fortalecer las estructuras de los servicios públicos universales, como son la sanidad, los servicios sociales, la atención a los ancianos, en definitiva, invertir en todos aquellos servicios públicos de los cuidados que ayudan al sostenimiento de la vida digna. No podemos permitir más una sociedad desnuda.
Trabajo digno
Además, se hace necesaria una legislación laboral que proteja el empleo. Resulta escandaloso e inadmisible, por ejemplo, que el personal médico –médicas, enfermeras, celadores, personal de limpieza y cocina de los hospitales, conductores de ambulancia, etc- que está atendiendo y poniendo el cuerpo en los hospitales en la lucha contra esta pandemia que devora vidas, lo estén haciendo sin la debida protección física (batas, material, epis…) hacia sus personas, con contratos precarios, sueldos bajos y sin expectativa de continuidad. O, por poner otro ejemplo, que los trabajadores de las plataformas de servicios de mensajería a domicilio estén subidos al coche, la furgoneta, la moto o a bici sin derechos, sin cubrir por contrato alguno y sin protección ni respaldo legal. Lo mismo pasa con los trabajadores y trabajadoras del campo, los braceros y temporeras, jornaleros –migrantes o no- tan esenciales en esta crisis del COVID para llevar comida a las mesas de toda la ciudadanía y tan injustamente maltratados laboral y vitalmente.
No puede mantenerse la dignidad de un país con el cuerpo social roto por condiciones laborales injustas y dejadas al albur de las fluctuaciones del mercado. Todo esto se tiene que corregir.
La llamada vuelta a la “normalidad” debe hacerse, en fin, contemplando cuales son las cuestiones esenciales que permiten que las gentes de un país vivan dignamente, y apostar de forma decidida por un cambio de rumbo que proteja las cosas de comer, pan, trabajo, techo y todos los adelantos que permiten dignidad y confort.
En la salida digna y conjunta de esta crisis hay que pensar primero en que la gente coma, con un ingreso mínimo vital asegurado, tal como propone el Gobierno de España.
Y a continuación ponerse a pensar en el país que queremos construir. Uno nuevo pensando en lo colectivo, lo social, lo público, protector de las personas y las vidas dignas, en el que se cuide el medio ambiente y la autosuficiencia agroalimentaria, en el que la energía limpia fluya, que se puede, y no sea producto para especular, sino para el bienestar de la población, un país que le de una vuelta al fortalecimiento de su industria y que transforme todo ese caudal que se invierte en armamento que no necesitamos en inversión en investigación y desarrollo. O, por el contrario, un país que retorne a la “normalidad” del capitalismo neoliberal –que es ineficaz y ha costado miles de vidas en esta pandemia- en el que cualquier brizna de vida puede ser objeto de lucro o especulación, que no reparte la riqueza, hay desigualdad creciente y cada vez más focos de escandalosa pobreza.
La pregunta es, ¿de verdad es tan costosa la vida digna?
O más bien ¿qué es una vida digna?
En este 1 de Mayo tan especial, en confinamiento, hemos recordado como un 1 de mayo del año 31, la Casa de Campo dejaba de ser un coto cerrado –en el más estricto sentido del término- y  se convertía en un espacio común, con la importancia, que hoy ha vuelto a tener el significado del término, si algún día lo dejó de tener. Y aquellos ciudadanos del Madrid de la época, al igual que aquellos madrileños del año 75, aquellos comunes y comunistas,  término vilipendiado en estos días por las derechas -que en España han sido siempre una casta de parásitos- de forma conocidamente peyorativa. Sin la lacra que toda una corriente de intereses ha querido echarle encima, sobre todo desde los males del estalinismo, hecho utilizado para confundir el todo con la parte, es decir el término y su significado, el más radical sentido de la palabra. Comunista, según el sentido etimológico, es el partidario de la organización y cuidado de lo común. Viene del latín “communis”, común, y el sufijo griego “ista”, el que sigue cierta doctrina.  Es decir lo común, como base del desarrollo humano. El comunismo en la actualidad no niega la propiedad privada, sí su acumulación desmedida y el sistema de corrupción sociopolítica que instala hoy el neoliberalismo. Sigue proponiendo la más relevante identidad de lo comunitario, lo común (lo que es de todos, lo que es público para toda la sociedad como derecho) como uso y base de lo que se vive, o con lo que vivimos. Los comunistas señalan que los pilares esenciales de desarrollo y dignidad social deben estar en manos de los gestores de lo común, el órgano que representa a todos de alguna u otra forma: el Estado democrático y de derecho. El Estado por tanto, es el espacio garante y común de las necesidades y también el promotor de las herramientas de crecimiento y progreso de los ciudadanos (Estado del Bienestar), primero como generador de escenarios que faciliten una vida digna en todas sus etapas, respondiendo a las tremendas inseguridades de la vida desde su nacimiento y asegurando al individuo el desarrollo pleno de todas sus potencialidades.
El primer paso de la vida digna, por tanto, es existir con las necesidades resueltas y con las igualdades dispuestas, es decir, no solo existir materialmente, sino apoyar a todos por igual (otorgar las herramientas) para facilitar las potencialidades de cada uno.
Tener derecho a una vida digna, por tanto, es una consecuencia lógica de la evolución humana que debe desarrollarse de forma paralela a la protección y la armonía con la naturaleza.
¿Tienen las personas el derecho a una vida digna?
Obvio, porque ese es el Paraíso –el Paraíso como metáfora del lugar feliz o de la mejor vida-  que la humanidad ha perseguido desde sus orígenes: el Paraíso en todas las culturas. Nos acogemos a esa idea que afirma que el primer acto civilizado de la Historia, fue el momento en el que un ser humano cuidó de otro. El derecho a la vida no es un maniqueísmo cultural, es aquel acto natural que nace del cuidado a otro –existe como principio de empatía hacia el dolor ajeno y responde como acto de bien común. Por tanto, ¿si la protección de esa vida germinal es primordial, por qué su salvaguarda y potenciación en su desarrollo –la de todos en dignidad- no es un derecho innegociable?
Explicado el derecho de una vida digna y su proyección al bienestar de todos, al bien común, volvamos al  tema que nos atañe: ¿Qué revindica el 1 de Mayo?
El 1 de Mayo                                 
Hace 130 años que conmemoramos la lucha por los derechos de los trabajadores en España (el 1 de mayo de 1890 se convoca la primera jornada de lucha pública), los derechos a la vida digna, al empleo digno, de los y las trabajadoras, de los y las asalariadas, en honda referencia hacia la identidad de los explotados, y anteriormente de los esclavos.
El origen de esta conmemoración está en los ocho anarquistas condenados en Chicago, cinco fueron ahorcados y dos condenados a cadena perpetua, tras los acontecimientos de abril 1886, la huelga y manifestación por el derecho a las 8 horas que La ley de Ingersoll del 25 de julio de 1886 había otorgado a los trabajadores y que no se cumplió por parte de los patrones en aquellas trágicas jornadas. La represión, durísima, tuvo como consecuencia el asesinato de muchos obreros y la muerte de dos policías. Este último hecho fue el que llevó a las autoridades a ajusticiar con la máxima pena a los responsables, según ellos, de los hechos.  Semejante injusticia frente al derecho conquistado de la jornada laboral de las 8 horas, muestra la enorme dificultad que la vida digna ha tenido, y tiene, para consolidarse como derecho en la Historia de la humanidad. Esta es una de ellas, la que conmemoramos, pero los sufrimientos son incontables, y a día de hoy constantes. Conmemoramos también en este día el derecho al descanso… a la pereza, como afirmaría Paul Lafarge en su ensayo El derecho a la pereza, editado en 1883. Aquella idea primitiva de las ocho horas de trabajo, las ocho horas de ocio y las ocho de descanso. El descubrimiento del concepto de plusvalía (o plusvalor), idea central junto al de mercancía en el primer tomo de El Capital de Karl Marx. Definía el valor que el trabajador asalariado crea por encima del valor de su fuerza de trabajo en el modo de producción capitalista, generando la acumulación capitalista. Un asunto que hoy se sustenta de forma primordial y sangrante en el beneficio constante, como extraordinaria plusvalía, que las empresas exprimen del conocimiento humano. ¿Cómo es posible que estemos permitiendo que los beneficios del conocimiento humano sean mercadeados y privatizados, además en nuestra contra? ¿Cómo es posible que estemos permitiendo que los avances de la tecnología, que precisamente salen de ese conocimiento humano común, puesto en red y en valor, se esté utilizando en contra de los intereses de la mayoría, y esté sirviendo para desvalorizar el trabajo, en lugar usar los enormes beneficios de ese conocimiento para favorecer que haya mayor reparto de las riquezas que proporciona?
El derecho a unas condiciones dignas del trabajo, tanto en épocas pasadas, como hoy en día, suponían y siguen suponiendo reivindicar reparto a través del salario directo y del salario social, que se provee con mejores condiciones de vida a través de los servicios públicos y de los cuidados para todos del Estados del Bienestar.
La lucha por tanto no ha acabado, se perpetua y el día que conmemoramos siempre será un día para recordar el porqué de una forma de vida, que como Hegel definió en el pasaje de la dialéctica del amo y del esclavo en la obra Fenomenología del espíritu (1807) viene desde el momento en donde lucharon dos hombres por el liderazgo del clan, uno que no tuvo miedo a la muerte, el aristoi (aristócrata o noble) y el otro que sí, al proteger la vida –un acto mucho más humano-, que acabó siendo el esclavo. Sin embargo tras el desarrollo de la Historia, el segundo creo la cultura, al trabajar los medios y amoldarlos con su trabajo generando pautas vitales comunes y beneficiarias al conjunto, mientras que el primero vivía en su ociosidad y competencia. Esa es la Historia, el 1 de Mayo es el símbolo de muchas luchas, pero con  una simbología enorme, es la fiesta que tiene mayor contenido de lo humano que se celebra en todo el Planeta.
El 1 de Mayo nunca ha sido un día más, pero hoy se hace incluso mucho más relevante, en el confinamiento por COVID-19.
Desde casa conmemoraremos, la razón por la que miles de trabajadores y trabajadoras mantenemos presente la idea de una imposición motivada por una forma de producción, que a marchas forzadas nos plantea una nueva dinámica y relación. La Historia nos vuelve a dar una nueva oportunidad, y el tiempo se hace relativo.
La idea del trabajo se replantea y la idea de la comunidad se fortalece. Aquellas ocho horas, aquellas reivindicaciones dignas que llevaron a cinco anarquistas al patíbulo, nos pueden parecer hoy lejanas, pero su espíritu sigue latente… El derecho a la vida digna, al tiempo de cada individuo, al trabajo digno, reconstituyente, motivador, emancipador y no esclavo. En definitiva el derecho a poseer las riendas de nuestra vida.
Para terminar, igual convendría releer Eros y la civilización (1955), libro en el que Herbert Macusse dispone una sociedad donde la producción de bienes ya es completa y donde los ciudadanos ya no necesitarían trabajar para poder vivir con dignidad, sí trabajar o hacer, o producir desde el deseo o el gusto por su pasión. Ya que los medios existen y están dispuestos, es sólo la acumulación capitalista y el consumo a través de intercambio monetario (pobreza-abundancia) la que perturba por su objetivo de beneficio para las entidades y propietarios de los medios.
En nuestro país se ha propuesto un ingreso mínimo vital para ayudar a las familias a salir de esta nueva situación límite creada por los efectos de la pandemia. Los acumuladores de capital deben contribuir al bienestar de los comunes con una justicia tributaria que todavía está por escribir y definir en forma de derechos.
Son muchas las cuestiones que revindicar en este 1 de Mayo de 2020, pero es indudable que el mundo está cambiando.
Comprobamos como las ideas históricas de la izquierda de protección de lo común y de los comunes continúan sirviendo de base para desarrollar un nuevo pacto social, político, cultural y económico por la vida digna que no deje a nadie atrás.

Texto firmado y redactado por:
Alberto Moreno, Periodista y Carmen Barrios Corredera, Escritora y Fotoperiodista. Foto: Carmen Barrios Corredera