miércoles, 27 de marzo de 2013

Una historia sobre la soledad

El cuento que viene a continuación es una historia sobre la soledad. Se titula "Vacío", porque trata sobre los efectos que provoca la soledad no elegida, sino impuesta por circunstancias adversas, inadvertidas y/o fortuitas sobre una mujer que fió su estabilidad única y exclusivamente a su relación de pareja. Cuando esta se termina sin previo aviso, ella comienza a mutar físicamente y va como desapareciendo, perdiendo hasta el color en ese vacío en el que se ha convertido su vida. 

La fotografía que le acompaña se la realicé a una amiga que se prestó amablemente a posar en circunstancias de iluminación extraña, y el resultado ha sido su transformación en una especie de espíritu sin rostro, una figura a punto de desaparecer.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


Contraluz














Vacío

La mujer en blanco y negro deambula por su casa de forma automática. Parece el personaje de una fotografía antigua, recién salida de una imagen lúgubre de postguerra. Desde que introduce la llave en la cerradura y traspasa el umbral de la puerta de su piso, hasta que se acuesta, recorre cada estancia sin reparar en nada. Es como una de esas muñecas con cuerda que caminan por impulso, mecánicamente, del pasillo a su habitación, de su habitación otra vez por el pasillo hacia el cuarto de baño, del cuarto de baño a la cocina, de la cocina al salón, del salón de vuelta al pasillo para recalar en la habitación de nuevo.

La mujer en blanco y negro hace días que no se mira en el espejo. La última vez que lo hizo se dio cuenta de que la mitad de su rostro estaba inexpresivo y sin tonalidad alguna que coloreara sus mejillas. El pelo se encontraba deslucido y alterado por una plaga fraccionada de mechas grises, como si la hubieran estado revelando en un laboratorio y el proceso se hubiera quedado sin concluir. Se quita la ropa como si fuera una autómata y se coloca una bata de andar por casa rosa pálida, que contrasta con la tonalidad grisácea en la que se ha ido transformando la piel de sus brazos con el paso de los días.

La mujer en blanco y negro se prepara un vaso de leche caliente y unas galletas para ocupar el vacío de hueco de ascensor en el que se ha convertido tu estómago y siente sus piernas flojas, como si fueran la tripa blanda de un acordeón estropeado. Últimamente come lo que sea, lo imprescindible para no desfallecer, porque se ha dado cuenta de que ingiera lo que ingiera su piel continua inexorable su metamorfosis hacia las tonalidades propias de un papel de periódico. Por eso, simplemente toma lo que sea y se va a la cama. Una cama demasiado grande para una sola persona.

La mujer en blanco y negro ocupa su lugar de siempre, el lado izquierdo de la cama según se mira desde la puerta. A su costado queda un gran espacio muerto, un espacio que se queda frío como una plancha de aluminio pulido, desde hace quince meses y veintiún días.

La mujer en blanco y negro lleva quince meses y veintiún días sin abrir el otro lado del armario de su habitación. Quince meses y veintiún días sin tocar la otra mesilla, que está cubierta por una ligera capa de polvo que tamiza el color de la madera y extirpa cualquier atisbo de vida; quince meses y veintiún días sin girar la llave del grifo del lavabo de la derecha; quince meses y veintiún días sin entrar en la habitación del fondo; quince meses y veintiún días sin... Su casa se ha llenado de espacios muertos, lugares callados, invadidos por una quietud propia de las estampas de época, espacios en los que no vive nadie, nadie los da uso, nadie los toca.

Su propio cuerpo se ha convertido en un espacio muerto y de color imposible. La mujer en blanco y negro lleva quince meses y veintiún días sin una caricia íntima, sin un beso apresurado en la mejilla antes de salir a trabajar, sin un roce suave entre las sábanas, sin un abrazo ante el espejo del baño. Quince meses y veintiún días sin… es mucho tiempo.

La mujer en blanco y negro vive rodeada de un vacío agobiante, que gime por las noches y extiende un eco sordo de caverna desierta dentro de su cabeza, un hueco imposible de llenar. ¿Dónde está él? ¿Por qué ha desaparecido sin dejar rastro? Estas dos preguntas ocupan el único espacio del cerebro gris de la mujer en blanco y negro que no está muerto.

Carmen Barrios.

viernes, 8 de marzo de 2013

8 de marzo: siempre reclamando la igualdad




El 8 de marzo es un día para celabrar y reivindicar. Pego un cuento  que está dedicado a todas las mujeres que llevan reclamando derechos de igualdad desde que existen las piedras, desde que sale el Sol cada mañana y la Luna viene y se va para completar un ciclo de 28 días, a todas esas valientes mujeres que se han plantado alguna vez ante los poderosos para decir NO, y con su acción han contribuido a que se den pasos adelante. ¡!!!Feliz 8 de marzo¡¡¡ 

El relato va acompañado por una fotografía que realicé en una callejuela de Marrakech en la que se puede ver el mimo que puso el artista o la artista para retratar una mujer pensativa y mirando al frente tranquila. El rojo de los muros de esta ciudad hacen resaltar con vida propia esta imagen tan bella. 

El relato  y la fotografía también han sido publicados en la web www.nuevatribuna.es
en la sección de cultura. 

Va el cuento:

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso lleva guiando su autobús en el primer turno del día tanto tiempo como las columnas que sujetan la casa de Hades sobre la faz del Inframundo. Sortea los flujos de coches que se concentran durante las horas punta con la misma destreza que Caronte, el mítico tripulante que inauguró la línea y cubre el turno vespertino hace una eternidad. Ella es consciente de la pesadumbre que habita las almas de los usuarios, que se acomodan en los asientos del vientre de acero del vehículo como un rebaño de corderos mansos listos para llegar a su destino.
  
La conductora de la línea Cementerio-Paraíso es muy concienzuda en su trabajo. Nunca deja nada al azar. Antes de comenzar a deslizarse por las calles revisa cada día la presión de las ruedas, la respuesta de los frenos y el buen estado de uso de los asientos y los asideros. Considera de una importancia extraordinaria que los usuarios de la línea realicen el trayecto con seguridad, pues han pagado el precio por adelantado para llegar a la última parada sin sobresaltos ni incomodidades que puedan perturbar su dignidad.

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso es una mujer experta, que tiene entre sus manos un volante privilegiado para el tránsito. Cuando finaliza su jornada siente la inquietud punzante de la duda si algún pasajero toma el camino de vuelta, porque eso significa que puede quedarse suspendido entre dos mundos como una sombra errante.

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso está segura de la importancia del trabajo que realiza, de la responsabilidad sagrada que atiende cada día, pues debe cumplir con todos los requisitos del ritual de tránsito sin escamotear un solo minuto al tiempo asignado por Crono para cada trayecto. Y lo cumple con la rigurosidad de la salida del Sol o la llegada puntual de la Luna nueva.

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso siente una opresión espesa que exprime su corazón, porque no entiende el motivo por el que Zeus, el dueño de la empresa que la contrató hace ya tanto tiempo, prefiere fijarse en lo bien que le sienta el uniforme en lugar de reparar en el trabajo que ella realiza. Se ha enterado de que Zeus recompensa sus esfuerzos muy por debajo de la asignación que recibe Caronte, cuando ella ha demostrado con creces que sus capacidades son igual de buenas que las de su compañero del turno vespertino.

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso ha decidido detener de forma indefinida su vehículo en la parada del lago Lete como muestra de protesta, en el distrito de Inframundo -a medio camino entre Cementerio y Paraíso- donde los usuarios que tienen el alma blanda pueden detenerse para borrar todos sus recuerdos. Los demás, los que no tienen el alma blanda, han elevado una queja contundente, porque si hay que hacer una pausa indefinida ellos prefieren que sea en Mnemósine, donde pueden beber las aguas del saber y de la consciencia eterna.

El lío monumental que se ha montado en Inframundo ha llegado a los oídos de Zeus, el dueño y señor de la empresa, que está escandalizado por el curso que han tomado los acontecimientos, con cientos de almas errando por Inframundo sin encontrar solución a su destino y miles haciendo cola en Cementerio, al principio de la línea. Está enfurecido y ha amenazado con abrir un expediente terrible a la conductora del primer turno del día de la línea Cementerio-Paraíso.

Sin embargo, ella está tranquila y totalmente dispuesta a persistir en su protesta durante toda la eternidad si hiciera falta, hasta conseguir el mismo trato, el mismo reconocimiento y la misma recompensa que recibe Caronte. Está convencida de que su exigencia es un asunto de justicia y teme con más intensidad las malas pasadas que le puede infligir su propia conciencia si cede, que a un jefe con el carácter de un dios enfurecido.

Carmen Barrios


domingo, 10 de febrero de 2013

La indignación se viste de imaginación

Gangas

El cuento que pego a continuación es un homenaje a todos aquéllos que no se quedan quietos ante las injusticias y que protestan para exigir que las cosas cambien y mejoren para el conjunto de los ciudadanos. He recogido algunas de esas frases ingeniosas (que comenzaron a aparecer con las protestas del 15M y que han proliferado desde entonces) con las que las personas se han significado en las multitudinarias manifestaciones que hay casi cada día contra los recortes, aportando imaginación a la indignación.

La fotografía que lo acompaña la realicé en El Rastro, uno de esos días mágicos en los que el desorden del final de la mañana hacen de la calle un escenario preparado para el arte.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es


El lugar en el que nunca pasa nada


El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que recorren los pasillos como las cucarachas sorprendidas por un rayo de luz. Nadie sabe quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en el salón de las comidas en la que puede leerse: “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”. La pintada ha sido descubierta un día después  de que se suspendieran las clases de teatro en las que participaban más de la mitad de los residentes. La dirección del centro aseguró en una circular que se suprimían debido a un recorte en el presupuesto.

El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que atruenan los pasillos como un grupo de adolescentes en un concierto heavy. Nadie sabe  quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en el frontispicio de la capilla en la que puede leerse: “No nos falta dinero, nos sobran ladrones”. La pintada ha sido descubierta después de que se supiera que las monjitas que atienden a los residentes han sido las principales beneficiarias del testamento de tres ancianos con demencia senil recientemente fallecidos.

El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que retumban en los pasillos como golpes de hambre en las paredes de los estómagos de los niños. Nadie sabe quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en la que puede leerse: “Violencia es dejarnos sin galletas”. La pintada ha sido descubierta un día después de que se dejaran de repartir galletas en la merienda de los residentes. La dirección del centro aseguró en una circular que se suprimían las galletas en las meriendas debido a un recorte en el presupuesto.

El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que inundan los pasillos como el agua que rebosa los pantanos en una crecida tras una noche de lluvias torrenciales. Nadie sabe quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en el consultorio médico en la que puede leerse: “¡Exigimos que nos traten como personas, no tenemos prisa para morirnos!”. La pintada ha sido descubierta un día después de que un residente muriera de una subida de tensión justo la noche en la que entraba en vigor la nueva norma por la que se han eliminado las guardias médicas nocturnas. La dirección del centro aseguró en una circular que se suprimían las guardias médicas nocturnas debido a un recorte en el presupuesto.

El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que ensordecen los pasillos como una salva de cañonazos. Nadie sabe quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en la recepción del centro, frente a la puerta del director, en la que puede leerse: “Si luchas puedes perder, si no luchas estás perdido”. La pintada ha sido descubierta un día después de que se repartiera una circular en la que se advertía de que comenzarán a cobrarse los medicamentos, se suspenderá el servicio de comedor para las cenas y se eliminará la consulta de fisioterapia y estimulación.

El lugar en el que nunca pasa nada, ha sido invadido por un grito sordo y unánime de protesta. Todos los ancianos de la residencia se han concentrado delante de la fachada del centro con una brocha en la mano para realizar una pintada gigante de múltiples colores en la que pueda leerse: “Cada corazón es una célula revolucionaria”. Han acampado en el jardincillo que hay a la entrada del centro con la intención de no moverse hasta que readmitan a Bernardino y a Francisca, los dos residentes del segundo piso a los que pillaron hace dos días con el spray del delito en la mano, justo después de finalizar una pintada en la que podía leerse: “Si no hay platos para todos, romperemos la vajilla”. Los dos admitieron ser los autores de las pintadas que han hecho de esta residencia de ancianos un lugar en el que han comenzado a pasar muchas cosas.

Carmen Barrios

domingo, 20 de enero de 2013

Urgencias

La mujer de negro




La sanidad pública está siendo objeto de un ataque sin tregua por parte de la derecha en España. Han emprendido un cambio de modelo profundo para privatizarla y cada día nos levantamos con una agresión nueva en cualquier punto de la geografía española. 

Siguen la técnica de la gota malaya.  Cada día una medida nueva encaminada al objetivo: la privatización total del sistema de salud español. Han visto una presa suculenta y no la sueltan. Quieren hacer el negocio del siglo a costa de nuestra salud con impuestos injustos e inconstitucionales sobre los medicamantos -el euro por receta-, privatizaciones de servicios hospitalarios, transformación de hospitales públicos de referencia en centros asistenciales, privatizaciones de grandes hospitales en Madrid (que ellos llaman "externalizaciones" haciendo piruetas con el lenguaje), amenaza de privatizaciones de los centros de salud y del sistema en general de la sanidad madrileña, ...y un largo etcétera. 

Hace unos días le tocó el turno a las urgencias de pueblos pequeños de Castilla la Mancha, que el Gobierno del PP de María Dolores de Cospedal quiere cerrar para ahorrar. Los habitantes de esos pueblos se han puesto en marcha para defender un servicio que consideran esencial, porque salva vidas. 

El cuento que pego a continuación va sobre este tema, que considero escandaloso, terrible y un gran retroceso. No se puede permitir que se cierren las urgencias, son vitales. La vida de los ciudadanos está por encima de cualquier consideración económica. Las urgencias son un servicio público que constituyen una inversión para la vida. ¡¡¡LA SANIDAD PÚBLICA NO SE VENDE, SE DEFIENDE!!!

La fotografía que ilustra el cuento es de Torres de Albarracín, un bello pueblo de la provincia de Teruel, que tuve la suerte de conocer gracias a un buen amigo. Este pueblo no está afectado por esta medida, pero la imagen representa un pequeño pueblo cualquiera de la geografía española al que le podría tocar, si las cosas siguen caminando por esta vereda tan regresiva.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.

Va el cuento:

Urgencias
“Me desperté otra vez entre tus brazos/ me desperté llorando de alegría/tu me querías decir, no sé qué cosa/ pero callé tu boca con mis besos/ y así pasaron muchas…pero que muchas horas…”.  Con los ojos cerrados, bulle todavía entre las sábanas crudas, mientras suena esa canción muy bajito y, a continuación, enseguida escucha el “piii”- “piii” de la señal horaria de Radio Nacional.

Las siete de la mañana, hora de levantarse.  Pero esta mañana le cuesta salir de entre las sábanas. La canción de la radio ha puesto un punto de tristeza tibia en el inicio del día. La misma melodía sonaba la tarde de mediados de enero que se puso de parto, hace casi cincuenta años, en la salita de estar de la casa de sus padres.

El viento y la lluvia azotan con fuerza las contraventanas de su casa y los recuerdos pasan de una estancia a otra de su memoria con la urgencia de un yunque, lentos, causándole una zozobra vital que sujeta su cabeza más tiempo de lo debido a la almohada de su cama.

El final de la señal horaria ha dado paso al inicio de las noticias, que siguen amenazando con el anuncio del cierre de las urgencias médicas para todos los pueblos pequeños del valle donde vive.
Pobo de Dueñas, su pueblo, es uno de los afectados. Como otros tantos de la comarca se va a quedar sin atención sanitaria a partir de las ocho de la tarde. Parece mentira. Es una información que no puede soportar. Es superior a ella. Y encima, para añadir tristeza a su enojo, la escucha después de esa canción, que sonaba por la radio el día que se puso de parto de Adelita, su hija, una niña preciosa con la piel blanca y limpia, pero con el entendimiento frágil como la capa de caramelo que cubre las natillas.  

Adelita nació con muchas dificultades, porque no nacía, se quedó ahí encajada y el médico no llegaba, tenía que venir desde Guadalajara y la vecina de su madre, la señora Jacinta, que había hecho de partera en muchas ocasiones, esta vez no supo qué hacer para ayudarla. Cuando llegó el médico y consiguió sacar a su hija de sus entrañas, ayudado por una especie de pinzas metálicas que la asían de la cabeza, ya era un poco tarde para Adelita, que nació privada y tiempo después la catalogaron como afectada de “debilidad mental”.

Falta de oxígeno a la hora de nacer, esta es la causa de la “debilidad mental” de Adelita, que dentro de unos días cumplirá cincuenta años y sigue tan tierna como si tuviera cuatro. Lleva clavado en el alma que el mal de Adelita se podría haber evitado, que fue una cuestión de tiempo. 

Qué importante es el tiempo para algunas cosas. Unos minutos pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte, entre vivir del todo o con una tara para el resto de la existencia. Esos minutos terribles de espera marcaron la diferencia para su hija, la convirtieron en una niña perpetua, pero con carita de vieja. Por eso le indigna tanto lo del cierre de las urgencias. No entiende que se diga que las urgencias son caras, ¿es caro prevenir la muerte? ¿Les están diciendo a los de su comarca, que su vida vale menos que la vida de la gente que habita en las ciudades? Porque estamos hablando de la vida de las personas, que es preciosa, y única, y no se puede medir con dinero.

Todos los días se pregunta qué va a ser de Adelita cuando ella falte, porque están solas las dos y ella está camino de cumplir los setenta y tres. Y más ahora, que parece que todo se desmorona. “La vida ha cambiado”, “estamos en crisis”, “somos víctimas de un cambio de ciclo económico”, “la culpa es de todos, por vivir por encima de nuestras posibilidades”, “la sanidad es cara”, “las medicinas son caras”, “no se podrán costear las pensiones, porque son caras”…son frases que escucha todos los días por la radio. Pero ella se pregunta por encima de dónde ha vivido…si no se ha movido del pueblo y lo único que ha hecho ha sido trabajar y trabajar para sacar adelante a Adelita. Y ahora esto…lo de las urgencias.

Ella nunca había prestado mucha atención a la política, pero se ha dado cuenta que ahora la política ha cambiado. Se practica un tipo de política que ignora a las personas.  Y este tipo de política la tiene en el punto de mira, se ha fijado en ella de una manera física, brutal, que hiere, como si ella fuera un blanco fácil en una cacería, igual que se ha fijado en sus vecinos de Campillo, y en los de Peralejos, y en los de Checa, y en los de Blancas, y en los de Ojos Negros…a todos los quieren condenar antes de tiempo, al dejarlos huérfanos de atención médica.   

El cierre de las urgencias médicas en la comarca la devuelven a ella y a sus vecinos a cincuenta años atrás, cuando la gente se moría porque el médico llegaba tarde, o la vida quedaba condicionada para siempre por unos minutos de retraso vitales en la atención de un parto. Ella no quiere que nadie más vuelva a pasar por eso. Sabe que no se puede permitir que se cierren las urgencias médicas. Y está dispuesta a lo que sea. A sus setenta y tres años está dispuesta a lo que sea.

Esta mañana fría de enero, cuando faltan diez días para que Adelita cumpla cincuenta años, tiene la certeza de que “la vida ha cambiado”, sí, y de que “estamos en crisis”, sí, pero que ella no es culpable de nada, ni su hija, ni sus vecinos de la comarca, que no han parado de trabajar en toda su vida y seguro que tampoco van a permitir que los manden de vuelta así -por mandato de María Dolores- cincuenta años atrás. 

Carmen Barrios


lunes, 7 de enero de 2013

"Cualquier parecido con la realidad es ...."

El ansia


Pego un cuentecito en el que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Lo que se narra podría haber sicedido en cualquier parte, incluso en la comunidad autónoma en la que vivo. 

La fotografía que lo acompaña la realicé en una calle de Nápoles y es bien elocuente, es una imagen sobre el ansia, el ansia viva, que dirían algunos, ese ansia por amasar y por quedarse con todo que parece dirigir la vida de la gente que nos gobierna. 


Este relato también se ha publicado en la sección de cultura de la revista web www.nuevatribuna.es

La sonrisa del hijo del concejal de abastos

El hijo del concejal de abastos se ha criado rodeado de viandas y sale en todos los retratos con una sonrisa de satisfacción, propia de quien percibe desde la cuna que tiene la vida resuelta. 

Pertenece a ese grupo de familias de orden que siempre han sabido donde tenían que situarse en la iglesia y lo más importante, qué es lo que tenían que hacer para engordar su cartera. Su padre se tiene por un liberal, como lleva escrito en su propio apellido y realizó una brillante carrera como Concejal-Delegado de Mercados y Abastos en una época en la que se llegaba a los cargos públicos de la mano de un padrino del Movimiento y no era necesario montar todo ese lío de organizar unos comicios y presentarse a elecciones.



El hijo del concejal de abastos se peina con una raya marcada como un hachazo sobre el lado derecho de su cabeza y desborda pasión por las corbatas de colores y los gemelos caros. Disfruta como un hipopótamo en una charca de fango jugando al pádel y enviando “bromitas” a golpe de tuit en las que se denigra a las mujeres, pero le irrita sobremanera que se proteste reclamando justicia y se altere el orden que necesitan los de su clase para que no se resientan sus negocios. Como su padre, supo situarse en la iglesia. Se arrimó a la sobrina más ambiciosa del poeta y se pegó a ella como el chocolate fundido a una galleta príncipe.


La sobrina más ambiciosa del poeta ha pagado sus servicios exclusivos, colmándolo de esperanza, con un puestazo en las altas esferas: lo ha colocado con tecnología digital -y sin necesidad de montar todo ese lío de tener que organizar unas elecciones- como presidente de su comunidad, porque está segura de que él velará por sus intereses incluso mejor que ella misma. Sabe que es tan liberal como ella y tiene la misma idea fija en la cabeza: apropiarse de los bienes públicos, convirtiendo a los ciudadanos en clientes de las empresas hurtadas por ellos y por la gente de su iglesia.

El hijo del concejal de abastos ha prosperado mucho desde que “aprobó” aquellas oposiciones al ayuntamiento con la ayuda inestimable de los amigos de la familia y ahora, desde que está en el puestazo de presidente de su comunidad, es un hombre feliz. Se siente el patriarca benefactor de todas esas familias de su iglesia que se frotan las manos y ven montañas de dinero a su alcance cuando miran un hospital, un solar sin urbanizar, una estación de metro o una escuela. Sale en todos los retratos con una sonrisa de depredador saciado, a pesar de los problemas y los sufrimientos que está causando a la gran mayoría de los ciudadanos de su comunidad.

Los ciudadanos de la comunidad del hijo del concejal de abastos no soportan su sonrisa y no se cansan de denunciar las tropelías de Robin Hodd inverso que practica, robando lo que es de todos para repartirlo con los amigos ricos de su iglesia.

La comunidad que gobierna el hijo del concejal de abastos está al borde del desquicie, repleta de huelgas y manifestaciones de protesta, con miles de personas sin trabajo y la pobreza golpeando con fuerza en los estómagos de las gentes. Los empleados de los transportes públicos hacen paros todos los días, y están pensando en pernoctar por turnos en las cabinas del metro y de los autobuses, igual que ya hacen los médicos y las enfermeras de los hospitales y de los centros de salud, que duermen en su lugar de trabajo para impedir que el hijo del concejal de abastos y sus amigos se apropien de ellos.

Los maestros de escuela también se han unido a esta rebelión y pasean por las calles vestidos de verde para recordarle al hijo del concejal de abastos que ellos no pertenecen al club liberal, sino a una mayoría social que está en pie de guerra para defender lo público.

También protestan los de la tele -que lleva semanas fundida en negro-, porque el hijo del concejal de abastos quiere poner el ente en almoneda y barrer a los profesionales como si fueran una montaña de cáscaras de nueces; y los de la radio; y los bomberos; y los vecinos que son desahuciados de sus casas; y los de las tiendecitas de barrio, que se van a pique con la ley de “liberalización” de horarios comerciales; y los empleados de los bancos y los que luchan para que el agua del canal no se convierta en otro negocio más; y los que se oponen a que en medio de su comunidad se construya el mayor casino de Europa y los barrenderos y todos los empleados públicos, y Manuel, y Luis, y Jacinta y Pepa y Blanca y María y…

Pero el hijo del concejal de abastos sigue con su única idea fija en la cabeza: quedarse con todo. Está tan convencido de su fuerza que no se le borra la sonrisa de depredador saciado. Se siente seguro en su puesto, tanto que quiere terminar con las protestas como se hacía en la época aquélla en la que su padre se enriqueció como concejal de abastos, cuando no era necesario montar todo ese lío de la democracia y estaban prohibidas las protestas y las huelgas y las reuniones de más de tres personas.

Los ciudadanos de la comunidad del hijo del concejal de abastos se han conjurado para borrarle su sonrisa de depredador saciado y han montado una acampada permanente en la puerta de su casa para recordarle que son miembros de una mayoría social que prefiere que los bienes públicos sigan siendo patrimonio de todos. Han extendido una pancarta inmensa en la que puede leerse desde la Luna: “¡¡¡LOS SERVICIOS PÚBLICOS NO SE VENDEN, SE DEFIENDEN!!!”.
Carmen Barrios 





domingo, 16 de diciembre de 2012

Una pesada carga


Pego un cuento que no es un cuento, casi es la pura realidad, que supera tantas veces la ficción que sobrecoge. Esta semana leí una noticia en el periódico que me dejó helada, muda, sin aliento. 

La noticia ha dado paso a este relato corto que cuenta la historia de una mujer joven que decidió traspasar, o la obligaron a ello (eso no lo contaba la información) miles de límites físicos y seguramente psíquicos. Ella hacía la función de transporte de cocaína, su cuerpo fragil de mujer de veinte años era el propio recipiente del transporte. 

Llegó al aeropuerto de Barcelona en muy malas condiciones, porque la cocaína ya había pasado a su sangre.

En este mundo hay personas que tienen que perder la propia vida para intentar tener una mínima oportunidad de vivir, y se arriesgan y se juegan todo a una carta: la del comercio más brutal, en la que solo ganan los de siempre. 

La fotografía que pego con el relato la hice en una calleja de Nápoles y muestra la figura maltratada de una mujer con los brazos abiertos, completamente entregada a un destino, ¿a cuál?


Este relato corto ha sido publicado también en la web: www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


Con los brazos abiertos





Una pesada carga

La mujer joven que parece un cadáver tiene el pelo castaño y los ojos brillantes, con ese tipo de brillo que empaña la mirada de los enfermos cuando la fiebre supera todas las previsiones. Sale del finger que une su avión con el vestíbulo de llegada al aeropuerto de Barcelona pasadas las seis de la mañana hora española, y camina como si su cuerpo pesara una tonelada, igual que un paquidermo de doscientos años, aunque es ligera y frágil como una hoja de violeta. Atraviesa la puerta y llega a la cola de control de pasaportes un poco encorvada, pero intentando esbozar una sonrisa fresca.

La mujer joven que parece un cadáver andante viene de Colombia y oculta una carga demasiado pesada para aguantar un vuelo transatlántico. Es la primera vez que sale de su pueblo, un lugar pantanoso a orillas del Amazonas en el que la vida de las mujeres pobres vale menos que una moneda que da vueltas en el aire.

La carga que lleva oculta es demasiado pesada para un cuerpo tan frágil. Pesa tanto, que la mujer policía que está al cargo de la fila del control de pasaportes se da cuenta de que el encorvamiento en el cuerpo de la mujer joven no es normal para su edad.

La policía del control de pasaportes tiene un ademán firme, como una figura de acero dentro de su uniforme azul y ve el miedo y la desesperación en el brillo que empaña la mirada de la mujer joven. La aparta de la fila y la lleva a un cuarto contiguo donde se hacen los registros reglamentarios.

El cuarto para el registro es un lugar frío y sin ventanas, en el que solo hay una silla desnuda y una especie de camilla cubierta con una sábana blanca de las que se usan en las consultas médicas. La mujer policía comienza su trabajo y nota como la mujer joven tirita sin control mientas le hace el cacheo reglamentario. Cuando la policía del uniforme azul pasa su mano por el contorno del pecho de la mujer joven percibe que tiene un dolor que supera todas las previsiones, un dolor que galopa desbocado por el cuerpo de la mujer joven, que afloja las rodillas y está a punto de caer sobre el pavimento.

La mujer joven que parece un cadáver tiene que ponerse derecha y es obligada a desvestirse. Lo hace muy despacio, porque casi no puede mover los brazos y desabrocha los botones de la blusa amplia que la cubre con una lentitud que impacienta a la policía del uniforme azul. La blusa cae al suelo y la policía que parece una figura de acero dentro de su uniforme azul ve que en la parte baja del sostén de la mujer joven se atisba una gasa empapada de un líquido viscoso y rojizo que tapa una herida sin cerrar. La mujer policía la conmina a quitarse el sostén y al levantar la gasa con mucho cuidado descubre con horror cómo una especie de rebaba de bolsa de plástico asoma por la boca de la herida sin cerrar bajo los pechos de la mujer joven.

La mujer joven que parece un cadáver andante mira a los ojos de la policía del uniforme azul y sabe que está muerta, todavía más muerta que antes de subirse a ese avión, porque no podrá entregar la pesada carga que transporta en su interior, un kilo y 180 gramos de cocaína pura guardada en unas bolsas que simulan unas prótesis mamarias ocultas bajo la carne de sus pechos.

Carmen Barrios 





viernes, 30 de noviembre de 2012

Cuento para el inicio del invierno


Hoy pego un cuento sobre el maltrato. El 25 de noviembre fue el día internacional contra la violencia de género y como cada año miles de mujeres se concentraron en las plazas de España para recordar a todas las vícitimas de la violencia machista. Este año han muerto 56 mujeres a manos de sus parejas o ex parejas, en una cadencia de asesinatos y de violencia que no ceja. 

El cuento que va a continuación tiene un final poco habitual, lo sé. Pero necesitaba escribir otro final para la víctima de mi relato, porque tuvo una infancia feliz y parece de justicia que sacara las fuerzas necesarias para sobrevivir, de la manera que fuera. Este relato se ha publicado también en la web www.nuevatribuna.es, en la sección de cultura.

La fotografía que acompaña el relato ya la publiqué en este blog. La hice en Lisboa el invierno pasado y la mirada de esta mujer a través del cristal del tranvía es tan melancólica, tan sugerente, tan inteligente y tan evocadora que venía como un guante para ilustrar este cuento corto.


La mujer del tranvía

CUANDO ERA PEQUEÑA

Cuando era pequeña me encantaba recorrer el patio trasero de la casa de mi abuela en busca de dos viejas tortugas que conocían todos los secretos de la familia desde hacía generaciones. Al menos, eso contaba mi tío. Él decía que esos bichos ya estaban allí cuando era niño, y que tenían la misma conducta monótona, salían de vez en cuando a dar un paseo tranquilo por el patio y en cuanto se despistaba uno, ¡zas!, volvían a esconderse y no se sabía de ellas en mucho tiempo, tanto que se le olvidaba a uno que existieran. Eso contaba mi tío.

Cuando era pequeña disfrutaba rebuscando en el arcón de la habitación de mi abuela. Sobre todo me gustaba sacar la caja de los “Juegos Reunidos Geyper”. Cuando veía el rostro alegre y sonriente de ese niño que estaba allí dibujado en la tapa, con esas letras grandes sobre fondo amarillo, y sacaba los dados de colores, la ruleta resplandeciente, el parchís y la oca, me inundaba una alegría que me hacía cosquillas en los pies. “Juegos Reunidos Geyper”. Recuerdo muy bien cómo abrazaba la caja con fuerza, y corría hacia la mesa redonda de las faldillas de lana de color granate donde se sentaba mi abuela, con los pies bien calentitos al abrigo del brasero, para que jugara conmigo un parchís interminable. Yo siempre pensaba que la mesa camilla era muy rara, mientras las piernas ardían de calor, la espalda se quedaba fría y rígida como el mármol pulido a la intemperie, pero a mi abuela debía gustarle, porque se pasaba allí sentada, bien abrigadita, todos los días del invierno.

Cuando era pequeña me entraba una risita incontrolable cuando me dejaban acariciar a los cachorritos de la perra Pata. La perra Pata no era muy agraciada, era más bien fea, con las orejillas caídas, las patas cortas y el cuerpo en blanco y negro, con manchas más propias de una vaca que de una perra, pero miraba con unos ojillos dulces y brillantes, tan tiernos como los de señora mayor que ha vivido mucho. Era un animal dócil que se hacía querer, se dejaba montar a caballito y no rechistaba cuando la poníamos ridículos sombreros en la cabeza.

Cuando era pequeña me rodeaba un mundo amable, un mundo fácil, hecho a la medida de los niños, feliz, sin complicaciones.

El tiempo ha pasado lento como una maldición, y hace demasiado que dejé de perseguir tortugas. Dónde vivo no hay patio trasero, ni jardín, y mi tío y mi abuela solo existen en mi recuerdo. Cuando entro por la puerta de mi casa procuro no hacer ningún ruido. Soy sigilosa como una pelusa de salón, me desplazo casi levitando como los fantasmas por encima del parquet, porque no quiero importunar lo más mínimo al hombre que vive con migo. Se esfumaron los Juegos Reunidos a los que jugar a distraerse, me empeño tanto en pasar desapercibida que lo único a lo que aspiro es a que él no note mi presencia, esa es mi principal distracción. Tampoco acaricio a ninguna perra Pata. Y lo peor es que nadie me acaricia a mí. Desde hace años solo recibo los golpes y los gritos del hombre que está sentado en mi sofá. Mi piel está reseca y árida, curtida por el desamor y por la falta de cariño. El día en que me casé con ese hombre me quedé sola y desamparada para el resto de mi vida. Hoy he cumplido cincuenta años y he decidido dejar de sufrir.

Por fin él tiene todo el silencio que se merece.

Ahora, mientras contemplo su rostro rígido e inmóvil, apoyado en el reposacabezas del sofá, vuelvo a ver pasear a las tortugas por debajo de mis pies, la perra Pata se mueve en blanco y negro, toda zalamera, para que la acaricie y el cubilete amarillo de los Juegos Reunidos Geyper está ahí, tirado de nuevo sobre la mesa camilla de mi abuela. Pero nadie juega, todo está quieto.

Carmen Barrios.