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domingo, 21 de diciembre de 2014

La violencia contra las mujeres, como la gota malaya, no cesa



El relato que pego a continuación ha nacido de un poema ya publicado en estas páginas. Alude al tema de la violencia contra las mujeres, un hecho triste que no cesa, se repite con la cadencia dañina  y dolorosa de la gota malaya. Cada mujer que cae tendida sobre la tierra, como consecuencia de la violencia machista, es una herida que desgarra el corazón del cuerpo social. 

La fotografía que compaña el cuento se titula "Mujer en volandas" y la realicé en una calle de Lisboa, un día luminoso de primavera.

Tanto la fotografía como el relato han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.

Debajo pego el poema del que ha nacido este relato.

Náyade. (relato nacido de un poema)

 Hay palabras hermosas cuyo significado nunca aprendemos a conocer del todo, que se pegan a la superficie de los sueños como el caramelo derretido a la piel de una manzana colorada. Eso es lo que le pasó a Lina con la palabra “Náyade”. Desde que podía recordar, esa palabra estaba unida a ella. Las náyades llenaban sus ensueños de la infancia, cuando se reconocía entre las ninfas suaves y mágicas como una más. Se veía emerger sin esfuerzo del interior de un lago de aguas plateadas, como uno de esos seres mitológicos que pueblan los cuentos milenarios. Se imaginaba como una náyade de cabellos largos y negros, envuelta en pétalos de nenúfar, siempre ágil y rodeada de alegres truchas viajeras y escurridizas.

Las ninfas y las truchas jugaban alegres en los remolinos de los ríos que inundaban su fantasía de niña, dando vueltas y más vueltas como molinillos agitados por la mano del viento. En ocasiones, cuando despertaba de sus sueños salía de las sábanas empapada y con la cabeza ocupada por un mareo persistente, como si de verdad hubiera pasado toda la noche sumergida en un carrusel de espuma a lomos de las aguas. Tenía la misma sensación que los marineros cuando pisan tierra después de llevar varios días embarcados, sufren un mareo que les mueve el suelo bajo los pies como si todavía pisaran la cubierta de un barco.

El paso del tiempo, que todo lo trastoca, fue borrando poco a poco el rastro de estos sueños mágicos.

Desde que se casó, las noches de Lina están ocupadas por una realidad negra como la boca de una sima perdida en lo más profundo de las aguas, que se traga su cuerpo derrotado hasta la madrugada y lo escupe agotado y cubierto por una baba espesa y pringosa al tocar el alba. 
Cuando se tiende en la cama, permanece rígida e inmóvil como el esqueleto seco de una jibia, para intentar pasar desapercibida. Un miedo recurrente la visita cada noche y la mantiene atenta a todo lo que sucede a su alrededor, pendiente del menor gesto, del mínimo crepitar de las sábanas, del ínfimo movimiento del individuo que yace a su lado, pero nunca alcanza a evitar el tormento. Él se obstina en poseerla por la fuerza abrigado por la oscuridad, succionándola hasta engullirla dentro de su cascarón, áspero y oscuro como la piedra de pizarra. Su marido se transforma cada noche en un mejillón de río, un ser bivalvo que coloniza su cuerpo y se adhiere a ella con el vigor penetrante de un parásito.

Lina se ha dado cuenta demasiado tarde de que una náyade ha vuelto a ocupar sus noches, pero esta náyade de su edad adulta nada tiene que ver con aquéllas ninfas alegres de su infancia. Ella se ha convertido en el alojamiento estable de un huésped abusador, que lastra sus tobillos con la pesadez de un yunque y la mantiene sumergida en el fondo de un río invadido por el lodo, del que ya no puede salir a la superficie ni para exhalar un poco de aire.


Nayade 
Tengo la cabeza ocupada por Náyade.
¿Es una o un?
Deseo que Náyade
sea ninfa del río,
como en un cuento mitológico,
un ser frágil, ágil, suave, mágico.
Pero no lo es.
Es un parásito,
un huevo alojado en las branquias de un pez,
que torna en concha negra
y se prende al lodo del fondo del río.
Náyade
no es un ser frágil, ágil, suave ni mágico.
Náyade es Náyade.
Una palabra hermosa
empapada de realidad.

lunes, 12 de mayo de 2014

El vuelo de la gacela

El vuelo de la gacela



De vuelos interiores

Una mujer vuela, da un salto interior que la catapulta hacia otro espacio, hacia otro tiempo, hacia otra dimensión, lugares todos ellos que se encontraban dentro de lo más íntimo de su ser, pero no los veía. Ella tuvo la sensación de que se salía de sí misma, para poder encontrarse de nuevo con la persona que fue. Era como si volara, como si su cuerpo se hubiera transformado en una especie de tul impulsado por la brisa y dio un salto ágil como el vuelo de una gacela.

Representar este vuelo daba vueltas dentro de mi cabeza y una fructífera mañana de invierno, visitando el interior de la catedral de Lisboa, supe que iba a conseguir captar esa imagen. Vi cómo mi hija y la hija de mi compañero se divertían dando saltos -como auténticos vuelos de gacela- por los pasillos desiertos del claustro de la catedral. La iluminación era perfecta, envolvente, suave y decadente, una auténtica invitación para poder plasmar mis pensamientos. Comencé a disparar fotografías mientras ellas jugaban y conseguí captar esta imagen tan armoniosa, tan bella y tan etérea.  

Al contemplarla, se eleva una con ella, se diría que el cuerpo de la niña se ha descompuesto durante el salto, casi ha desaparecido, para volver a recomponerse después, justo cuando su pié llegue por fin a hacer contacto con el suelo. Pero esta recomposición se recrea solo dentro de nuestras cabezas, como un acto mágico de la imaginación que necesita cerrar la cadencia del salto, porque la fotografía solo muestra el instante del impulso, el ímpetu del inicio de la acción del salto.

Me gusta mucho esta fotografía, porque el estatismo frío y muerto de la piedra contrasta con el ímpetu y la fuerza de la vida. Además, el encuadre triangular es perfecto y equilibrado y la luz acaricia la imagen con magia, lo suficiente para que se pueda ver el cuerpo difuminado de la saltadora, acentuando así la fuerza del impulso y del movimiento.

Escribí este poema antes de tomar la fotografía. Puede ser un complemento para la foto, porque habla de vuelos interiores, de aquellos vuelos cotidianos que solo puede dar una misma.

Vuelo

Vuelo,
con zapatillas nuevas
de andar por casa.

Vuelo,
con zapatillas nuevas,
de mi lecho a otro lecho.

Vuelo,
con zapatillas nuevas,
de mi casa a otra casa.

Vuelo,
con zapatillas nuevas,
de mi vida a otra vida.

Vuelo,
con zapatillas nuevas,
con la luz encendida.
De mi lecho a otro lecho,
de mi casa a otra casa,
de mi vida a otra vida,
con zapatillas nuevas,
de andar por casa.




viernes, 30 de noviembre de 2012

Cuento para el inicio del invierno


Hoy pego un cuento sobre el maltrato. El 25 de noviembre fue el día internacional contra la violencia de género y como cada año miles de mujeres se concentraron en las plazas de España para recordar a todas las vícitimas de la violencia machista. Este año han muerto 56 mujeres a manos de sus parejas o ex parejas, en una cadencia de asesinatos y de violencia que no ceja. 

El cuento que va a continuación tiene un final poco habitual, lo sé. Pero necesitaba escribir otro final para la víctima de mi relato, porque tuvo una infancia feliz y parece de justicia que sacara las fuerzas necesarias para sobrevivir, de la manera que fuera. Este relato se ha publicado también en la web www.nuevatribuna.es, en la sección de cultura.

La fotografía que acompaña el relato ya la publiqué en este blog. La hice en Lisboa el invierno pasado y la mirada de esta mujer a través del cristal del tranvía es tan melancólica, tan sugerente, tan inteligente y tan evocadora que venía como un guante para ilustrar este cuento corto.


La mujer del tranvía

CUANDO ERA PEQUEÑA

Cuando era pequeña me encantaba recorrer el patio trasero de la casa de mi abuela en busca de dos viejas tortugas que conocían todos los secretos de la familia desde hacía generaciones. Al menos, eso contaba mi tío. Él decía que esos bichos ya estaban allí cuando era niño, y que tenían la misma conducta monótona, salían de vez en cuando a dar un paseo tranquilo por el patio y en cuanto se despistaba uno, ¡zas!, volvían a esconderse y no se sabía de ellas en mucho tiempo, tanto que se le olvidaba a uno que existieran. Eso contaba mi tío.

Cuando era pequeña disfrutaba rebuscando en el arcón de la habitación de mi abuela. Sobre todo me gustaba sacar la caja de los “Juegos Reunidos Geyper”. Cuando veía el rostro alegre y sonriente de ese niño que estaba allí dibujado en la tapa, con esas letras grandes sobre fondo amarillo, y sacaba los dados de colores, la ruleta resplandeciente, el parchís y la oca, me inundaba una alegría que me hacía cosquillas en los pies. “Juegos Reunidos Geyper”. Recuerdo muy bien cómo abrazaba la caja con fuerza, y corría hacia la mesa redonda de las faldillas de lana de color granate donde se sentaba mi abuela, con los pies bien calentitos al abrigo del brasero, para que jugara conmigo un parchís interminable. Yo siempre pensaba que la mesa camilla era muy rara, mientras las piernas ardían de calor, la espalda se quedaba fría y rígida como el mármol pulido a la intemperie, pero a mi abuela debía gustarle, porque se pasaba allí sentada, bien abrigadita, todos los días del invierno.

Cuando era pequeña me entraba una risita incontrolable cuando me dejaban acariciar a los cachorritos de la perra Pata. La perra Pata no era muy agraciada, era más bien fea, con las orejillas caídas, las patas cortas y el cuerpo en blanco y negro, con manchas más propias de una vaca que de una perra, pero miraba con unos ojillos dulces y brillantes, tan tiernos como los de señora mayor que ha vivido mucho. Era un animal dócil que se hacía querer, se dejaba montar a caballito y no rechistaba cuando la poníamos ridículos sombreros en la cabeza.

Cuando era pequeña me rodeaba un mundo amable, un mundo fácil, hecho a la medida de los niños, feliz, sin complicaciones.

El tiempo ha pasado lento como una maldición, y hace demasiado que dejé de perseguir tortugas. Dónde vivo no hay patio trasero, ni jardín, y mi tío y mi abuela solo existen en mi recuerdo. Cuando entro por la puerta de mi casa procuro no hacer ningún ruido. Soy sigilosa como una pelusa de salón, me desplazo casi levitando como los fantasmas por encima del parquet, porque no quiero importunar lo más mínimo al hombre que vive con migo. Se esfumaron los Juegos Reunidos a los que jugar a distraerse, me empeño tanto en pasar desapercibida que lo único a lo que aspiro es a que él no note mi presencia, esa es mi principal distracción. Tampoco acaricio a ninguna perra Pata. Y lo peor es que nadie me acaricia a mí. Desde hace años solo recibo los golpes y los gritos del hombre que está sentado en mi sofá. Mi piel está reseca y árida, curtida por el desamor y por la falta de cariño. El día en que me casé con ese hombre me quedé sola y desamparada para el resto de mi vida. Hoy he cumplido cincuenta años y he decidido dejar de sufrir.

Por fin él tiene todo el silencio que se merece.

Ahora, mientras contemplo su rostro rígido e inmóvil, apoyado en el reposacabezas del sofá, vuelvo a ver pasear a las tortugas por debajo de mis pies, la perra Pata se mueve en blanco y negro, toda zalamera, para que la acaricie y el cubilete amarillo de los Juegos Reunidos Geyper está ahí, tirado de nuevo sobre la mesa camilla de mi abuela. Pero nadie juega, todo está quieto.

Carmen Barrios.



domingo, 20 de mayo de 2012

Tránsitos para una tarde de lluvia de mayo



La mujer del tranvía


La tarde está espesa en Madrid. Llueve un poco desaforadamente, pero no de forma continuada, sino con intervalos de intensidad en los que parece que el cielo se abre para que caiga la lluvia de una vez. Delante de mi ventana hay una nube negra, que acompaña el derroche de agua con un estruendo de truenos que estallan e invitan a la melancolía. Escucho de fondo el llanto del bebé de unos vecinos que lleva un buen rato desconsolado, ¿serán los truenos?. 


Escribiendo el poema que adjunto al final del texto he recordado una fotografía que hice hace un par de meses en Lisboa. Me ha venido a la memoria como una conexión dulce, que tenía que darse por sí misma, sin buscar demasiado en la memoria. Mientras fotografiaba uno de esos tranvías que traquetean de arriba abajo por una ciudad de calles empinadas imposibles, una mujer me miró desde dentro del vehículo, con una de esas miradas tristes, que solo pueden darse a través de la confusión de un cristal empañado por la fugacidad de un instante. Es una fotografía de tránsitos, de cruce de dos miradas que seguro no volverán a encontrarse. Por eso podría parecer una mirada de espejo, como si la mujer y yo fuésemos durante esos segundos fugaces la misma persona en tránsito. 


El poema también habla de tránsitos...los de la vida, los que nos llevan de acá para allá, movidas por impulsos de cambio, que en ocasiones parace que nos conducen muy lejos de nosotras mismas, pero cuando llegamos nos damos cuenta de que por fin nos hemos encontrado. La tenacidad de buscarse en el propio camino casi siempre tiene la recompensa de la consciencia.


Caminé
Caminé por un pasillo sin fondo,
caminé sin saber
si mi sombra estorbaba,
caminé sin esperar retorno.

Caminé suelta de mi propia mano,
caminé sin olvidar mi cuna,
caminé lenta
hasta completar el círculo de un plato de luna.

Caminé cosida a mi espalda,
sobre una hilera y del revés,
caminé haciendo equilibrio
sin que la derrota me arruinara los pies.

Caminé sin espera,
caminé sin resuello,
sin saliva en la garganta,
caminé para saber
hasta dónde alcanzaba mi ser.