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lunes, 30 de marzo de 2020

DESPUÉS DE ESTA MAÑANA




@Kastarnado

DESPUÉS DE ESTA MAÑANA

Tenía los cabellos húmedos, envueltos en una toalla. Caminaba por las calles de la Barceloneta de la mano de un hombre que iba vestido con una gorra en la cabeza, unos pantalones de campo y una camisa anudada a la cintura. Sobre el cuerpo de ella una toalla prendida al pecho, sujeta con la levedad precaria que proporciona enganchar un trozo de tela dentro de otro, retenido por la propia presión. Era su única prenda.
Los dos paseaban de la mano, como si flotaran, suspendidos sobre una especie de mágica bruma con olor a salitre marino, que los acogía en sus brazos y los transportaba despacio, con dulzura tierna, sin permitir que sus pies apenas rozaran la piel de la acera. Levitaban.
La cabeza de ambos estaba conectada por una canción que los había levantado de la cama sin ningún esfuerzo: “Después de esta mañana/contigo me parece la gente más humana/ Después de esta mañana/ sin peine y sin camisa/ y con esta sonrisa/ de bobalicón”…ella saltó de la cama a la ducha…y él con ella...para prolongar un tacto de agua que acariciaba sus cuerpos desde la cabeza hasta las pantorrillas…plenas las caderas y las manos de jabón suave, fragante y pomposo, que creció como una nube de burbujas hasta inundarlo todo, sin poder filtrarse por el desagüe… “Los pájaros saludan, al pasar/ y las farolas son de regaliz/ soy más idiota pero más feliz/ después de esta mañana”…ella se vistió con dos toallas y él con lo primero que pilló… Y así salieron a la calle… “cantando a gritos Guantanamera/ sembrando en las aceras confusión…”.
Llegaron a un bar de la Barceloneta…con el hambre que provoca los estragos de una noche de lujuria sin freno…la gente giraba a su alrededor como si fuera un decorado…se sentaron en la barra y pidieron una ración generosa de pan, tomate, sal y aceite, y un buen vaso de café. Estaban ausentes y en su propio mundo… “después de esta mañana/ contigo me parecen más altas las medianas/ después de esta mañana bailo cuando el vecino/ escucha reggaetón/después de esta mañana/ me da un poquito igual/todos los dardos dan en la diana/después de esta mañana/ en tu colchón/…ella se quitó la toalla que le cubría la cabeza, con cuidado, lentamente, mientas él la recogía y le secaba los cabellos, largos y ondulados, y se los peinaba con los dedos, proporcionando un masaje tibio, que la devolvía a esos instantes entre las sábanas y a las placenteras caricias de jabón…mientras la gente seguía ausente, como en un decorado, estando, pero sin estar…asistiendo -pero sin asistir- a una sesión de tactos de amor sin freno, de yemas de los dedos hambrientas, desesperadas, que se desataron sin poder evitarlo encima de la barra del bar, mientras comían tostadas con aceite de oliva resbalando por sus barbillas, por el canalillo de los pechos de ella, por el ombligo al aire de él, rebosando aceite en la frontera de la cinturilla del pantalón, relamidos los dos con olor a café y pringue de tomate y sal en las manos.
Menos mal que la gente de alrededor no contaba, formaban parte de un decorado improvisado, quietos en sus retinas, como el fotograma de una película en medio de un sueño. En sus cabezas solo había sitio para la canción que les conectaba al placer generoso de sus cuerpos dispuestos a dejarse llevar sin freno alguno: “Después de esta mañana junto a ti/me caso con cualquiera/no estoy drogado/pero, como si lo estuviera…”.

Carmen Barrios Corredera.
*Agradezco a El Kanka la letra de esta canción tan llena de vida.


domingo, 21 de diciembre de 2014

La violencia contra las mujeres, como la gota malaya, no cesa



El relato que pego a continuación ha nacido de un poema ya publicado en estas páginas. Alude al tema de la violencia contra las mujeres, un hecho triste que no cesa, se repite con la cadencia dañina  y dolorosa de la gota malaya. Cada mujer que cae tendida sobre la tierra, como consecuencia de la violencia machista, es una herida que desgarra el corazón del cuerpo social. 

La fotografía que compaña el cuento se titula "Mujer en volandas" y la realicé en una calle de Lisboa, un día luminoso de primavera.

Tanto la fotografía como el relato han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.

Debajo pego el poema del que ha nacido este relato.

Náyade. (relato nacido de un poema)

 Hay palabras hermosas cuyo significado nunca aprendemos a conocer del todo, que se pegan a la superficie de los sueños como el caramelo derretido a la piel de una manzana colorada. Eso es lo que le pasó a Lina con la palabra “Náyade”. Desde que podía recordar, esa palabra estaba unida a ella. Las náyades llenaban sus ensueños de la infancia, cuando se reconocía entre las ninfas suaves y mágicas como una más. Se veía emerger sin esfuerzo del interior de un lago de aguas plateadas, como uno de esos seres mitológicos que pueblan los cuentos milenarios. Se imaginaba como una náyade de cabellos largos y negros, envuelta en pétalos de nenúfar, siempre ágil y rodeada de alegres truchas viajeras y escurridizas.

Las ninfas y las truchas jugaban alegres en los remolinos de los ríos que inundaban su fantasía de niña, dando vueltas y más vueltas como molinillos agitados por la mano del viento. En ocasiones, cuando despertaba de sus sueños salía de las sábanas empapada y con la cabeza ocupada por un mareo persistente, como si de verdad hubiera pasado toda la noche sumergida en un carrusel de espuma a lomos de las aguas. Tenía la misma sensación que los marineros cuando pisan tierra después de llevar varios días embarcados, sufren un mareo que les mueve el suelo bajo los pies como si todavía pisaran la cubierta de un barco.

El paso del tiempo, que todo lo trastoca, fue borrando poco a poco el rastro de estos sueños mágicos.

Desde que se casó, las noches de Lina están ocupadas por una realidad negra como la boca de una sima perdida en lo más profundo de las aguas, que se traga su cuerpo derrotado hasta la madrugada y lo escupe agotado y cubierto por una baba espesa y pringosa al tocar el alba. 
Cuando se tiende en la cama, permanece rígida e inmóvil como el esqueleto seco de una jibia, para intentar pasar desapercibida. Un miedo recurrente la visita cada noche y la mantiene atenta a todo lo que sucede a su alrededor, pendiente del menor gesto, del mínimo crepitar de las sábanas, del ínfimo movimiento del individuo que yace a su lado, pero nunca alcanza a evitar el tormento. Él se obstina en poseerla por la fuerza abrigado por la oscuridad, succionándola hasta engullirla dentro de su cascarón, áspero y oscuro como la piedra de pizarra. Su marido se transforma cada noche en un mejillón de río, un ser bivalvo que coloniza su cuerpo y se adhiere a ella con el vigor penetrante de un parásito.

Lina se ha dado cuenta demasiado tarde de que una náyade ha vuelto a ocupar sus noches, pero esta náyade de su edad adulta nada tiene que ver con aquéllas ninfas alegres de su infancia. Ella se ha convertido en el alojamiento estable de un huésped abusador, que lastra sus tobillos con la pesadez de un yunque y la mantiene sumergida en el fondo de un río invadido por el lodo, del que ya no puede salir a la superficie ni para exhalar un poco de aire.


Nayade 
Tengo la cabeza ocupada por Náyade.
¿Es una o un?
Deseo que Náyade
sea ninfa del río,
como en un cuento mitológico,
un ser frágil, ágil, suave, mágico.
Pero no lo es.
Es un parásito,
un huevo alojado en las branquias de un pez,
que torna en concha negra
y se prende al lodo del fondo del río.
Náyade
no es un ser frágil, ágil, suave ni mágico.
Náyade es Náyade.
Una palabra hermosa
empapada de realidad.

domingo, 21 de octubre de 2012

Cuentecito otoñal


Pego un cuentecito otoñal que tiene un puntito de humor amargo y negro, como el presente. Es una historia contada con frialdad, la misma frialdad que domina estos momentos de crisis en los que muchas personas se buscan la vida como pueden, y terminan allá donde se lo permitan las circunstancias, ejerciendo sus habilidades en donde menos lo esperan. 

La fotografía que lo acompaña abusa de la simbología feminista, para delatar la fuerza y la honestidad que acompaña a aquéllas que se enfrentan a su destino con la mayor dignidad de la que son capaces. 


Manos de tacto de arena


Azul cobalto

La mujer de las manos suaves está a punto de llegar a su nuevo empleo. Estaba en el paro, perdió su empleo cerca de cumplir los cincuenta y cinco, y nunca, ni en el más loco de sus pensamientos hubiera podido imaginarse que encontraría una ocupación así. Durante casi veinte años ha sido profesora de matemáticas, y la idea de enfrentarse a su edad a un trabajo manual como el que le ha salido, le da un poco de vértigo.

Ella nunca ha trabajado con las manos. Es la primera vez que depende de ellas para ganarse la vida. Siempre ha confiado en su intelecto, comprobando de sobra sus buenas dotes para la enseñanza, y ahora se siente un poco sobrepasada por el paso que ha dado aceptando este empleo. Y además, está sorprendida, porque le han ofrecido un buen dinero, no creía ella que trabajar con las manos estuviera tan bien pagado. Necesita trabajar igual que la garganta del sediento necesita un buen trago de agua.

No era consciente de que tenía un gran potencial en sus manos, de que sus manos eran especiales hasta que se lo dijo su vecina, la del tercero izquierda. Una mujer marcada por la mala suerte, que ahora está completamente impedida. Se rompió los dos brazos al caerse de lo alto de una escalera mientras colgaba las cortinas del salón, o al menos es lo que ella cuenta.

La mujer de las manos suaves se quedó paralizada cuando su vecina le pidió que la sustituyera en su empleo, ocupando su puesto en la barra del bar “Azul”, porque le pareció que ya no tiene edad para hacer un trabajo como ese. La necesidad y la insistencia de su vecina en valorar sus manos, algo físico a su edad, la decidieron a aceptar. Sabe que puede parecer una tontería, pero que alguien se fije en algo físico y tan a la vista y aparentemente anodino como son las manos, pues la sorprendió y, por qué no decirlo, a la vez, se sintió muy halagada, y más viniendo la apreciación de una mujer tan experimentada en su oficio como es su vecina.

La mujer de las manos suaves acaba de entrar en el bar de copas “Azul”, un sitio que a ella le ha parecido especial, con una iluminación cobáltica que envuelve los objetos y las personas en un ambiente de ensoñación un poco irreal. Tiene que ocupar el lugar de su vecina, el segundo puesto si se mira desde la puerta. Sabe de sobra que es su sustituta, pero nadie se dará cuenta, porque nadie la ve. Está sentada en el interior de la barra, en una habitación pequeña pero cómoda. El cubículo tiene una portezuela circular en el tabique, que cuando se abre libera una especie de pequeño ojo de buey que da al otro lado de la barra, situado a la altura de la entrepierna de los clientes y por el que se puede intuir el ritmo del local. Dentro del habitáculo hay una luz roja en la parte superior, que se encenderá en cuanto un cliente solicite el especial “Azul cobalto” con suplemento.

La luz roja parpadea de repente, y al abrir el agujero ve cómo se va aproximando una bragueta de pantalón gris de una tela que parece de buen paño de lana fría. Por fin va a poder probar si está capacitada o no para ejercer este trabajo. Ella sigue sin tenerlas todas consigo, porque nunca ha trabajado con las manos y su experiencia en este tipo de oficios es nula. 

La mujer de las manos suaves se enfrenta a su primer cliente con la expectación y la incertidumbre de una primeriza. Porque eso es lo que es. Y va a actuar como tal. Con mucho cuidado y con un movimiento cadencioso y lento, saca un poco la mano por el agujero y palpa la entrepierna del señor que está de pié al otro lado. Desde su posición ve perfectamente el brillo de la bragueta y tiene el espacio suficiente para trabajar con comodidad. A medida que acaricia la pequeña protuberancia que nota bajo la tela, se va produciendo una hinchazón que la sonroja un poco, porque la erección del hombre que está de pié al otro lado llena su campo de visión. Con un movimiento instintivo se moja la yema de los dedos y los pasa con parsimonia por encima de la piel caliente del cliente, que ya ha taponado por entero el agujero y aprieta su cuerpo con fuerza contra él.

El señor que está de pié al otro lado ha pedido la consumición especial “Azul cobalto” con suplemento y ha comenzado a experimentar un cosquilleo muy placentero en sus partes bajas, que ha relajado al instante sus facciones graves, como delata el espejo situado frente a él. El cliente se mira en el espejo con la copa en la mano y se muerde un poco los labios cuando nota cómo le acarician con una suavidad y un relajo que nunca había experimentado. Como si el tiempo no importara nada, se deja llevar por esas manos de tacto de arena fina y olvida por completo el asqueroso día de despidos que ha tenido en la oficina.

La mujer de las manos suaves trabaja sin prisas, con una cadencia ascendente y descendente que va haciendo palpitar al cliente. Ella no puede verlo, pero el señor que está de pié al otro lado intenta mantener a duras penas la compostura. Acodado en la barra, aprieta los labios, deja escapar un suspiro profundo, y presiona contra el agujero cada vez con más ímpetu. Su respiración comienza a agitarse, se estira, se pone en tensión y ahoga un grito mudo, que se traga con el último sorbo del coctel “Azul cobalto”, la especialidad del local. La mujer de las manos suaves tiene toallitas de bebé justo debajo del agujero, porque le han explicado que los clientes deben salir de allí limpios y sin rastro, pero se detiene todavía unos instantes para contemplar el resultado de lo que considera un trabajo bien hecho.

La mujer de las manos suaves no puede verlo, pero el hombre que está de pié al otro lado tiene los ojos brillantes, y una expresión de satisfacción en su cara que le hace candidato a ser cliente fijo del segundo puesto en la barra, según se mira desde la puerta del local hacia dentro.