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domingo, 21 de octubre de 2012

Cuentecito otoñal


Pego un cuentecito otoñal que tiene un puntito de humor amargo y negro, como el presente. Es una historia contada con frialdad, la misma frialdad que domina estos momentos de crisis en los que muchas personas se buscan la vida como pueden, y terminan allá donde se lo permitan las circunstancias, ejerciendo sus habilidades en donde menos lo esperan. 

La fotografía que lo acompaña abusa de la simbología feminista, para delatar la fuerza y la honestidad que acompaña a aquéllas que se enfrentan a su destino con la mayor dignidad de la que son capaces. 


Manos de tacto de arena


Azul cobalto

La mujer de las manos suaves está a punto de llegar a su nuevo empleo. Estaba en el paro, perdió su empleo cerca de cumplir los cincuenta y cinco, y nunca, ni en el más loco de sus pensamientos hubiera podido imaginarse que encontraría una ocupación así. Durante casi veinte años ha sido profesora de matemáticas, y la idea de enfrentarse a su edad a un trabajo manual como el que le ha salido, le da un poco de vértigo.

Ella nunca ha trabajado con las manos. Es la primera vez que depende de ellas para ganarse la vida. Siempre ha confiado en su intelecto, comprobando de sobra sus buenas dotes para la enseñanza, y ahora se siente un poco sobrepasada por el paso que ha dado aceptando este empleo. Y además, está sorprendida, porque le han ofrecido un buen dinero, no creía ella que trabajar con las manos estuviera tan bien pagado. Necesita trabajar igual que la garganta del sediento necesita un buen trago de agua.

No era consciente de que tenía un gran potencial en sus manos, de que sus manos eran especiales hasta que se lo dijo su vecina, la del tercero izquierda. Una mujer marcada por la mala suerte, que ahora está completamente impedida. Se rompió los dos brazos al caerse de lo alto de una escalera mientras colgaba las cortinas del salón, o al menos es lo que ella cuenta.

La mujer de las manos suaves se quedó paralizada cuando su vecina le pidió que la sustituyera en su empleo, ocupando su puesto en la barra del bar “Azul”, porque le pareció que ya no tiene edad para hacer un trabajo como ese. La necesidad y la insistencia de su vecina en valorar sus manos, algo físico a su edad, la decidieron a aceptar. Sabe que puede parecer una tontería, pero que alguien se fije en algo físico y tan a la vista y aparentemente anodino como son las manos, pues la sorprendió y, por qué no decirlo, a la vez, se sintió muy halagada, y más viniendo la apreciación de una mujer tan experimentada en su oficio como es su vecina.

La mujer de las manos suaves acaba de entrar en el bar de copas “Azul”, un sitio que a ella le ha parecido especial, con una iluminación cobáltica que envuelve los objetos y las personas en un ambiente de ensoñación un poco irreal. Tiene que ocupar el lugar de su vecina, el segundo puesto si se mira desde la puerta. Sabe de sobra que es su sustituta, pero nadie se dará cuenta, porque nadie la ve. Está sentada en el interior de la barra, en una habitación pequeña pero cómoda. El cubículo tiene una portezuela circular en el tabique, que cuando se abre libera una especie de pequeño ojo de buey que da al otro lado de la barra, situado a la altura de la entrepierna de los clientes y por el que se puede intuir el ritmo del local. Dentro del habitáculo hay una luz roja en la parte superior, que se encenderá en cuanto un cliente solicite el especial “Azul cobalto” con suplemento.

La luz roja parpadea de repente, y al abrir el agujero ve cómo se va aproximando una bragueta de pantalón gris de una tela que parece de buen paño de lana fría. Por fin va a poder probar si está capacitada o no para ejercer este trabajo. Ella sigue sin tenerlas todas consigo, porque nunca ha trabajado con las manos y su experiencia en este tipo de oficios es nula. 

La mujer de las manos suaves se enfrenta a su primer cliente con la expectación y la incertidumbre de una primeriza. Porque eso es lo que es. Y va a actuar como tal. Con mucho cuidado y con un movimiento cadencioso y lento, saca un poco la mano por el agujero y palpa la entrepierna del señor que está de pié al otro lado. Desde su posición ve perfectamente el brillo de la bragueta y tiene el espacio suficiente para trabajar con comodidad. A medida que acaricia la pequeña protuberancia que nota bajo la tela, se va produciendo una hinchazón que la sonroja un poco, porque la erección del hombre que está de pié al otro lado llena su campo de visión. Con un movimiento instintivo se moja la yema de los dedos y los pasa con parsimonia por encima de la piel caliente del cliente, que ya ha taponado por entero el agujero y aprieta su cuerpo con fuerza contra él.

El señor que está de pié al otro lado ha pedido la consumición especial “Azul cobalto” con suplemento y ha comenzado a experimentar un cosquilleo muy placentero en sus partes bajas, que ha relajado al instante sus facciones graves, como delata el espejo situado frente a él. El cliente se mira en el espejo con la copa en la mano y se muerde un poco los labios cuando nota cómo le acarician con una suavidad y un relajo que nunca había experimentado. Como si el tiempo no importara nada, se deja llevar por esas manos de tacto de arena fina y olvida por completo el asqueroso día de despidos que ha tenido en la oficina.

La mujer de las manos suaves trabaja sin prisas, con una cadencia ascendente y descendente que va haciendo palpitar al cliente. Ella no puede verlo, pero el señor que está de pié al otro lado intenta mantener a duras penas la compostura. Acodado en la barra, aprieta los labios, deja escapar un suspiro profundo, y presiona contra el agujero cada vez con más ímpetu. Su respiración comienza a agitarse, se estira, se pone en tensión y ahoga un grito mudo, que se traga con el último sorbo del coctel “Azul cobalto”, la especialidad del local. La mujer de las manos suaves tiene toallitas de bebé justo debajo del agujero, porque le han explicado que los clientes deben salir de allí limpios y sin rastro, pero se detiene todavía unos instantes para contemplar el resultado de lo que considera un trabajo bien hecho.

La mujer de las manos suaves no puede verlo, pero el hombre que está de pié al otro lado tiene los ojos brillantes, y una expresión de satisfacción en su cara que le hace candidato a ser cliente fijo del segundo puesto en la barra, según se mira desde la puerta del local hacia dentro.
  

domingo, 6 de febrero de 2011

La basura como testigo


Entre cartones
Recoger cartones y papel vuelve a ser una alternativa para sobrevivir. Los contenedores de papel hace tiempo que no rebosan en mi barrio. Y no es precisamente porque venga el camión a vaciarlos. Una legión de personas en furgonetas se pasea por las calles de contenedor en contenedor, llegando incluso a meterse dentro si hace falta para sacar hasta el último periódico. Los efectos de la crisis se notan en el estado de las basuras. No solo porque haya menos residuos, como consecuencia del bajón en el consumo, sino porque el oficio de trapero vuelve a hacerse presente como una alternativa, dura, pero inmediata.

Otra imagen de la crisis se está produciendo en las puertas traseras de supermercados y mercados de abastos a la hora del cierre. Se está haciendo habitual que se reúnan personas sin recursos a recoger lo que tiran los comerciantes después de terminar la jornada. Lo he presenciado en dos de los supermercados de mi barrio, Moratalaz, y en el mercado. Se lo comenté al carnicero donde compro habitualmente y el hombre me dijo que cada vez se reúne más gente a esperar la hora del cierre: ellos sacan los restos y enseguida numerosas personas recogen todo aquello que se pueda aprovechar.

Los cuatro millones y medio de parados y el millón largo de familias sin ninguna prestación ni subsidio de desempleo en España comienzan a hacer mella pública. La pobreza enseña la cara en mi ciudad de una forma cada vez más evidente, aunque algunos se nieguen a darse cuenta y otros simplemente miren para otro lado cuando se cruzan con alguno de estos ciudadanos que se han quedado sin un plato en la mesa.

Hambre
 Hoy subo dos fotografías tomadas en el barrio de Lavapiés. Retratan dos dibujos magníficos pegados en las paredes que sirven para ilustrar y denunciar esa pobreza soterrada que subyace en las grandes urbes. El arte es un testigo siempre impertinente cuando se pone al servicio de la denuncia social, perdura y se clava en la retina, aunque sea expuesto en un muro de la calle. 


Pego también un poema y una fotografía que dialogan sobre las posibilidades del arte como transmisor de sentimientos y de denuncia.


Las paredes hablan
Oigo un rumor,
sale del muro.
La fachada
Cuando camino,
saltan imágenes,
los ojos
se me vuelven palabras
y toco
con la yema de los dedos
el despertar a la vida de una frase.
Las paredes hablan,
son testigo urbano,
¡permanentes
muros grises,
verdes, marrones o multicolores!
Expresan dolencias
o alegrías,
en trazos con letras mayúsculas,
con dibujos desesperados
rotos por la lluvia.