viernes, 8 de mayo de 2020

POEMAS ILUSTRADOS DEL CONFINAMIENTO



Javier Castarnado, dibujante y fotógrafo, pero sobre todo entrañable y querido amigo de largo tiempo, y yo hemos iniciado una serie titulada POEMAS ILUSTRADOS DEL CONFINAMIENTO. 

Ya colaboramos en un libro de relatos eróticos publicado recientemente, DE PALABRAS COMO LENGUAS EN TU BOCA, Utopía Libros,  noviembre de 2019 y el confinamiento nos ha proporcionado abrir la puerta a una nueva posibilidad creativa. 

Nos estamos divirtiendo retándonos el uno a la otra o la otra al uno, según la ocurrencia...y ahí vamos, creando poemas dibujados en una espiral que nos divierte y nos une como creadores una vez más. 

Por el momento llevamos 7, que voy a compartir en este post.  



Primer poema ilustrado: LA MUJER QUE HAY EN MÍ
Segundo poema ilustrado: CUANDO ESTO PASE...
Tercer poema ilustrado: CONFITADA
Cuarto poema ilustrado: DE TU MANO
Quinto poema ilustrado: QUÉ ES POESÍA
Sexto poema ilustrado: DE GANAS DE TI
Séptimo poema ilustrado: CON LOS DEDOS

viernes, 1 de mayo de 2020

1 DE MAYO EN CONFINAMIENTO POR COVID-19. MEMORIA Y JUSTICIA SOCIAL, MUCHO POR REIVINDICAR.

La casa de todos



1 de Mayo 2020 en confinamiento por COVID-19.  Memoria y justicia social, mucho por reivindicar
El 1 de Mayo de 2020 celebramos y reivindicamos en casa una fecha que nos pertenece. Se cumplen 130 años de historia de luchas en España que celebramos y reivindicamos confinados, pero no en soledad, orgullosos de pertenecer al equipo de los comunes. Millones de trabajadoras y trabajadores del mundo entero estamos hoy en nuestros domicilios, en nuestros refugios recordando quienes somos: personas trabajadoras, que unidas a miles, a millones, construimos el presente y hacemos grande una historia que nos pertenece, que labramos exigiendo vidas dignas que hacen avanzar el mundo. Es la primera vez -desde la infancia para muchos- que no acudiremos físicamente a esa manifestación anual en la que las personas que nos reconocemos hermanas de la clase trabajadora nos reunimos para rendirnos homenaje mutuo y continuar reclamando derechos.  
En la memoria de algunos queda el recuerdo de la manifestación del 1 de Mayo de 1975. Los militantes organizados del todavía clandestino Partido Comunista de España convocaban una concentración-celebración-comida popular en el Pinar de la Siete Hermanas de la Casa de Campo junto a los miembros del también clandestino sindicato CCOO. La intención que subyacía era recuperar espacios de libertad política, sindical y social en un lugar emblemático, ganado para el pueblo un 30 de abril de 1931, cuando la Casa de Campo fue confiscada por el Gobierno de la II República y entregada oficialmente al Ayuntamiento de Madrid como parque de uso público para el disfrute de los comunes. Hasta ese día era el Parque de la Corona, reservado para la Casa Real y los nobles. Así, el 1 de Mayo de 1931 las gentes de Madrid salieron masivamente a celebrar el Día Internacional del Trabajo con comidas populares en ese espacio físico conquistado para el pueblo, que se convirtió en un símbolo.
Dicen las crónicas de nuestros padres y madres, que cuando los convocados de 1975 se sentaron a compartir la comida el pinar fue rodeado por la policía nacional a caballo. La gente decidió permanecer sentada, familias enteras, haciendo un picnic campestre -prohibido por la dictadura- obviando las sombras grises, que se alzaban sobre sus cabezas formando alrededor del pinar como un ejército de confederados dispuesto a cabalgar sobre el campamento de los Siux.
Todavía no había muerto Franco. Muchos no olvidan. La memoria ayuda a construir el presente con mayor libertad. Hace 45 años de aquello. Mediados de los setenta era un hervidero de huelgas y manifestaciones, de gentes gritando libertad y reivindicando derechos que luego fueron reconocidos en la Constitución española gracias a la presión ejercida en las calles por nosotros y nosotras, los y las comunes, las gentes trabajadoras que no nos conformamos y que exigimos justicia social en cada época que nos toca vivir y construir.
El 1 de Mayo del 2020 saldremos al balcón a manifestarnos como mujeres  trabajadoras que somos, porque tenemos mucho que reclamar en esta vida desigual que nos toca vivir.
La pandemia desatada por el COVID-19 ha mostrado la debilidad del sistema capitalista, que promueve la competitividad individual y la privatización de lo público, lo común, lo que es de todos, desde la filosofía neoliberal, que por desgracia se ha ido imponiendo como fórmula cultural y económica desde que Thacher y Reeagan iniciaran la gran involución social en los años setenta del siglo pasado.
No hay que olvidar que en la crisis de 2007 los poderes económicos dieron una vuelta de tuerca extra contra los derechos sociales y laborales, haciendo recaer sobre las espaldas del cuerpo social y de las y los trabajadores el desastre de la crisis. Desastre que se cebó especialmente sobre las mujeres, desestabilizando, precarizando y depauperando empleos del sector de los servicios, especialmente ocupados por ellas como son el comercio, la limpieza, los cuidados, la salud y la educación. Sectores que, en esta pandemia del COVID-19, están sujetando en parihuelas al país, con personas que están trabajado hasta dejarse la piel y la vida, en algunos casos, para atender y salvar al resto con contratos y salarios muy precarios.
En la crisis económica de 2007 se socializaron las pérdidas de los negociantes de casino y fuimos nosotros y nosotras los que pagamos con recortes de los servicios públicos y de los salarios un desastre económico del que todavía no se había terminado de salir, cuando se desencadenó esta pandemia.
Muchas personas saldremos al balcón el 1 de Mayo de 2020 con la vista puesta en el después. Cuando por fin comience la desescalada y podamos regresar a la vida normal, lo haremos con la intención de terminar con la “normalidad” impuesta por el capitalismo neoliberal, que es una anormalidad enfática que mina la vida digna.
Durante la pandemia se ha visto con claridad que han sido las iniciativas promovidas y coordinadas por el Estado, en forma de ayudas y regulando ERTE’s para proteger el empleo, con fondos y recursos públicos -doscientos mil millones de euros puestos a circular, para frenar el desastre que se cernía sobre los más-. A ello se han sumado también numerosas decisiones solidarias de cooperación -impulsadas por las gentes en los barrios- para atender a los demás y dar de comer a miles de personas, que quedaron sin empleo ni recursos de un día para otro y que en grandes ciudades, como Madrid, ni Ayuntamiento ni Comunidad Autónoma han respondido para poner más dotaciones en los servicios sociales capaces de solventar las cosas.
Cuando las Administraciones no llegaban, precisamente por falta de recursos en los servicios sociales de personal y de fondos en Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, debido a los recortes y el adelgazamiento de lo público -que dejó la crisis económica anterior- han estado el poder del Estado organizado y las personas solidarias para actuar con decisión y eficacia.
Esta pandemia ha mostrado evidente que es muy necesario fortalecer las estructuras de los servicios públicos universales, como son la sanidad, los servicios sociales, la atención a los ancianos, en definitiva, invertir en todos aquellos servicios públicos de los cuidados que ayudan al sostenimiento de la vida digna. No podemos permitir más una sociedad desnuda.
Trabajo digno
Además, se hace necesaria una legislación laboral que proteja el empleo. Resulta escandaloso e inadmisible, por ejemplo, que el personal médico –médicas, enfermeras, celadores, personal de limpieza y cocina de los hospitales, conductores de ambulancia, etc- que está atendiendo y poniendo el cuerpo en los hospitales en la lucha contra esta pandemia que devora vidas, lo estén haciendo sin la debida protección física (batas, material, epis…) hacia sus personas, con contratos precarios, sueldos bajos y sin expectativa de continuidad. O, por poner otro ejemplo, que los trabajadores de las plataformas de servicios de mensajería a domicilio estén subidos al coche, la furgoneta, la moto o a bici sin derechos, sin cubrir por contrato alguno y sin protección ni respaldo legal. Lo mismo pasa con los trabajadores y trabajadoras del campo, los braceros y temporeras, jornaleros –migrantes o no- tan esenciales en esta crisis del COVID para llevar comida a las mesas de toda la ciudadanía y tan injustamente maltratados laboral y vitalmente.
No puede mantenerse la dignidad de un país con el cuerpo social roto por condiciones laborales injustas y dejadas al albur de las fluctuaciones del mercado. Todo esto se tiene que corregir.
La llamada vuelta a la “normalidad” debe hacerse, en fin, contemplando cuales son las cuestiones esenciales que permiten que las gentes de un país vivan dignamente, y apostar de forma decidida por un cambio de rumbo que proteja las cosas de comer, pan, trabajo, techo y todos los adelantos que permiten dignidad y confort.
En la salida digna y conjunta de esta crisis hay que pensar primero en que la gente coma, con un ingreso mínimo vital asegurado, tal como propone el Gobierno de España.
Y a continuación ponerse a pensar en el país que queremos construir. Uno nuevo pensando en lo colectivo, lo social, lo público, protector de las personas y las vidas dignas, en el que se cuide el medio ambiente y la autosuficiencia agroalimentaria, en el que la energía limpia fluya, que se puede, y no sea producto para especular, sino para el bienestar de la población, un país que le de una vuelta al fortalecimiento de su industria y que transforme todo ese caudal que se invierte en armamento que no necesitamos en inversión en investigación y desarrollo. O, por el contrario, un país que retorne a la “normalidad” del capitalismo neoliberal –que es ineficaz y ha costado miles de vidas en esta pandemia- en el que cualquier brizna de vida puede ser objeto de lucro o especulación, que no reparte la riqueza, hay desigualdad creciente y cada vez más focos de escandalosa pobreza.
La pregunta es, ¿de verdad es tan costosa la vida digna?
O más bien ¿qué es una vida digna?
En este 1 de Mayo tan especial, en confinamiento, hemos recordado como un 1 de mayo del año 31, la Casa de Campo dejaba de ser un coto cerrado –en el más estricto sentido del término- y  se convertía en un espacio común, con la importancia, que hoy ha vuelto a tener el significado del término, si algún día lo dejó de tener. Y aquellos ciudadanos del Madrid de la época, al igual que aquellos madrileños del año 75, aquellos comunes y comunistas,  término vilipendiado en estos días por las derechas -que en España han sido siempre una casta de parásitos- de forma conocidamente peyorativa. Sin la lacra que toda una corriente de intereses ha querido echarle encima, sobre todo desde los males del estalinismo, hecho utilizado para confundir el todo con la parte, es decir el término y su significado, el más radical sentido de la palabra. Comunista, según el sentido etimológico, es el partidario de la organización y cuidado de lo común. Viene del latín “communis”, común, y el sufijo griego “ista”, el que sigue cierta doctrina.  Es decir lo común, como base del desarrollo humano. El comunismo en la actualidad no niega la propiedad privada, sí su acumulación desmedida y el sistema de corrupción sociopolítica que instala hoy el neoliberalismo. Sigue proponiendo la más relevante identidad de lo comunitario, lo común (lo que es de todos, lo que es público para toda la sociedad como derecho) como uso y base de lo que se vive, o con lo que vivimos. Los comunistas señalan que los pilares esenciales de desarrollo y dignidad social deben estar en manos de los gestores de lo común, el órgano que representa a todos de alguna u otra forma: el Estado democrático y de derecho. El Estado por tanto, es el espacio garante y común de las necesidades y también el promotor de las herramientas de crecimiento y progreso de los ciudadanos (Estado del Bienestar), primero como generador de escenarios que faciliten una vida digna en todas sus etapas, respondiendo a las tremendas inseguridades de la vida desde su nacimiento y asegurando al individuo el desarrollo pleno de todas sus potencialidades.
El primer paso de la vida digna, por tanto, es existir con las necesidades resueltas y con las igualdades dispuestas, es decir, no solo existir materialmente, sino apoyar a todos por igual (otorgar las herramientas) para facilitar las potencialidades de cada uno.
Tener derecho a una vida digna, por tanto, es una consecuencia lógica de la evolución humana que debe desarrollarse de forma paralela a la protección y la armonía con la naturaleza.
¿Tienen las personas el derecho a una vida digna?
Obvio, porque ese es el Paraíso –el Paraíso como metáfora del lugar feliz o de la mejor vida-  que la humanidad ha perseguido desde sus orígenes: el Paraíso en todas las culturas. Nos acogemos a esa idea que afirma que el primer acto civilizado de la Historia, fue el momento en el que un ser humano cuidó de otro. El derecho a la vida no es un maniqueísmo cultural, es aquel acto natural que nace del cuidado a otro –existe como principio de empatía hacia el dolor ajeno y responde como acto de bien común. Por tanto, ¿si la protección de esa vida germinal es primordial, por qué su salvaguarda y potenciación en su desarrollo –la de todos en dignidad- no es un derecho innegociable?
Explicado el derecho de una vida digna y su proyección al bienestar de todos, al bien común, volvamos al  tema que nos atañe: ¿Qué revindica el 1 de Mayo?
El 1 de Mayo                                 
Hace 130 años que conmemoramos la lucha por los derechos de los trabajadores en España (el 1 de mayo de 1890 se convoca la primera jornada de lucha pública), los derechos a la vida digna, al empleo digno, de los y las trabajadoras, de los y las asalariadas, en honda referencia hacia la identidad de los explotados, y anteriormente de los esclavos.
El origen de esta conmemoración está en los ocho anarquistas condenados en Chicago, cinco fueron ahorcados y dos condenados a cadena perpetua, tras los acontecimientos de abril 1886, la huelga y manifestación por el derecho a las 8 horas que La ley de Ingersoll del 25 de julio de 1886 había otorgado a los trabajadores y que no se cumplió por parte de los patrones en aquellas trágicas jornadas. La represión, durísima, tuvo como consecuencia el asesinato de muchos obreros y la muerte de dos policías. Este último hecho fue el que llevó a las autoridades a ajusticiar con la máxima pena a los responsables, según ellos, de los hechos.  Semejante injusticia frente al derecho conquistado de la jornada laboral de las 8 horas, muestra la enorme dificultad que la vida digna ha tenido, y tiene, para consolidarse como derecho en la Historia de la humanidad. Esta es una de ellas, la que conmemoramos, pero los sufrimientos son incontables, y a día de hoy constantes. Conmemoramos también en este día el derecho al descanso… a la pereza, como afirmaría Paul Lafarge en su ensayo El derecho a la pereza, editado en 1883. Aquella idea primitiva de las ocho horas de trabajo, las ocho horas de ocio y las ocho de descanso. El descubrimiento del concepto de plusvalía (o plusvalor), idea central junto al de mercancía en el primer tomo de El Capital de Karl Marx. Definía el valor que el trabajador asalariado crea por encima del valor de su fuerza de trabajo en el modo de producción capitalista, generando la acumulación capitalista. Un asunto que hoy se sustenta de forma primordial y sangrante en el beneficio constante, como extraordinaria plusvalía, que las empresas exprimen del conocimiento humano. ¿Cómo es posible que estemos permitiendo que los beneficios del conocimiento humano sean mercadeados y privatizados, además en nuestra contra? ¿Cómo es posible que estemos permitiendo que los avances de la tecnología, que precisamente salen de ese conocimiento humano común, puesto en red y en valor, se esté utilizando en contra de los intereses de la mayoría, y esté sirviendo para desvalorizar el trabajo, en lugar usar los enormes beneficios de ese conocimiento para favorecer que haya mayor reparto de las riquezas que proporciona?
El derecho a unas condiciones dignas del trabajo, tanto en épocas pasadas, como hoy en día, suponían y siguen suponiendo reivindicar reparto a través del salario directo y del salario social, que se provee con mejores condiciones de vida a través de los servicios públicos y de los cuidados para todos del Estados del Bienestar.
La lucha por tanto no ha acabado, se perpetua y el día que conmemoramos siempre será un día para recordar el porqué de una forma de vida, que como Hegel definió en el pasaje de la dialéctica del amo y del esclavo en la obra Fenomenología del espíritu (1807) viene desde el momento en donde lucharon dos hombres por el liderazgo del clan, uno que no tuvo miedo a la muerte, el aristoi (aristócrata o noble) y el otro que sí, al proteger la vida –un acto mucho más humano-, que acabó siendo el esclavo. Sin embargo tras el desarrollo de la Historia, el segundo creo la cultura, al trabajar los medios y amoldarlos con su trabajo generando pautas vitales comunes y beneficiarias al conjunto, mientras que el primero vivía en su ociosidad y competencia. Esa es la Historia, el 1 de Mayo es el símbolo de muchas luchas, pero con  una simbología enorme, es la fiesta que tiene mayor contenido de lo humano que se celebra en todo el Planeta.
El 1 de Mayo nunca ha sido un día más, pero hoy se hace incluso mucho más relevante, en el confinamiento por COVID-19.
Desde casa conmemoraremos, la razón por la que miles de trabajadores y trabajadoras mantenemos presente la idea de una imposición motivada por una forma de producción, que a marchas forzadas nos plantea una nueva dinámica y relación. La Historia nos vuelve a dar una nueva oportunidad, y el tiempo se hace relativo.
La idea del trabajo se replantea y la idea de la comunidad se fortalece. Aquellas ocho horas, aquellas reivindicaciones dignas que llevaron a cinco anarquistas al patíbulo, nos pueden parecer hoy lejanas, pero su espíritu sigue latente… El derecho a la vida digna, al tiempo de cada individuo, al trabajo digno, reconstituyente, motivador, emancipador y no esclavo. En definitiva el derecho a poseer las riendas de nuestra vida.
Para terminar, igual convendría releer Eros y la civilización (1955), libro en el que Herbert Macusse dispone una sociedad donde la producción de bienes ya es completa y donde los ciudadanos ya no necesitarían trabajar para poder vivir con dignidad, sí trabajar o hacer, o producir desde el deseo o el gusto por su pasión. Ya que los medios existen y están dispuestos, es sólo la acumulación capitalista y el consumo a través de intercambio monetario (pobreza-abundancia) la que perturba por su objetivo de beneficio para las entidades y propietarios de los medios.
En nuestro país se ha propuesto un ingreso mínimo vital para ayudar a las familias a salir de esta nueva situación límite creada por los efectos de la pandemia. Los acumuladores de capital deben contribuir al bienestar de los comunes con una justicia tributaria que todavía está por escribir y definir en forma de derechos.
Son muchas las cuestiones que revindicar en este 1 de Mayo de 2020, pero es indudable que el mundo está cambiando.
Comprobamos como las ideas históricas de la izquierda de protección de lo común y de los comunes continúan sirviendo de base para desarrollar un nuevo pacto social, político, cultural y económico por la vida digna que no deje a nadie atrás.

Texto firmado y redactado por:
Alberto Moreno, Periodista y Carmen Barrios Corredera, Escritora y Fotoperiodista. Foto: Carmen Barrios Corredera



lunes, 27 de abril de 2020

PARAÍSO DE PASIONES EN LE SÓTANO DOS



Imagen Javier Castarnado

Paraíso de pasiones en el sótano dos
Salió del coche con el corazón dando golpes en su pecho y el deseo latiendo en el contorno de sus ojos. Llevaba puesta la mascarilla y los guantes de goma. Se aseguró de coger la bolsa de la compra. Era importante, era una señal, un salvoconducto. Lo único que se permitía durante los días de pandemia era acudir a comprar una vez cada cuatro días. Había aparcado en el sótano dos del supermercado. Estaba impaciente. Se sentía un poco delincuente, a la vez que osada, como una nueva Eva, aventurera del extraño presente en un paraíso prohibido por los rigores de los contagios pandémicos. Lo que iba a hacer se saltaba las normas y eso le provocaba una especie de excitación añadida difícil de controlar. Dio un rodeo hasta perderse por un lateral del parking, un lugar oculto a los ojos en el que había quedado con su amante. Ella había visto unos días antes que aquella zona era un punto ciego para las cámaras de vigilancia. No había ninguna.

El encierro por la pandemia les había pillado a cada uno en su casa, llevaban un mes sin verse, sin contacto físico real, sin poder acariciarse más allá de con palabras derramadas en susurros, que los bañaban y los cubrían de besos desde la pantalla del móvil. Necesitaban más. Estaban desesperados por verse de cerca, por mirarse a los ojos sin el filtro del plasma y poder acariciarse con las pestañas. Por oler sus cuellos, por beber cada uno de la boca del otro, por sujetar sus rostros entre las manos, apretar sus carnes y rozarse, rozarse y frotarse bien una contra el otro. Su parte animal no resistía más aquella abstinencia de la carne.

Era la hora de comer y el lugar estaba bastante tranquilo. No había rastro de vigilantes ni casi movimiento. La semana anterior al acudir a comprar, ella había notado que a esa hora la vida se paraba, que se abría un paréntesis en el tiempo perfecto para ellos.
Su amante estaba sentado al volante y al verla pasar saltó con agilidad gatuna al asiento trasero. Ella abrió la puerta del coche como quien destapa la sábana de la cama y se tumbó encima de él con suavidad, dejando que el peso de su cuerpo y su calor contagiara de sensaciones el cuerpo de su amante. Ella le retiró la mascarilla lentamente, como si levantara la tapa de un postre de chocolate con nata, y vio por fin sus labios encarnados, sus deliciosos labios encarnados, jugosos, carnosos y acaramelados como una gominola de fresón. Se acercó y le olfateó, paseó su nariz por su cuello y por su cara, por sus ojos, por su pelo …sin quitarse todavía la mascarilla ni los guantes. Se colocó a horcajadas sobre él, dispuesta a frotarse al ritmo que marcaba el galope de su corazón enloquecido y empezó a notar una presión desbordante, que amenazaba con romper la bragueta del pantalón de su amante si no liberaba esa hinchazón. Él metió su mano por debajo de la falda de ella y le apartó la braga. Con un movimiento rápido se introdujo dentro de ella, deslizándose a placer favorecido por su estado de humedad. Un ardor efusivo de río de lava lo impregnó todo. Ella se incorporó lo suficiente para que él pudiera verla bajarse la mascarilla, con lentitud cinematográfica, por debajo de la barbilla y quitarse los guantes de goma azul añil muy despacio, desnudando sus manos con parsimonia morbosa, como si se tratara de una moderna Gilda, protagonista de la distopía más insólita del siglo XXI. Aquella imagen le enloqueció, y provocó en él un estado de excitación salvaje. Comenzaron a moverse de forma frenética, ella encima de él, succionando su sexo como si fuera a engullirlo completamente y él apretándose contra ella hasta que ambos estallaron por dentro. Se quedaron pegados, una sobre el otro. Si moverse. No escuchaban nada, ni veían nada del exterior. Solo notaban una especie de run run suave. El vaho que empañaba los cristales del coche proporcionaba la sensación de que se encontraban fuera del tiempo y del espacio, como suspendidos en un extraño sueño.
Cuando ella tuvo fuerzas para incorporarse un poco y comenzar a recomponerse, limpió la bruma de la ventana trasera izquierda del coche y se asombró con lo que vio. Estaban rodeados de multitud de coches, que se movían de forma rítmica y tenían los cristales tan empañados como los del suyo. Aquél espacio ciego, del sótano dos del gran supermercado del barrio, se había transformado a la hora de la comida en un paraíso del amor, en una especie de Gomorra oculta, clandestina, donde las parejas de amantes separadas por el confinamiento habían encontrado el lugar perfecto para dar rienda suelta a sus transgresoras pasiones. 
Tanto la ilustración de Javier Castarnado como el relato han sido publicados en la web Nueva Tribuna.
Carmen Barrios Corredera. Abril de 2020.