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viernes, 5 de junio de 2020

LAS 'CUNAS DEL HAMBRE' EN LA VILLA Y CORTE DURANTE EL COVID-19






Las cunas del hambre en la Villa y Corte durante el COVID-19

“En la cuna del hambre, mi niño estaba/ con sangre de cebolla, se amamantaba”. He recordado estos versos inmortales de Miguel Hernández cuando he visto largas colas de personas esperando para recibir una bolsa de comida. En los barrios de clase trabajadora de Madrid muchas personas, sobre todo mujeres, solas o con sus hijos pequeños, hacen filas interminables con su mascarilla puesta, esperando una ayuda que llega de la solidaridad vecinal fundamentalmente, porque el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid no saben, no contestan. 
Madrid se ha convertido en un lugar decimonónico, en el que la caridad y la solidaridad  de sus vecinos y vecinas está sustituyendo a derechos constitucionales, porque los gobernantes madrileños son de la ideología de dejar actuar al mercado y no intervenir. ¿Cuánto podrá aguantar en estas condiciones la ciudadanía madrileña?
Las privatizaciones y el deterioro, y desmantelación, de lo público en Madrid, Ayuntamiento y Comunidad, en materia sanitaria, asistencial y social está mostrando, más que en ningún otro lugar de España, que esa ideología mata y empobrece, crea desigualdades profundas y no aporta solución alguna a la mayoría social cuando se declara una emergencia sanitaria, social y económica como la actual, provocada por la pandemia.
Las asociaciones de vecinas y vecinos y un variopinto tejido social, que se nutre desde asociaciones deportivas a culturales, pasando por las tradicionales de asistencia a migrantes o población desfavorecida, se han tenido que coordinar y poner manos a la obra para ayudar a una parte significativa de la población de Madrid que se ha quedado sin un euro de un día para otro debido a la crisis desatada por el COVID-19, que ha devenido en brutal azote de hambre. Hay una escandalosa emergencia social en Madrid, que desoyen tanto la presidenta de las lágrimas de cocodrilo y los pisitos de lujo, como el Alcalde sordo, mudo y ciego, que cada vez se parece más al monito de las ilustraciones.
Miran para otro lado y solo actúan para distraer. La una, Ayuso, escenificando políticas de imagen que compran los medios, enfocadas a ocultar el desastre de su gestión de la emergencia por la pandemia que es escandalosa, debido a la profunda corrupción que el Partido Popular y sus socios llevan tramando durante décadas en la Comunidad de Madrid. Madrid ha sido y es un nicho abonado para que empresarios y empresas sin escrúpulos –Sarasolas, Florentinos, Koplovichs, fondos buitres de aznares y botellas, etc- hagan fortunas a costa de privatizaciones de los servicios públicos como la sanidad y la asistencia a los mayores, que han costado vidas durante esta pandemia y han colocado a Madrid en el top ten de los contagios y los fallecimientos por Covid de toda Europa. La presidenta Ayuso se retrata como Mater dolorosa y mártir del Gobierno de España, mientras azuza las bajas pasiones de los señoritos de los barrios pudientes, que se envuelven en la bandera de España y pelean por sus privilegios de clase, palo de golf en ristre, en caceroladas de opereta en las calles chic de la Capital. Las campañas de Ayuso crean odio y distraen de lo importante, que el Gobierno de Madrid no resuelve, sigue teniendo la sanidad y la asistencia a los mayores bajo mínimos, a los trabajadores y trabajadoras de los hospitales se les maltrata sin protección suficiente y con contratos y salarios precarios y la atención primaria sigue congelada. Todo esto se está pagando con las vidas de la gente.
El otro, el Alcalde Almeida, mira la vida pasar. Callado pasa desapercibido y sube en las encuestas, simplemente porque no parece un cabestro de la derecha que embiste, como sus socios del partido verde vómito y su socia Ayuso. Inaudito.
Me pregunto, ¿dónde está la Administración más cercana a la ciudadanía, el Ayuntamiento de Madrid?, ¿dónde está?, ¿qué está haciendo para paliar esta emergencia social de sus vecinos y vecinas?
Según se puede leer en medios diversos el Ayuntamiento está callado y de brazos caídos. Como mucho, los servicios sociales saturados derivan a las personas necesitadas a los puntos de distribución creados por las asociaciones coordinadas para la recogida y reparto de alimentos en un gran número de distritos de Madrid, como Carabanchel, Latina, Centro, Moratalaz, Usera, Villaverde, ...
El Ayuntamiento no hace nada, ante la emergencia. No contrata personal asistencial especializado, no activa redes de ayuda, no se arremanga y se pone a trabajar al frente de la coordinación, nada. El tejido vecinal de los distritos de Carabanchel/Latina, muy afectados por la pobreza con cara de hambre sobrevenida en esta pandemia, solicitó hace un par de semanas que las escuelas de cocina municipales se pusieran a hacer comidas calientes para gente sin recursos, ni posibilidades de hacerse una comida caliente, ancianos, personas con movilidad reducida, o personas que viven en habitaciones sin derecho a cocina, que hay mucha necesidad. El Ayuntamiento anunció la apertura de una de estas escuelas, pero las asociaciones se encontraron con que toda la infraestructura la tenían que seguir poniendo ellas con el trabajo voluntario de la gente que se apunta a ayudar. ¿Es posible que el Ayuntamiento de la capital del Estado no sea capaz de poner en marcha una red asistencial de emergencia que ayude a sus vecinos? Estamos en el siglo XXI. Hablamos de la capital de un Estado de la Unión Europea. La institución más cercana a la ciudadanía, ¿para qué sirve?, le pregunto al Alcalde Almeida, regidor capitalino. ¿Dónde está el Ayuntamiento de Madrid -que ahora tiene las cuentas saneadas, gracias a que la anterior corporación de Ahora Madrid hizo bien su trabajo y sobre todo, no robó ni privatizó, ni endeudó más a sus vecinos y vecinas con obras faraónicas-, por qué no actúa ya?
La solidaridad popular se ha puesto en marcha en los barrios de clase trabajadora donde el pueblo salva al pueblo, creando esas redes de ayuda que deberían haber puesto en marcha el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, que tienen las competencias y los recursos para ello. En estos barrios se usan las cacerolas para preparar sustento para paliar el hambre que ha traído el capitalismo ramplón, ladrón, zafio y oportunista del que se benefician los de la cacerola de marca del barrio de Salamanca. Un capitalismo de amiguetes minado de corrupción y adornado con la ley laboral rajoniana, que ha hecho de este Madrid -Villa y Corte- y de su Comunidad, el epicentro de la corrupción y que se ha quedado desnudo, mostrando en la pandemia del COVID-19, que si se privatizan los servicios públicos, si se detraen recursos de lo público y se inyectan en lo privado la gente se empobrece a manos llenas, se muere sin la asistencia adecuada y se cae con facilidad, y de un día para otro, en la cuna del hambre.
El deterioro estructural social que tiene Madrid se detiene con políticas públicas, con inversiones en los servicios públicos y con políticas fiscales redistributivas, que amparan a las personas y son una buena fórmula de reparto de la riqueza. La solidaridad y caridad vecinal es una solución coyuntural ante una situación extrema como la que se sufre, nunca puede sustituir a largo plazo la acción de las Administraciones Públicas guiadas por los gobiernos. La caridad nunca sustituye a los derechos.
O el pueblo de Madrid exige derechos o crecerán las cunas del hambre.
Este artículo ha sido publicado también en Nueva Tribuna
Carmen Barrios Corredera

  

martes, 21 de abril de 2020

HOMENAJE A LAS COMUNES: MI AMIGA MARISOL




Homenaje a las comunes: mi amiga Marisol

Mi amiga Marisol es solo una mujer. Una mujer normal. De esas que no se rinden nunca. Como tantas. Llegó desde Colombia hace miles de años casi con lo puesto, y con su hijo en los brazos, y sabe muy bien lo que es pelear cada minuto de la existencia para tener una vida digna. Es una de las personas más sensibles, generosas y solidarias que conozco. Mi amiga Marisol es especial. El caso es que si se la mira de cerca parece una mujer corriente, tirando a guapa, eso sí, algunos dirían, incluso, que a muy guapa. Pero si se la mira muy, muy de cerca se puede ver una luz especial que se derrama en sus ojos casi de forma acuosa, que tiene que ver con los padecimientos milenarios que llevan cosidos a piel las mujeres de abajo y con las ganas de supervivencia digna de las comunes. Mi amiga Marisol es una de esas mujeres comunes y corrientes, que siempre están para los demás y que siempre ayudan, dan una mano, las dos e incluso ponen todo el cuerpo si es preciso. Mi amiga Marisol es realmente bella, tan bella como la princesa Leia cuando ayuda a la resistencia.
Mi amiga Marisol se coloca los guantes, la mascarilla y sale de su casa resuelta, y lista para lo que venga, como si fuera ataviada con una armadura que la hace invencible. Es de las que está poniendo el cuerpo en su barrio para ayudar a los demás. Reparte comida con una asociación con la Red de Solidaridad Popular (RSP) de su barrio, junto con el equipo de apoyo de cuidados del distrito. Comenzaron atendiendo a cincuenta familias y ya asisten casi a quinientas, poniendo a prueba la capacidad de organización de la resistencia. El número no para de crecer de una semana para otra. Desde que comenzó esta pesadilla distópica de la pandemia convertida en crisis económica y social, mucha gente de su barrio que ya vivía al día, con curros precarios e incluso no tan precarios, se ha quedado tirada sin cobrar de un día para otro, y hay que ayudar, la resistencia está para eso, porque hasta que llegue el Halcón Milenario con las ayudas públicas, la gente tiene que comer.
Mi amiga nunca pregunta a los que acuden a por la bolsa de comida sin son españoles o no, si son trans, o del Real Madrid, gays, lesbianas o ateas, cómo viven, si son jóvenes o viejos, de aquí o de allá, extraterrestres o terrícolas de pura cepa, no le importa una mierda de donde sean, ni si son rubios, morenos, chinos, pecosos, negros o color aceituna, … solo les pregunta ¿qué tal llevas el día?, ¿qué necesitas?
Mi amiga Marisol sabe que Cáritas sí pregunta, y pide a la gente que rellene un formulario para darles el paquete de comida. Mi amiga es consciente de que esto es un error en la situación actual, porque hay gente sin papeles que se queda fuera de todas las ayudas, por no poder cumplimentar los formularios y también porque los perfiles han cambiado y hay personas que solo desean una ayuda puntual, mientras ellos consiguen volver a tener sus ingresos. Mi amiga sabe que hay gente que no quiere figurar en ningún registro, porque para ellos esto significa un fracaso en sus vidas, que les rompe un poco por dentro.
Mi amiga Marisol está muy enfadada con los voluntarios de hogar social, que preguntan a las personas su procedencia y solo reparten alimentos a los que acreditan ser Españoles. Como si el carnet de español otorgara a la gente derechos de supervivencia superiores a los de cualquier ser del planeta.
Mi amiga se indigna y le hierve la sangre cuando ve estas cosas, y se desgañita y las critica y las denuncia, porque también sabe que con o sin papeles, sean españoles o no, las personas solicitan ayuda por pura necesidad y tienen tanto derecho a comer cada día como sus hijos, su marido o ella misma. 
Mi amiga Marisol sonríe y consuela, proporciona ánimo y autoestima cuando dice, por favor, mírame a los ojos y no te avergüences, esto que te pasa le puede pasar a cualquiera, ninguno estamos exentos de quedarnos sin trabajo, sin recursos, así, en un parpadeo, la auténtica vergüenza es no disponer de una red de asistencia social pública en Madrid -la comunidad autónoma con el PIB per cápita más elevado y con la desigualdad más grande del Estado, con un millón de personas en situación de exclusión social y la mitad de esas en exclusión severa- y en toda España, que se ocupe de la gente cuando las cosas fallan. La auténtica vergüenza es que vivamos en una sociedad en la que está permitido gastarse hasta lo que no se tiene en tanques, aviones o bombas inútiles, en lugar de en sistemas de protección social, con derechos articulados que protejan, con justicia social, que pongan la vida en el centro y contemplen las necesidades reales de las personas. Mi amiga Marisol les dice también que la gigantesca vergüenza es que vivamos en una sociedad en la que hay personas que podrían vivir un millón de vidas a cuerpo de rey que se escabullen de pagar lo que les correspondería por su renta real, evadiendo impuestos, y se lavan la cara -con publicidad mediática-ofreciendo unas pocas migajas, y otras, en cambio, no puedan vivir ni una sola vida con la dignidad suficiente en este Madrid que engulle almas.
Mi amiga Marisol no cree en dioses, no cree en reyes, no cree en tribunos, ama a los demás como son, pelea como una leona por los suyos, por los de abajo, por los comunes, y cree en las personas, en el esfuerzo colectivo, en la solidaridad y en la capacidad de la gente organizada.
Mi amiga Marisol está indignada con esta situación y quiere que el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid escuchen a las asociaciones de barrio, que reclaman que las escuelas de cocina arrimen el hombro y cocinen platos para llevar para la gente que está impedida, que son pobres, viven en habitaciones sin derecho a cocina o son tan ancianas que no pueden guisarse un plato caliente. Mi amiga Marisol conoce muy bien lo que pasa en su barrio, nunca ha abandonado el trabajo de calle, ni la pelea diaria por la vida digna desde la resistencia.
Sabe de sobra que la caridad no es una solución real y ni permanente, y es consciente de que lo que quiere ella y la gente como ella, los comunes, son derechos y los lucha y los pelea cada día en las calles de su barrio. Sabe que el Gobierno de coalición prepara una renta mínima vital y se reconoce una de las protagonistas anónimas que ha exigido con organización, con política y en la urna, que la gente tenga una renta suficiente para poder contar con su propia economía sin tener que pedir ayudas o caridad. Sabe todo esto y se siente orgullosa de haber luchado por ese derecho. Es un triunfo de los comunes, de los que son como ella, de su clase, que supone –además- un cambio de conciencia social sobre cuáles son las prioridades, que tiene que contemplar y atender el Gobierno de un país.
Mi amiga lo sabe, y por eso, mientras llega y no llega el Halcón Milenario sigue siendo consciente de que a la resistencia le toca arrimar el hombro con solidaridad desde la red del tejido asociativo de cada barrio, de los grupos de cuidado distritales y desde los hogares, desde la casa de los comunes, donde no se pregunta procedencia ni filiación, se tiende la mano y se dice, ¡ánimo vecina, esto lo superamos todas juntas! ¡Resistir es vencer!
Mi amiga sabe que el pueblo salva al pueblo y es una obligación exigir con presión política y con solidaridad compartida, que las políticas públicas estén a la altura de las circunstancias.

PD. Este artículo está dedicado de forma especial a mi amiga Marisol, una mujer luchadora que siempre está. También a los miles de personas como ella, que ayudan a los demás así, poniendo el cuerpo sin preguntar, en este episodio distópico, que estamos viviendo, o en cualquier otra situación que lo requiera.
Este artículo ha sido publicado en Nueva Tribuna.
Carmen Barrios Corredera, escritora y fotoperiodista.




viernes, 20 de marzo de 2015

Zapatelas: prendas y juguetes de tela cosidos con los hilos de la solidaridad

Abriendo la puerta de Zapatelas




























Hace unos días, mi amiga María me invitó a pasarme por la tienda de su tía Manuela. La tienda se llama Zapatelas (Manuela Malasaña, 21 de Madrid), comercializa ropa para niños y niñas muy divertida e imaginativa y también juguetes de tela. 
Todo lo que se vende allí es de confección artesana y está producido por personas que se encuentran en la cárcel y por personas que trabajan en talleres de inserción social. 
Este reportaje también ha sido publicado en la revista web www.nuevatribuna.es en la sección de sociedad, coloco el enlace
 http://www.nuevatribuna.es/album/sociedad/zapatelas/20150321112352113911.html

ZAPATELAS: prendas y juguetes de tela cosidos con los hilos de la solidaridad

Zapatelas es una tienda de ropa infantil especial. Cuando se atraviesa el dintel de la puerta se tiene la agradable sensación de que allí se confeccionan prendas primorosas, cosidas con los hilos de la bondad y de la solidaridad. La vista se vuelve loca, una no sabe bien dónde poner los ojos, porque los objetos y las prendas que se muestran en las estanterías de Zapatelas derrochan colorido, imaginación y agrado: casitas de muñecas y muñecos confeccionadas con suaves retales de colores; Mandelitas, prendas exactas a las camisas que llevaba Nelson Mandela, pero en tamaño diminuto, fabricadas con esas mismas telas africanas del mejor algodón; Manuelas y Manolos, muñecas y muñecos de cabeza grande “porque piensan mucho”; pequeños zapatos y patucos para bebés hechos de lana, fieltros y telas de mil colores…

Pero, ¿qué es Zapatelas? ¿Por qué se creó, con qué fines; por quienes y para qué?

Manuela y el osito rayado

Como he afirmado en la primera frase de este reportaje, “Zapatelas es una tienda de ropa infantil especial”, es un amplio proyecto trenzado y cosido con los hilos y las telas de los colores de la solidaridad.

Manuela Carmena, jurista durante treinta años, ex vocal del Consejo General del Poder Judicial, y comprometida luchadora por los Derechos Humanos (que ahora ha dado el salto a la política activa como candidata a la alcaldía de Madrid por la lista de Podemos para Ahora Madrid), y un grupo de jubilados entre los que se encontraban el abogado Ignacio Montejo (recientemente fallecido) y Gloria Bombín, crearon la sociedad limitada “Yayos emprendedores”, una empresa social de capital de beneficio de interés general, cuyo propósito era ayudar a crear empleo. En 2011 Carmena se puso a diseñar y a crear alegres zapatos diminutos con unas telas antiguas heredadas de su suegra y pusieron en marcha un proyecto inicial en la cárcel sevillana de Alcalá de Guadaira en el que las presas aprendían a hacer los zapatitos de bebé, con los patrones y las telas de Manuela, en un taller ocupacional y desde la tienda se les daba salida. A partir de ahí, el proyecto ha ido creciendo.
Mandelitas


“Yayos emprendedores” unió sus fuerzas a la ONG “Cosiendo el Paro”, que organizan cursos de formación en cárceles y talleres sociales, en los que enseñan a coser a hombres y mujeres que aprenden este oficio.  “Yayos emprendedores” suministra los diseños, los patrones de las prendas y las telas, y compra a los talleres sociales los artículos confeccionados y se comercializan a través de la tienda Zapatelas. De Igual modo, Instituciones Penitenciarias factura a “Yayos Emprendedores” los artículos realizados por los presos y las presas, que cobran una cantidad con cada pieza terminada. Tanto las personas que trabajan dentro de cárceles como la de Aranjuez o la de Alcalá-Meco, como las mujeres paradas e inmigrantes que aprenden en talleres de inserción social en Madrid (de la Fundación Lacalle y de Amigos del Padre Llanos), tienen así la oportunidad de aprender un oficio y realizar un trabajo que alivia su situación, cobrando una cantidad por los artículos que producen, que luego se venden en Zapatelas. Todo lo recaudado en la tienda se vuelve a reinvertir en el propio proyecto social y en la compra de materiales, porque la empresa “Yayos emprendedores” es de beneficio social y no reparte beneficios privados entre sus socios.
Zapatelas

Ratoncita Pérez


Zapatelas (que se encuentra en la calle Manuela Malasaña, 21 de Madrid ) comenzó solo comercializando patucos de lana y zapatitos amables y suaves para los pies delicados de los más chiquitos y de ahí pasaron a confeccionar ropa, como las Mandelitas, que son camisas exactas a las que llevaba Nelson Mandela pero para niños, y que están fabricadas con algodón surafricano de la mejor calidad. Con el tiempo y aplicando dosis considerables de imaginación se ha ido ampliando la oferta de esta pequeña tienda con muchos más artículos para niños y niñas todos ellos creados con telas de colores y lanas, como casitas de muñecas, antes mencionadas, ositos a rayas que recuerdan los trajes clásicos de los presos, Manuelas y Manolos, que son muñecotas a las que les ha crecido la cabeza “porque piensan mucho”,-comenta divertida Manuela Carmena-, la ratoncita pérez en su mecedora, libros de fotos (también con las páginas hechas de tela) para que los niños y las niñas vayan contando en imágenes sus momentos preferidos y “les ayuden a reconocerse y reconocer sus sentimientos y afectos” …

Cuaderno de fotos para bebés
Manuela, muñeca de cabeza grande porque piensa mucho


Manuela Carmena defiende este proyecto con mucho entusiasmo y su cabeza bulle buscando miles de posibilidades creativas para comercializar mejor los productos y continuar ampliando el negocio para dar empleo a más personas. Me explica que todos los objetos y las prendas que se venden en la tienda son plenamente artesanales y que tienen el valor añadido de la cooperación “entre las personas que tenían sus manos en paro forzoso por encontrarse privadas de libertad y las personas, que fuera de las prisiones, tenían sus manos también paradas por falta de empleo”. Además, los juguetes tienen una orientación no sexista, tampoco belicista, y cumplen con todos los requisitos de seguridad. 
Patucos de lana


Entre las personas presas y las personas libres, con el apoyo de “Yayos emprendedores” y “Cosiendo el Paro”, han conseguido formar un gran grupo de trabajo que les permite mirar de cara al futuro. Proyectos como éste, por pequeños que sean, son los que nos acercan a la utopía, a otro mundo posible, en el que la economía y las empresas estén al servicio de las necesidades de las personas.
Zapatelas (Manuela Malazaña, 21, en Madrid)