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viernes, 5 de junio de 2020

LAS 'CUNAS DEL HAMBRE' EN LA VILLA Y CORTE DURANTE EL COVID-19






Las cunas del hambre en la Villa y Corte durante el COVID-19

“En la cuna del hambre, mi niño estaba/ con sangre de cebolla, se amamantaba”. He recordado estos versos inmortales de Miguel Hernández cuando he visto largas colas de personas esperando para recibir una bolsa de comida. En los barrios de clase trabajadora de Madrid muchas personas, sobre todo mujeres, solas o con sus hijos pequeños, hacen filas interminables con su mascarilla puesta, esperando una ayuda que llega de la solidaridad vecinal fundamentalmente, porque el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid no saben, no contestan. 
Madrid se ha convertido en un lugar decimonónico, en el que la caridad y la solidaridad  de sus vecinos y vecinas está sustituyendo a derechos constitucionales, porque los gobernantes madrileños son de la ideología de dejar actuar al mercado y no intervenir. ¿Cuánto podrá aguantar en estas condiciones la ciudadanía madrileña?
Las privatizaciones y el deterioro, y desmantelación, de lo público en Madrid, Ayuntamiento y Comunidad, en materia sanitaria, asistencial y social está mostrando, más que en ningún otro lugar de España, que esa ideología mata y empobrece, crea desigualdades profundas y no aporta solución alguna a la mayoría social cuando se declara una emergencia sanitaria, social y económica como la actual, provocada por la pandemia.
Las asociaciones de vecinas y vecinos y un variopinto tejido social, que se nutre desde asociaciones deportivas a culturales, pasando por las tradicionales de asistencia a migrantes o población desfavorecida, se han tenido que coordinar y poner manos a la obra para ayudar a una parte significativa de la población de Madrid que se ha quedado sin un euro de un día para otro debido a la crisis desatada por el COVID-19, que ha devenido en brutal azote de hambre. Hay una escandalosa emergencia social en Madrid, que desoyen tanto la presidenta de las lágrimas de cocodrilo y los pisitos de lujo, como el Alcalde sordo, mudo y ciego, que cada vez se parece más al monito de las ilustraciones.
Miran para otro lado y solo actúan para distraer. La una, Ayuso, escenificando políticas de imagen que compran los medios, enfocadas a ocultar el desastre de su gestión de la emergencia por la pandemia que es escandalosa, debido a la profunda corrupción que el Partido Popular y sus socios llevan tramando durante décadas en la Comunidad de Madrid. Madrid ha sido y es un nicho abonado para que empresarios y empresas sin escrúpulos –Sarasolas, Florentinos, Koplovichs, fondos buitres de aznares y botellas, etc- hagan fortunas a costa de privatizaciones de los servicios públicos como la sanidad y la asistencia a los mayores, que han costado vidas durante esta pandemia y han colocado a Madrid en el top ten de los contagios y los fallecimientos por Covid de toda Europa. La presidenta Ayuso se retrata como Mater dolorosa y mártir del Gobierno de España, mientras azuza las bajas pasiones de los señoritos de los barrios pudientes, que se envuelven en la bandera de España y pelean por sus privilegios de clase, palo de golf en ristre, en caceroladas de opereta en las calles chic de la Capital. Las campañas de Ayuso crean odio y distraen de lo importante, que el Gobierno de Madrid no resuelve, sigue teniendo la sanidad y la asistencia a los mayores bajo mínimos, a los trabajadores y trabajadoras de los hospitales se les maltrata sin protección suficiente y con contratos y salarios precarios y la atención primaria sigue congelada. Todo esto se está pagando con las vidas de la gente.
El otro, el Alcalde Almeida, mira la vida pasar. Callado pasa desapercibido y sube en las encuestas, simplemente porque no parece un cabestro de la derecha que embiste, como sus socios del partido verde vómito y su socia Ayuso. Inaudito.
Me pregunto, ¿dónde está la Administración más cercana a la ciudadanía, el Ayuntamiento de Madrid?, ¿dónde está?, ¿qué está haciendo para paliar esta emergencia social de sus vecinos y vecinas?
Según se puede leer en medios diversos el Ayuntamiento está callado y de brazos caídos. Como mucho, los servicios sociales saturados derivan a las personas necesitadas a los puntos de distribución creados por las asociaciones coordinadas para la recogida y reparto de alimentos en un gran número de distritos de Madrid, como Carabanchel, Latina, Centro, Moratalaz, Usera, Villaverde, ...
El Ayuntamiento no hace nada, ante la emergencia. No contrata personal asistencial especializado, no activa redes de ayuda, no se arremanga y se pone a trabajar al frente de la coordinación, nada. El tejido vecinal de los distritos de Carabanchel/Latina, muy afectados por la pobreza con cara de hambre sobrevenida en esta pandemia, solicitó hace un par de semanas que las escuelas de cocina municipales se pusieran a hacer comidas calientes para gente sin recursos, ni posibilidades de hacerse una comida caliente, ancianos, personas con movilidad reducida, o personas que viven en habitaciones sin derecho a cocina, que hay mucha necesidad. El Ayuntamiento anunció la apertura de una de estas escuelas, pero las asociaciones se encontraron con que toda la infraestructura la tenían que seguir poniendo ellas con el trabajo voluntario de la gente que se apunta a ayudar. ¿Es posible que el Ayuntamiento de la capital del Estado no sea capaz de poner en marcha una red asistencial de emergencia que ayude a sus vecinos? Estamos en el siglo XXI. Hablamos de la capital de un Estado de la Unión Europea. La institución más cercana a la ciudadanía, ¿para qué sirve?, le pregunto al Alcalde Almeida, regidor capitalino. ¿Dónde está el Ayuntamiento de Madrid -que ahora tiene las cuentas saneadas, gracias a que la anterior corporación de Ahora Madrid hizo bien su trabajo y sobre todo, no robó ni privatizó, ni endeudó más a sus vecinos y vecinas con obras faraónicas-, por qué no actúa ya?
La solidaridad popular se ha puesto en marcha en los barrios de clase trabajadora donde el pueblo salva al pueblo, creando esas redes de ayuda que deberían haber puesto en marcha el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid, que tienen las competencias y los recursos para ello. En estos barrios se usan las cacerolas para preparar sustento para paliar el hambre que ha traído el capitalismo ramplón, ladrón, zafio y oportunista del que se benefician los de la cacerola de marca del barrio de Salamanca. Un capitalismo de amiguetes minado de corrupción y adornado con la ley laboral rajoniana, que ha hecho de este Madrid -Villa y Corte- y de su Comunidad, el epicentro de la corrupción y que se ha quedado desnudo, mostrando en la pandemia del COVID-19, que si se privatizan los servicios públicos, si se detraen recursos de lo público y se inyectan en lo privado la gente se empobrece a manos llenas, se muere sin la asistencia adecuada y se cae con facilidad, y de un día para otro, en la cuna del hambre.
El deterioro estructural social que tiene Madrid se detiene con políticas públicas, con inversiones en los servicios públicos y con políticas fiscales redistributivas, que amparan a las personas y son una buena fórmula de reparto de la riqueza. La solidaridad y caridad vecinal es una solución coyuntural ante una situación extrema como la que se sufre, nunca puede sustituir a largo plazo la acción de las Administraciones Públicas guiadas por los gobiernos. La caridad nunca sustituye a los derechos.
O el pueblo de Madrid exige derechos o crecerán las cunas del hambre.
Este artículo ha sido publicado también en Nueva Tribuna
Carmen Barrios Corredera

  

lunes, 30 de marzo de 2020

EL PUEBLO SALVA AL PUEBLO. EL PODER DE LO COLECTIVO FRENTE A LO PRIVADO EN LA CRISIS DEL CORONAVIRUS





El pueblo salva al pueblo. El poder de lo colectivo frente a lo privado en la crisis del coronavirus.

El Covid-19 se extiende como una plaga. Mientras escribo este texto se ha llevado las vidas de 4.858 personas. El virus golpea mientras la sociedad hace todo lo posible para organizarse para combatirlo. Miles de personas organizadas por las Administraciones Públicas, y desde un mando único dirigido por el Gobierno de coalición del PSOE- Unidas Podemos, están poniendo sus cuerpos para salvar vidas. Un Gobierno de coalición que está implementando medidas sin descanso para salvar lo colectivo. La última de ellas se ha dado a conocer mientras termino este artículo, ha prohibido los despidos durante la emergencia del coronavirus.

Miles de personas trabajadoras en distintos servicios esenciales como sanitarios, agricultores, trabajadores de supermercados, transportistas, policías, biólogos, científicos e investigadoras, trabajadores del servicio de basuras, limpiadoras, bomberos, periodistas, curritos del transporte público de viajeros, militares, autobuseros, veterinarios, conductoras de trenes y metro, empleados de servicios funerarios… son incontables las personas que permanecen en sus puestos de trabajo y ponen sus cuerpos para asistir a los demás, a pesar de todas las carencias y los recortes que pesan como una losa sobre el cuerpo social.

Además, surgen por doquier iniciativas solidarias de personas que quieren ayudar, desde redes de cuidados que nacen en los barrios y pueblos para llevar la compra o prestar ayuda a los que están confinados y enfermos, ancianos y personas dependientes que son grupos especiales de riesgo, hasta movimientos de trabajadores y trabajadoras, también gentes del mundo de la cultura, que ponen lo que saben hacer al servicio de los demás de forma altruista, con el único interés de contribuir a salvar vidas. El pueblo salva al pueblo. Esta crisis brutal y arrasadora está mostrando muchas realidades positivas. Lo colectivo organizado, lo público, los obreros y obreras, los de abajo están mostrando que lo que nos va a salvar es su fuerza colectiva.
Se van sabiendo cosas. Hechos importantes que nos salva como colectivo, como comunidad, como sociedad.
Ifema Madrid, montaje del hospital de campaña. Circula un video en el que un miembro del cuerpo de bomberos de Madrid explica a cámara como se ha construido en tres días (desde el lunes 23 de marzo al miércoles 26) la instalación de aire, oxígeno y vacío en una galería de subsuelo de 300 metros -con registros cada 5 metros- para asistir un pabellón  de UCI que albergará 600 camas. El bombero cuenta que la gente trabajadora acude a Ifema con sus herramientas, fontaneros, instaladores de aire, trabajadores de la construcción, obreros, autónomos, parados… hacen cola para ofrecerse de forma altruista, para ayudar en la medida de sus posibilidades. Asegura que esa galería se ha construido con ocho bomberos y entre 40 y 50 trabajadores voluntarios. La organización del Estado, de la Administración Pública, de la UME más un ejército de obreros poniendo el cuerpo para salvar al pueblo. Porque el sector público está en paños menores debido a los recortes y la gente acude a ayudar de forma solidaria.

El poder de lo colectivo frente al desgaste social que supone privatizar servicios como la sanidad. Privatizar servicios cuyo coste se cifra en vidas humanas, tal como se está viendo y comprobando especialmente en la Comunidad Autónoma de Madrid, donde el Partido Popular lleva veinte años a pico y pala deteriorando y jibarizando la sanidad pública en beneficio de incrementar recursos a las compañías privadas. Decisiones políticas que han ido dejado desnuda a la sanidad pública, mostrando graves carencias que esta crisis ha puesto en evidencia y que están costando vidas. En Madrid se contabilizan a día de hoy 2090 fallecimientos por Covid-19.
Mientras en IFEMA se afanan por ganar horas a la muerte trabajando a contrarreloj en ese macro-hospital de campaña, se sabe que en la Comunidad de Madrid (que es el lugar en el que hay también más contagiados por el virus) se permite que los hospitales privados campen por sus respetos. El periódico El Salto informa que en Madrid se están utilizando solo 2.200 camas de las más de 6.700 de las que dispone la sanidad privada. Que por cada hospitalización en la privada de una persona con coronavirus se cobra al día 250 euros y si está en UCI la cifra asciende entre 650 y 700 euros diarios (datos ofrecidos por Carlos Rus, presidente de ASPE –Alianza de la Sanidad Privada Española a Infolibre) y que en urgencias del hospital HM de Sanchinarro (centro de construcción pública en régimen de gestión privada) se han llegado a cobrar 300 euros por hacer la prueba del Covid-19.

¿Se puede confiar la salud de las personas a la iniciativa privada? Cuando esto termine es indiscutible una revisión del modelo. Habrá que exigir en las calles un sistema de salud pública fuerte, vigoroso, dotado de recursos, con personal suficiente y bien retribuido, con contratos adecuados y dignos. La vida nos va en ello. Están siendo los trabajadores y trabajadoras de las sanidad pública los que se están dejando el pellejo cada día en jornadas que no tienen fin y que los dejan exhaustos, agotados hasta el límite. Los estamos viendo trabajar de forma heroica, con bolsas de basura atadas a sus cuerpos como precarios escudos protectores, incluso con gafas de bucear para los ojos ante la ausencia de gafas de uso quirúrgico, porque los hospitales públicos tiritan, no hay material de protección para todos. A pesar de todas las carencias, de todas las privaciones, ellos y ellas, médicas, enfermeros, celadoras, cocineras, limpiadoras, acuden cada jornada mostrando como el pueblo, siempre generoso, salva a la pueblo.

Losar de la Vera, Cáceres. 26 trabajadores de la cooperativa-centro de mayores Servimayor se encierran con los ancianos para proteger sus vidas y evitar contagios. Confinados con los residentes por solidaridad y responsabilidad (Cadena Ser, 24 de marzo). Han decidido vivir allí, con ellos y ellas, y no salir a sus domicilios ni permitir visitas para cuidar y evitar que el virus entre y se lleve vidas por delante.
En Estella, Navarra, en la residencia San Gerónimo,15 trabajadores se han encerrado con los 69 residentes del lugar para proteger sus vidas. Vivirán allí todos juntos como una comunidad, que salva con solidaridad, poniendo la vida en el centro igual que en la residencia extremeña. Valientes y generosas iniciativas navegan en un océano generalizado de carencias y empleo precario en general, que se ceba con el personal asistencial de las residencias en España. Trabajadoras y trabajadores, los de abajo ponen el cuerpo. El pueblo salva al pueblo. Hacen lo que está en su mano, a pesar de las carencias.

Esto sucede en un área asistencial especialmente sensible, donde cada día están falleciendo ancianos en un goteo que se ha convertido en hemorragia, 1.517 fallecidos en residencias de ancianos, el 37% del total de muertos (Cadena Ser 27 de marzo). En España la red de atención a los ancianos está prácticamente en manos privadas. Hemos dejado las vidas de nuestros mayores custodiadas por empresas que buscan el rendimiento económico por encima del beneficio social. Hay al rededor de 6.000 residencias que albergan a 390.000 hombres y mujeres que nos dieron la vida y construyeron el país para todas nosotras. Cuando esto pase, es preciso un análisis en profundidad. ¿Qué pasa en las residencias de ancianos? ¿Cuáles son las razones por las que el índice de mortalidad está disparado? ¿Qué falla? ¿Cómo se atienden la mayoría de los centros? ¿Cuál es la proporción de residentes por cuidadores en las residencias de mayores? ¿Cuántos médicos, personal de enfermería hay en esta crisis por residente?, y ¿cuantos debería haber en realidad para que la atención sea óptima? ¿Qué medidas de salubridad, limpieza e higiene son necesarias? ¿Cuántos controles y con qué periodicidad hace la Administración Pública para asegurar el buen funcionamiento y la salud de nuestros mayores hasta este momentos? ¿Cuántos serían necesarios?  Todas estas preguntas deberán ser contestadas. Se hará perentorio reclamar que las vidas de las personas son sagradas, cuidar a los mayores es una obligación fundamental en una sociedad democrática sana, donde la dignidad vital siempre debe estar por encima de los intereses económicos de unos pocos buitres, que especulan y quieren sacar rentabilidad hasta de la última brizna de vida. Nuestros ojos no pueden volver a contemplar como los soldados de la UME -que han tenido que intervenir en numerosas residencias, especialmente en la Comunidad de Madrid, para desinfectarlas y ayudar a la atención en lo posible- se han encontrado con cadáveres que no habían sido convenientemente trasladados tras su fallecimiento, conviviendo con ancianos vivos. Esto se ha producido también, porque el servicio funerario no da abasto, impedido igualmente por años de recortes y plantillas precarias. La herida abierta es grande, dura. Las personas mayores tienen derecho a ser atendidas con medios suficientes, que garanticen su salud, integridad y dignidad personal.  

Una veintena de pueblos de Segovia puso en marcha una cadena solidaria en la que 330 mujeres cosen mascarillas a destajo desde sus casas. Taxistas y transportistas, todo el que puede, arrima el hombro para distribuirlas. La empresa Mundo Laboral provee de tejidos y corta las gomas para nutrir a este batallón de mujeres voluntarias de entre 40 y 50 años que ayudan y contribuyen en esta pandemia con lo que saben hacer, coser (información aparecida en el 22 de marzo en el diario Público). Iniciativas parecidas están surgiendo en muchos lugares de España, en Valladolid, en Álava, modistas solidarias en Zaragoza, aparadoras del calzado levantinas, se van uniendo a través de las redes sociales para ayudar… en definitiva costureras solidarias de todo es Estado que se conjuran para intentar producir entre 100 y 200 mascarillas diarias cada una de ellas. Las manos de cientos de mujeres unidas por el resistente hilo de la solidaridad y el amor a la vida. El pueblo cuida del pueblo.

La concejalía de Justicia Social de Palma de Mallorca reclama a la banca que ponga a disposición del Ayuntamiento las viviendas vacías que tienen para poder acoger en ellas a mujeres víctimas de violencia machista. Esta concejalía prevé un incremento de casos de violencia contra las mujeres, debido a que muchas víctimas de malos tratos permanecen encerradas con sus agresores desde que comenzó el confinamiento por Coronavirus. El Ayuntamiento de Palma calcula que hay unos 14 pisos en condiciones de habitabilidad que podrán acoger entre 17 y 100 personas. La regidora de Justicia Social, Sonia Vivas, –madre de la iniciativa- , explica en un artículo aparecido el 27 de marzo en el diario Público y firmado por Marisa Koham, que pide colaboración a las entidades financieras, y les recuerda que tienen una deuda con la sociedad de 64.000 millones de euros que viene de la crisis de 2008, cuando se rescató a la banca con fondos públicos para evitar la quiebra.
De momento solo están poniéndose en contacto con la concejalía personas altruistas para ofrecer sus pisos vacíos. Nada se sabe todavía de los bancos, sí de personas como una enfermera jubilada que hace mascarillas en su casa y ha ofrecido un piso de 150 metros, me informa la concejala Sonia Vivas mientras escribo este texto. Una vez más el pueblo acude al rescate.

A lo largo y ancho de la geografía española muchas personas están rebajando el alquiler a sus inquilinos que pierden el empleo durante el confinamiento, o les aplazan la renta hasta que puedan pagarlo. ¿Ocurre lo mismo con las viviendas en manos de fondos de inversión, de bancos? Se hace perentorio que el Gobierno incluya en el escudo social contra la crisis la supresión del pago del alquiler de las personas que pierdan el empleo, porque está claro que la banca y los fondos de inversión nunca ponen nada de su parte para salvar a nadie, a no ser que se les obligue. En la crisis anterior fueron rescatados con los impuestos de todos, en esta deben reponer al menos una parte de ese préstamo social que todavía deben.

Son muchas las iniciativas solidarias puestas en marcha para ayudar. Sin embargo, es el poder de la organización de las Administraciones Públicas, el peso del sector público frente al privado, lo que está dando la respuesta más contundente de salvación ante la crisis. Y lo está dando a cambio del alto precio que están pagando los y los trabajadoras de un sector público muy mermado y adelgazado desde la anterior crisis económica de 2008. La solidaridad de la gente se agradece, muestra la calidad del pueblo, la humanidad que ayuda. Es un cálido remiendo balsámico que emociona, que se desvive para ayudar a paliar todas las grietas que muestra una sociedad precarizada con un sector público adelgazado, que vive desde 2008 prácticamente con lo puesto.

Cuando todo esto finalice habrá que analizar lo sucedido y revisar prioridades, que necesariamente deberán pasar por un cambio de modelo económico en el que los que más tienen -esos que acumulan con regularidad pase lo que pase, vengan bien o mal dadas- aporten recursos a través de los impuesto para poder disponer de un Estado del Bienestar fuerte, que cuide a las personas y pueda asistirlas con dignidad, tanto en una hecatombe como la que estamos sufriendo como en situaciones de normalidad.

La caridad de algunos nombres poderosos, que salen a la palestra de los medios de comunicación ofreciendo ayuda, para lavar su imagen en medio de un drama social como el que estamos viviendo, no es suficiente para organizar una verdadera sociedad de cuidados como la que se precisa. Los grandes empresarios, financieros, banqueros, etc, deben mostrar su amor al país contribuyendo con lo que les toca proporcionalmente en cada ejercicio de la renta. Así se construye sociedad. Así se construye patria. Lo demás son milongas que engordan las desigualdades y muestran el tamaño de la desnudez en la que se encuentra de verdad la organización de los cuidados y los servicios públicos en una situación límite como la actual.

Asimismo, cuando todo esto pase, se hará necesario revisar si necesitamos una institución monárquica de la que por el momento sabemos que se ha dedicado al lucro ¿con el cobro de comisiones?, evasión y acumulación de fortuna colocada fuera de nuestras fronteras. Una institución que es financiada por el Estado de forma altamente generosa. El país entero es testigo de que en los duros momentos por los que atraviesa el conjunto de la sociedad, el Borbón heredero ha intentado lavarse las manos de forma impúdica delante de todos. El cuerpo social se resiente.

Si algo está dejando claro esta crisis es que lo público, lo colectivo organizado es lo que salva, lo que cura, lo que provee, lo que ayuda, lo que cuida, lo que se solidariza, lo que apaña, imagina, brega, trabaja, pone cuerpos, manos e inteligencia al servicio de la mayoría. Solo el pueblo salva al pueblo.
Artículo aparecido en Nueva Tribuna
Carmen Barrios Corredera. Escritora y fotoperiodista.





jueves, 25 de abril de 2019

Nosotras escribimos la historia



Nosotras escribimos la historia

Nosotras, las mujeres, sabemos lo que es escribir la historia común a base de reclamar derechos, pero sobre todo sabemos lo que significa lo que es pelear por las cosas de comer, aunque luego se nos saque del relato.
Lo saben las mujeres asturianas, que recuerdan a ese grupo de señoras que hicieron posible que la Huelgona de 1962 fuera la primera pelea por derechos laborales ganada al franquismo.
Lo saben las mujeres de Zaragoza, que vieron como su ciudad se llenaba de autocares repletos de feministas en 1976, para apoyar a una joven juzgada por delito de adulterio.
La memoria de las mujeres dice que tumbamos esa Ley de adulterio en las calles, y que entre 1976 y 1978 dimos mucho la murga, porque la famosa Ley de Amnistía sacó de la cárcel a los presos políticos, pero no a las adulteras ni a las lesbianas, tampoco a las mujeres condenadas por delito de aborto, o a las acusadas de prostitución…
Tras quemar infinidad de sostenes en las calles y hartarnos de gritar que “lo personal es político” conseguimos tumbar esa Ley en las calles, y además arrancamos una Ley de divorcio y, un poco más adelante, una Ley de aborto con todos los tanques del patriarcado apuntando a nuestras cabezas.
Pero eso no es todo, miles de mujeres organizadas en el Movimiento Democrático de Mujeres y en el movimiento vecinal en los años setenta son las que posibilitaron que los barrios periféricos de las grandes ciudades en desarrollo se dotaran de semáforos y asfalto en las calles (porque se construían los bloques de viviendas para trabajadores y trabajadoras y no se asfaltaban las calles, ni se ponían semáforos), de parques, escuelas públicas, transportes públicos, centros de salud públicos, etc.
Todas esas dotaciones que hoy existen en las ciudades que habitamos se consiguieron gracias a las exigencias de las personas que quieren escribir la historia, precisamente la escriben -la escribimos- reclamando derechos.

Individuo colectivo
Unidas Podemos ha elegido en esta compaña un lema muy significativo, un lema inclusivo, constructivo, un lema de participación, un lema que interpela de forma individual, a la vez que apela al sentimiento colectivo: “La historia la escribes tú”.  “La historia” en la que estamos todas, la escribes “tú”. “Tú” como parte de un todo. Un “tú” que avanza con las demás, en colectivo, porque sin muchas “tús” unidas es imposible escribir la historia compartida. Una historia que merezca la pena, esa que puede hacer que cuando se eche la vista atrás, la emoción recorra el cuerpo como un latigazo que dibuje que fuimos parte de algo grande, de algo que mereció la pena, de un cambio revolucionario a través de esa fabulosa herramienta que es el voto, porque entre todas las “tús” conseguimos cambiar el curso de la historia, preñando las urnas con semillas de papel en forma de votos a Unidas Podemos.
Mi abuela, que fue indómita y anticlerical hasta su muerte, a pesar de haber sido vencida en una guerra atroz; mi madre que pateó mercados protestando contra la carestía de la vida, y exigió escuelas públicas y centros de salud con sus vecinas; mis tías, que quemaron sus sostenes para reclamar esos derechos de igualdad por los que hoy seguimos peleando, ellas se emocionan en el recuerdo imborrable de esa historia compartida de pelea por los derechos de todas y de todos, que hoy van escritos en la letra de nuestra Constitución.
Me siento muy reconocida en este lema, porque soy plenamente consciente de que la historia de verdad la escribimos la gente de a pie.
La Constitución española lleva escritos derechos sociales que se arrancaron al poder franquista, también las mujeres, con una enorme presión en las calles que había en los momentos en los que se estaba negociando esa Norma.

Luchas por derechos
Se peleaba, por una parte, desde los barrios, desde las asociaciones vecinales, por el derecho a la vivienda y a las vidas dignas;  y por otra, se pelaba desde los tajos, por mejoras en las condiciones de trabajo y los salarios decentes y suficientes. Ahí están las huelgas en la industria, en el textil, en el transporte, en la construcción…
Esos derechos constitucionales no cayeron del cielo, ni por la gracia divina de los llamados “padres” de la cosa, o del rey campechano. No. Los derechos sociales escritos en la letra de esa Carta Magna -que ahora están cuestionados, puestos en almoneda al mejor postor del capitalismo real- esos derechos costaron grandes luchas en las calles.
Las mujeres lo saben. Lo sabemos. Porque ellas –nosotras- trabajaban -trabajamos- dentro y fuera de casa, y reclamaban –reclamamos- dentro y fuera de casa.
Las mujeres, a las que nunca se menta cuando se recuerdan las luchas del movimiento obrero en la España de los años sesenta, o setenta, y ellas también estaban reclamando derechos en el textil y en la industria. Ellas formaron parte de luchas fabulosas, y de pequeñas luchas -pero importantes- por la enseñanza colectiva que albergan. Luchas bellas, pero silenciadas; como la huelga de las tricotosas del pueblo de Posadas (Córdoba) en 1973, en la que 53 vecinas arrodillaron a la fábrica que las quería explotar con salarios de esclavas. O la superhuelga de la fábrica Ike en Asturias, años después, cuando las reconversiones…
El derecho al trabajo digno y con salario suficiente va escrito en el articulo 35 de esa Constitución con la sangre de trabajadoras y trabajadores que pelearon, y en ocasiones se dejaron la vida, para conseguirlos.
Me contaron una vez la historia de Isabel, una sindicalista de una naciente CCOO de la Seat en la Barcelona de los setenta, una mujer brava, a la que la policía detuvo y torturó con saña. La dejaron tirada en un descampado con una gabardina por encima. Cuando se repuso mínimamente, volvió a la fábrica, se subió en una mesa durante una asamblea y se quitó la ropa para mostrar sus marcas, a la vez que arengaba a los compañeros para no rendirse.
Ahora nos toca a nosotras, las de ahora, defender derechos. Ellas, las que nos precedieron consiguieron escribir esos derechos en la letra de nuestra Constitución. Fueron parte de su tiempo. Tejieron su parte.
Ahora nos toca a nosotras. Nos toca seguir la senda de las Kellys, de las Espartanas y sindicalistas de cocacola en lucha, de las mujeres de Inditex, de las limpiadoras de oficinas, de las trabajadoras telefonistas del 010, de las de Vodafone, o de las mujeres de negro de RTVE, de las mujeres de la PHA, de las jóvenes estudiantes…  En nuestra mano está hacer nuestra parte, todas unidas, que no es ni más ni menos que obligar a que se cumplan esos derechos, y que queden blindados, mejorados y ampliados en la Constitución.

Los derechos se defienden
Los derechos se defienden, nunca se venden, nos hemos desgañitado muchas gritando esta frase, desde que en 2010 el PSOE (entonces en el Gobierno) y el PP le dieran un cerrojazo a los derechos sociales de la Constitución. Armaron a traición una reforma constitucional a escondidas y en solitario colocando un artículo, el 135, que prima pagar la deuda a los bancos antes que invertir en las necesidades de la inmensa mayoría, en contra precisamente de invertir en servicios públicos, que son una extensión de la democracia. Fue una puñalada trapera al cuerpo social, que se ha quedado con una herida abierta, por la que se derraman las vidas dignas y van a parar al vertedero de la pobreza y la desigualdad.
A continuación vinieron dos reformas laborales, una del PSOE y otra del PP a rematar la faena, junto a una serie de retrocesos legales, como la Ley mordaza, concebida para impedir las protestas con el miedo como herramienta, que han metido a España de nuevo en el armario de la historia más negra.
Unidas Podemos lleva en su programa derogar el articulo 135 de la Constitución y las dos reformas laborales, y por supuesto la Ley mordaza.
Estos retrocesos han perjudicado de manera radical a las mujeres. Sobre nuestras espaldas ha recaído el coste brutal de la crisis en mayor medida. Nuestros empleos son más precarios, están peor pagados, con una brecha salarial escandalosa y además, a muchas mujeres se las ha vuelto a meter en casa a trabajar en empleos informales, a coser, a hacer zapatos, o a teclear metiendo datos por unas cuantos céntimos; la precariedad ha hecho mella en las limpiadoras de los hoteles, o de oficinas, también en las cajeras de los supermercados o en las dependientas de las tiendas de ropa, en las periodistas, abogadas, en las maestras de escuela y en las enfermeras o medicas de hospitales y clínicas…se han extendido los contratos basura por meses, días y hasta por horas. Tal como expresa una de las candidatas de Unidas Podemos al Congreso de los diputados, Mercedes Pérez Merino, que es sindicalista, “se ha extendido la esclavitud”.
Por todas estas razones, las mujeres estamos en pie de lucha haciendo huelgas feministas de cuidados, laborales, de consumo y en la educación los 8 de marzo últimos. Además de gritar a voz en cuello que nos matan por el hecho de ser mujeres y exigir justicia sin descanso.
Queremos cambiar las cosas. Queremos una sociedad de cuidados que ponga a las personas en el centro. Queremos derechos, vivienda digna, cultura, comer bien, salud pública, educación pública, pensiones públicas garantizadas y dignas…No queremos ser víctimas de ninguna estafa vital más. Estamos hartas. Queremos una sociedad en la que seamos respetadas, de día y de noche, en casa, en el trabajo, en la calle; no queremos caminar con miedo, ni estar apocadas en la oficina, ni ser ninguneadas, ni  maltratadas, ni agredidas, ni vejadas, violadas o asesinadas.
Hoy, los hijos del peor patriarcado capitalista y machuno apuntan de nuevo hacia nuestras cabezas a lomos de un caballo fascista. Se plantean una ¿reconquista? “por sus cojones”, aliados con señores del uniforme azul-traje, con tribuna pagada por el IBEX35.
No les vamos a dejar.
Nosotras escribimos la historia con las luchas, también con el voto. Nosotras escribimos la historia con la letra de los derechos. De nuevo, es nuestra hora.
#La historia la escribes tu: Alba, Mara, Ana, María, Paula, Raquel, Elena, Nuri, Mari Sol, Sofía, Carmen, Pura, Mar, Luisa, Aida, Julia, Mercedes, Isabel, Teresa, Gema, Celes, Beatriz, Marina, Margarita, Alejandra, Lola, Manuela, Rosalía, Eloísa, Violeta, Aurora, Paloma, Reyes, Silvia, Faustina, Berta, Lorena, Laura, Jana, Carol, Josefina, Sole, Maby, Lourdes…..

Carmen Barrios Corredera, candidata al Senado por Madrid de Unidas Podemos.
Este artículo también ha sido publicado en el diario digital NuevaTribuna  https://www.nuevatribuna.es/opinion/carmen-barrios-corredera/nosotras-escribimos-la-historia/20190426105733162181.html

lunes, 7 de enero de 2013

"Cualquier parecido con la realidad es ...."

El ansia


Pego un cuentecito en el que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Lo que se narra podría haber sicedido en cualquier parte, incluso en la comunidad autónoma en la que vivo. 

La fotografía que lo acompaña la realicé en una calle de Nápoles y es bien elocuente, es una imagen sobre el ansia, el ansia viva, que dirían algunos, ese ansia por amasar y por quedarse con todo que parece dirigir la vida de la gente que nos gobierna. 


Este relato también se ha publicado en la sección de cultura de la revista web www.nuevatribuna.es

La sonrisa del hijo del concejal de abastos

El hijo del concejal de abastos se ha criado rodeado de viandas y sale en todos los retratos con una sonrisa de satisfacción, propia de quien percibe desde la cuna que tiene la vida resuelta. 

Pertenece a ese grupo de familias de orden que siempre han sabido donde tenían que situarse en la iglesia y lo más importante, qué es lo que tenían que hacer para engordar su cartera. Su padre se tiene por un liberal, como lleva escrito en su propio apellido y realizó una brillante carrera como Concejal-Delegado de Mercados y Abastos en una época en la que se llegaba a los cargos públicos de la mano de un padrino del Movimiento y no era necesario montar todo ese lío de organizar unos comicios y presentarse a elecciones.



El hijo del concejal de abastos se peina con una raya marcada como un hachazo sobre el lado derecho de su cabeza y desborda pasión por las corbatas de colores y los gemelos caros. Disfruta como un hipopótamo en una charca de fango jugando al pádel y enviando “bromitas” a golpe de tuit en las que se denigra a las mujeres, pero le irrita sobremanera que se proteste reclamando justicia y se altere el orden que necesitan los de su clase para que no se resientan sus negocios. Como su padre, supo situarse en la iglesia. Se arrimó a la sobrina más ambiciosa del poeta y se pegó a ella como el chocolate fundido a una galleta príncipe.


La sobrina más ambiciosa del poeta ha pagado sus servicios exclusivos, colmándolo de esperanza, con un puestazo en las altas esferas: lo ha colocado con tecnología digital -y sin necesidad de montar todo ese lío de tener que organizar unas elecciones- como presidente de su comunidad, porque está segura de que él velará por sus intereses incluso mejor que ella misma. Sabe que es tan liberal como ella y tiene la misma idea fija en la cabeza: apropiarse de los bienes públicos, convirtiendo a los ciudadanos en clientes de las empresas hurtadas por ellos y por la gente de su iglesia.

El hijo del concejal de abastos ha prosperado mucho desde que “aprobó” aquellas oposiciones al ayuntamiento con la ayuda inestimable de los amigos de la familia y ahora, desde que está en el puestazo de presidente de su comunidad, es un hombre feliz. Se siente el patriarca benefactor de todas esas familias de su iglesia que se frotan las manos y ven montañas de dinero a su alcance cuando miran un hospital, un solar sin urbanizar, una estación de metro o una escuela. Sale en todos los retratos con una sonrisa de depredador saciado, a pesar de los problemas y los sufrimientos que está causando a la gran mayoría de los ciudadanos de su comunidad.

Los ciudadanos de la comunidad del hijo del concejal de abastos no soportan su sonrisa y no se cansan de denunciar las tropelías de Robin Hodd inverso que practica, robando lo que es de todos para repartirlo con los amigos ricos de su iglesia.

La comunidad que gobierna el hijo del concejal de abastos está al borde del desquicie, repleta de huelgas y manifestaciones de protesta, con miles de personas sin trabajo y la pobreza golpeando con fuerza en los estómagos de las gentes. Los empleados de los transportes públicos hacen paros todos los días, y están pensando en pernoctar por turnos en las cabinas del metro y de los autobuses, igual que ya hacen los médicos y las enfermeras de los hospitales y de los centros de salud, que duermen en su lugar de trabajo para impedir que el hijo del concejal de abastos y sus amigos se apropien de ellos.

Los maestros de escuela también se han unido a esta rebelión y pasean por las calles vestidos de verde para recordarle al hijo del concejal de abastos que ellos no pertenecen al club liberal, sino a una mayoría social que está en pie de guerra para defender lo público.

También protestan los de la tele -que lleva semanas fundida en negro-, porque el hijo del concejal de abastos quiere poner el ente en almoneda y barrer a los profesionales como si fueran una montaña de cáscaras de nueces; y los de la radio; y los bomberos; y los vecinos que son desahuciados de sus casas; y los de las tiendecitas de barrio, que se van a pique con la ley de “liberalización” de horarios comerciales; y los empleados de los bancos y los que luchan para que el agua del canal no se convierta en otro negocio más; y los que se oponen a que en medio de su comunidad se construya el mayor casino de Europa y los barrenderos y todos los empleados públicos, y Manuel, y Luis, y Jacinta y Pepa y Blanca y María y…

Pero el hijo del concejal de abastos sigue con su única idea fija en la cabeza: quedarse con todo. Está tan convencido de su fuerza que no se le borra la sonrisa de depredador saciado. Se siente seguro en su puesto, tanto que quiere terminar con las protestas como se hacía en la época aquélla en la que su padre se enriqueció como concejal de abastos, cuando no era necesario montar todo ese lío de la democracia y estaban prohibidas las protestas y las huelgas y las reuniones de más de tres personas.

Los ciudadanos de la comunidad del hijo del concejal de abastos se han conjurado para borrarle su sonrisa de depredador saciado y han montado una acampada permanente en la puerta de su casa para recordarle que son miembros de una mayoría social que prefiere que los bienes públicos sigan siendo patrimonio de todos. Han extendido una pancarta inmensa en la que puede leerse desde la Luna: “¡¡¡LOS SERVICIOS PÚBLICOS NO SE VENDEN, SE DEFIENDEN!!!”.
Carmen Barrios