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miércoles, 3 de junio de 2020

MÁS FEMINISMO PARA SUPERAR TIEMPOS DE PANDEMIA





MÁS FEMINISMO PARA SUPERAR TIEMPOS DE PANDEMIA

Cuidar. El primer acto civilizado de la Historia fue el momento en el que un ser humano cuidó de otro. Me acojo a esta idea para afirmar que el único camino, capaz de proporcionar otras certezas que amparen la vida y las redes de sustento necesarias, es más feminismo. Ideología de la igualdad, de la coherencia, del reparto, de la inclusión, de la cooperación, de la solidaridad y la sororidad, que preconiza poner la vida en el centro, organizando la sociedad de los cuidados, del mimo entre los comunes.
No se puede construir nada sin contar con las mujeres y sus aportaciones para mejorar la vida de todas las personas. La historia lo refrenda.
Las mujeres fueron las que pusieron pie en pared en la revolución francesa, salieron a tomar la Bastilla las primeras, con sus picas y sus palos, porque el sistema era insostenible, el hambre mataba a los hijos. Indicaron el camino de un cambio de paradigma.
En la otra gran revolución histórica, la revolución rusa, también fueron ellas las que pararon el sistema para reiniciarlo. Pararon la fábricas de San Petersburgo un 8 de marzo, contagiaron de huelgas toda Rusia, y a los nueve días cayó el Zar. Comenzó una nueva era, en la que una de ellas, Alexandra Kollontai, que fue la primera mujer en la historia en ocupar un puesto de ministra en un Gobierno, pone en marcha un sistema político de servicios sociales públicos (asistencia sanitaria, asistencia a mayores y personas dependientes, asistencia a la infancia, guarderías y escuelas infantiles, etc) para poder atender a las personas según sus necesidades y liberar a las mujeres de las tareas de los cuidados en la medida de lo posible, con una cobertura del Estado como colchón y abrigo social. Ella fue la creadora de lo que luego se conoció como “Estado del Bienestar”, que en las democracias avanzadas de los países nórdicos lo desarrollaron con éxito situando a su ciudadanía en las cotas más altas del Índice de Desarrollo Humano que elabora Naciones Unidas. Cuando la sociedad en su conjunto se hace corresponsable del cuidado y bienestar de todas la personas se da un gran paso humano.
Históricamente los postulados inclusivos y de reparto reclamados por las mujeres, que hoy se atesoran dentro del recorrido político del feminismo, se han mostrado necesarios para cambiar sociedades. Cuando las mujeres participan, no se las aparta y se las incluye y atiende en la corresponsabilidad de aportar para el desarrollo de los países se enriquece la vida de todas las personas y se progresa en conjunto.
Patriarcado, capitalismo y COVID-19
Cuando llegó el COVID-19  a las vidas de todas las personas del planeta, el capitalismo patriarcal estaba en su pleno apogeo. Las mujeres feministas ya llevaban tiempo en las calles advirtiendo que el actual sistema depredador, que busca la máxima rentabilidad en cualquier actividad por pequeña que sea, no era el camino, porque explota de forma salvaje a las personas, y doblemente a las mujeres y a la madre tierra. Así no es posible continuar. 
Para salir en condiciones de la situación límite creada por la pandemia se hace necesario un modelo antagónico al actual, al de la sociedad del lucro, del consumo, de la competitividad entre los seres humanos, que hace aguas en cada crisis que se presenta y que lejos de aportar soluciones de salvaguarda para las mayorías sociales, trae sufrimientos en grandes dosis para los comunes, desastres medioambientales cada vez más frecuentes y enriquecimiento desmedido para tan solo el 1% de la población mundial.  
El feminismo tiene mucho que aportar. Es resistente, combativo, señala y denuncia sin maquillaje este modelo económico, político y social por el que se permite esquilmar y sacar rentabilidad a cualquier especie o brizna de vida que hay sobre la tierra muy por encima de las posibilidades de la propia vida sobre la tierra. De ahí la ofensiva de lo más recalcitrante y retorcido del patriarcado capitalista contra los avances de las mujeres. En España esto se traduce en una criminalización espuria del último 8M, hasta el punto de que se ha llegado al extremo de usar, por parte de una judicatura retrógrada y miope, a la Guardia Civil, un cuerpo de la Seguridad del Estado, que ha elaborado informes falsos con el objetivo de culpar a las mujeres feministas de la transmisión virulenta del Covid-19.  Este tipo de actuaciones del cuerpo verde oliva le deshonra y provoca que pierda respeto social, al situarse fuera de su cometido democrático.  Los ataques a las feministas de corte Bolsonaricos o Trumpianos en España  y otros países persiguen volver a meter en casa a las mujeres, ayudados en abrazo por los postulados de unas cuantas iglesias que reproducen, en lo cultural, lo peor del dominio de los hombres sobre las mujeres.
La filósofa Rosi Braidotti analiza en Por una política afirmativa que “el movimiento social de las mujeres destaca por su capacidad de autogestión, energía organizativa, potencia visionaria y estructura carente de líderes. Movido por aspiraciones de libertades colectivas y compartidas, el respeto de las diversidades, el deseo de justicia social y simbólica, y la política de la vida cotidiana, el feminismo es un movimiento político apasionado, irónico y políticamente riguroso. Irreverente en relación a las normas dominantes, pero responsable hacia los grupos de mujeres de los que encarna la rabia y la imaginación”.
Me quedo con esa frase de Braidotti que afirma que “el feminismo es la política de la vida cotidiana”.
La pandemia muestra ahora, más que nunca, que se requiere el cuidado de lo colectivo, y que las sociedades saldrán adelante cooperando, mimando el Planeta, y de forma colectiva o no saldrán. Es más necesario que nunca un movimiento social y político como el feminismo, que pone la vida en el centro y no discrimina, que huye de fuertes liderazgos y escucha, que abraza el diálogo para la búsqueda coordinada de soluciones a los problemas. En este sentido, son un buen ejemplo las políticas del amparo a las personas y del acuerdo, que se están impulsando desde el Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos en España. Este Gobierno ha dado un paso importantísimo con la aprobación del Ingreso Mínimo Vital, ejemplo vivo de la necesaria puesta en marcha de esa política de la vida cotidiana, que mira a las personas y que protege las cosas de comer. El feminismo encarna, como ningún otro movimiento político, la necesidad del cuidado de lo social para no dejar a nadie atrás, aporta soluciones colectivas desde el positivismo de la acción política que cuida la vida. Debe ser transversal y afectar a todas las políticas que se implementen.
Las mujeres feministas del siglo XXI no solo reclaman el derecho a la igualdad, exigen además el cuidado de la madre tierra como fuente de la vida y una relación con ella que la preserve, cuide de la biodiversidad de plantas y especies y no esquilme, porque es imposible desligar los cuidados a la tierra y los cuidados que necesitamos las personas que la habitamos. Y esta pandemia, en palabras de Vandana Shiva “no es un ‘desastre natural’, así como los extremos climáticos no son ‘desastres naturales’. Las pandemias de enfermedades emergentes son, como el cambio climático, ‘antropogénicas’, causadas por actividades humanas (…). Todas las emergencias de nuestros tiempos que amenazan la vida tienen sus raíces en una visión mundial mecanicista, militarista y antropocéntrica de los humanos como algo separado de la naturaleza, como dueños de la tierra que pueden poseer, manipular y controlar otras especies como objetos con fines de lucro”. Las mujeres feministas del siglo XXI exigen cuidar la tierra, porque es el único paraíso posible, al que de verdad se puede aspirar en esta vida.
Durante los días de pandemia se ha visto con claridad que el sistema patriarcal y capitalista, basado en el lucro egoísta, irresponsable y criminal de unas poderosas minorías tiene los pies de barro. La grandeza de las elites se sustenta en una mentira repetida millones de veces, que choca con la preservación de la vida digna. La mentira neoliberal que afirma que Tener está por encima de Ser, y en esa competencia por tener se beneficia la sociedad en su conjunto, es una falacia que mata y que se sustenta en la supremacía de la voluntad de poder del varón blanco y rico sobre el resto. En esta pandemia mundial un virus microscópico ha mostrado que el patriarcado capitalista es un monstruo desnudo y muy feo, ineficaz, depredador, egoísta, que usa a las personas y las tira a la basura una vez que las ha exprimido hasta sacarles el último jugo, como un limón en la cadena de montaje de una fábrica de refrescos.
En la Comunidad de Madrid, que es un paradigmático ejemplo de cómo funciona este sistema, se ha despedido de un plumazo al personal médico, de atención, limpieza y logística contratado en IFEMA, se ha echado a la calle a personas que han arriesgado sus vidas para salvar a otras, trabajando sin descanso durante los peores días de esta pandemia. En lugar de mantener e incorporar a esas personas a los servicio públicos, comunitarios, que están tan mermados y tan necesitados de efectivos, en esta Comunidad en la que hay una emergencia social que abruma, se ha decidido no contar con ellos y con ellas en aras de la rentabilidad y del robo de las élites. Para salir de esta hay que apostar de forma decidida por el sector público sanitario y de los cuidados, y no por lo contrario, como hace el Gobierno del PP en la Comunidad de Madrid. Hay que apostar por la escuela pública, y no cargarse de un plumazo 14.000 plazas, como denuncia CCOO de enseñanza en Madrid que ha hecho el Gobierno de Ayuso; hay que potenciar los hospitales públicos, no privatizarlos de forma encubierta, como ha hecho el Gobierno de Ayuso con el Niño Jesús; hay que cuidar el medio ambiente, no dar una vuelta de tuerca a la liberalización del suelo en Madrid para esquilmar y ‘rentabilizar’ los espacios naturales. ¿Acaso estas políticas depredadoras benefician al conjunto de la población madrileña? Madrid es la Comunidad con la renta media más elevada y también la que peor reparte. Es el lugar con más desigualdades y más nichos de crecimiento de la pobreza de España.
Las mujeres en tiempos de pandemia
Cuando las mujeres se quejan, se manifiestan y exigen la vía feminista de la inclusión y la igualdad es porque la bota del patriarcado capitalista que esquilma y explota aprieta sus cuellos más que nunca. La crisis del COVID-19 muestra con escándalo que las mujeres están siendo las más afectadas, en todos los sentidos, y que eso es una característica desgarrada y violenta de la desigualdad que provoca el patriarcado capitalista.
La violencia hacia las mujeres se manifiesta de forma física y cotidiana en los hogares confinados como la gota malaya, que no cesa, que sigue matando en la intimidad del lugar que se presupone un refugio, pero que para miles de mujeres es una cueva en la que domina una fiera que desgarra. No hay tregua en la pandemia.
La violencia también se manifiesta fuera de las casas, porque es violencia el desprecio que estamos presenciando con salarios de miseria y trabajos precarios hacia las personas que están poniendo el cuerpo en esta pandemia en España, que son mayoritariamente las mujeres las que ocupan los trabajos del sector de los servicios y la atención a los y las demás personas. Sectores muy deteriorados debido a la legislación laboral involutiva puesta en marcha por el Gobierno del PP con Rajoy a la cabeza, y que es necesario derogar ya. Es necesario organizar las sociedades bajo otros criterios y paradigmas de dignidad.
Sobre las espaldas de millones de mujeres, con los derechos mermados, está sujetándose con parihuelas el sistema patriarcal capitalista que las explota doblemente. Tal como recogía Marisa Koham en un articulo reciente en Público, citando a la economista feminista Carmen Castro, las mujeres están en primera línea sosteniendo la vida. Ellas suponen el 85% del personal de enfermería y ocupaciones relacionadas; el 70% de las trabajadoras de farmacias; el 90% de las limpiadoras de empresas, hoteles y hogares (incluido el servicio de empleadas domésticas) y cerca del 85% de las cajeras de supermercados. Ellas son las que atienden, todo el tiempo a los demás, dentro y fuera de la casa. Ellas están ahí, poniendo el cuerpo siempre. También las mujeres del campo, jornaleras de la fresa, trabajadoras de la tierra explotadas, invisibilizadas, olvidadas y tan necesarias.
María Sánchez afirma en Tierra de Mujeres (Seix Barral, 2091), que “Las mujeres siguen siendo invisibles aunque estén ahí. Trabajan con ellos y no son titulares de la tierra. No toman decisiones. Pero trabajan todos los días. Tienen tiempo para todo. Las llaman mujeres todoterreno como alabanza, cuando debería reprocharse y ser visto como algo malo que una mujer esté disponible para todo y para todos siempre”.
Esto es aplicable al campo y a la ciudad, es fruto del patriarcado, que al invisibilizar el trabajo y los esfuerzos de las mujeres, los desvaloriza de tal manera que en una economía capitalista se aprovecha para hacer dobles rentas de los cuerpos y del trabajo de las mujeres, sacando plusvalías que están desangrando el cuerpo social de los sustentos.
La pandemia está mostrando la verdadera cara del sistema.
Las mujeres feministas tienen que seguir de pié, mostrando lo altas que son, su talla política y social, y sus ganas de aportar soluciones para cambiar las cosas. El momento es difícil, dramático, terrible, pero es un momento decisivo en el que se puede inclinar la balanza hacia un espacio que ampare las vidas dignas, que provea, que cuide. Para salir de esta hace falta más feminismo, más reparto, más inclusión, más igualdad, más cuidado a la madre tierra. Se lo debemos a los hijos que hay sobre la tierra y a los que vendrán, se lo debemos a las miles de especies que conforman esa biodiversidad que nos da la vida.
Este artículo ha sido publicado también en Asamblea Digital y en Nueva Tribuna.
Carmen Barrios Corredera, escritora y fotoperiodista.

lunes, 27 de abril de 2020

PARAÍSO DE PASIONES EN LE SÓTANO DOS



Imagen Javier Castarnado

Paraíso de pasiones en el sótano dos
Salió del coche con el corazón dando golpes en su pecho y el deseo latiendo en el contorno de sus ojos. Llevaba puesta la mascarilla y los guantes de goma. Se aseguró de coger la bolsa de la compra. Era importante, era una señal, un salvoconducto. Lo único que se permitía durante los días de pandemia era acudir a comprar una vez cada cuatro días. Había aparcado en el sótano dos del supermercado. Estaba impaciente. Se sentía un poco delincuente, a la vez que osada, como una nueva Eva, aventurera del extraño presente en un paraíso prohibido por los rigores de los contagios pandémicos. Lo que iba a hacer se saltaba las normas y eso le provocaba una especie de excitación añadida difícil de controlar. Dio un rodeo hasta perderse por un lateral del parking, un lugar oculto a los ojos en el que había quedado con su amante. Ella había visto unos días antes que aquella zona era un punto ciego para las cámaras de vigilancia. No había ninguna.

El encierro por la pandemia les había pillado a cada uno en su casa, llevaban un mes sin verse, sin contacto físico real, sin poder acariciarse más allá de con palabras derramadas en susurros, que los bañaban y los cubrían de besos desde la pantalla del móvil. Necesitaban más. Estaban desesperados por verse de cerca, por mirarse a los ojos sin el filtro del plasma y poder acariciarse con las pestañas. Por oler sus cuellos, por beber cada uno de la boca del otro, por sujetar sus rostros entre las manos, apretar sus carnes y rozarse, rozarse y frotarse bien una contra el otro. Su parte animal no resistía más aquella abstinencia de la carne.

Era la hora de comer y el lugar estaba bastante tranquilo. No había rastro de vigilantes ni casi movimiento. La semana anterior al acudir a comprar, ella había notado que a esa hora la vida se paraba, que se abría un paréntesis en el tiempo perfecto para ellos.
Su amante estaba sentado al volante y al verla pasar saltó con agilidad gatuna al asiento trasero. Ella abrió la puerta del coche como quien destapa la sábana de la cama y se tumbó encima de él con suavidad, dejando que el peso de su cuerpo y su calor contagiara de sensaciones el cuerpo de su amante. Ella le retiró la mascarilla lentamente, como si levantara la tapa de un postre de chocolate con nata, y vio por fin sus labios encarnados, sus deliciosos labios encarnados, jugosos, carnosos y acaramelados como una gominola de fresón. Se acercó y le olfateó, paseó su nariz por su cuello y por su cara, por sus ojos, por su pelo …sin quitarse todavía la mascarilla ni los guantes. Se colocó a horcajadas sobre él, dispuesta a frotarse al ritmo que marcaba el galope de su corazón enloquecido y empezó a notar una presión desbordante, que amenazaba con romper la bragueta del pantalón de su amante si no liberaba esa hinchazón. Él metió su mano por debajo de la falda de ella y le apartó la braga. Con un movimiento rápido se introdujo dentro de ella, deslizándose a placer favorecido por su estado de humedad. Un ardor efusivo de río de lava lo impregnó todo. Ella se incorporó lo suficiente para que él pudiera verla bajarse la mascarilla, con lentitud cinematográfica, por debajo de la barbilla y quitarse los guantes de goma azul añil muy despacio, desnudando sus manos con parsimonia morbosa, como si se tratara de una moderna Gilda, protagonista de la distopía más insólita del siglo XXI. Aquella imagen le enloqueció, y provocó en él un estado de excitación salvaje. Comenzaron a moverse de forma frenética, ella encima de él, succionando su sexo como si fuera a engullirlo completamente y él apretándose contra ella hasta que ambos estallaron por dentro. Se quedaron pegados, una sobre el otro. Si moverse. No escuchaban nada, ni veían nada del exterior. Solo notaban una especie de run run suave. El vaho que empañaba los cristales del coche proporcionaba la sensación de que se encontraban fuera del tiempo y del espacio, como suspendidos en un extraño sueño.
Cuando ella tuvo fuerzas para incorporarse un poco y comenzar a recomponerse, limpió la bruma de la ventana trasera izquierda del coche y se asombró con lo que vio. Estaban rodeados de multitud de coches, que se movían de forma rítmica y tenían los cristales tan empañados como los del suyo. Aquél espacio ciego, del sótano dos del gran supermercado del barrio, se había transformado a la hora de la comida en un paraíso del amor, en una especie de Gomorra oculta, clandestina, donde las parejas de amantes separadas por el confinamiento habían encontrado el lugar perfecto para dar rienda suelta a sus transgresoras pasiones. 
Tanto la ilustración de Javier Castarnado como el relato han sido publicados en la web Nueva Tribuna.
Carmen Barrios Corredera. Abril de 2020.




lunes, 30 de marzo de 2020

EL PUEBLO SALVA AL PUEBLO. EL PODER DE LO COLECTIVO FRENTE A LO PRIVADO EN LA CRISIS DEL CORONAVIRUS





El pueblo salva al pueblo. El poder de lo colectivo frente a lo privado en la crisis del coronavirus.

El Covid-19 se extiende como una plaga. Mientras escribo este texto se ha llevado las vidas de 4.858 personas. El virus golpea mientras la sociedad hace todo lo posible para organizarse para combatirlo. Miles de personas organizadas por las Administraciones Públicas, y desde un mando único dirigido por el Gobierno de coalición del PSOE- Unidas Podemos, están poniendo sus cuerpos para salvar vidas. Un Gobierno de coalición que está implementando medidas sin descanso para salvar lo colectivo. La última de ellas se ha dado a conocer mientras termino este artículo, ha prohibido los despidos durante la emergencia del coronavirus.

Miles de personas trabajadoras en distintos servicios esenciales como sanitarios, agricultores, trabajadores de supermercados, transportistas, policías, biólogos, científicos e investigadoras, trabajadores del servicio de basuras, limpiadoras, bomberos, periodistas, curritos del transporte público de viajeros, militares, autobuseros, veterinarios, conductoras de trenes y metro, empleados de servicios funerarios… son incontables las personas que permanecen en sus puestos de trabajo y ponen sus cuerpos para asistir a los demás, a pesar de todas las carencias y los recortes que pesan como una losa sobre el cuerpo social.

Además, surgen por doquier iniciativas solidarias de personas que quieren ayudar, desde redes de cuidados que nacen en los barrios y pueblos para llevar la compra o prestar ayuda a los que están confinados y enfermos, ancianos y personas dependientes que son grupos especiales de riesgo, hasta movimientos de trabajadores y trabajadoras, también gentes del mundo de la cultura, que ponen lo que saben hacer al servicio de los demás de forma altruista, con el único interés de contribuir a salvar vidas. El pueblo salva al pueblo. Esta crisis brutal y arrasadora está mostrando muchas realidades positivas. Lo colectivo organizado, lo público, los obreros y obreras, los de abajo están mostrando que lo que nos va a salvar es su fuerza colectiva.
Se van sabiendo cosas. Hechos importantes que nos salva como colectivo, como comunidad, como sociedad.
Ifema Madrid, montaje del hospital de campaña. Circula un video en el que un miembro del cuerpo de bomberos de Madrid explica a cámara como se ha construido en tres días (desde el lunes 23 de marzo al miércoles 26) la instalación de aire, oxígeno y vacío en una galería de subsuelo de 300 metros -con registros cada 5 metros- para asistir un pabellón  de UCI que albergará 600 camas. El bombero cuenta que la gente trabajadora acude a Ifema con sus herramientas, fontaneros, instaladores de aire, trabajadores de la construcción, obreros, autónomos, parados… hacen cola para ofrecerse de forma altruista, para ayudar en la medida de sus posibilidades. Asegura que esa galería se ha construido con ocho bomberos y entre 40 y 50 trabajadores voluntarios. La organización del Estado, de la Administración Pública, de la UME más un ejército de obreros poniendo el cuerpo para salvar al pueblo. Porque el sector público está en paños menores debido a los recortes y la gente acude a ayudar de forma solidaria.

El poder de lo colectivo frente al desgaste social que supone privatizar servicios como la sanidad. Privatizar servicios cuyo coste se cifra en vidas humanas, tal como se está viendo y comprobando especialmente en la Comunidad Autónoma de Madrid, donde el Partido Popular lleva veinte años a pico y pala deteriorando y jibarizando la sanidad pública en beneficio de incrementar recursos a las compañías privadas. Decisiones políticas que han ido dejado desnuda a la sanidad pública, mostrando graves carencias que esta crisis ha puesto en evidencia y que están costando vidas. En Madrid se contabilizan a día de hoy 2090 fallecimientos por Covid-19.
Mientras en IFEMA se afanan por ganar horas a la muerte trabajando a contrarreloj en ese macro-hospital de campaña, se sabe que en la Comunidad de Madrid (que es el lugar en el que hay también más contagiados por el virus) se permite que los hospitales privados campen por sus respetos. El periódico El Salto informa que en Madrid se están utilizando solo 2.200 camas de las más de 6.700 de las que dispone la sanidad privada. Que por cada hospitalización en la privada de una persona con coronavirus se cobra al día 250 euros y si está en UCI la cifra asciende entre 650 y 700 euros diarios (datos ofrecidos por Carlos Rus, presidente de ASPE –Alianza de la Sanidad Privada Española a Infolibre) y que en urgencias del hospital HM de Sanchinarro (centro de construcción pública en régimen de gestión privada) se han llegado a cobrar 300 euros por hacer la prueba del Covid-19.

¿Se puede confiar la salud de las personas a la iniciativa privada? Cuando esto termine es indiscutible una revisión del modelo. Habrá que exigir en las calles un sistema de salud pública fuerte, vigoroso, dotado de recursos, con personal suficiente y bien retribuido, con contratos adecuados y dignos. La vida nos va en ello. Están siendo los trabajadores y trabajadoras de las sanidad pública los que se están dejando el pellejo cada día en jornadas que no tienen fin y que los dejan exhaustos, agotados hasta el límite. Los estamos viendo trabajar de forma heroica, con bolsas de basura atadas a sus cuerpos como precarios escudos protectores, incluso con gafas de bucear para los ojos ante la ausencia de gafas de uso quirúrgico, porque los hospitales públicos tiritan, no hay material de protección para todos. A pesar de todas las carencias, de todas las privaciones, ellos y ellas, médicas, enfermeros, celadoras, cocineras, limpiadoras, acuden cada jornada mostrando como el pueblo, siempre generoso, salva a la pueblo.

Losar de la Vera, Cáceres. 26 trabajadores de la cooperativa-centro de mayores Servimayor se encierran con los ancianos para proteger sus vidas y evitar contagios. Confinados con los residentes por solidaridad y responsabilidad (Cadena Ser, 24 de marzo). Han decidido vivir allí, con ellos y ellas, y no salir a sus domicilios ni permitir visitas para cuidar y evitar que el virus entre y se lleve vidas por delante.
En Estella, Navarra, en la residencia San Gerónimo,15 trabajadores se han encerrado con los 69 residentes del lugar para proteger sus vidas. Vivirán allí todos juntos como una comunidad, que salva con solidaridad, poniendo la vida en el centro igual que en la residencia extremeña. Valientes y generosas iniciativas navegan en un océano generalizado de carencias y empleo precario en general, que se ceba con el personal asistencial de las residencias en España. Trabajadoras y trabajadores, los de abajo ponen el cuerpo. El pueblo salva al pueblo. Hacen lo que está en su mano, a pesar de las carencias.

Esto sucede en un área asistencial especialmente sensible, donde cada día están falleciendo ancianos en un goteo que se ha convertido en hemorragia, 1.517 fallecidos en residencias de ancianos, el 37% del total de muertos (Cadena Ser 27 de marzo). En España la red de atención a los ancianos está prácticamente en manos privadas. Hemos dejado las vidas de nuestros mayores custodiadas por empresas que buscan el rendimiento económico por encima del beneficio social. Hay al rededor de 6.000 residencias que albergan a 390.000 hombres y mujeres que nos dieron la vida y construyeron el país para todas nosotras. Cuando esto pase, es preciso un análisis en profundidad. ¿Qué pasa en las residencias de ancianos? ¿Cuáles son las razones por las que el índice de mortalidad está disparado? ¿Qué falla? ¿Cómo se atienden la mayoría de los centros? ¿Cuál es la proporción de residentes por cuidadores en las residencias de mayores? ¿Cuántos médicos, personal de enfermería hay en esta crisis por residente?, y ¿cuantos debería haber en realidad para que la atención sea óptima? ¿Qué medidas de salubridad, limpieza e higiene son necesarias? ¿Cuántos controles y con qué periodicidad hace la Administración Pública para asegurar el buen funcionamiento y la salud de nuestros mayores hasta este momentos? ¿Cuántos serían necesarios?  Todas estas preguntas deberán ser contestadas. Se hará perentorio reclamar que las vidas de las personas son sagradas, cuidar a los mayores es una obligación fundamental en una sociedad democrática sana, donde la dignidad vital siempre debe estar por encima de los intereses económicos de unos pocos buitres, que especulan y quieren sacar rentabilidad hasta de la última brizna de vida. Nuestros ojos no pueden volver a contemplar como los soldados de la UME -que han tenido que intervenir en numerosas residencias, especialmente en la Comunidad de Madrid, para desinfectarlas y ayudar a la atención en lo posible- se han encontrado con cadáveres que no habían sido convenientemente trasladados tras su fallecimiento, conviviendo con ancianos vivos. Esto se ha producido también, porque el servicio funerario no da abasto, impedido igualmente por años de recortes y plantillas precarias. La herida abierta es grande, dura. Las personas mayores tienen derecho a ser atendidas con medios suficientes, que garanticen su salud, integridad y dignidad personal.  

Una veintena de pueblos de Segovia puso en marcha una cadena solidaria en la que 330 mujeres cosen mascarillas a destajo desde sus casas. Taxistas y transportistas, todo el que puede, arrima el hombro para distribuirlas. La empresa Mundo Laboral provee de tejidos y corta las gomas para nutrir a este batallón de mujeres voluntarias de entre 40 y 50 años que ayudan y contribuyen en esta pandemia con lo que saben hacer, coser (información aparecida en el 22 de marzo en el diario Público). Iniciativas parecidas están surgiendo en muchos lugares de España, en Valladolid, en Álava, modistas solidarias en Zaragoza, aparadoras del calzado levantinas, se van uniendo a través de las redes sociales para ayudar… en definitiva costureras solidarias de todo es Estado que se conjuran para intentar producir entre 100 y 200 mascarillas diarias cada una de ellas. Las manos de cientos de mujeres unidas por el resistente hilo de la solidaridad y el amor a la vida. El pueblo cuida del pueblo.

La concejalía de Justicia Social de Palma de Mallorca reclama a la banca que ponga a disposición del Ayuntamiento las viviendas vacías que tienen para poder acoger en ellas a mujeres víctimas de violencia machista. Esta concejalía prevé un incremento de casos de violencia contra las mujeres, debido a que muchas víctimas de malos tratos permanecen encerradas con sus agresores desde que comenzó el confinamiento por Coronavirus. El Ayuntamiento de Palma calcula que hay unos 14 pisos en condiciones de habitabilidad que podrán acoger entre 17 y 100 personas. La regidora de Justicia Social, Sonia Vivas, –madre de la iniciativa- , explica en un artículo aparecido el 27 de marzo en el diario Público y firmado por Marisa Koham, que pide colaboración a las entidades financieras, y les recuerda que tienen una deuda con la sociedad de 64.000 millones de euros que viene de la crisis de 2008, cuando se rescató a la banca con fondos públicos para evitar la quiebra.
De momento solo están poniéndose en contacto con la concejalía personas altruistas para ofrecer sus pisos vacíos. Nada se sabe todavía de los bancos, sí de personas como una enfermera jubilada que hace mascarillas en su casa y ha ofrecido un piso de 150 metros, me informa la concejala Sonia Vivas mientras escribo este texto. Una vez más el pueblo acude al rescate.

A lo largo y ancho de la geografía española muchas personas están rebajando el alquiler a sus inquilinos que pierden el empleo durante el confinamiento, o les aplazan la renta hasta que puedan pagarlo. ¿Ocurre lo mismo con las viviendas en manos de fondos de inversión, de bancos? Se hace perentorio que el Gobierno incluya en el escudo social contra la crisis la supresión del pago del alquiler de las personas que pierdan el empleo, porque está claro que la banca y los fondos de inversión nunca ponen nada de su parte para salvar a nadie, a no ser que se les obligue. En la crisis anterior fueron rescatados con los impuestos de todos, en esta deben reponer al menos una parte de ese préstamo social que todavía deben.

Son muchas las iniciativas solidarias puestas en marcha para ayudar. Sin embargo, es el poder de la organización de las Administraciones Públicas, el peso del sector público frente al privado, lo que está dando la respuesta más contundente de salvación ante la crisis. Y lo está dando a cambio del alto precio que están pagando los y los trabajadoras de un sector público muy mermado y adelgazado desde la anterior crisis económica de 2008. La solidaridad de la gente se agradece, muestra la calidad del pueblo, la humanidad que ayuda. Es un cálido remiendo balsámico que emociona, que se desvive para ayudar a paliar todas las grietas que muestra una sociedad precarizada con un sector público adelgazado, que vive desde 2008 prácticamente con lo puesto.

Cuando todo esto finalice habrá que analizar lo sucedido y revisar prioridades, que necesariamente deberán pasar por un cambio de modelo económico en el que los que más tienen -esos que acumulan con regularidad pase lo que pase, vengan bien o mal dadas- aporten recursos a través de los impuesto para poder disponer de un Estado del Bienestar fuerte, que cuide a las personas y pueda asistirlas con dignidad, tanto en una hecatombe como la que estamos sufriendo como en situaciones de normalidad.

La caridad de algunos nombres poderosos, que salen a la palestra de los medios de comunicación ofreciendo ayuda, para lavar su imagen en medio de un drama social como el que estamos viviendo, no es suficiente para organizar una verdadera sociedad de cuidados como la que se precisa. Los grandes empresarios, financieros, banqueros, etc, deben mostrar su amor al país contribuyendo con lo que les toca proporcionalmente en cada ejercicio de la renta. Así se construye sociedad. Así se construye patria. Lo demás son milongas que engordan las desigualdades y muestran el tamaño de la desnudez en la que se encuentra de verdad la organización de los cuidados y los servicios públicos en una situación límite como la actual.

Asimismo, cuando todo esto pase, se hará necesario revisar si necesitamos una institución monárquica de la que por el momento sabemos que se ha dedicado al lucro ¿con el cobro de comisiones?, evasión y acumulación de fortuna colocada fuera de nuestras fronteras. Una institución que es financiada por el Estado de forma altamente generosa. El país entero es testigo de que en los duros momentos por los que atraviesa el conjunto de la sociedad, el Borbón heredero ha intentado lavarse las manos de forma impúdica delante de todos. El cuerpo social se resiente.

Si algo está dejando claro esta crisis es que lo público, lo colectivo organizado es lo que salva, lo que cura, lo que provee, lo que ayuda, lo que cuida, lo que se solidariza, lo que apaña, imagina, brega, trabaja, pone cuerpos, manos e inteligencia al servicio de la mayoría. Solo el pueblo salva al pueblo.
Artículo aparecido en Nueva Tribuna
Carmen Barrios Corredera. Escritora y fotoperiodista.