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viernes, 1 de mayo de 2020

1 DE MAYO EN CONFINAMIENTO POR COVID-19. MEMORIA Y JUSTICIA SOCIAL, MUCHO POR REIVINDICAR.

La casa de todos



1 de Mayo 2020 en confinamiento por COVID-19.  Memoria y justicia social, mucho por reivindicar
El 1 de Mayo de 2020 celebramos y reivindicamos en casa una fecha que nos pertenece. Se cumplen 130 años de historia de luchas en España que celebramos y reivindicamos confinados, pero no en soledad, orgullosos de pertenecer al equipo de los comunes. Millones de trabajadoras y trabajadores del mundo entero estamos hoy en nuestros domicilios, en nuestros refugios recordando quienes somos: personas trabajadoras, que unidas a miles, a millones, construimos el presente y hacemos grande una historia que nos pertenece, que labramos exigiendo vidas dignas que hacen avanzar el mundo. Es la primera vez -desde la infancia para muchos- que no acudiremos físicamente a esa manifestación anual en la que las personas que nos reconocemos hermanas de la clase trabajadora nos reunimos para rendirnos homenaje mutuo y continuar reclamando derechos.  
En la memoria de algunos queda el recuerdo de la manifestación del 1 de Mayo de 1975. Los militantes organizados del todavía clandestino Partido Comunista de España convocaban una concentración-celebración-comida popular en el Pinar de la Siete Hermanas de la Casa de Campo junto a los miembros del también clandestino sindicato CCOO. La intención que subyacía era recuperar espacios de libertad política, sindical y social en un lugar emblemático, ganado para el pueblo un 30 de abril de 1931, cuando la Casa de Campo fue confiscada por el Gobierno de la II República y entregada oficialmente al Ayuntamiento de Madrid como parque de uso público para el disfrute de los comunes. Hasta ese día era el Parque de la Corona, reservado para la Casa Real y los nobles. Así, el 1 de Mayo de 1931 las gentes de Madrid salieron masivamente a celebrar el Día Internacional del Trabajo con comidas populares en ese espacio físico conquistado para el pueblo, que se convirtió en un símbolo.
Dicen las crónicas de nuestros padres y madres, que cuando los convocados de 1975 se sentaron a compartir la comida el pinar fue rodeado por la policía nacional a caballo. La gente decidió permanecer sentada, familias enteras, haciendo un picnic campestre -prohibido por la dictadura- obviando las sombras grises, que se alzaban sobre sus cabezas formando alrededor del pinar como un ejército de confederados dispuesto a cabalgar sobre el campamento de los Siux.
Todavía no había muerto Franco. Muchos no olvidan. La memoria ayuda a construir el presente con mayor libertad. Hace 45 años de aquello. Mediados de los setenta era un hervidero de huelgas y manifestaciones, de gentes gritando libertad y reivindicando derechos que luego fueron reconocidos en la Constitución española gracias a la presión ejercida en las calles por nosotros y nosotras, los y las comunes, las gentes trabajadoras que no nos conformamos y que exigimos justicia social en cada época que nos toca vivir y construir.
El 1 de Mayo del 2020 saldremos al balcón a manifestarnos como mujeres  trabajadoras que somos, porque tenemos mucho que reclamar en esta vida desigual que nos toca vivir.
La pandemia desatada por el COVID-19 ha mostrado la debilidad del sistema capitalista, que promueve la competitividad individual y la privatización de lo público, lo común, lo que es de todos, desde la filosofía neoliberal, que por desgracia se ha ido imponiendo como fórmula cultural y económica desde que Thacher y Reeagan iniciaran la gran involución social en los años setenta del siglo pasado.
No hay que olvidar que en la crisis de 2007 los poderes económicos dieron una vuelta de tuerca extra contra los derechos sociales y laborales, haciendo recaer sobre las espaldas del cuerpo social y de las y los trabajadores el desastre de la crisis. Desastre que se cebó especialmente sobre las mujeres, desestabilizando, precarizando y depauperando empleos del sector de los servicios, especialmente ocupados por ellas como son el comercio, la limpieza, los cuidados, la salud y la educación. Sectores que, en esta pandemia del COVID-19, están sujetando en parihuelas al país, con personas que están trabajado hasta dejarse la piel y la vida, en algunos casos, para atender y salvar al resto con contratos y salarios muy precarios.
En la crisis económica de 2007 se socializaron las pérdidas de los negociantes de casino y fuimos nosotros y nosotras los que pagamos con recortes de los servicios públicos y de los salarios un desastre económico del que todavía no se había terminado de salir, cuando se desencadenó esta pandemia.
Muchas personas saldremos al balcón el 1 de Mayo de 2020 con la vista puesta en el después. Cuando por fin comience la desescalada y podamos regresar a la vida normal, lo haremos con la intención de terminar con la “normalidad” impuesta por el capitalismo neoliberal, que es una anormalidad enfática que mina la vida digna.
Durante la pandemia se ha visto con claridad que han sido las iniciativas promovidas y coordinadas por el Estado, en forma de ayudas y regulando ERTE’s para proteger el empleo, con fondos y recursos públicos -doscientos mil millones de euros puestos a circular, para frenar el desastre que se cernía sobre los más-. A ello se han sumado también numerosas decisiones solidarias de cooperación -impulsadas por las gentes en los barrios- para atender a los demás y dar de comer a miles de personas, que quedaron sin empleo ni recursos de un día para otro y que en grandes ciudades, como Madrid, ni Ayuntamiento ni Comunidad Autónoma han respondido para poner más dotaciones en los servicios sociales capaces de solventar las cosas.
Cuando las Administraciones no llegaban, precisamente por falta de recursos en los servicios sociales de personal y de fondos en Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, debido a los recortes y el adelgazamiento de lo público -que dejó la crisis económica anterior- han estado el poder del Estado organizado y las personas solidarias para actuar con decisión y eficacia.
Esta pandemia ha mostrado evidente que es muy necesario fortalecer las estructuras de los servicios públicos universales, como son la sanidad, los servicios sociales, la atención a los ancianos, en definitiva, invertir en todos aquellos servicios públicos de los cuidados que ayudan al sostenimiento de la vida digna. No podemos permitir más una sociedad desnuda.
Trabajo digno
Además, se hace necesaria una legislación laboral que proteja el empleo. Resulta escandaloso e inadmisible, por ejemplo, que el personal médico –médicas, enfermeras, celadores, personal de limpieza y cocina de los hospitales, conductores de ambulancia, etc- que está atendiendo y poniendo el cuerpo en los hospitales en la lucha contra esta pandemia que devora vidas, lo estén haciendo sin la debida protección física (batas, material, epis…) hacia sus personas, con contratos precarios, sueldos bajos y sin expectativa de continuidad. O, por poner otro ejemplo, que los trabajadores de las plataformas de servicios de mensajería a domicilio estén subidos al coche, la furgoneta, la moto o a bici sin derechos, sin cubrir por contrato alguno y sin protección ni respaldo legal. Lo mismo pasa con los trabajadores y trabajadoras del campo, los braceros y temporeras, jornaleros –migrantes o no- tan esenciales en esta crisis del COVID para llevar comida a las mesas de toda la ciudadanía y tan injustamente maltratados laboral y vitalmente.
No puede mantenerse la dignidad de un país con el cuerpo social roto por condiciones laborales injustas y dejadas al albur de las fluctuaciones del mercado. Todo esto se tiene que corregir.
La llamada vuelta a la “normalidad” debe hacerse, en fin, contemplando cuales son las cuestiones esenciales que permiten que las gentes de un país vivan dignamente, y apostar de forma decidida por un cambio de rumbo que proteja las cosas de comer, pan, trabajo, techo y todos los adelantos que permiten dignidad y confort.
En la salida digna y conjunta de esta crisis hay que pensar primero en que la gente coma, con un ingreso mínimo vital asegurado, tal como propone el Gobierno de España.
Y a continuación ponerse a pensar en el país que queremos construir. Uno nuevo pensando en lo colectivo, lo social, lo público, protector de las personas y las vidas dignas, en el que se cuide el medio ambiente y la autosuficiencia agroalimentaria, en el que la energía limpia fluya, que se puede, y no sea producto para especular, sino para el bienestar de la población, un país que le de una vuelta al fortalecimiento de su industria y que transforme todo ese caudal que se invierte en armamento que no necesitamos en inversión en investigación y desarrollo. O, por el contrario, un país que retorne a la “normalidad” del capitalismo neoliberal –que es ineficaz y ha costado miles de vidas en esta pandemia- en el que cualquier brizna de vida puede ser objeto de lucro o especulación, que no reparte la riqueza, hay desigualdad creciente y cada vez más focos de escandalosa pobreza.
La pregunta es, ¿de verdad es tan costosa la vida digna?
O más bien ¿qué es una vida digna?
En este 1 de Mayo tan especial, en confinamiento, hemos recordado como un 1 de mayo del año 31, la Casa de Campo dejaba de ser un coto cerrado –en el más estricto sentido del término- y  se convertía en un espacio común, con la importancia, que hoy ha vuelto a tener el significado del término, si algún día lo dejó de tener. Y aquellos ciudadanos del Madrid de la época, al igual que aquellos madrileños del año 75, aquellos comunes y comunistas,  término vilipendiado en estos días por las derechas -que en España han sido siempre una casta de parásitos- de forma conocidamente peyorativa. Sin la lacra que toda una corriente de intereses ha querido echarle encima, sobre todo desde los males del estalinismo, hecho utilizado para confundir el todo con la parte, es decir el término y su significado, el más radical sentido de la palabra. Comunista, según el sentido etimológico, es el partidario de la organización y cuidado de lo común. Viene del latín “communis”, común, y el sufijo griego “ista”, el que sigue cierta doctrina.  Es decir lo común, como base del desarrollo humano. El comunismo en la actualidad no niega la propiedad privada, sí su acumulación desmedida y el sistema de corrupción sociopolítica que instala hoy el neoliberalismo. Sigue proponiendo la más relevante identidad de lo comunitario, lo común (lo que es de todos, lo que es público para toda la sociedad como derecho) como uso y base de lo que se vive, o con lo que vivimos. Los comunistas señalan que los pilares esenciales de desarrollo y dignidad social deben estar en manos de los gestores de lo común, el órgano que representa a todos de alguna u otra forma: el Estado democrático y de derecho. El Estado por tanto, es el espacio garante y común de las necesidades y también el promotor de las herramientas de crecimiento y progreso de los ciudadanos (Estado del Bienestar), primero como generador de escenarios que faciliten una vida digna en todas sus etapas, respondiendo a las tremendas inseguridades de la vida desde su nacimiento y asegurando al individuo el desarrollo pleno de todas sus potencialidades.
El primer paso de la vida digna, por tanto, es existir con las necesidades resueltas y con las igualdades dispuestas, es decir, no solo existir materialmente, sino apoyar a todos por igual (otorgar las herramientas) para facilitar las potencialidades de cada uno.
Tener derecho a una vida digna, por tanto, es una consecuencia lógica de la evolución humana que debe desarrollarse de forma paralela a la protección y la armonía con la naturaleza.
¿Tienen las personas el derecho a una vida digna?
Obvio, porque ese es el Paraíso –el Paraíso como metáfora del lugar feliz o de la mejor vida-  que la humanidad ha perseguido desde sus orígenes: el Paraíso en todas las culturas. Nos acogemos a esa idea que afirma que el primer acto civilizado de la Historia, fue el momento en el que un ser humano cuidó de otro. El derecho a la vida no es un maniqueísmo cultural, es aquel acto natural que nace del cuidado a otro –existe como principio de empatía hacia el dolor ajeno y responde como acto de bien común. Por tanto, ¿si la protección de esa vida germinal es primordial, por qué su salvaguarda y potenciación en su desarrollo –la de todos en dignidad- no es un derecho innegociable?
Explicado el derecho de una vida digna y su proyección al bienestar de todos, al bien común, volvamos al  tema que nos atañe: ¿Qué revindica el 1 de Mayo?
El 1 de Mayo                                 
Hace 130 años que conmemoramos la lucha por los derechos de los trabajadores en España (el 1 de mayo de 1890 se convoca la primera jornada de lucha pública), los derechos a la vida digna, al empleo digno, de los y las trabajadoras, de los y las asalariadas, en honda referencia hacia la identidad de los explotados, y anteriormente de los esclavos.
El origen de esta conmemoración está en los ocho anarquistas condenados en Chicago, cinco fueron ahorcados y dos condenados a cadena perpetua, tras los acontecimientos de abril 1886, la huelga y manifestación por el derecho a las 8 horas que La ley de Ingersoll del 25 de julio de 1886 había otorgado a los trabajadores y que no se cumplió por parte de los patrones en aquellas trágicas jornadas. La represión, durísima, tuvo como consecuencia el asesinato de muchos obreros y la muerte de dos policías. Este último hecho fue el que llevó a las autoridades a ajusticiar con la máxima pena a los responsables, según ellos, de los hechos.  Semejante injusticia frente al derecho conquistado de la jornada laboral de las 8 horas, muestra la enorme dificultad que la vida digna ha tenido, y tiene, para consolidarse como derecho en la Historia de la humanidad. Esta es una de ellas, la que conmemoramos, pero los sufrimientos son incontables, y a día de hoy constantes. Conmemoramos también en este día el derecho al descanso… a la pereza, como afirmaría Paul Lafarge en su ensayo El derecho a la pereza, editado en 1883. Aquella idea primitiva de las ocho horas de trabajo, las ocho horas de ocio y las ocho de descanso. El descubrimiento del concepto de plusvalía (o plusvalor), idea central junto al de mercancía en el primer tomo de El Capital de Karl Marx. Definía el valor que el trabajador asalariado crea por encima del valor de su fuerza de trabajo en el modo de producción capitalista, generando la acumulación capitalista. Un asunto que hoy se sustenta de forma primordial y sangrante en el beneficio constante, como extraordinaria plusvalía, que las empresas exprimen del conocimiento humano. ¿Cómo es posible que estemos permitiendo que los beneficios del conocimiento humano sean mercadeados y privatizados, además en nuestra contra? ¿Cómo es posible que estemos permitiendo que los avances de la tecnología, que precisamente salen de ese conocimiento humano común, puesto en red y en valor, se esté utilizando en contra de los intereses de la mayoría, y esté sirviendo para desvalorizar el trabajo, en lugar usar los enormes beneficios de ese conocimiento para favorecer que haya mayor reparto de las riquezas que proporciona?
El derecho a unas condiciones dignas del trabajo, tanto en épocas pasadas, como hoy en día, suponían y siguen suponiendo reivindicar reparto a través del salario directo y del salario social, que se provee con mejores condiciones de vida a través de los servicios públicos y de los cuidados para todos del Estados del Bienestar.
La lucha por tanto no ha acabado, se perpetua y el día que conmemoramos siempre será un día para recordar el porqué de una forma de vida, que como Hegel definió en el pasaje de la dialéctica del amo y del esclavo en la obra Fenomenología del espíritu (1807) viene desde el momento en donde lucharon dos hombres por el liderazgo del clan, uno que no tuvo miedo a la muerte, el aristoi (aristócrata o noble) y el otro que sí, al proteger la vida –un acto mucho más humano-, que acabó siendo el esclavo. Sin embargo tras el desarrollo de la Historia, el segundo creo la cultura, al trabajar los medios y amoldarlos con su trabajo generando pautas vitales comunes y beneficiarias al conjunto, mientras que el primero vivía en su ociosidad y competencia. Esa es la Historia, el 1 de Mayo es el símbolo de muchas luchas, pero con  una simbología enorme, es la fiesta que tiene mayor contenido de lo humano que se celebra en todo el Planeta.
El 1 de Mayo nunca ha sido un día más, pero hoy se hace incluso mucho más relevante, en el confinamiento por COVID-19.
Desde casa conmemoraremos, la razón por la que miles de trabajadores y trabajadoras mantenemos presente la idea de una imposición motivada por una forma de producción, que a marchas forzadas nos plantea una nueva dinámica y relación. La Historia nos vuelve a dar una nueva oportunidad, y el tiempo se hace relativo.
La idea del trabajo se replantea y la idea de la comunidad se fortalece. Aquellas ocho horas, aquellas reivindicaciones dignas que llevaron a cinco anarquistas al patíbulo, nos pueden parecer hoy lejanas, pero su espíritu sigue latente… El derecho a la vida digna, al tiempo de cada individuo, al trabajo digno, reconstituyente, motivador, emancipador y no esclavo. En definitiva el derecho a poseer las riendas de nuestra vida.
Para terminar, igual convendría releer Eros y la civilización (1955), libro en el que Herbert Macusse dispone una sociedad donde la producción de bienes ya es completa y donde los ciudadanos ya no necesitarían trabajar para poder vivir con dignidad, sí trabajar o hacer, o producir desde el deseo o el gusto por su pasión. Ya que los medios existen y están dispuestos, es sólo la acumulación capitalista y el consumo a través de intercambio monetario (pobreza-abundancia) la que perturba por su objetivo de beneficio para las entidades y propietarios de los medios.
En nuestro país se ha propuesto un ingreso mínimo vital para ayudar a las familias a salir de esta nueva situación límite creada por los efectos de la pandemia. Los acumuladores de capital deben contribuir al bienestar de los comunes con una justicia tributaria que todavía está por escribir y definir en forma de derechos.
Son muchas las cuestiones que revindicar en este 1 de Mayo de 2020, pero es indudable que el mundo está cambiando.
Comprobamos como las ideas históricas de la izquierda de protección de lo común y de los comunes continúan sirviendo de base para desarrollar un nuevo pacto social, político, cultural y económico por la vida digna que no deje a nadie atrás.

Texto firmado y redactado por:
Alberto Moreno, Periodista y Carmen Barrios Corredera, Escritora y Fotoperiodista. Foto: Carmen Barrios Corredera



lunes, 30 de marzo de 2020

EL PUEBLO SALVA AL PUEBLO. EL PODER DE LO COLECTIVO FRENTE A LO PRIVADO EN LA CRISIS DEL CORONAVIRUS





El pueblo salva al pueblo. El poder de lo colectivo frente a lo privado en la crisis del coronavirus.

El Covid-19 se extiende como una plaga. Mientras escribo este texto se ha llevado las vidas de 4.858 personas. El virus golpea mientras la sociedad hace todo lo posible para organizarse para combatirlo. Miles de personas organizadas por las Administraciones Públicas, y desde un mando único dirigido por el Gobierno de coalición del PSOE- Unidas Podemos, están poniendo sus cuerpos para salvar vidas. Un Gobierno de coalición que está implementando medidas sin descanso para salvar lo colectivo. La última de ellas se ha dado a conocer mientras termino este artículo, ha prohibido los despidos durante la emergencia del coronavirus.

Miles de personas trabajadoras en distintos servicios esenciales como sanitarios, agricultores, trabajadores de supermercados, transportistas, policías, biólogos, científicos e investigadoras, trabajadores del servicio de basuras, limpiadoras, bomberos, periodistas, curritos del transporte público de viajeros, militares, autobuseros, veterinarios, conductoras de trenes y metro, empleados de servicios funerarios… son incontables las personas que permanecen en sus puestos de trabajo y ponen sus cuerpos para asistir a los demás, a pesar de todas las carencias y los recortes que pesan como una losa sobre el cuerpo social.

Además, surgen por doquier iniciativas solidarias de personas que quieren ayudar, desde redes de cuidados que nacen en los barrios y pueblos para llevar la compra o prestar ayuda a los que están confinados y enfermos, ancianos y personas dependientes que son grupos especiales de riesgo, hasta movimientos de trabajadores y trabajadoras, también gentes del mundo de la cultura, que ponen lo que saben hacer al servicio de los demás de forma altruista, con el único interés de contribuir a salvar vidas. El pueblo salva al pueblo. Esta crisis brutal y arrasadora está mostrando muchas realidades positivas. Lo colectivo organizado, lo público, los obreros y obreras, los de abajo están mostrando que lo que nos va a salvar es su fuerza colectiva.
Se van sabiendo cosas. Hechos importantes que nos salva como colectivo, como comunidad, como sociedad.
Ifema Madrid, montaje del hospital de campaña. Circula un video en el que un miembro del cuerpo de bomberos de Madrid explica a cámara como se ha construido en tres días (desde el lunes 23 de marzo al miércoles 26) la instalación de aire, oxígeno y vacío en una galería de subsuelo de 300 metros -con registros cada 5 metros- para asistir un pabellón  de UCI que albergará 600 camas. El bombero cuenta que la gente trabajadora acude a Ifema con sus herramientas, fontaneros, instaladores de aire, trabajadores de la construcción, obreros, autónomos, parados… hacen cola para ofrecerse de forma altruista, para ayudar en la medida de sus posibilidades. Asegura que esa galería se ha construido con ocho bomberos y entre 40 y 50 trabajadores voluntarios. La organización del Estado, de la Administración Pública, de la UME más un ejército de obreros poniendo el cuerpo para salvar al pueblo. Porque el sector público está en paños menores debido a los recortes y la gente acude a ayudar de forma solidaria.

El poder de lo colectivo frente al desgaste social que supone privatizar servicios como la sanidad. Privatizar servicios cuyo coste se cifra en vidas humanas, tal como se está viendo y comprobando especialmente en la Comunidad Autónoma de Madrid, donde el Partido Popular lleva veinte años a pico y pala deteriorando y jibarizando la sanidad pública en beneficio de incrementar recursos a las compañías privadas. Decisiones políticas que han ido dejado desnuda a la sanidad pública, mostrando graves carencias que esta crisis ha puesto en evidencia y que están costando vidas. En Madrid se contabilizan a día de hoy 2090 fallecimientos por Covid-19.
Mientras en IFEMA se afanan por ganar horas a la muerte trabajando a contrarreloj en ese macro-hospital de campaña, se sabe que en la Comunidad de Madrid (que es el lugar en el que hay también más contagiados por el virus) se permite que los hospitales privados campen por sus respetos. El periódico El Salto informa que en Madrid se están utilizando solo 2.200 camas de las más de 6.700 de las que dispone la sanidad privada. Que por cada hospitalización en la privada de una persona con coronavirus se cobra al día 250 euros y si está en UCI la cifra asciende entre 650 y 700 euros diarios (datos ofrecidos por Carlos Rus, presidente de ASPE –Alianza de la Sanidad Privada Española a Infolibre) y que en urgencias del hospital HM de Sanchinarro (centro de construcción pública en régimen de gestión privada) se han llegado a cobrar 300 euros por hacer la prueba del Covid-19.

¿Se puede confiar la salud de las personas a la iniciativa privada? Cuando esto termine es indiscutible una revisión del modelo. Habrá que exigir en las calles un sistema de salud pública fuerte, vigoroso, dotado de recursos, con personal suficiente y bien retribuido, con contratos adecuados y dignos. La vida nos va en ello. Están siendo los trabajadores y trabajadoras de las sanidad pública los que se están dejando el pellejo cada día en jornadas que no tienen fin y que los dejan exhaustos, agotados hasta el límite. Los estamos viendo trabajar de forma heroica, con bolsas de basura atadas a sus cuerpos como precarios escudos protectores, incluso con gafas de bucear para los ojos ante la ausencia de gafas de uso quirúrgico, porque los hospitales públicos tiritan, no hay material de protección para todos. A pesar de todas las carencias, de todas las privaciones, ellos y ellas, médicas, enfermeros, celadoras, cocineras, limpiadoras, acuden cada jornada mostrando como el pueblo, siempre generoso, salva a la pueblo.

Losar de la Vera, Cáceres. 26 trabajadores de la cooperativa-centro de mayores Servimayor se encierran con los ancianos para proteger sus vidas y evitar contagios. Confinados con los residentes por solidaridad y responsabilidad (Cadena Ser, 24 de marzo). Han decidido vivir allí, con ellos y ellas, y no salir a sus domicilios ni permitir visitas para cuidar y evitar que el virus entre y se lleve vidas por delante.
En Estella, Navarra, en la residencia San Gerónimo,15 trabajadores se han encerrado con los 69 residentes del lugar para proteger sus vidas. Vivirán allí todos juntos como una comunidad, que salva con solidaridad, poniendo la vida en el centro igual que en la residencia extremeña. Valientes y generosas iniciativas navegan en un océano generalizado de carencias y empleo precario en general, que se ceba con el personal asistencial de las residencias en España. Trabajadoras y trabajadores, los de abajo ponen el cuerpo. El pueblo salva al pueblo. Hacen lo que está en su mano, a pesar de las carencias.

Esto sucede en un área asistencial especialmente sensible, donde cada día están falleciendo ancianos en un goteo que se ha convertido en hemorragia, 1.517 fallecidos en residencias de ancianos, el 37% del total de muertos (Cadena Ser 27 de marzo). En España la red de atención a los ancianos está prácticamente en manos privadas. Hemos dejado las vidas de nuestros mayores custodiadas por empresas que buscan el rendimiento económico por encima del beneficio social. Hay al rededor de 6.000 residencias que albergan a 390.000 hombres y mujeres que nos dieron la vida y construyeron el país para todas nosotras. Cuando esto pase, es preciso un análisis en profundidad. ¿Qué pasa en las residencias de ancianos? ¿Cuáles son las razones por las que el índice de mortalidad está disparado? ¿Qué falla? ¿Cómo se atienden la mayoría de los centros? ¿Cuál es la proporción de residentes por cuidadores en las residencias de mayores? ¿Cuántos médicos, personal de enfermería hay en esta crisis por residente?, y ¿cuantos debería haber en realidad para que la atención sea óptima? ¿Qué medidas de salubridad, limpieza e higiene son necesarias? ¿Cuántos controles y con qué periodicidad hace la Administración Pública para asegurar el buen funcionamiento y la salud de nuestros mayores hasta este momentos? ¿Cuántos serían necesarios?  Todas estas preguntas deberán ser contestadas. Se hará perentorio reclamar que las vidas de las personas son sagradas, cuidar a los mayores es una obligación fundamental en una sociedad democrática sana, donde la dignidad vital siempre debe estar por encima de los intereses económicos de unos pocos buitres, que especulan y quieren sacar rentabilidad hasta de la última brizna de vida. Nuestros ojos no pueden volver a contemplar como los soldados de la UME -que han tenido que intervenir en numerosas residencias, especialmente en la Comunidad de Madrid, para desinfectarlas y ayudar a la atención en lo posible- se han encontrado con cadáveres que no habían sido convenientemente trasladados tras su fallecimiento, conviviendo con ancianos vivos. Esto se ha producido también, porque el servicio funerario no da abasto, impedido igualmente por años de recortes y plantillas precarias. La herida abierta es grande, dura. Las personas mayores tienen derecho a ser atendidas con medios suficientes, que garanticen su salud, integridad y dignidad personal.  

Una veintena de pueblos de Segovia puso en marcha una cadena solidaria en la que 330 mujeres cosen mascarillas a destajo desde sus casas. Taxistas y transportistas, todo el que puede, arrima el hombro para distribuirlas. La empresa Mundo Laboral provee de tejidos y corta las gomas para nutrir a este batallón de mujeres voluntarias de entre 40 y 50 años que ayudan y contribuyen en esta pandemia con lo que saben hacer, coser (información aparecida en el 22 de marzo en el diario Público). Iniciativas parecidas están surgiendo en muchos lugares de España, en Valladolid, en Álava, modistas solidarias en Zaragoza, aparadoras del calzado levantinas, se van uniendo a través de las redes sociales para ayudar… en definitiva costureras solidarias de todo es Estado que se conjuran para intentar producir entre 100 y 200 mascarillas diarias cada una de ellas. Las manos de cientos de mujeres unidas por el resistente hilo de la solidaridad y el amor a la vida. El pueblo cuida del pueblo.

La concejalía de Justicia Social de Palma de Mallorca reclama a la banca que ponga a disposición del Ayuntamiento las viviendas vacías que tienen para poder acoger en ellas a mujeres víctimas de violencia machista. Esta concejalía prevé un incremento de casos de violencia contra las mujeres, debido a que muchas víctimas de malos tratos permanecen encerradas con sus agresores desde que comenzó el confinamiento por Coronavirus. El Ayuntamiento de Palma calcula que hay unos 14 pisos en condiciones de habitabilidad que podrán acoger entre 17 y 100 personas. La regidora de Justicia Social, Sonia Vivas, –madre de la iniciativa- , explica en un artículo aparecido el 27 de marzo en el diario Público y firmado por Marisa Koham, que pide colaboración a las entidades financieras, y les recuerda que tienen una deuda con la sociedad de 64.000 millones de euros que viene de la crisis de 2008, cuando se rescató a la banca con fondos públicos para evitar la quiebra.
De momento solo están poniéndose en contacto con la concejalía personas altruistas para ofrecer sus pisos vacíos. Nada se sabe todavía de los bancos, sí de personas como una enfermera jubilada que hace mascarillas en su casa y ha ofrecido un piso de 150 metros, me informa la concejala Sonia Vivas mientras escribo este texto. Una vez más el pueblo acude al rescate.

A lo largo y ancho de la geografía española muchas personas están rebajando el alquiler a sus inquilinos que pierden el empleo durante el confinamiento, o les aplazan la renta hasta que puedan pagarlo. ¿Ocurre lo mismo con las viviendas en manos de fondos de inversión, de bancos? Se hace perentorio que el Gobierno incluya en el escudo social contra la crisis la supresión del pago del alquiler de las personas que pierdan el empleo, porque está claro que la banca y los fondos de inversión nunca ponen nada de su parte para salvar a nadie, a no ser que se les obligue. En la crisis anterior fueron rescatados con los impuestos de todos, en esta deben reponer al menos una parte de ese préstamo social que todavía deben.

Son muchas las iniciativas solidarias puestas en marcha para ayudar. Sin embargo, es el poder de la organización de las Administraciones Públicas, el peso del sector público frente al privado, lo que está dando la respuesta más contundente de salvación ante la crisis. Y lo está dando a cambio del alto precio que están pagando los y los trabajadoras de un sector público muy mermado y adelgazado desde la anterior crisis económica de 2008. La solidaridad de la gente se agradece, muestra la calidad del pueblo, la humanidad que ayuda. Es un cálido remiendo balsámico que emociona, que se desvive para ayudar a paliar todas las grietas que muestra una sociedad precarizada con un sector público adelgazado, que vive desde 2008 prácticamente con lo puesto.

Cuando todo esto finalice habrá que analizar lo sucedido y revisar prioridades, que necesariamente deberán pasar por un cambio de modelo económico en el que los que más tienen -esos que acumulan con regularidad pase lo que pase, vengan bien o mal dadas- aporten recursos a través de los impuesto para poder disponer de un Estado del Bienestar fuerte, que cuide a las personas y pueda asistirlas con dignidad, tanto en una hecatombe como la que estamos sufriendo como en situaciones de normalidad.

La caridad de algunos nombres poderosos, que salen a la palestra de los medios de comunicación ofreciendo ayuda, para lavar su imagen en medio de un drama social como el que estamos viviendo, no es suficiente para organizar una verdadera sociedad de cuidados como la que se precisa. Los grandes empresarios, financieros, banqueros, etc, deben mostrar su amor al país contribuyendo con lo que les toca proporcionalmente en cada ejercicio de la renta. Así se construye sociedad. Así se construye patria. Lo demás son milongas que engordan las desigualdades y muestran el tamaño de la desnudez en la que se encuentra de verdad la organización de los cuidados y los servicios públicos en una situación límite como la actual.

Asimismo, cuando todo esto pase, se hará necesario revisar si necesitamos una institución monárquica de la que por el momento sabemos que se ha dedicado al lucro ¿con el cobro de comisiones?, evasión y acumulación de fortuna colocada fuera de nuestras fronteras. Una institución que es financiada por el Estado de forma altamente generosa. El país entero es testigo de que en los duros momentos por los que atraviesa el conjunto de la sociedad, el Borbón heredero ha intentado lavarse las manos de forma impúdica delante de todos. El cuerpo social se resiente.

Si algo está dejando claro esta crisis es que lo público, lo colectivo organizado es lo que salva, lo que cura, lo que provee, lo que ayuda, lo que cuida, lo que se solidariza, lo que apaña, imagina, brega, trabaja, pone cuerpos, manos e inteligencia al servicio de la mayoría. Solo el pueblo salva al pueblo.
Artículo aparecido en Nueva Tribuna
Carmen Barrios Corredera. Escritora y fotoperiodista.