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martes, 21 de abril de 2020

HOMENAJE A LAS COMUNES: MI AMIGA MARISOL




Homenaje a las comunes: mi amiga Marisol

Mi amiga Marisol es solo una mujer. Una mujer normal. De esas que no se rinden nunca. Como tantas. Llegó desde Colombia hace miles de años casi con lo puesto, y con su hijo en los brazos, y sabe muy bien lo que es pelear cada minuto de la existencia para tener una vida digna. Es una de las personas más sensibles, generosas y solidarias que conozco. Mi amiga Marisol es especial. El caso es que si se la mira de cerca parece una mujer corriente, tirando a guapa, eso sí, algunos dirían, incluso, que a muy guapa. Pero si se la mira muy, muy de cerca se puede ver una luz especial que se derrama en sus ojos casi de forma acuosa, que tiene que ver con los padecimientos milenarios que llevan cosidos a piel las mujeres de abajo y con las ganas de supervivencia digna de las comunes. Mi amiga Marisol es una de esas mujeres comunes y corrientes, que siempre están para los demás y que siempre ayudan, dan una mano, las dos e incluso ponen todo el cuerpo si es preciso. Mi amiga Marisol es realmente bella, tan bella como la princesa Leia cuando ayuda a la resistencia.
Mi amiga Marisol se coloca los guantes, la mascarilla y sale de su casa resuelta, y lista para lo que venga, como si fuera ataviada con una armadura que la hace invencible. Es de las que está poniendo el cuerpo en su barrio para ayudar a los demás. Reparte comida con una asociación con la Red de Solidaridad Popular (RSP) de su barrio, junto con el equipo de apoyo de cuidados del distrito. Comenzaron atendiendo a cincuenta familias y ya asisten casi a quinientas, poniendo a prueba la capacidad de organización de la resistencia. El número no para de crecer de una semana para otra. Desde que comenzó esta pesadilla distópica de la pandemia convertida en crisis económica y social, mucha gente de su barrio que ya vivía al día, con curros precarios e incluso no tan precarios, se ha quedado tirada sin cobrar de un día para otro, y hay que ayudar, la resistencia está para eso, porque hasta que llegue el Halcón Milenario con las ayudas públicas, la gente tiene que comer.
Mi amiga nunca pregunta a los que acuden a por la bolsa de comida sin son españoles o no, si son trans, o del Real Madrid, gays, lesbianas o ateas, cómo viven, si son jóvenes o viejos, de aquí o de allá, extraterrestres o terrícolas de pura cepa, no le importa una mierda de donde sean, ni si son rubios, morenos, chinos, pecosos, negros o color aceituna, … solo les pregunta ¿qué tal llevas el día?, ¿qué necesitas?
Mi amiga Marisol sabe que Cáritas sí pregunta, y pide a la gente que rellene un formulario para darles el paquete de comida. Mi amiga es consciente de que esto es un error en la situación actual, porque hay gente sin papeles que se queda fuera de todas las ayudas, por no poder cumplimentar los formularios y también porque los perfiles han cambiado y hay personas que solo desean una ayuda puntual, mientras ellos consiguen volver a tener sus ingresos. Mi amiga sabe que hay gente que no quiere figurar en ningún registro, porque para ellos esto significa un fracaso en sus vidas, que les rompe un poco por dentro.
Mi amiga Marisol está muy enfadada con los voluntarios de hogar social, que preguntan a las personas su procedencia y solo reparten alimentos a los que acreditan ser Españoles. Como si el carnet de español otorgara a la gente derechos de supervivencia superiores a los de cualquier ser del planeta.
Mi amiga se indigna y le hierve la sangre cuando ve estas cosas, y se desgañita y las critica y las denuncia, porque también sabe que con o sin papeles, sean españoles o no, las personas solicitan ayuda por pura necesidad y tienen tanto derecho a comer cada día como sus hijos, su marido o ella misma. 
Mi amiga Marisol sonríe y consuela, proporciona ánimo y autoestima cuando dice, por favor, mírame a los ojos y no te avergüences, esto que te pasa le puede pasar a cualquiera, ninguno estamos exentos de quedarnos sin trabajo, sin recursos, así, en un parpadeo, la auténtica vergüenza es no disponer de una red de asistencia social pública en Madrid -la comunidad autónoma con el PIB per cápita más elevado y con la desigualdad más grande del Estado, con un millón de personas en situación de exclusión social y la mitad de esas en exclusión severa- y en toda España, que se ocupe de la gente cuando las cosas fallan. La auténtica vergüenza es que vivamos en una sociedad en la que está permitido gastarse hasta lo que no se tiene en tanques, aviones o bombas inútiles, en lugar de en sistemas de protección social, con derechos articulados que protejan, con justicia social, que pongan la vida en el centro y contemplen las necesidades reales de las personas. Mi amiga Marisol les dice también que la gigantesca vergüenza es que vivamos en una sociedad en la que hay personas que podrían vivir un millón de vidas a cuerpo de rey que se escabullen de pagar lo que les correspondería por su renta real, evadiendo impuestos, y se lavan la cara -con publicidad mediática-ofreciendo unas pocas migajas, y otras, en cambio, no puedan vivir ni una sola vida con la dignidad suficiente en este Madrid que engulle almas.
Mi amiga Marisol no cree en dioses, no cree en reyes, no cree en tribunos, ama a los demás como son, pelea como una leona por los suyos, por los de abajo, por los comunes, y cree en las personas, en el esfuerzo colectivo, en la solidaridad y en la capacidad de la gente organizada.
Mi amiga Marisol está indignada con esta situación y quiere que el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid escuchen a las asociaciones de barrio, que reclaman que las escuelas de cocina arrimen el hombro y cocinen platos para llevar para la gente que está impedida, que son pobres, viven en habitaciones sin derecho a cocina o son tan ancianas que no pueden guisarse un plato caliente. Mi amiga Marisol conoce muy bien lo que pasa en su barrio, nunca ha abandonado el trabajo de calle, ni la pelea diaria por la vida digna desde la resistencia.
Sabe de sobra que la caridad no es una solución real y ni permanente, y es consciente de que lo que quiere ella y la gente como ella, los comunes, son derechos y los lucha y los pelea cada día en las calles de su barrio. Sabe que el Gobierno de coalición prepara una renta mínima vital y se reconoce una de las protagonistas anónimas que ha exigido con organización, con política y en la urna, que la gente tenga una renta suficiente para poder contar con su propia economía sin tener que pedir ayudas o caridad. Sabe todo esto y se siente orgullosa de haber luchado por ese derecho. Es un triunfo de los comunes, de los que son como ella, de su clase, que supone –además- un cambio de conciencia social sobre cuáles son las prioridades, que tiene que contemplar y atender el Gobierno de un país.
Mi amiga lo sabe, y por eso, mientras llega y no llega el Halcón Milenario sigue siendo consciente de que a la resistencia le toca arrimar el hombro con solidaridad desde la red del tejido asociativo de cada barrio, de los grupos de cuidado distritales y desde los hogares, desde la casa de los comunes, donde no se pregunta procedencia ni filiación, se tiende la mano y se dice, ¡ánimo vecina, esto lo superamos todas juntas! ¡Resistir es vencer!
Mi amiga sabe que el pueblo salva al pueblo y es una obligación exigir con presión política y con solidaridad compartida, que las políticas públicas estén a la altura de las circunstancias.

PD. Este artículo está dedicado de forma especial a mi amiga Marisol, una mujer luchadora que siempre está. También a los miles de personas como ella, que ayudan a los demás así, poniendo el cuerpo sin preguntar, en este episodio distópico, que estamos viviendo, o en cualquier otra situación que lo requiera.
Este artículo ha sido publicado en Nueva Tribuna.
Carmen Barrios Corredera, escritora y fotoperiodista.




miércoles, 15 de abril de 2020

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS


Deseo selvático/ Javier Castarnado



El amor en los tiempos del coronavirus

El deseo crece. Va creciendo despacio. Es una pequeña planta que brota poco a poco, mientras se contemplan desde la pantalla del móvil. Han quedado a las 21 a tomar algo, y se han preparado para la cita virtual como si se tratara de un encuentro real vis a vis de una cálida, prometedora y húmeda tarde de primavera. Hace un mes, apenas se conocían de un par de encuentros casuales. Hoy están ahí, pendientes de la pantalla del móvil, navegando por las ondas una reclusión forzada por la pandemia del coronavirus, un bicho minúsculo e impertinente que complica las suertes del amor, al tiempo que aviva los estragos de las pasiones contenidas. Se escuchan atentos hablar de esto o aquello, se ríen y estimulan imaginando rutas aventureras por el mundo, se oyen derrochar palabras hasta agotarse, como quien despilfarra oro durante un tiempo que parece eterno. Ella bebe vino rojo y se muerde los labios, se recrea en su rostro de barbudo vikingo, le observa mientras ve danzar sus manos al ritmo cadencioso que marcan las palabras, a la vez que nota como el deseo le hace cosquillas en los pies, como los brotes tiernos de la madreselva. Él bebe cerveza rubia, y al igual que ella, siente como crece el mismo cosquilleo insolente de la naturaleza entre los dedos de sus pies. Como si se reflejaran en un espejo, se perciben recostados en el sofá, acompañados por los ecos cálidos de la bossa nova, como si el salón de cada una de sus casas tornara de repente en un acogedor local brasileño, un atardecer eterno de cualquier viernes de sus vidas.

El deseo va creciendo dentro de sus cuerpos como una planta salvaje que quiere ver el sol. Ella se dan cuenta. También él. Y es extraño, porque no pueden olerse. Se ven muy cerca en la pantalla del teléfono y no alcanzan a olfatear sus cuello, por mucho que se acerquen al cristal, no consiguen absorber la fragancia de almíbar del otro en un descuido.

Solo pueden imaginar. Únicamente pueden imaginarse sentados, tumbados, recostados uno a la vera del otro, enhebrando los dedos entre los cabellos, apartando flequillos para verse los ojos, pero no pueden acercar la nariz para impregnarse de la fragancia a sexo lúbrico que inunda ya cada uno de sus cuerpos y riega el deseo, que crece cada vez más opulento, asomando entre los cojines de uno y otro sofá, como las plantas trepadoras.

El deseo va creciendo y se enrosca como una enredadera poderosa que se apropia de sus cuerpos a medida que se miran, que sonríen, que parpadean, que gesticulan, ronronean y ponen sonido gutural a sus palabras, y es extraño, porque ninguno de los dos conoce a qué sabe el tacto de la piel, ni el toque de sus manos, ni cómo conducir por la curva pronunciada de una de sus caderas desnudas, ni la tangente que podrían describir al abrazarse mientras ocupan el cuerpo del otro, ella no sabe calcular si las palmas de las manos de él son lo suficientemente grandes para sujetar sus pechos por detrás, él no conoce el espacio que pueden ocupar las de ella al asir con ganas los cachetes redondos de sus nalgas.

El deseo aumenta su tamaño, y es extraño. Ninguno de los dos escucha la auténtica cadencia de la voz del otro, cosquilleando desde el oído para recorrer por completo el cuello en espiral y bajar por la vereda de la espalda, hasta perderse en los montes del sur de un cuerpo torneado por el descontrol de la lujuria al que cada uno ansía llegar.  

El deseo se hace grande, enorme, crece como un organismo boscoso dentro de sus cabezas y ocupa cada vez más espacio en el reducido mundo que rodea ahora sus cuerpos. 

Del exterior siguen llegando imágenes de calles vacías. Desde que llegó la pandemia están recluidos, cada uno en su casa, donde les secuestró un confinamiento que con ritmo meloso torna sus cuerpos en ambrosía confitada. El amor se ha convertido así en una promesa de viaje al cuerpo de Eros en tiempos de coronavirus, que irriga el deseo de forma turbulenta, como la lluvia cadente y constante baña las hojas del Taro, hasta hacerlas tan grandes que conquistan el corazón de cualquier selva lejana.
El deseo se ha hecho inmenso, inagotable, tanto que desde las ventanas de la casa de ella salen enloquecidas ramas selváticas, que buscan encontrarse con las de él, que también pujan frenéticas para desafiar el tiempo y el espacio. Tejen juntos una selva de amor y besos, de susurros y palabras, de manos y pies, de espaldas y torsos, de brazos y piernas, de cabellos ondulados y lisos, de cuellos y labios, de pubis pegados, de ávidos sexos enroscados, que trasciende las ondas telefónicas hasta arrancar una metamorfosis perfecta, inundando esta noche plena de primavera de hojas, ramas y frondosos troncos enlazados.
Eros sale victorioso. La Natura desborda la calle.
Carmen Barrios Corredera. Abril de 2020.



lunes, 30 de marzo de 2020

EL PUEBLO SALVA AL PUEBLO. EL PODER DE LO COLECTIVO FRENTE A LO PRIVADO EN LA CRISIS DEL CORONAVIRUS





El pueblo salva al pueblo. El poder de lo colectivo frente a lo privado en la crisis del coronavirus.

El Covid-19 se extiende como una plaga. Mientras escribo este texto se ha llevado las vidas de 4.858 personas. El virus golpea mientras la sociedad hace todo lo posible para organizarse para combatirlo. Miles de personas organizadas por las Administraciones Públicas, y desde un mando único dirigido por el Gobierno de coalición del PSOE- Unidas Podemos, están poniendo sus cuerpos para salvar vidas. Un Gobierno de coalición que está implementando medidas sin descanso para salvar lo colectivo. La última de ellas se ha dado a conocer mientras termino este artículo, ha prohibido los despidos durante la emergencia del coronavirus.

Miles de personas trabajadoras en distintos servicios esenciales como sanitarios, agricultores, trabajadores de supermercados, transportistas, policías, biólogos, científicos e investigadoras, trabajadores del servicio de basuras, limpiadoras, bomberos, periodistas, curritos del transporte público de viajeros, militares, autobuseros, veterinarios, conductoras de trenes y metro, empleados de servicios funerarios… son incontables las personas que permanecen en sus puestos de trabajo y ponen sus cuerpos para asistir a los demás, a pesar de todas las carencias y los recortes que pesan como una losa sobre el cuerpo social.

Además, surgen por doquier iniciativas solidarias de personas que quieren ayudar, desde redes de cuidados que nacen en los barrios y pueblos para llevar la compra o prestar ayuda a los que están confinados y enfermos, ancianos y personas dependientes que son grupos especiales de riesgo, hasta movimientos de trabajadores y trabajadoras, también gentes del mundo de la cultura, que ponen lo que saben hacer al servicio de los demás de forma altruista, con el único interés de contribuir a salvar vidas. El pueblo salva al pueblo. Esta crisis brutal y arrasadora está mostrando muchas realidades positivas. Lo colectivo organizado, lo público, los obreros y obreras, los de abajo están mostrando que lo que nos va a salvar es su fuerza colectiva.
Se van sabiendo cosas. Hechos importantes que nos salva como colectivo, como comunidad, como sociedad.
Ifema Madrid, montaje del hospital de campaña. Circula un video en el que un miembro del cuerpo de bomberos de Madrid explica a cámara como se ha construido en tres días (desde el lunes 23 de marzo al miércoles 26) la instalación de aire, oxígeno y vacío en una galería de subsuelo de 300 metros -con registros cada 5 metros- para asistir un pabellón  de UCI que albergará 600 camas. El bombero cuenta que la gente trabajadora acude a Ifema con sus herramientas, fontaneros, instaladores de aire, trabajadores de la construcción, obreros, autónomos, parados… hacen cola para ofrecerse de forma altruista, para ayudar en la medida de sus posibilidades. Asegura que esa galería se ha construido con ocho bomberos y entre 40 y 50 trabajadores voluntarios. La organización del Estado, de la Administración Pública, de la UME más un ejército de obreros poniendo el cuerpo para salvar al pueblo. Porque el sector público está en paños menores debido a los recortes y la gente acude a ayudar de forma solidaria.

El poder de lo colectivo frente al desgaste social que supone privatizar servicios como la sanidad. Privatizar servicios cuyo coste se cifra en vidas humanas, tal como se está viendo y comprobando especialmente en la Comunidad Autónoma de Madrid, donde el Partido Popular lleva veinte años a pico y pala deteriorando y jibarizando la sanidad pública en beneficio de incrementar recursos a las compañías privadas. Decisiones políticas que han ido dejado desnuda a la sanidad pública, mostrando graves carencias que esta crisis ha puesto en evidencia y que están costando vidas. En Madrid se contabilizan a día de hoy 2090 fallecimientos por Covid-19.
Mientras en IFEMA se afanan por ganar horas a la muerte trabajando a contrarreloj en ese macro-hospital de campaña, se sabe que en la Comunidad de Madrid (que es el lugar en el que hay también más contagiados por el virus) se permite que los hospitales privados campen por sus respetos. El periódico El Salto informa que en Madrid se están utilizando solo 2.200 camas de las más de 6.700 de las que dispone la sanidad privada. Que por cada hospitalización en la privada de una persona con coronavirus se cobra al día 250 euros y si está en UCI la cifra asciende entre 650 y 700 euros diarios (datos ofrecidos por Carlos Rus, presidente de ASPE –Alianza de la Sanidad Privada Española a Infolibre) y que en urgencias del hospital HM de Sanchinarro (centro de construcción pública en régimen de gestión privada) se han llegado a cobrar 300 euros por hacer la prueba del Covid-19.

¿Se puede confiar la salud de las personas a la iniciativa privada? Cuando esto termine es indiscutible una revisión del modelo. Habrá que exigir en las calles un sistema de salud pública fuerte, vigoroso, dotado de recursos, con personal suficiente y bien retribuido, con contratos adecuados y dignos. La vida nos va en ello. Están siendo los trabajadores y trabajadoras de las sanidad pública los que se están dejando el pellejo cada día en jornadas que no tienen fin y que los dejan exhaustos, agotados hasta el límite. Los estamos viendo trabajar de forma heroica, con bolsas de basura atadas a sus cuerpos como precarios escudos protectores, incluso con gafas de bucear para los ojos ante la ausencia de gafas de uso quirúrgico, porque los hospitales públicos tiritan, no hay material de protección para todos. A pesar de todas las carencias, de todas las privaciones, ellos y ellas, médicas, enfermeros, celadoras, cocineras, limpiadoras, acuden cada jornada mostrando como el pueblo, siempre generoso, salva a la pueblo.

Losar de la Vera, Cáceres. 26 trabajadores de la cooperativa-centro de mayores Servimayor se encierran con los ancianos para proteger sus vidas y evitar contagios. Confinados con los residentes por solidaridad y responsabilidad (Cadena Ser, 24 de marzo). Han decidido vivir allí, con ellos y ellas, y no salir a sus domicilios ni permitir visitas para cuidar y evitar que el virus entre y se lleve vidas por delante.
En Estella, Navarra, en la residencia San Gerónimo,15 trabajadores se han encerrado con los 69 residentes del lugar para proteger sus vidas. Vivirán allí todos juntos como una comunidad, que salva con solidaridad, poniendo la vida en el centro igual que en la residencia extremeña. Valientes y generosas iniciativas navegan en un océano generalizado de carencias y empleo precario en general, que se ceba con el personal asistencial de las residencias en España. Trabajadoras y trabajadores, los de abajo ponen el cuerpo. El pueblo salva al pueblo. Hacen lo que está en su mano, a pesar de las carencias.

Esto sucede en un área asistencial especialmente sensible, donde cada día están falleciendo ancianos en un goteo que se ha convertido en hemorragia, 1.517 fallecidos en residencias de ancianos, el 37% del total de muertos (Cadena Ser 27 de marzo). En España la red de atención a los ancianos está prácticamente en manos privadas. Hemos dejado las vidas de nuestros mayores custodiadas por empresas que buscan el rendimiento económico por encima del beneficio social. Hay al rededor de 6.000 residencias que albergan a 390.000 hombres y mujeres que nos dieron la vida y construyeron el país para todas nosotras. Cuando esto pase, es preciso un análisis en profundidad. ¿Qué pasa en las residencias de ancianos? ¿Cuáles son las razones por las que el índice de mortalidad está disparado? ¿Qué falla? ¿Cómo se atienden la mayoría de los centros? ¿Cuál es la proporción de residentes por cuidadores en las residencias de mayores? ¿Cuántos médicos, personal de enfermería hay en esta crisis por residente?, y ¿cuantos debería haber en realidad para que la atención sea óptima? ¿Qué medidas de salubridad, limpieza e higiene son necesarias? ¿Cuántos controles y con qué periodicidad hace la Administración Pública para asegurar el buen funcionamiento y la salud de nuestros mayores hasta este momentos? ¿Cuántos serían necesarios?  Todas estas preguntas deberán ser contestadas. Se hará perentorio reclamar que las vidas de las personas son sagradas, cuidar a los mayores es una obligación fundamental en una sociedad democrática sana, donde la dignidad vital siempre debe estar por encima de los intereses económicos de unos pocos buitres, que especulan y quieren sacar rentabilidad hasta de la última brizna de vida. Nuestros ojos no pueden volver a contemplar como los soldados de la UME -que han tenido que intervenir en numerosas residencias, especialmente en la Comunidad de Madrid, para desinfectarlas y ayudar a la atención en lo posible- se han encontrado con cadáveres que no habían sido convenientemente trasladados tras su fallecimiento, conviviendo con ancianos vivos. Esto se ha producido también, porque el servicio funerario no da abasto, impedido igualmente por años de recortes y plantillas precarias. La herida abierta es grande, dura. Las personas mayores tienen derecho a ser atendidas con medios suficientes, que garanticen su salud, integridad y dignidad personal.  

Una veintena de pueblos de Segovia puso en marcha una cadena solidaria en la que 330 mujeres cosen mascarillas a destajo desde sus casas. Taxistas y transportistas, todo el que puede, arrima el hombro para distribuirlas. La empresa Mundo Laboral provee de tejidos y corta las gomas para nutrir a este batallón de mujeres voluntarias de entre 40 y 50 años que ayudan y contribuyen en esta pandemia con lo que saben hacer, coser (información aparecida en el 22 de marzo en el diario Público). Iniciativas parecidas están surgiendo en muchos lugares de España, en Valladolid, en Álava, modistas solidarias en Zaragoza, aparadoras del calzado levantinas, se van uniendo a través de las redes sociales para ayudar… en definitiva costureras solidarias de todo es Estado que se conjuran para intentar producir entre 100 y 200 mascarillas diarias cada una de ellas. Las manos de cientos de mujeres unidas por el resistente hilo de la solidaridad y el amor a la vida. El pueblo cuida del pueblo.

La concejalía de Justicia Social de Palma de Mallorca reclama a la banca que ponga a disposición del Ayuntamiento las viviendas vacías que tienen para poder acoger en ellas a mujeres víctimas de violencia machista. Esta concejalía prevé un incremento de casos de violencia contra las mujeres, debido a que muchas víctimas de malos tratos permanecen encerradas con sus agresores desde que comenzó el confinamiento por Coronavirus. El Ayuntamiento de Palma calcula que hay unos 14 pisos en condiciones de habitabilidad que podrán acoger entre 17 y 100 personas. La regidora de Justicia Social, Sonia Vivas, –madre de la iniciativa- , explica en un artículo aparecido el 27 de marzo en el diario Público y firmado por Marisa Koham, que pide colaboración a las entidades financieras, y les recuerda que tienen una deuda con la sociedad de 64.000 millones de euros que viene de la crisis de 2008, cuando se rescató a la banca con fondos públicos para evitar la quiebra.
De momento solo están poniéndose en contacto con la concejalía personas altruistas para ofrecer sus pisos vacíos. Nada se sabe todavía de los bancos, sí de personas como una enfermera jubilada que hace mascarillas en su casa y ha ofrecido un piso de 150 metros, me informa la concejala Sonia Vivas mientras escribo este texto. Una vez más el pueblo acude al rescate.

A lo largo y ancho de la geografía española muchas personas están rebajando el alquiler a sus inquilinos que pierden el empleo durante el confinamiento, o les aplazan la renta hasta que puedan pagarlo. ¿Ocurre lo mismo con las viviendas en manos de fondos de inversión, de bancos? Se hace perentorio que el Gobierno incluya en el escudo social contra la crisis la supresión del pago del alquiler de las personas que pierdan el empleo, porque está claro que la banca y los fondos de inversión nunca ponen nada de su parte para salvar a nadie, a no ser que se les obligue. En la crisis anterior fueron rescatados con los impuestos de todos, en esta deben reponer al menos una parte de ese préstamo social que todavía deben.

Son muchas las iniciativas solidarias puestas en marcha para ayudar. Sin embargo, es el poder de la organización de las Administraciones Públicas, el peso del sector público frente al privado, lo que está dando la respuesta más contundente de salvación ante la crisis. Y lo está dando a cambio del alto precio que están pagando los y los trabajadoras de un sector público muy mermado y adelgazado desde la anterior crisis económica de 2008. La solidaridad de la gente se agradece, muestra la calidad del pueblo, la humanidad que ayuda. Es un cálido remiendo balsámico que emociona, que se desvive para ayudar a paliar todas las grietas que muestra una sociedad precarizada con un sector público adelgazado, que vive desde 2008 prácticamente con lo puesto.

Cuando todo esto finalice habrá que analizar lo sucedido y revisar prioridades, que necesariamente deberán pasar por un cambio de modelo económico en el que los que más tienen -esos que acumulan con regularidad pase lo que pase, vengan bien o mal dadas- aporten recursos a través de los impuesto para poder disponer de un Estado del Bienestar fuerte, que cuide a las personas y pueda asistirlas con dignidad, tanto en una hecatombe como la que estamos sufriendo como en situaciones de normalidad.

La caridad de algunos nombres poderosos, que salen a la palestra de los medios de comunicación ofreciendo ayuda, para lavar su imagen en medio de un drama social como el que estamos viviendo, no es suficiente para organizar una verdadera sociedad de cuidados como la que se precisa. Los grandes empresarios, financieros, banqueros, etc, deben mostrar su amor al país contribuyendo con lo que les toca proporcionalmente en cada ejercicio de la renta. Así se construye sociedad. Así se construye patria. Lo demás son milongas que engordan las desigualdades y muestran el tamaño de la desnudez en la que se encuentra de verdad la organización de los cuidados y los servicios públicos en una situación límite como la actual.

Asimismo, cuando todo esto pase, se hará necesario revisar si necesitamos una institución monárquica de la que por el momento sabemos que se ha dedicado al lucro ¿con el cobro de comisiones?, evasión y acumulación de fortuna colocada fuera de nuestras fronteras. Una institución que es financiada por el Estado de forma altamente generosa. El país entero es testigo de que en los duros momentos por los que atraviesa el conjunto de la sociedad, el Borbón heredero ha intentado lavarse las manos de forma impúdica delante de todos. El cuerpo social se resiente.

Si algo está dejando claro esta crisis es que lo público, lo colectivo organizado es lo que salva, lo que cura, lo que provee, lo que ayuda, lo que cuida, lo que se solidariza, lo que apaña, imagina, brega, trabaja, pone cuerpos, manos e inteligencia al servicio de la mayoría. Solo el pueblo salva al pueblo.
Artículo aparecido en Nueva Tribuna
Carmen Barrios Corredera. Escritora y fotoperiodista.