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miércoles, 3 de junio de 2020

MÁS FEMINISMO PARA SUPERAR TIEMPOS DE PANDEMIA





MÁS FEMINISMO PARA SUPERAR TIEMPOS DE PANDEMIA

Cuidar. El primer acto civilizado de la Historia fue el momento en el que un ser humano cuidó de otro. Me acojo a esta idea para afirmar que el único camino, capaz de proporcionar otras certezas que amparen la vida y las redes de sustento necesarias, es más feminismo. Ideología de la igualdad, de la coherencia, del reparto, de la inclusión, de la cooperación, de la solidaridad y la sororidad, que preconiza poner la vida en el centro, organizando la sociedad de los cuidados, del mimo entre los comunes.
No se puede construir nada sin contar con las mujeres y sus aportaciones para mejorar la vida de todas las personas. La historia lo refrenda.
Las mujeres fueron las que pusieron pie en pared en la revolución francesa, salieron a tomar la Bastilla las primeras, con sus picas y sus palos, porque el sistema era insostenible, el hambre mataba a los hijos. Indicaron el camino de un cambio de paradigma.
En la otra gran revolución histórica, la revolución rusa, también fueron ellas las que pararon el sistema para reiniciarlo. Pararon la fábricas de San Petersburgo un 8 de marzo, contagiaron de huelgas toda Rusia, y a los nueve días cayó el Zar. Comenzó una nueva era, en la que una de ellas, Alexandra Kollontai, que fue la primera mujer en la historia en ocupar un puesto de ministra en un Gobierno, pone en marcha un sistema político de servicios sociales públicos (asistencia sanitaria, asistencia a mayores y personas dependientes, asistencia a la infancia, guarderías y escuelas infantiles, etc) para poder atender a las personas según sus necesidades y liberar a las mujeres de las tareas de los cuidados en la medida de lo posible, con una cobertura del Estado como colchón y abrigo social. Ella fue la creadora de lo que luego se conoció como “Estado del Bienestar”, que en las democracias avanzadas de los países nórdicos lo desarrollaron con éxito situando a su ciudadanía en las cotas más altas del Índice de Desarrollo Humano que elabora Naciones Unidas. Cuando la sociedad en su conjunto se hace corresponsable del cuidado y bienestar de todas la personas se da un gran paso humano.
Históricamente los postulados inclusivos y de reparto reclamados por las mujeres, que hoy se atesoran dentro del recorrido político del feminismo, se han mostrado necesarios para cambiar sociedades. Cuando las mujeres participan, no se las aparta y se las incluye y atiende en la corresponsabilidad de aportar para el desarrollo de los países se enriquece la vida de todas las personas y se progresa en conjunto.
Patriarcado, capitalismo y COVID-19
Cuando llegó el COVID-19  a las vidas de todas las personas del planeta, el capitalismo patriarcal estaba en su pleno apogeo. Las mujeres feministas ya llevaban tiempo en las calles advirtiendo que el actual sistema depredador, que busca la máxima rentabilidad en cualquier actividad por pequeña que sea, no era el camino, porque explota de forma salvaje a las personas, y doblemente a las mujeres y a la madre tierra. Así no es posible continuar. 
Para salir en condiciones de la situación límite creada por la pandemia se hace necesario un modelo antagónico al actual, al de la sociedad del lucro, del consumo, de la competitividad entre los seres humanos, que hace aguas en cada crisis que se presenta y que lejos de aportar soluciones de salvaguarda para las mayorías sociales, trae sufrimientos en grandes dosis para los comunes, desastres medioambientales cada vez más frecuentes y enriquecimiento desmedido para tan solo el 1% de la población mundial.  
El feminismo tiene mucho que aportar. Es resistente, combativo, señala y denuncia sin maquillaje este modelo económico, político y social por el que se permite esquilmar y sacar rentabilidad a cualquier especie o brizna de vida que hay sobre la tierra muy por encima de las posibilidades de la propia vida sobre la tierra. De ahí la ofensiva de lo más recalcitrante y retorcido del patriarcado capitalista contra los avances de las mujeres. En España esto se traduce en una criminalización espuria del último 8M, hasta el punto de que se ha llegado al extremo de usar, por parte de una judicatura retrógrada y miope, a la Guardia Civil, un cuerpo de la Seguridad del Estado, que ha elaborado informes falsos con el objetivo de culpar a las mujeres feministas de la transmisión virulenta del Covid-19.  Este tipo de actuaciones del cuerpo verde oliva le deshonra y provoca que pierda respeto social, al situarse fuera de su cometido democrático.  Los ataques a las feministas de corte Bolsonaricos o Trumpianos en España  y otros países persiguen volver a meter en casa a las mujeres, ayudados en abrazo por los postulados de unas cuantas iglesias que reproducen, en lo cultural, lo peor del dominio de los hombres sobre las mujeres.
La filósofa Rosi Braidotti analiza en Por una política afirmativa que “el movimiento social de las mujeres destaca por su capacidad de autogestión, energía organizativa, potencia visionaria y estructura carente de líderes. Movido por aspiraciones de libertades colectivas y compartidas, el respeto de las diversidades, el deseo de justicia social y simbólica, y la política de la vida cotidiana, el feminismo es un movimiento político apasionado, irónico y políticamente riguroso. Irreverente en relación a las normas dominantes, pero responsable hacia los grupos de mujeres de los que encarna la rabia y la imaginación”.
Me quedo con esa frase de Braidotti que afirma que “el feminismo es la política de la vida cotidiana”.
La pandemia muestra ahora, más que nunca, que se requiere el cuidado de lo colectivo, y que las sociedades saldrán adelante cooperando, mimando el Planeta, y de forma colectiva o no saldrán. Es más necesario que nunca un movimiento social y político como el feminismo, que pone la vida en el centro y no discrimina, que huye de fuertes liderazgos y escucha, que abraza el diálogo para la búsqueda coordinada de soluciones a los problemas. En este sentido, son un buen ejemplo las políticas del amparo a las personas y del acuerdo, que se están impulsando desde el Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos en España. Este Gobierno ha dado un paso importantísimo con la aprobación del Ingreso Mínimo Vital, ejemplo vivo de la necesaria puesta en marcha de esa política de la vida cotidiana, que mira a las personas y que protege las cosas de comer. El feminismo encarna, como ningún otro movimiento político, la necesidad del cuidado de lo social para no dejar a nadie atrás, aporta soluciones colectivas desde el positivismo de la acción política que cuida la vida. Debe ser transversal y afectar a todas las políticas que se implementen.
Las mujeres feministas del siglo XXI no solo reclaman el derecho a la igualdad, exigen además el cuidado de la madre tierra como fuente de la vida y una relación con ella que la preserve, cuide de la biodiversidad de plantas y especies y no esquilme, porque es imposible desligar los cuidados a la tierra y los cuidados que necesitamos las personas que la habitamos. Y esta pandemia, en palabras de Vandana Shiva “no es un ‘desastre natural’, así como los extremos climáticos no son ‘desastres naturales’. Las pandemias de enfermedades emergentes son, como el cambio climático, ‘antropogénicas’, causadas por actividades humanas (…). Todas las emergencias de nuestros tiempos que amenazan la vida tienen sus raíces en una visión mundial mecanicista, militarista y antropocéntrica de los humanos como algo separado de la naturaleza, como dueños de la tierra que pueden poseer, manipular y controlar otras especies como objetos con fines de lucro”. Las mujeres feministas del siglo XXI exigen cuidar la tierra, porque es el único paraíso posible, al que de verdad se puede aspirar en esta vida.
Durante los días de pandemia se ha visto con claridad que el sistema patriarcal y capitalista, basado en el lucro egoísta, irresponsable y criminal de unas poderosas minorías tiene los pies de barro. La grandeza de las elites se sustenta en una mentira repetida millones de veces, que choca con la preservación de la vida digna. La mentira neoliberal que afirma que Tener está por encima de Ser, y en esa competencia por tener se beneficia la sociedad en su conjunto, es una falacia que mata y que se sustenta en la supremacía de la voluntad de poder del varón blanco y rico sobre el resto. En esta pandemia mundial un virus microscópico ha mostrado que el patriarcado capitalista es un monstruo desnudo y muy feo, ineficaz, depredador, egoísta, que usa a las personas y las tira a la basura una vez que las ha exprimido hasta sacarles el último jugo, como un limón en la cadena de montaje de una fábrica de refrescos.
En la Comunidad de Madrid, que es un paradigmático ejemplo de cómo funciona este sistema, se ha despedido de un plumazo al personal médico, de atención, limpieza y logística contratado en IFEMA, se ha echado a la calle a personas que han arriesgado sus vidas para salvar a otras, trabajando sin descanso durante los peores días de esta pandemia. En lugar de mantener e incorporar a esas personas a los servicio públicos, comunitarios, que están tan mermados y tan necesitados de efectivos, en esta Comunidad en la que hay una emergencia social que abruma, se ha decidido no contar con ellos y con ellas en aras de la rentabilidad y del robo de las élites. Para salir de esta hay que apostar de forma decidida por el sector público sanitario y de los cuidados, y no por lo contrario, como hace el Gobierno del PP en la Comunidad de Madrid. Hay que apostar por la escuela pública, y no cargarse de un plumazo 14.000 plazas, como denuncia CCOO de enseñanza en Madrid que ha hecho el Gobierno de Ayuso; hay que potenciar los hospitales públicos, no privatizarlos de forma encubierta, como ha hecho el Gobierno de Ayuso con el Niño Jesús; hay que cuidar el medio ambiente, no dar una vuelta de tuerca a la liberalización del suelo en Madrid para esquilmar y ‘rentabilizar’ los espacios naturales. ¿Acaso estas políticas depredadoras benefician al conjunto de la población madrileña? Madrid es la Comunidad con la renta media más elevada y también la que peor reparte. Es el lugar con más desigualdades y más nichos de crecimiento de la pobreza de España.
Las mujeres en tiempos de pandemia
Cuando las mujeres se quejan, se manifiestan y exigen la vía feminista de la inclusión y la igualdad es porque la bota del patriarcado capitalista que esquilma y explota aprieta sus cuellos más que nunca. La crisis del COVID-19 muestra con escándalo que las mujeres están siendo las más afectadas, en todos los sentidos, y que eso es una característica desgarrada y violenta de la desigualdad que provoca el patriarcado capitalista.
La violencia hacia las mujeres se manifiesta de forma física y cotidiana en los hogares confinados como la gota malaya, que no cesa, que sigue matando en la intimidad del lugar que se presupone un refugio, pero que para miles de mujeres es una cueva en la que domina una fiera que desgarra. No hay tregua en la pandemia.
La violencia también se manifiesta fuera de las casas, porque es violencia el desprecio que estamos presenciando con salarios de miseria y trabajos precarios hacia las personas que están poniendo el cuerpo en esta pandemia en España, que son mayoritariamente las mujeres las que ocupan los trabajos del sector de los servicios y la atención a los y las demás personas. Sectores muy deteriorados debido a la legislación laboral involutiva puesta en marcha por el Gobierno del PP con Rajoy a la cabeza, y que es necesario derogar ya. Es necesario organizar las sociedades bajo otros criterios y paradigmas de dignidad.
Sobre las espaldas de millones de mujeres, con los derechos mermados, está sujetándose con parihuelas el sistema patriarcal capitalista que las explota doblemente. Tal como recogía Marisa Koham en un articulo reciente en Público, citando a la economista feminista Carmen Castro, las mujeres están en primera línea sosteniendo la vida. Ellas suponen el 85% del personal de enfermería y ocupaciones relacionadas; el 70% de las trabajadoras de farmacias; el 90% de las limpiadoras de empresas, hoteles y hogares (incluido el servicio de empleadas domésticas) y cerca del 85% de las cajeras de supermercados. Ellas son las que atienden, todo el tiempo a los demás, dentro y fuera de la casa. Ellas están ahí, poniendo el cuerpo siempre. También las mujeres del campo, jornaleras de la fresa, trabajadoras de la tierra explotadas, invisibilizadas, olvidadas y tan necesarias.
María Sánchez afirma en Tierra de Mujeres (Seix Barral, 2091), que “Las mujeres siguen siendo invisibles aunque estén ahí. Trabajan con ellos y no son titulares de la tierra. No toman decisiones. Pero trabajan todos los días. Tienen tiempo para todo. Las llaman mujeres todoterreno como alabanza, cuando debería reprocharse y ser visto como algo malo que una mujer esté disponible para todo y para todos siempre”.
Esto es aplicable al campo y a la ciudad, es fruto del patriarcado, que al invisibilizar el trabajo y los esfuerzos de las mujeres, los desvaloriza de tal manera que en una economía capitalista se aprovecha para hacer dobles rentas de los cuerpos y del trabajo de las mujeres, sacando plusvalías que están desangrando el cuerpo social de los sustentos.
La pandemia está mostrando la verdadera cara del sistema.
Las mujeres feministas tienen que seguir de pié, mostrando lo altas que son, su talla política y social, y sus ganas de aportar soluciones para cambiar las cosas. El momento es difícil, dramático, terrible, pero es un momento decisivo en el que se puede inclinar la balanza hacia un espacio que ampare las vidas dignas, que provea, que cuide. Para salir de esta hace falta más feminismo, más reparto, más inclusión, más igualdad, más cuidado a la madre tierra. Se lo debemos a los hijos que hay sobre la tierra y a los que vendrán, se lo debemos a las miles de especies que conforman esa biodiversidad que nos da la vida.
Este artículo ha sido publicado también en Asamblea Digital y en Nueva Tribuna.
Carmen Barrios Corredera, escritora y fotoperiodista.

martes, 21 de abril de 2020

HOMENAJE A LAS COMUNES: MI AMIGA MARISOL




Homenaje a las comunes: mi amiga Marisol

Mi amiga Marisol es solo una mujer. Una mujer normal. De esas que no se rinden nunca. Como tantas. Llegó desde Colombia hace miles de años casi con lo puesto, y con su hijo en los brazos, y sabe muy bien lo que es pelear cada minuto de la existencia para tener una vida digna. Es una de las personas más sensibles, generosas y solidarias que conozco. Mi amiga Marisol es especial. El caso es que si se la mira de cerca parece una mujer corriente, tirando a guapa, eso sí, algunos dirían, incluso, que a muy guapa. Pero si se la mira muy, muy de cerca se puede ver una luz especial que se derrama en sus ojos casi de forma acuosa, que tiene que ver con los padecimientos milenarios que llevan cosidos a piel las mujeres de abajo y con las ganas de supervivencia digna de las comunes. Mi amiga Marisol es una de esas mujeres comunes y corrientes, que siempre están para los demás y que siempre ayudan, dan una mano, las dos e incluso ponen todo el cuerpo si es preciso. Mi amiga Marisol es realmente bella, tan bella como la princesa Leia cuando ayuda a la resistencia.
Mi amiga Marisol se coloca los guantes, la mascarilla y sale de su casa resuelta, y lista para lo que venga, como si fuera ataviada con una armadura que la hace invencible. Es de las que está poniendo el cuerpo en su barrio para ayudar a los demás. Reparte comida con una asociación con la Red de Solidaridad Popular (RSP) de su barrio, junto con el equipo de apoyo de cuidados del distrito. Comenzaron atendiendo a cincuenta familias y ya asisten casi a quinientas, poniendo a prueba la capacidad de organización de la resistencia. El número no para de crecer de una semana para otra. Desde que comenzó esta pesadilla distópica de la pandemia convertida en crisis económica y social, mucha gente de su barrio que ya vivía al día, con curros precarios e incluso no tan precarios, se ha quedado tirada sin cobrar de un día para otro, y hay que ayudar, la resistencia está para eso, porque hasta que llegue el Halcón Milenario con las ayudas públicas, la gente tiene que comer.
Mi amiga nunca pregunta a los que acuden a por la bolsa de comida sin son españoles o no, si son trans, o del Real Madrid, gays, lesbianas o ateas, cómo viven, si son jóvenes o viejos, de aquí o de allá, extraterrestres o terrícolas de pura cepa, no le importa una mierda de donde sean, ni si son rubios, morenos, chinos, pecosos, negros o color aceituna, … solo les pregunta ¿qué tal llevas el día?, ¿qué necesitas?
Mi amiga Marisol sabe que Cáritas sí pregunta, y pide a la gente que rellene un formulario para darles el paquete de comida. Mi amiga es consciente de que esto es un error en la situación actual, porque hay gente sin papeles que se queda fuera de todas las ayudas, por no poder cumplimentar los formularios y también porque los perfiles han cambiado y hay personas que solo desean una ayuda puntual, mientras ellos consiguen volver a tener sus ingresos. Mi amiga sabe que hay gente que no quiere figurar en ningún registro, porque para ellos esto significa un fracaso en sus vidas, que les rompe un poco por dentro.
Mi amiga Marisol está muy enfadada con los voluntarios de hogar social, que preguntan a las personas su procedencia y solo reparten alimentos a los que acreditan ser Españoles. Como si el carnet de español otorgara a la gente derechos de supervivencia superiores a los de cualquier ser del planeta.
Mi amiga se indigna y le hierve la sangre cuando ve estas cosas, y se desgañita y las critica y las denuncia, porque también sabe que con o sin papeles, sean españoles o no, las personas solicitan ayuda por pura necesidad y tienen tanto derecho a comer cada día como sus hijos, su marido o ella misma. 
Mi amiga Marisol sonríe y consuela, proporciona ánimo y autoestima cuando dice, por favor, mírame a los ojos y no te avergüences, esto que te pasa le puede pasar a cualquiera, ninguno estamos exentos de quedarnos sin trabajo, sin recursos, así, en un parpadeo, la auténtica vergüenza es no disponer de una red de asistencia social pública en Madrid -la comunidad autónoma con el PIB per cápita más elevado y con la desigualdad más grande del Estado, con un millón de personas en situación de exclusión social y la mitad de esas en exclusión severa- y en toda España, que se ocupe de la gente cuando las cosas fallan. La auténtica vergüenza es que vivamos en una sociedad en la que está permitido gastarse hasta lo que no se tiene en tanques, aviones o bombas inútiles, en lugar de en sistemas de protección social, con derechos articulados que protejan, con justicia social, que pongan la vida en el centro y contemplen las necesidades reales de las personas. Mi amiga Marisol les dice también que la gigantesca vergüenza es que vivamos en una sociedad en la que hay personas que podrían vivir un millón de vidas a cuerpo de rey que se escabullen de pagar lo que les correspondería por su renta real, evadiendo impuestos, y se lavan la cara -con publicidad mediática-ofreciendo unas pocas migajas, y otras, en cambio, no puedan vivir ni una sola vida con la dignidad suficiente en este Madrid que engulle almas.
Mi amiga Marisol no cree en dioses, no cree en reyes, no cree en tribunos, ama a los demás como son, pelea como una leona por los suyos, por los de abajo, por los comunes, y cree en las personas, en el esfuerzo colectivo, en la solidaridad y en la capacidad de la gente organizada.
Mi amiga Marisol está indignada con esta situación y quiere que el Ayuntamiento y la Comunidad de Madrid escuchen a las asociaciones de barrio, que reclaman que las escuelas de cocina arrimen el hombro y cocinen platos para llevar para la gente que está impedida, que son pobres, viven en habitaciones sin derecho a cocina o son tan ancianas que no pueden guisarse un plato caliente. Mi amiga Marisol conoce muy bien lo que pasa en su barrio, nunca ha abandonado el trabajo de calle, ni la pelea diaria por la vida digna desde la resistencia.
Sabe de sobra que la caridad no es una solución real y ni permanente, y es consciente de que lo que quiere ella y la gente como ella, los comunes, son derechos y los lucha y los pelea cada día en las calles de su barrio. Sabe que el Gobierno de coalición prepara una renta mínima vital y se reconoce una de las protagonistas anónimas que ha exigido con organización, con política y en la urna, que la gente tenga una renta suficiente para poder contar con su propia economía sin tener que pedir ayudas o caridad. Sabe todo esto y se siente orgullosa de haber luchado por ese derecho. Es un triunfo de los comunes, de los que son como ella, de su clase, que supone –además- un cambio de conciencia social sobre cuáles son las prioridades, que tiene que contemplar y atender el Gobierno de un país.
Mi amiga lo sabe, y por eso, mientras llega y no llega el Halcón Milenario sigue siendo consciente de que a la resistencia le toca arrimar el hombro con solidaridad desde la red del tejido asociativo de cada barrio, de los grupos de cuidado distritales y desde los hogares, desde la casa de los comunes, donde no se pregunta procedencia ni filiación, se tiende la mano y se dice, ¡ánimo vecina, esto lo superamos todas juntas! ¡Resistir es vencer!
Mi amiga sabe que el pueblo salva al pueblo y es una obligación exigir con presión política y con solidaridad compartida, que las políticas públicas estén a la altura de las circunstancias.

PD. Este artículo está dedicado de forma especial a mi amiga Marisol, una mujer luchadora que siempre está. También a los miles de personas como ella, que ayudan a los demás así, poniendo el cuerpo sin preguntar, en este episodio distópico, que estamos viviendo, o en cualquier otra situación que lo requiera.
Este artículo ha sido publicado en Nueva Tribuna.
Carmen Barrios Corredera, escritora y fotoperiodista.




miércoles, 15 de abril de 2020

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CORONAVIRUS


Deseo selvático/ Javier Castarnado



El amor en los tiempos del coronavirus

El deseo crece. Va creciendo despacio. Es una pequeña planta que brota poco a poco, mientras se contemplan desde la pantalla del móvil. Han quedado a las 21 a tomar algo, y se han preparado para la cita virtual como si se tratara de un encuentro real vis a vis de una cálida, prometedora y húmeda tarde de primavera. Hace un mes, apenas se conocían de un par de encuentros casuales. Hoy están ahí, pendientes de la pantalla del móvil, navegando por las ondas una reclusión forzada por la pandemia del coronavirus, un bicho minúsculo e impertinente que complica las suertes del amor, al tiempo que aviva los estragos de las pasiones contenidas. Se escuchan atentos hablar de esto o aquello, se ríen y estimulan imaginando rutas aventureras por el mundo, se oyen derrochar palabras hasta agotarse, como quien despilfarra oro durante un tiempo que parece eterno. Ella bebe vino rojo y se muerde los labios, se recrea en su rostro de barbudo vikingo, le observa mientras ve danzar sus manos al ritmo cadencioso que marcan las palabras, a la vez que nota como el deseo le hace cosquillas en los pies, como los brotes tiernos de la madreselva. Él bebe cerveza rubia, y al igual que ella, siente como crece el mismo cosquilleo insolente de la naturaleza entre los dedos de sus pies. Como si se reflejaran en un espejo, se perciben recostados en el sofá, acompañados por los ecos cálidos de la bossa nova, como si el salón de cada una de sus casas tornara de repente en un acogedor local brasileño, un atardecer eterno de cualquier viernes de sus vidas.

El deseo va creciendo dentro de sus cuerpos como una planta salvaje que quiere ver el sol. Ella se dan cuenta. También él. Y es extraño, porque no pueden olerse. Se ven muy cerca en la pantalla del teléfono y no alcanzan a olfatear sus cuello, por mucho que se acerquen al cristal, no consiguen absorber la fragancia de almíbar del otro en un descuido.

Solo pueden imaginar. Únicamente pueden imaginarse sentados, tumbados, recostados uno a la vera del otro, enhebrando los dedos entre los cabellos, apartando flequillos para verse los ojos, pero no pueden acercar la nariz para impregnarse de la fragancia a sexo lúbrico que inunda ya cada uno de sus cuerpos y riega el deseo, que crece cada vez más opulento, asomando entre los cojines de uno y otro sofá, como las plantas trepadoras.

El deseo va creciendo y se enrosca como una enredadera poderosa que se apropia de sus cuerpos a medida que se miran, que sonríen, que parpadean, que gesticulan, ronronean y ponen sonido gutural a sus palabras, y es extraño, porque ninguno de los dos conoce a qué sabe el tacto de la piel, ni el toque de sus manos, ni cómo conducir por la curva pronunciada de una de sus caderas desnudas, ni la tangente que podrían describir al abrazarse mientras ocupan el cuerpo del otro, ella no sabe calcular si las palmas de las manos de él son lo suficientemente grandes para sujetar sus pechos por detrás, él no conoce el espacio que pueden ocupar las de ella al asir con ganas los cachetes redondos de sus nalgas.

El deseo aumenta su tamaño, y es extraño. Ninguno de los dos escucha la auténtica cadencia de la voz del otro, cosquilleando desde el oído para recorrer por completo el cuello en espiral y bajar por la vereda de la espalda, hasta perderse en los montes del sur de un cuerpo torneado por el descontrol de la lujuria al que cada uno ansía llegar.  

El deseo se hace grande, enorme, crece como un organismo boscoso dentro de sus cabezas y ocupa cada vez más espacio en el reducido mundo que rodea ahora sus cuerpos. 

Del exterior siguen llegando imágenes de calles vacías. Desde que llegó la pandemia están recluidos, cada uno en su casa, donde les secuestró un confinamiento que con ritmo meloso torna sus cuerpos en ambrosía confitada. El amor se ha convertido así en una promesa de viaje al cuerpo de Eros en tiempos de coronavirus, que irriga el deseo de forma turbulenta, como la lluvia cadente y constante baña las hojas del Taro, hasta hacerlas tan grandes que conquistan el corazón de cualquier selva lejana.
El deseo se ha hecho inmenso, inagotable, tanto que desde las ventanas de la casa de ella salen enloquecidas ramas selváticas, que buscan encontrarse con las de él, que también pujan frenéticas para desafiar el tiempo y el espacio. Tejen juntos una selva de amor y besos, de susurros y palabras, de manos y pies, de espaldas y torsos, de brazos y piernas, de cabellos ondulados y lisos, de cuellos y labios, de pubis pegados, de ávidos sexos enroscados, que trasciende las ondas telefónicas hasta arrancar una metamorfosis perfecta, inundando esta noche plena de primavera de hojas, ramas y frondosos troncos enlazados.
Eros sale victorioso. La Natura desborda la calle.
Carmen Barrios Corredera. Abril de 2020.