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miércoles, 3 de junio de 2020

MÁS FEMINISMO PARA SUPERAR TIEMPOS DE PANDEMIA





MÁS FEMINISMO PARA SUPERAR TIEMPOS DE PANDEMIA

Cuidar. El primer acto civilizado de la Historia fue el momento en el que un ser humano cuidó de otro. Me acojo a esta idea para afirmar que el único camino, capaz de proporcionar otras certezas que amparen la vida y las redes de sustento necesarias, es más feminismo. Ideología de la igualdad, de la coherencia, del reparto, de la inclusión, de la cooperación, de la solidaridad y la sororidad, que preconiza poner la vida en el centro, organizando la sociedad de los cuidados, del mimo entre los comunes.
No se puede construir nada sin contar con las mujeres y sus aportaciones para mejorar la vida de todas las personas. La historia lo refrenda.
Las mujeres fueron las que pusieron pie en pared en la revolución francesa, salieron a tomar la Bastilla las primeras, con sus picas y sus palos, porque el sistema era insostenible, el hambre mataba a los hijos. Indicaron el camino de un cambio de paradigma.
En la otra gran revolución histórica, la revolución rusa, también fueron ellas las que pararon el sistema para reiniciarlo. Pararon la fábricas de San Petersburgo un 8 de marzo, contagiaron de huelgas toda Rusia, y a los nueve días cayó el Zar. Comenzó una nueva era, en la que una de ellas, Alexandra Kollontai, que fue la primera mujer en la historia en ocupar un puesto de ministra en un Gobierno, pone en marcha un sistema político de servicios sociales públicos (asistencia sanitaria, asistencia a mayores y personas dependientes, asistencia a la infancia, guarderías y escuelas infantiles, etc) para poder atender a las personas según sus necesidades y liberar a las mujeres de las tareas de los cuidados en la medida de lo posible, con una cobertura del Estado como colchón y abrigo social. Ella fue la creadora de lo que luego se conoció como “Estado del Bienestar”, que en las democracias avanzadas de los países nórdicos lo desarrollaron con éxito situando a su ciudadanía en las cotas más altas del Índice de Desarrollo Humano que elabora Naciones Unidas. Cuando la sociedad en su conjunto se hace corresponsable del cuidado y bienestar de todas la personas se da un gran paso humano.
Históricamente los postulados inclusivos y de reparto reclamados por las mujeres, que hoy se atesoran dentro del recorrido político del feminismo, se han mostrado necesarios para cambiar sociedades. Cuando las mujeres participan, no se las aparta y se las incluye y atiende en la corresponsabilidad de aportar para el desarrollo de los países se enriquece la vida de todas las personas y se progresa en conjunto.
Patriarcado, capitalismo y COVID-19
Cuando llegó el COVID-19  a las vidas de todas las personas del planeta, el capitalismo patriarcal estaba en su pleno apogeo. Las mujeres feministas ya llevaban tiempo en las calles advirtiendo que el actual sistema depredador, que busca la máxima rentabilidad en cualquier actividad por pequeña que sea, no era el camino, porque explota de forma salvaje a las personas, y doblemente a las mujeres y a la madre tierra. Así no es posible continuar. 
Para salir en condiciones de la situación límite creada por la pandemia se hace necesario un modelo antagónico al actual, al de la sociedad del lucro, del consumo, de la competitividad entre los seres humanos, que hace aguas en cada crisis que se presenta y que lejos de aportar soluciones de salvaguarda para las mayorías sociales, trae sufrimientos en grandes dosis para los comunes, desastres medioambientales cada vez más frecuentes y enriquecimiento desmedido para tan solo el 1% de la población mundial.  
El feminismo tiene mucho que aportar. Es resistente, combativo, señala y denuncia sin maquillaje este modelo económico, político y social por el que se permite esquilmar y sacar rentabilidad a cualquier especie o brizna de vida que hay sobre la tierra muy por encima de las posibilidades de la propia vida sobre la tierra. De ahí la ofensiva de lo más recalcitrante y retorcido del patriarcado capitalista contra los avances de las mujeres. En España esto se traduce en una criminalización espuria del último 8M, hasta el punto de que se ha llegado al extremo de usar, por parte de una judicatura retrógrada y miope, a la Guardia Civil, un cuerpo de la Seguridad del Estado, que ha elaborado informes falsos con el objetivo de culpar a las mujeres feministas de la transmisión virulenta del Covid-19.  Este tipo de actuaciones del cuerpo verde oliva le deshonra y provoca que pierda respeto social, al situarse fuera de su cometido democrático.  Los ataques a las feministas de corte Bolsonaricos o Trumpianos en España  y otros países persiguen volver a meter en casa a las mujeres, ayudados en abrazo por los postulados de unas cuantas iglesias que reproducen, en lo cultural, lo peor del dominio de los hombres sobre las mujeres.
La filósofa Rosi Braidotti analiza en Por una política afirmativa que “el movimiento social de las mujeres destaca por su capacidad de autogestión, energía organizativa, potencia visionaria y estructura carente de líderes. Movido por aspiraciones de libertades colectivas y compartidas, el respeto de las diversidades, el deseo de justicia social y simbólica, y la política de la vida cotidiana, el feminismo es un movimiento político apasionado, irónico y políticamente riguroso. Irreverente en relación a las normas dominantes, pero responsable hacia los grupos de mujeres de los que encarna la rabia y la imaginación”.
Me quedo con esa frase de Braidotti que afirma que “el feminismo es la política de la vida cotidiana”.
La pandemia muestra ahora, más que nunca, que se requiere el cuidado de lo colectivo, y que las sociedades saldrán adelante cooperando, mimando el Planeta, y de forma colectiva o no saldrán. Es más necesario que nunca un movimiento social y político como el feminismo, que pone la vida en el centro y no discrimina, que huye de fuertes liderazgos y escucha, que abraza el diálogo para la búsqueda coordinada de soluciones a los problemas. En este sentido, son un buen ejemplo las políticas del amparo a las personas y del acuerdo, que se están impulsando desde el Gobierno de coalición entre el PSOE y Unidas Podemos en España. Este Gobierno ha dado un paso importantísimo con la aprobación del Ingreso Mínimo Vital, ejemplo vivo de la necesaria puesta en marcha de esa política de la vida cotidiana, que mira a las personas y que protege las cosas de comer. El feminismo encarna, como ningún otro movimiento político, la necesidad del cuidado de lo social para no dejar a nadie atrás, aporta soluciones colectivas desde el positivismo de la acción política que cuida la vida. Debe ser transversal y afectar a todas las políticas que se implementen.
Las mujeres feministas del siglo XXI no solo reclaman el derecho a la igualdad, exigen además el cuidado de la madre tierra como fuente de la vida y una relación con ella que la preserve, cuide de la biodiversidad de plantas y especies y no esquilme, porque es imposible desligar los cuidados a la tierra y los cuidados que necesitamos las personas que la habitamos. Y esta pandemia, en palabras de Vandana Shiva “no es un ‘desastre natural’, así como los extremos climáticos no son ‘desastres naturales’. Las pandemias de enfermedades emergentes son, como el cambio climático, ‘antropogénicas’, causadas por actividades humanas (…). Todas las emergencias de nuestros tiempos que amenazan la vida tienen sus raíces en una visión mundial mecanicista, militarista y antropocéntrica de los humanos como algo separado de la naturaleza, como dueños de la tierra que pueden poseer, manipular y controlar otras especies como objetos con fines de lucro”. Las mujeres feministas del siglo XXI exigen cuidar la tierra, porque es el único paraíso posible, al que de verdad se puede aspirar en esta vida.
Durante los días de pandemia se ha visto con claridad que el sistema patriarcal y capitalista, basado en el lucro egoísta, irresponsable y criminal de unas poderosas minorías tiene los pies de barro. La grandeza de las elites se sustenta en una mentira repetida millones de veces, que choca con la preservación de la vida digna. La mentira neoliberal que afirma que Tener está por encima de Ser, y en esa competencia por tener se beneficia la sociedad en su conjunto, es una falacia que mata y que se sustenta en la supremacía de la voluntad de poder del varón blanco y rico sobre el resto. En esta pandemia mundial un virus microscópico ha mostrado que el patriarcado capitalista es un monstruo desnudo y muy feo, ineficaz, depredador, egoísta, que usa a las personas y las tira a la basura una vez que las ha exprimido hasta sacarles el último jugo, como un limón en la cadena de montaje de una fábrica de refrescos.
En la Comunidad de Madrid, que es un paradigmático ejemplo de cómo funciona este sistema, se ha despedido de un plumazo al personal médico, de atención, limpieza y logística contratado en IFEMA, se ha echado a la calle a personas que han arriesgado sus vidas para salvar a otras, trabajando sin descanso durante los peores días de esta pandemia. En lugar de mantener e incorporar a esas personas a los servicio públicos, comunitarios, que están tan mermados y tan necesitados de efectivos, en esta Comunidad en la que hay una emergencia social que abruma, se ha decidido no contar con ellos y con ellas en aras de la rentabilidad y del robo de las élites. Para salir de esta hay que apostar de forma decidida por el sector público sanitario y de los cuidados, y no por lo contrario, como hace el Gobierno del PP en la Comunidad de Madrid. Hay que apostar por la escuela pública, y no cargarse de un plumazo 14.000 plazas, como denuncia CCOO de enseñanza en Madrid que ha hecho el Gobierno de Ayuso; hay que potenciar los hospitales públicos, no privatizarlos de forma encubierta, como ha hecho el Gobierno de Ayuso con el Niño Jesús; hay que cuidar el medio ambiente, no dar una vuelta de tuerca a la liberalización del suelo en Madrid para esquilmar y ‘rentabilizar’ los espacios naturales. ¿Acaso estas políticas depredadoras benefician al conjunto de la población madrileña? Madrid es la Comunidad con la renta media más elevada y también la que peor reparte. Es el lugar con más desigualdades y más nichos de crecimiento de la pobreza de España.
Las mujeres en tiempos de pandemia
Cuando las mujeres se quejan, se manifiestan y exigen la vía feminista de la inclusión y la igualdad es porque la bota del patriarcado capitalista que esquilma y explota aprieta sus cuellos más que nunca. La crisis del COVID-19 muestra con escándalo que las mujeres están siendo las más afectadas, en todos los sentidos, y que eso es una característica desgarrada y violenta de la desigualdad que provoca el patriarcado capitalista.
La violencia hacia las mujeres se manifiesta de forma física y cotidiana en los hogares confinados como la gota malaya, que no cesa, que sigue matando en la intimidad del lugar que se presupone un refugio, pero que para miles de mujeres es una cueva en la que domina una fiera que desgarra. No hay tregua en la pandemia.
La violencia también se manifiesta fuera de las casas, porque es violencia el desprecio que estamos presenciando con salarios de miseria y trabajos precarios hacia las personas que están poniendo el cuerpo en esta pandemia en España, que son mayoritariamente las mujeres las que ocupan los trabajos del sector de los servicios y la atención a los y las demás personas. Sectores muy deteriorados debido a la legislación laboral involutiva puesta en marcha por el Gobierno del PP con Rajoy a la cabeza, y que es necesario derogar ya. Es necesario organizar las sociedades bajo otros criterios y paradigmas de dignidad.
Sobre las espaldas de millones de mujeres, con los derechos mermados, está sujetándose con parihuelas el sistema patriarcal capitalista que las explota doblemente. Tal como recogía Marisa Koham en un articulo reciente en Público, citando a la economista feminista Carmen Castro, las mujeres están en primera línea sosteniendo la vida. Ellas suponen el 85% del personal de enfermería y ocupaciones relacionadas; el 70% de las trabajadoras de farmacias; el 90% de las limpiadoras de empresas, hoteles y hogares (incluido el servicio de empleadas domésticas) y cerca del 85% de las cajeras de supermercados. Ellas son las que atienden, todo el tiempo a los demás, dentro y fuera de la casa. Ellas están ahí, poniendo el cuerpo siempre. También las mujeres del campo, jornaleras de la fresa, trabajadoras de la tierra explotadas, invisibilizadas, olvidadas y tan necesarias.
María Sánchez afirma en Tierra de Mujeres (Seix Barral, 2091), que “Las mujeres siguen siendo invisibles aunque estén ahí. Trabajan con ellos y no son titulares de la tierra. No toman decisiones. Pero trabajan todos los días. Tienen tiempo para todo. Las llaman mujeres todoterreno como alabanza, cuando debería reprocharse y ser visto como algo malo que una mujer esté disponible para todo y para todos siempre”.
Esto es aplicable al campo y a la ciudad, es fruto del patriarcado, que al invisibilizar el trabajo y los esfuerzos de las mujeres, los desvaloriza de tal manera que en una economía capitalista se aprovecha para hacer dobles rentas de los cuerpos y del trabajo de las mujeres, sacando plusvalías que están desangrando el cuerpo social de los sustentos.
La pandemia está mostrando la verdadera cara del sistema.
Las mujeres feministas tienen que seguir de pié, mostrando lo altas que son, su talla política y social, y sus ganas de aportar soluciones para cambiar las cosas. El momento es difícil, dramático, terrible, pero es un momento decisivo en el que se puede inclinar la balanza hacia un espacio que ampare las vidas dignas, que provea, que cuide. Para salir de esta hace falta más feminismo, más reparto, más inclusión, más igualdad, más cuidado a la madre tierra. Se lo debemos a los hijos que hay sobre la tierra y a los que vendrán, se lo debemos a las miles de especies que conforman esa biodiversidad que nos da la vida.
Este artículo ha sido publicado también en Asamblea Digital y en Nueva Tribuna.
Carmen Barrios Corredera, escritora y fotoperiodista.

lunes, 4 de noviembre de 2019

FEMINISMO O BARBARIE





FEMINISMO O BARBARIE
Sonia Vivas dijo en una entrevista que el feminismo es una playa a la que llegamos muchas mujeres tras un naufragio, llenas de algas y agarradas a un tablón para salvar la vida. Esa playa está ya llena de mujeres que llegaron antes en condiciones iguales, mejores, o peores a las nuestras. Allí nos encontramos todas, nos reconocemos y nos damos el abrazo sororo que nos hace fuertes a todas juntas.
Coincido con Vivas. Para mi el feminismo es un lugar de encuentro, un espacio grande en el que dialogamos unas con otras para cambiar una realidad opresiva que nos afecta a todas de un modo u otro, una realidad opresiva que se llama patriarcado y que nos construye, y nos agrede, desde la más tierna infancia.
El patriarcado es el sistema, no cualquier sistema, sino el sistema, del que emana todo. Da igual el sistema económico, religioso o social, da igual el lugar del mundo en el que habitemos, el patriarcado es el sistema cultural y “educativo” en el que todas y todos nos socializamos. Un sistema que asigna roles, formas de conducta a las mujeres y a los hombres desde su nacimiento, un sistema que formaliza una realidad compartida y extendida, que asegura una situación de privilegio para los hombres, y por tanto de dominio de estos, sobre más de la mitad de la población del planeta que somos las mujeres.
El patriarcado se construye cultural y educativamente desde el propio lenguaje, con palabras que nombran y asignan, con frases que elaboran conductas. Con fórmulas que resaltan un género sobre el otro, de tal manera que lo “normal” es nombrar en masculino, dejando el femenino oculto, borrando a las mujeres de las acciones de la cotidianidad.
El patriarcado se construye ocultando para la historia la acción de las mujeres, y su valor en la aportación de conocimiento, arte, literatura, ciencia o luchas en la consecución de revoluciones o hitos históricos. Las dos revoluciones sociales más grandes que ha vivido la historia de la humanidad, la francesa y la rusa, la iniciaron y protagonizaron las mujeres como colectivo social que propicia el cambio con su hartazgo y siempre se oculta su participación bajo “nombres” y “protagonistas” masculinos.
Por eso las mujeres estamos obligadas a contar nuestro propio relato y a analizar la posición que ocupamos en la sociedad para cambiar el paradigma. Es muy importante comprender esta realidad, identificar a la perfección aquello que nos acogota y nos subyuga, para poder entender la importancia de la revolución total, del cambio radical, que significa construir una sociedad feminista.
El patriarcado ha perfeccionado sus herramientas de dominio a lo largo de los siglos. En la fase evolutiva actual en la que nos encontramos, el patriarcado tiene en la herramienta del capitalismo su mejor arma, un arma tan desarrollada y tan brutal que puede alcanzar un éxito tan elevado que termine con la vida en este planeta. Se tragará a la Gran Madre si no lo frenamos.
El patriarcado es jerárquico, privativo, individual, se basa en el yo, por eso ha abrazado el capitalismo como herramienta, se retroalimentan. El capitalismo en su forma actual ha inoculado en las sociedades el virus del individualismo, queriendo extirpar lo colectivo o cualquier tipo de organización social. Y aquí es donde choca de forma frontal con nosotras, las mujeres. Aquí es donde hemos empezado muchas a tirarnos a nado para llegar a esa playa sorora llena de hermanas, que es el feminismo.

Nosotras queremos construir una sociedad inclusiva, de reparto, una sociedad que ponga lo colectivo en el centro, la vida en el centro, por encima de lo individual, en donde las personas, los animales, las plantas, cualquier brizna de vida en esta tierra no sean objeto de venta, lucro o de especulación. Porque es aquí donde ha llegado este patriarcado capitalista, a considerar objeto de lucho, venta o especulación cualquier pequeño hilo de vida sobre esta tierra. Y eso nos afecta de lleno a las mujeres, va contra nuestra propia vida, igual que va contra la vida en el Planeta.
El patriarcado y el capitalismo explotan hombres y mujeres, explotan la vida y oprimen a ambos. Basado en la desigualdad de género las mujeres sufren un extra de explotación en favor del servicio a los hombres y al total de la sociedad, que no computa, a través de roles laborales y sociales asumidos por ambos géneros. Las mujeres pagan incluso con sus propios cuerpos y la generación de la vida entendidos como mercancías, generando recortes de derechos en ellas y privilegios en ellos con el fin de garantizar la continuidad del “sistema”.
Las mujeres somos el peldaño más bajo de las relaciones de poder y por tanto también ocupamos un estrato inferior en la escala del reparto económico. Somos mano de obra baratísima, somos objetos sobre los que especular, se nos saca rendimiento económico hasta cuando somos ancianas, porque durante toda nuestra existencia, y en cualquier sociedad, mantenemos el estado de los cuidados hasta el fin de nuestras vidas, ahorrando al patriarcado capitalista ese salario de los cuidados por el que nunca somos retribuidas, ni atendidas.
De esta desventaja vital -aprendida y normalizada- que significa el patriarcado, derivan todas las violencias que sufrimos. Como partimos de una base de infravaloración social, tenemos muchas más posibilidades de naufragio que los hombres.
En la mansión del patriarcado somos objetos, somos cosas, según sus parámetros estamos ahí para satisfacer deseos, queramos o no, seamos conscientes o no. El patriarcado expresa su poder con violencia y se defiende con violencia sobre los cuerpos de la mujeres. En tiempos de guerra, los cuerpos se la mujeres forman parte del campo de batalla, de tal manera que las violaciones, castraciones, mutilaciones y asesinatos de mujeres y niñas forman parte del curso “real” de los acontecimientos. En tiempos de paz los cuerpos de las mujeres forman parte del comercio y de las cuentas de resultados. Ejércitos de mujeres y niñas son prostituidas y trasladadas de un lugar a otro del planeta para satisfacer los deseos inmediatos de los varones que puedan pagarlo. Ejércitos de mujeres y niñas pobres de los países pobres son usadas como meros úteros fértiles para conseguir bebés para el comercio para satisfacer los deseos de las familias ricas de los países ricos. Ejércitos de mujeres y niñas son tratadas como mano de obra baratísimas en miles de plantas textiles cobrando un dólar diario en Asia y América latina tal como sucedía hace ya más de un siglo, y cuando salen de sus empleos les queda la tarea del trabajo doméstico. Ejércitos de mujeres trabajan en el primer mundo en la economía de los servicios con salarios de pobreza y en sus casas diariamente totalmente gratis.
Insisto en este punto porque es una diferencia muy clara con la parte masculina de la sociedad. Ellos son explotados en sus trabajos, sí, ninguneados, sí, presos de salarios de pobreza también, porque el patriarcado capitalista es jerárquico, competitivo e individualista, y quiere terminar con los derechos de todos, y a ellos eso les oprime también; pero cuando por fin salen de sus empleos y llegan a sus casas, lo normal es que se conviertan en explotadores, conscientes o no, de sus parejas, hijas, madres o hermanas. La desigualdad, la desvalorización y la violencia están servidas. Luchamos para cambiar estas realidades.
Cuando por fin llegamos a la playa del feminismo nos ponemos de pie y miramos erguidas el mundo que nos rodea. Todas juntas nos hacemos fuertes unas a otras. Somos algo más de la mitad de la población del planeta. Algunas dicen que nos encontramos en la cuarta ola del feminismo, una ola gigante, que tenemos que conseguir convertir en un tsunami que termine con el patriarcado. Esta vez no podemos fallar. Feminismo o barbarie, no hay más tiempo. La tierra nos espera hermanas, o cambiamos esto o sucumbimos con la Gran Madre.

Carmen Barrios Corredera, escritora. Candidata al Senado por Madrid por Unidas Podemos.
*Agradezco las aportaciones de Elena Sevillano y Raquel Carrasco, así como las enseñanzas de Sonia Vivas, para que este artículo tenga una mejor comprensión. ¡Gracias hermanas!

Este artículo también ha sido publicado en la web Asamblea Digital.