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lunes, 30 de marzo de 2020

EMPUJONES QUE MATAN




“Empujones” que matan.
El grito de las mujeres chilenas “El violador eres tú” está dando la vuelta al mundo como un símbolo sonoro y sororo del hartazgo de las mujeres ante las violencias y las barbaridades que soportamos sobre nuestros cuerpos y sobre nuestras mentes. Es un grito acusador que pulveriza el patriarcado. Es un grito que desestabiliza y resquebraja hasta los anillos de Saturno.

En España tenemos sobradas razones para cantar esa canción de guerra a voz en cuello en cualquier calle, en cualquier plaza, en cualquier ciudad.
Falta poco para que finalice 2019, que está siendo un año trágico, cruel, extremadamente cruel con nosotras la mujeres.

Se contabilizan 99 mujeres asesinadas en casos de feminicidio, mujeres con nombres y apellidos, seres humanos que han dejado de existir por el hecho de ser mujeres. Para seguir sumando oprobio machista, en nuestro país se produce una media de cuatro violaciones diarias –una cada cinco horas, se dice pronto- y han aumentado las violaciones en manada, si en 2016 se produjeron 42, en 2019 ya van 63 agresiones múltiples.

¿Qué significa esto? ¿Hasta dónde vamos a soportar las mujeres?
El machismo y la violencia que genera mata y viola a las mujeres. Para erradicar esa violencia hay que hacer un profundo trabajo de educación social en igualdad a largo plazo.

A corto plazo es imprescindible modificar la legislación actual y que en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado y en la judicatura sea obligatoria la formación con perspectiva de género para policías, jueces y fiscales, para que nunca más quede registrado por escrito en una sentencia judicial que una violación en grupo se produjo en un ambiente de “jolgorio y regocijo”. O para que nunca más tengamos que escuchar, por boca de un juez, que hay hombres que van a prisión por un “empujón”.

Según el Código Penal español, si a una mujer la drogan y la violan, se considera abuso, y no violación, porque ella no ofreció resistencia. Se entiende que la mujer se ha dejado hacer, y el Código no contempla en ningún caso el grado de extrema vulnerabilidad de una mujer drogada o en estado de embriaguez como agravante. Incomprensiblemente está considerado un atenuante. En las violaciones en manada es habitual que se drogue a la víctima, porque bajo los efectos de un hipnótico no puede oponer resistencia. Es un cuerpo a merced, un objeto para cumplir con la satisfacción y los deseos de hombres sin escrúpulos a los que la Ley protege.
Esto fue lo que sucedió en el juicio de la manada, en el que de manera incomprensible se despachó como abuso un siniestro, escandaloso y cruel caso de violación en grupo a una mujer muy joven, que sentimos todas la mujeres de España en carne propia. Esta sentencia significó un antes y un después. Algo se nos rompió muy dentro a muchas de nosotras.

Lo mismo sucede en múltiples casos de violación, en los que si una mujer se queda simplemente paralizada por el terror físico que produce contemplar la cercanía de la muerte en los ojos del agresor, que es lo más habitual, se considera abuso y no violación. Si una mujer logra defenderse, y tiene la suerte de alcanzar un objeto contundente y malherir o matar al agresor, será juzgada por asesinato si el muere. Caerá todo el peso de la Ley sobre ella, porque usar un objeto para defenderse está catalogado en el Código como arma y conlleva agravante. Así es que las posibilidades de las mujeres ante la Ley son muy reducidas, con las propias manos desnudas es muy difícil que una mujer se zafe de un violador, y no digamos de cuatro o cinco.

Además de esta desigualdad ante la Ley, y del trato “amable” que proporciona a los varones, en ocasiones hay que escuchar que salgan por la boca de algún juez palabras que degradan a las mujeres, al poner en cuestión las denuncias que se realizan, y que justifican discursos de odio hacia las mujeres feministas de sectores fascistas verde estridente que naturalizan el machismo y la desigualdad, como la forma de relación más natural entre los hombres y las mujeres.

Los “empujones” del juez Diego Gómez-Reino
Una penosa muestra de ello se produjo hace un par de semanas. El Ayuntamiento de Palma celebró unas jornadas sobre violencia machista en las que se invitó al Presidente de la Audiencia Provincial, Diego Gómez-Reino, que es la máxima autoridad en la isla sobre los casos de asesinatos y violencia contra las mujeres. Se despachó a gusto el señor juez. Cargó contra las feministas y la izquierda, hablando de denuncias falsas y justificando los “empujones” inherentes, según dijo, a las rupturas sentimentales (noticia aparecida en El Plural el 4 de diciembre de 2019). Este señor acusó al movimiento feminista de atacar a los jueces para conseguir sentencias más duras contra los agresores, además de asegurar que el Código Penal no requiere ninguna modificación y de afirmar que en su carrera ha comprobado como en dos ocasiones dos mujeres violadas enviaron a prisión a dos hombres inocentes. En la sala estaba presente la Concejala de Justicia Social, Feminismo y LGTBI del Ayuntamiento de Palma, Sonia Vivas, que había invitado al juez a las jornadas, y le reconvino. Aseguró ante el auditorio que es necesaria la formación de jueces y policías además de la reforma del código penal, entre otras cosas para evitar escuchar de la boca de un juez que se envía a prisión a hombres por un “empujón”.

Este tipo de afirmaciones en la persona de un juez blanquean el discurso de formaciones fascistas de color verde estridente que están en las instituciones y que naturalizan el machismo, queriendo darle para atrás a la moviola.  Desde formaciones políticas de este tipo, y lamentablemente, desde algún juez que no mide su discurso público se justifica el machismo y se proporciona alas a los agresores y violadores, a hombres que se consideran superiores a las mujeres y que las ven como objetos a su servicio sobre los que pueden ejercer la fuerza para doblegar a su voluntad. Total, son unos “empujones”.

Basta recordar, que según los datos del Consejo General del Poder Judicial, desde 2009 hasta hoy, se han producido un 0,01% de denuncias falsas. Solo un 0,01% de 1.222.172. Un dato demoledor que este señor juez y cualquier otro debe recordar antes de empezar a hablar.

Los “empujones” matan a las mujeres y las violan, señor juez. Las mujeres denuncian -si sobreviven- porque son las víctimas. Y la Ley, los jueces y fiscales y los miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado están para proteger a las víctimas, no para juzgarlas.

Mientras esto no se remedie las mujeres seguirán gritando, seguiremos gritando muy alto, hasta romper con nuestros gritos los anillos de Saturno.

Las calles gritan, repletas de mujeres, siguen gritando y continuarán gritando sin descanso y a voz en cuello, el grito de guerra y hartazgo supremo que un 25 de noviembre de 2019 lanzaron al mundo las mujeres chilenas: “El patriarcado es un juez, que nos juzga por nacer, y nuestro castigo, es la violencia que ya ves/ Feminicidio, impunidad para el asesino, es la desaparición, es la violación/Y la culpa no era mía, ni como andaba, no como vestía/ El violador eres tú/ El violador eres tú/ Son los bancos/Son los jueces/ El Estado/ El Estado opresor es un macho violador/El violador eres tú….”.

Articulo aparecido en Nueva Tribuna

Carmen Barrios Corredera.




  

lunes, 4 de noviembre de 2019

FEMINISMO O BARBARIE





FEMINISMO O BARBARIE
Sonia Vivas dijo en una entrevista que el feminismo es una playa a la que llegamos muchas mujeres tras un naufragio, llenas de algas y agarradas a un tablón para salvar la vida. Esa playa está ya llena de mujeres que llegaron antes en condiciones iguales, mejores, o peores a las nuestras. Allí nos encontramos todas, nos reconocemos y nos damos el abrazo sororo que nos hace fuertes a todas juntas.
Coincido con Vivas. Para mi el feminismo es un lugar de encuentro, un espacio grande en el que dialogamos unas con otras para cambiar una realidad opresiva que nos afecta a todas de un modo u otro, una realidad opresiva que se llama patriarcado y que nos construye, y nos agrede, desde la más tierna infancia.
El patriarcado es el sistema, no cualquier sistema, sino el sistema, del que emana todo. Da igual el sistema económico, religioso o social, da igual el lugar del mundo en el que habitemos, el patriarcado es el sistema cultural y “educativo” en el que todas y todos nos socializamos. Un sistema que asigna roles, formas de conducta a las mujeres y a los hombres desde su nacimiento, un sistema que formaliza una realidad compartida y extendida, que asegura una situación de privilegio para los hombres, y por tanto de dominio de estos, sobre más de la mitad de la población del planeta que somos las mujeres.
El patriarcado se construye cultural y educativamente desde el propio lenguaje, con palabras que nombran y asignan, con frases que elaboran conductas. Con fórmulas que resaltan un género sobre el otro, de tal manera que lo “normal” es nombrar en masculino, dejando el femenino oculto, borrando a las mujeres de las acciones de la cotidianidad.
El patriarcado se construye ocultando para la historia la acción de las mujeres, y su valor en la aportación de conocimiento, arte, literatura, ciencia o luchas en la consecución de revoluciones o hitos históricos. Las dos revoluciones sociales más grandes que ha vivido la historia de la humanidad, la francesa y la rusa, la iniciaron y protagonizaron las mujeres como colectivo social que propicia el cambio con su hartazgo y siempre se oculta su participación bajo “nombres” y “protagonistas” masculinos.
Por eso las mujeres estamos obligadas a contar nuestro propio relato y a analizar la posición que ocupamos en la sociedad para cambiar el paradigma. Es muy importante comprender esta realidad, identificar a la perfección aquello que nos acogota y nos subyuga, para poder entender la importancia de la revolución total, del cambio radical, que significa construir una sociedad feminista.
El patriarcado ha perfeccionado sus herramientas de dominio a lo largo de los siglos. En la fase evolutiva actual en la que nos encontramos, el patriarcado tiene en la herramienta del capitalismo su mejor arma, un arma tan desarrollada y tan brutal que puede alcanzar un éxito tan elevado que termine con la vida en este planeta. Se tragará a la Gran Madre si no lo frenamos.
El patriarcado es jerárquico, privativo, individual, se basa en el yo, por eso ha abrazado el capitalismo como herramienta, se retroalimentan. El capitalismo en su forma actual ha inoculado en las sociedades el virus del individualismo, queriendo extirpar lo colectivo o cualquier tipo de organización social. Y aquí es donde choca de forma frontal con nosotras, las mujeres. Aquí es donde hemos empezado muchas a tirarnos a nado para llegar a esa playa sorora llena de hermanas, que es el feminismo.

Nosotras queremos construir una sociedad inclusiva, de reparto, una sociedad que ponga lo colectivo en el centro, la vida en el centro, por encima de lo individual, en donde las personas, los animales, las plantas, cualquier brizna de vida en esta tierra no sean objeto de venta, lucro o de especulación. Porque es aquí donde ha llegado este patriarcado capitalista, a considerar objeto de lucho, venta o especulación cualquier pequeño hilo de vida sobre esta tierra. Y eso nos afecta de lleno a las mujeres, va contra nuestra propia vida, igual que va contra la vida en el Planeta.
El patriarcado y el capitalismo explotan hombres y mujeres, explotan la vida y oprimen a ambos. Basado en la desigualdad de género las mujeres sufren un extra de explotación en favor del servicio a los hombres y al total de la sociedad, que no computa, a través de roles laborales y sociales asumidos por ambos géneros. Las mujeres pagan incluso con sus propios cuerpos y la generación de la vida entendidos como mercancías, generando recortes de derechos en ellas y privilegios en ellos con el fin de garantizar la continuidad del “sistema”.
Las mujeres somos el peldaño más bajo de las relaciones de poder y por tanto también ocupamos un estrato inferior en la escala del reparto económico. Somos mano de obra baratísima, somos objetos sobre los que especular, se nos saca rendimiento económico hasta cuando somos ancianas, porque durante toda nuestra existencia, y en cualquier sociedad, mantenemos el estado de los cuidados hasta el fin de nuestras vidas, ahorrando al patriarcado capitalista ese salario de los cuidados por el que nunca somos retribuidas, ni atendidas.
De esta desventaja vital -aprendida y normalizada- que significa el patriarcado, derivan todas las violencias que sufrimos. Como partimos de una base de infravaloración social, tenemos muchas más posibilidades de naufragio que los hombres.
En la mansión del patriarcado somos objetos, somos cosas, según sus parámetros estamos ahí para satisfacer deseos, queramos o no, seamos conscientes o no. El patriarcado expresa su poder con violencia y se defiende con violencia sobre los cuerpos de la mujeres. En tiempos de guerra, los cuerpos se la mujeres forman parte del campo de batalla, de tal manera que las violaciones, castraciones, mutilaciones y asesinatos de mujeres y niñas forman parte del curso “real” de los acontecimientos. En tiempos de paz los cuerpos de las mujeres forman parte del comercio y de las cuentas de resultados. Ejércitos de mujeres y niñas son prostituidas y trasladadas de un lugar a otro del planeta para satisfacer los deseos inmediatos de los varones que puedan pagarlo. Ejércitos de mujeres y niñas pobres de los países pobres son usadas como meros úteros fértiles para conseguir bebés para el comercio para satisfacer los deseos de las familias ricas de los países ricos. Ejércitos de mujeres y niñas son tratadas como mano de obra baratísimas en miles de plantas textiles cobrando un dólar diario en Asia y América latina tal como sucedía hace ya más de un siglo, y cuando salen de sus empleos les queda la tarea del trabajo doméstico. Ejércitos de mujeres trabajan en el primer mundo en la economía de los servicios con salarios de pobreza y en sus casas diariamente totalmente gratis.
Insisto en este punto porque es una diferencia muy clara con la parte masculina de la sociedad. Ellos son explotados en sus trabajos, sí, ninguneados, sí, presos de salarios de pobreza también, porque el patriarcado capitalista es jerárquico, competitivo e individualista, y quiere terminar con los derechos de todos, y a ellos eso les oprime también; pero cuando por fin salen de sus empleos y llegan a sus casas, lo normal es que se conviertan en explotadores, conscientes o no, de sus parejas, hijas, madres o hermanas. La desigualdad, la desvalorización y la violencia están servidas. Luchamos para cambiar estas realidades.
Cuando por fin llegamos a la playa del feminismo nos ponemos de pie y miramos erguidas el mundo que nos rodea. Todas juntas nos hacemos fuertes unas a otras. Somos algo más de la mitad de la población del planeta. Algunas dicen que nos encontramos en la cuarta ola del feminismo, una ola gigante, que tenemos que conseguir convertir en un tsunami que termine con el patriarcado. Esta vez no podemos fallar. Feminismo o barbarie, no hay más tiempo. La tierra nos espera hermanas, o cambiamos esto o sucumbimos con la Gran Madre.

Carmen Barrios Corredera, escritora. Candidata al Senado por Madrid por Unidas Podemos.
*Agradezco las aportaciones de Elena Sevillano y Raquel Carrasco, así como las enseñanzas de Sonia Vivas, para que este artículo tenga una mejor comprensión. ¡Gracias hermanas!

Este artículo también ha sido publicado en la web Asamblea Digital.