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martes, 22 de marzo de 2016

Mujer al límite



Mujer al límite del color


El relato que cuelgo es real como la vida misma, es un relato de la crisis, tan real que duele. Está basado en la historia de una mujer que existe y de la que no sé su nombre real. Escuchando la radio muy temprano, una mañana ella había dejado en el contestador automático de "Diario de Hoy por hoy" de la cadena SER un resumen, en pocas palabras, de su historia. Yo he fabulado intentando meterme en su cabeza. No sé si ella leerá mi cuento, si es así, espero que haya podido recuperarse de tanto destrozo existencial.

La fotografía que acompaña el relato la realicé en Portugal este verano, en un barrio decadente de la ciudad de Oporto. Me gustó mucho este apunte sobre el muro de una mujer en el límite del color. 

Volver a empezar

Trabajar, trabajar, solo tienes que pensar en eso, en trabajar. Llevas tanto tiempo con las manos caídas, como inútiles, y con la cabeza embotada, llena de nada, que te parece increíble la posibilidad de volver a trabajar. El teléfono ha sonado y una voz te ha citado para una entrevista en una de esas empresas de trabajo temporal. Cuando han preguntado por ti no reconocías ni tu propio nombre, casi respondes que se habían equivocado, pero en el último momento has acertado a decir que sí, que eras tú. Menos mal que has reaccionado con la última neurona viva que te debe quedar en el cerebro. Llevas más de dos años a la desesperada. Desde que se te terminó el subsidio de desempleo vives de la beneficencia y haciendo chapuzas que no creías ni que pudieras soportar. Tú que tenías un trabajo espléndido en una constructora, que parecía que hasta iba a llegar a urbanizar la superficie de Plutón.

De repente todo se fue a la mierda. Y en esa mierda se diluyó tu carrera de aparejadora. Has perdido hasta tu casa, se la quedó el banco, pero tú sigues ahí, pagando tu deuda como si fueras gilipollas, así es como te sientes como una gilipollas, porque lo que tendrías que haber hecho es pegarle fuego a la sucursal antes de que te quitaran la casa… pero no, hiciste como todo el mundo, te aguantaste y a tirar, a tirar con lo que venga. Y lo que vino fue un desasosiego vital, que se te pegó a la piel como la capa de alquitrán caliente se adhiere al asfalto: para siempre. De hecho, te miras en el espejo y no te reconoces. Tu cara es de color gris, estás fofa y llevas el pelo pegado, sin forma, y a medio teñir, como si fueras una indigente. Eso es lo que pareces, una indigente. Pero claro, hay que comer, comer es lo primero, ir a peluquería se convirtió hace tiempo en un lujo que no te podías permitir y has engordado, además, porque encima estás menopáusica perdida, que ya has cumplido cincuenta y dos, cincuenta y dos, cincuenta y dos…¡cincuenta y dos años!, que te pesan como si tuvieras quinientos cuatro, porque con esa edad y mujer, nadie te da trabajo, es que ni te miran. Y menos con este aspecto de pobre que llevas, que te das asco a ti misma, pero no lo puedes evitar, te sientes degradada, como si ya no fueras una mujer, más bien te sientes ¡como una cerda!...a ver, bonita, tienes que abandonar esos pensamientos que no conducen a nada y pensar en positivo…como leíste en uno de esos libros de autoayuda que te dio el psicólogo de la seguridad social: “Pensar en positivo es la mejor fórmula para tener una vida sana”. Una vida sana, una vida sana, una vida sana…te preguntas a dónde ha ido a parar tu vida sana… ya nada tiene sentido.

Otra vez, otra vez igual, no pienses así, que además hoy tienes una entrevista de trabajo. Es increíble, pero la tienes. El tiempo lo cura todo. Menos mal que no le prendiste fuego a la sucursal bancaria que se quedó con tu casa, porque ahora estarías entre rejas y no pensando en volver a empezar, porque eso es lo que puede proporcionar un empleo, volver a empezar de nuevo, cuánto necesitas sentirte una mujer normal, decente, con sus quehaceres diarios, con una vida corriente, como la de todo el mundo, sin lujos, porque no pides lujos, pero que dé para comer y pagar las facturas.

Aquí estás, clavada en la puerta de la ETT, ya has llegado. Te has adecentado lo mejor que has podido, con una boina roja que antes te favorecía mucho, ahora te sirve para ocultar ese pelo de tiñosa que llevas…sueñas con eso, con arreglarte el pelo de una vez, con podértelo teñir de un color que te favorezca y te tape las canas y llevarlo con un corte bonito, cada vez que lo necesites, como hacías antes, que siempre ibas tan arreglada y tan guapa, que daba gusto verte, pero eso era antes…antes…antes de que todo se fuera a la mierda…anda guapa hazte un favor a ti misma y deja de pensar en el pasado que vas a hacer una entrevista de trabajo, y quién sabe…a volver a empezar quizás, además…¿no habíamos quedado en eso de “mente positiva”?

Uffff! Lo has conseguido, has conseguido trabajo…no es el trabajo de tu vida, pero es un trabajo, hasta te harán un contrato, eso sí te ha dicho el encargado de la ETT que solo te pueden dar de alta media jornada…y que igual -“tendrá usted que trabajar alguna horilla más, Concha, que ya sabe usted como están las cosas”-, ha afirmado con una sonrisa un poco cómplice…pero estás contenta. Por fin vas a tener un trabajo, desde luego está muy por debajo de tu preparación, pero, como te ha llegado a decir el señor encargado, -“un empleo es un empleo, Concha, que yo sé lo mal que se pasa, en fin, qué le voy a decir a usted, que he visto en su expediente que ya se le agotó la prestación hace tiempo, y cuánta gente hay así, ¿eh?, como usted… Pero sonría mujer, que la hemos elegido a usted, ya puede respirar tranquila, tiene un empleo, para que luego digan, porque un empleo es un empleo, ¿verdad Concha?, ¿o no?”-...

La verdad es que se le veía un poco como queriendo agradar y el hombre tiene razón, un empleo es un empleo y bienvenido sea, estoy contenta. Limpiar no es tan duro, ya lo hago en mi casa todos los días y en casa de la vecina del 8º C, que mira que me da coraje, pero con eso, y limpiando el bar de la plaza, he ido sobreviviendo…sobreviviendo, sobreviviendo…sí, esa es la palabra, lo justo para comer un par de veces al día y encender la luz un rato por la noche…de calefacción ni hablamos…y cuántas veces me he duchado con el agua fría…bbbrrrrrr!!, pero todo eso va a cambiar… voy a volver a ser como la gente normal, sin lujos, pero lo normal, tres comidas, ducha caliente, calefacción, un cafetito a media tarde con una pasta, hummm! Si es que ya lo estoy saboreando.

Este trabajo es bueno, muy bueno diría yo, porque me hacen un contrato y ganaré un sueldo fijo, limpiando, sí, pero con un sueldo y contratada. El encargado me ha explicado que se trata de que el cliente, el Banco Mostrum, esté contento, me ha dado un listado de casas para limpiar con un manojo de llaves y me ha dicho que tengo que tener los pisos listos para poder enseñarlos…bueno, ya se sabe, ahora los bancos tienen un montón de casas, más que nadie…casas como la mía, que se la quedó el banco, otro banco, no este, pero qué más da si todos son iguales, y la sigo pagando aún, la sigo pagando y ya no es mi casa, pero la deuda, la deuda sí es mía, qué cosa más injusta, no me la quito de la cabeza, se quedaron con mi casa y yo sigo pagando por una nada y si no pago, qué, ¿qué me puede pasar? El del banco me dijo que la deuda seguiría creciendo y creciendo y que me meterían en una lista de morosos, y quién sabe, a lo mejor hasta en la cárcel…en fin, no sé…

Pero mujer, ¡espabila coño!, que tienes un trabajo, un tra-ba-jo no vuelvas por ahí mujer, como te ha dicho el encargado, y con buen criterio: “Concha toca usted el futuro con la mano, ahora a trabajar mujer, que comienza una nueva etapa”… “Volver a empezar” sí, qué bonito, parece el título de una película, jajaja, ha sido muy amable, el hombre, si casi me ha parecido que se emocionaba y todo por poder ofrecerme un empleo… volver a empezar, quiero volver a empezar…claro que sí, volver a empezar…

¿Volver a empezar?, ¡¡dios!!, ¡¡rediós!!!, ¿puedo volver a empezar así? Estoy aquí plantada en medio de la cocina del primer piso, el primer piso que voy a limpiar y está así, como si sus ocupantes hubieran tenido que salir apresuradamente, con lo puesto… En este piso parece que todavía vive gente…está todo tal cual, como si acabaran de estar aquí, sentados hace un momento…si están los platos sobre la mesa y la comida ahí, en el fogón…que madre mía, lo mal que huele, está podrida…a esta gente los han desahuciado y se han tenido que ir con lo puesto…seguro…¡¡ay que ver Concha!!, ¡¡otra vez!!, otra vez no, otra vez esto…¡¡NO!!

Como te pasó a ti Concha…esto es lo mismo que te pasó a ti, ¿es que ya no te acuerdas?, ¿o no quieres acordarte?, ¿“mente positiva”?, ¿recordar es “mente positiva”?...a ti te sacaron de casa con lo puesto, que te tuviste que ir unos días a casa de tu amiga Lupe, sin nada, con lo puesto, que te sacaron en pijama porque se presentaron los del juzgado a las siete de la mañana, y ella te tuvo que dejar ropa y hasta unas bragas suyas limpias, que te measte encima del estrés del desahucio y de la impotencia, que se te soltó la tripa y te pusiste echa un asco…menos mal que Lupe te echó una mano…que no te quieres acordar y solo hace ocho meses, no quieres revivir todo aquello, pero ahora con este trabajo, ¡zas!, un mazazo en la cabeza ¡Volver a empezar!, Concha, ¿no querías volver a empezar? Pues vaya mierda, si es que tendrías que haberle pegado fuego a la sucursal o mejor a la central del banco, ¿total?


Carmen Barrios

domingo, 21 de diciembre de 2014

La violencia contra las mujeres, como la gota malaya, no cesa



El relato que pego a continuación ha nacido de un poema ya publicado en estas páginas. Alude al tema de la violencia contra las mujeres, un hecho triste que no cesa, se repite con la cadencia dañina  y dolorosa de la gota malaya. Cada mujer que cae tendida sobre la tierra, como consecuencia de la violencia machista, es una herida que desgarra el corazón del cuerpo social. 

La fotografía que compaña el cuento se titula "Mujer en volandas" y la realicé en una calle de Lisboa, un día luminoso de primavera.

Tanto la fotografía como el relato han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.

Debajo pego el poema del que ha nacido este relato.

Náyade. (relato nacido de un poema)

 Hay palabras hermosas cuyo significado nunca aprendemos a conocer del todo, que se pegan a la superficie de los sueños como el caramelo derretido a la piel de una manzana colorada. Eso es lo que le pasó a Lina con la palabra “Náyade”. Desde que podía recordar, esa palabra estaba unida a ella. Las náyades llenaban sus ensueños de la infancia, cuando se reconocía entre las ninfas suaves y mágicas como una más. Se veía emerger sin esfuerzo del interior de un lago de aguas plateadas, como uno de esos seres mitológicos que pueblan los cuentos milenarios. Se imaginaba como una náyade de cabellos largos y negros, envuelta en pétalos de nenúfar, siempre ágil y rodeada de alegres truchas viajeras y escurridizas.

Las ninfas y las truchas jugaban alegres en los remolinos de los ríos que inundaban su fantasía de niña, dando vueltas y más vueltas como molinillos agitados por la mano del viento. En ocasiones, cuando despertaba de sus sueños salía de las sábanas empapada y con la cabeza ocupada por un mareo persistente, como si de verdad hubiera pasado toda la noche sumergida en un carrusel de espuma a lomos de las aguas. Tenía la misma sensación que los marineros cuando pisan tierra después de llevar varios días embarcados, sufren un mareo que les mueve el suelo bajo los pies como si todavía pisaran la cubierta de un barco.

El paso del tiempo, que todo lo trastoca, fue borrando poco a poco el rastro de estos sueños mágicos.

Desde que se casó, las noches de Lina están ocupadas por una realidad negra como la boca de una sima perdida en lo más profundo de las aguas, que se traga su cuerpo derrotado hasta la madrugada y lo escupe agotado y cubierto por una baba espesa y pringosa al tocar el alba. 
Cuando se tiende en la cama, permanece rígida e inmóvil como el esqueleto seco de una jibia, para intentar pasar desapercibida. Un miedo recurrente la visita cada noche y la mantiene atenta a todo lo que sucede a su alrededor, pendiente del menor gesto, del mínimo crepitar de las sábanas, del ínfimo movimiento del individuo que yace a su lado, pero nunca alcanza a evitar el tormento. Él se obstina en poseerla por la fuerza abrigado por la oscuridad, succionándola hasta engullirla dentro de su cascarón, áspero y oscuro como la piedra de pizarra. Su marido se transforma cada noche en un mejillón de río, un ser bivalvo que coloniza su cuerpo y se adhiere a ella con el vigor penetrante de un parásito.

Lina se ha dado cuenta demasiado tarde de que una náyade ha vuelto a ocupar sus noches, pero esta náyade de su edad adulta nada tiene que ver con aquéllas ninfas alegres de su infancia. Ella se ha convertido en el alojamiento estable de un huésped abusador, que lastra sus tobillos con la pesadez de un yunque y la mantiene sumergida en el fondo de un río invadido por el lodo, del que ya no puede salir a la superficie ni para exhalar un poco de aire.


Nayade 
Tengo la cabeza ocupada por Náyade.
¿Es una o un?
Deseo que Náyade
sea ninfa del río,
como en un cuento mitológico,
un ser frágil, ágil, suave, mágico.
Pero no lo es.
Es un parásito,
un huevo alojado en las branquias de un pez,
que torna en concha negra
y se prende al lodo del fondo del río.
Náyade
no es un ser frágil, ágil, suave ni mágico.
Náyade es Náyade.
Una palabra hermosa
empapada de realidad.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Náyades en las paredes

Mujer en volandas


























Esta "Mujer en volandas" acudió al objetivo de mi cámara una tarde de junio, mientras paseaba por una calleja de Lisboa. Me llamó la atención, porque parecía una Ninfa de los bosques suspendida en la pared de un edificio en ruinas. Me gustó su fragilidad, y su ritmo de estática bailarina eternamente pegada a un muro condenado al derribo.

La poesía que acompaña esta fotografía habla de la tensión perpetua entre el poder de la magia y el mazazo de la realidad. 

Imagen y poesía vuelven a caminar unidas, para dar coherencia a la expresión de un run run que se debate a menudo en nuestras mentes.


Náyade

Tengo la cabeza ocupada por Náyade.
¿Es una o un?, 
me preguntas tu,
mientras mi mirada 
coquetea con el brillo sonrosado del ocaso.


Deseo que Náyade
sea ninfa del río,
como en un cuento mitológico,
un ser frágil, ágil, suave, 
mágico.
Pero no lo es.

Es un parásito,
un huevo alojado en las branquias 
de un pez,
que torna en concha negra
y se prende 
al lodo del fondo del río.

Náyade
no es un ser frágil, ágil, suave 
ni mágico.
Náyade es Náyade.
Una palabra hermosa
bañada de realidad.



lunes, 17 de febrero de 2014

Cuento de la mujer rota

La mujer rota

























Los inicios de la Guerra Civil española fueron muy duros en muchos pueblos que quedaron dentro del bando de los golpistas fascistas. Se asesinaba con usura, como dice uno de los protagonistas de los cuatro cuentos que componen el libro "Los girasoles ciegos". Se mataba para terminar con los que no pensaban igual, daba lo mismo si se trataba de jornaleros, antiguos concejales, maestros o maestras, o lo que fuera. Cualquier pequeño detalle que delatara simpatías por la II República o comportamientos demasiado liberales podía significar una acusación de cargo que llevara a una cuneta o a una fosa improvisada. Se trataba también de infundir un miedo que traspasara las fronteras de las generaciones, porque se hacía desaparecer a los muertos, malenterrándolos en cualquier parte y no se permitía a los familiares darles una sepultura decente en un cementerio ni llorar a sus muertos.

Muchos de los derechistas, falangistas y golpistas que se levantaron contra el gobierno legítimo de España, iniciando una guerra atroz, aprovecharon la coyuntura para enriquecerse, porque se apropiaban sin pudor alguno de las tierras,  de las casas y de las pertenencias de los asesinados y, cuando terminó la contienda, de los que perdieron la guerra.

El cuento que pego a continuación es una fábula un poco fantástica, en la que el cuerpo de una mujer asesinada con brutalidad se pasea por los campos como un pedazo de memoria retornada, que se sale del tiempo y vaga por ahí hasta que se haga justicia. 

Valeriana existió, y la mataron por envidias, junto a otras dos mujeres. Era muy joven y la torturaron con inquina antes de darle muerte. Cuentan los del pueblo de Poyales, que tras matar a estas mujeres dejaron sus cuerpos a la intemperie del camino, para que todos pudieran ver de lo que eran capaces los alzados. Dos días después, un hombre del pueblo no pudo más y enterró sus cuerpos, señalando el lugar con un hito de piedra. El hombre se murió de pena a la semana siguiente. 

Este relato está basado en hechos reales sucedidos a finales de diciembre de 1936 en el pueblo de Poyales del Hoyo (en las faldas de la Sierra de Gredos), donde fueron asesinadas tres mujeres al inicio de la guerra cuyos cuerpos fueron enterrados en una cuneta de la carretera hacia Candeleda y que costó mucho recuperar, porque las autoridades locales, del Partido Popular se negaban a ello. En la comarca del Valle del Tietar se asesinó a más de mil personas, y muchos de estos cuerpos todavía siguen bajo tierra, porque los alcaldes no dan los permisos para desenterrarlos. La represión aquí fue brutal y las gentes de estos pueblos todavía guardan memoria de lo sucedido y recuerdan que uno de sus vecinos, un falangista apodado el 501, fue el responsable de la muerte de 501 personas, se hizo poderoso tras la guerra y vivió felizmente hasta que se murió de viejo.

La fotografía que acompaña el relato la hice en una calle del barrio de Lavapiés en Madrid. Me topé con esta imagen rasgada sobre la pared, tan tétrica y tan brutal, un día de luz incierta en la calle del Oso. Otra vez un artista urbano me ha tendido el testigo que recojo, la fotografía es perfecta para este relato.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es, en la sección de cultura.


Valeriana, la del cabello azabache y la tez de nácar.

El camino estaba revuelto. Terrones rojos, como si estuvieran regados con la sangre de un jabalí recién abatido a tiros, destacaban sobre lo que parecía una cicatriz que desgarraba el suelo. Se había acercado hasta allí, donde reposa el hito al filo de la vereda que lleva hacia el valle, porque su hermano afirmaba que en ese lugar ocurría algo extraño. Cuando llegó a la zona señalada tuvo la certeza de que algo o alguien había salido desde las entrañas de la tierra hasta alcanzar la superficie con una obstinación desesperada, y que en su empeño, las piedras y las raíces que fijaban el firme habían rasgado su carne.

A pesar de que la tarde se fundía y caminaba entre luces, pudo percibir un rastro purpúreo que conducía hasta el interior del bosque. Apartando sus temores, decidió seguirlo amparado en la compañía fiel del arma de caza que heredó de su abuelo. Conforme se adentraba en la espesura, una calma inusual iba invadiendo el enramado. Las copas de los árboles ascendían buscando el cielo hasta el infinito, y sus ramas -plagadas de hojas que impedían el paso de la escasa luz del crepúsculo- permanecían muy quietas, como si todo el bosque se hubiera contagiado con un estatismo propio de las naturalezas muertas.

Detuvo su marcha unos instantes para fijar bien el rumbo de la marca escarlata que tatuaba la piel del bosque, y en medio de la quietud escuchó una canción entre susurros que competía con su propia respiración para hacerse oír. Levantó los ojos del suelo y examinó el espacio, fijando bien la mirada, para escrutar con detalle todo lo que le rodeaba, intentando averiguar el lugar exacto del que provenía el murmullo. A escasa distancia, clareando en la espesura, pudo distinguir una especie de bulto que tiritaba al entonar la melodía de una canción de cuna. Al acercarse un poco más, vio que se trataba del cuerpo de una mujer en camisa de dormir, cuya tela clara destacaba sobre la áspera negrura de un tronco partido por un rayo.

La mujer tenía una extraña belleza, enturbiada por surcos de sangre reseca que se mezclaban con residuos de barro sobre el perfil de una piel macerada por la oscuridad del tiempo. Su pelo largo y negro estaba deslucido por un fango grana, que delataba que de la cabeza de la mujer había manado sin frontera una herida ya taponada. Tenía los ojos cerrados, pero de su boca continuaban saliendo las estrofas confusas de una nana muy triste, propia de una época atizada por los estragos atroces de la guerra. Con un espanto que asía sus pies por los tobillos y los incrustaba en el suelo como si fueran estacas, reparó en que el camisón de la mujer tenía varios orificios de sombra negra por los que podía colarse su dedo índice, que describían una media luna de pánico sobre su vientre. Sin duda eran impactos de bala. Esa mujer había sido fusilada.

Desde que era un niño había escuchado historias terribles referidas a media voz, que a veces asaltaban sus sueños y daban vueltas en su cabeza sin parar, como las aspas de un molinillo a mereced del viento. Se contaban en un tono casi inaudible para los vivos, pero suficiente para que la llama de la memoria no se apagara. Eran historias de dolor, de odio, de crueldad sin límite, de venganza y de pillaje, historias que contenían la savia ardiente de los secretos manchados por la muerte. Algunos aseguraban que una parte importante de los campos de cultivo de los alrededores del pueblo eran cementerios improvisados. Que la tierra abrigaba con un poderoso manto de tiempo y de olvido cerca de mil cuerpos de vecinos del valle asesinados al inicio de la guerra. Que un solo hombre (apodado “el 501”) era el responsable de la desaparición de la mitad de ellos y que todos estaban malsepultados por ahí, esparcidos bajo los sembrados de centeno, de trigo y de maíz, o al borde de las cunetas de los caminos que unían unos pueblos con los otros.

Cuando vio a la mujer malograda, abatida sobre el tronco ceniciento del árbol roto y percibió su fragilidad en ruinas, se materializaron todas las habladurías registradas en su cerebro a trompicones. Mientras miraba su cuerpo, tuvo la certeza de que delante de sus ojos yacía una de las tres mujeres que fueron asesinadas en los tiempos lejanos de su abuelo, en la vereda del camino que unía su pueblo con el valle. Se acordaba bien de esa historia que había escuchado muchas veces a las mujeres de su familia, pero a retales y entre silencios opacos, porque cuando él estaba cerca se apagaban los murmullos. Durante años cosechó frases sueltas y palabras ahogadas, uniendo poco a poco las piezas desperdigadas del relato hasta completar el puzle del horror, porque no hay nada que llame más la atención de un niño que los secretos desguazados.

Un grupo de hombres azules sacaron a rastras de sus casas a tres mujeres y dos niñas, una noche gélida de finales de diciembre de 1936. Asesinaron con crueldad a las mujeres, regando con su sangre la cuneta del camino. A la más vieja la mataron por ser protestante y a la de en medio por leer El Socialista. Con la más joven -toda ella preñada de vida- se ensañaron especialmente, porque su hermosura lastimaba de envidia a más de una beata. Le arrancaron de sus entrañas el niño que llevaba dentro y rellenaron el hueco con los hierbajos podridos y los guijarros sucios del camino, antes de coser su cuerpo con una descarga de tiros de pistola. Las niñas sobrevivieron a este crimen atroz, pero los gritos de pavor que rompieron esa noche negra permanecieron grabados en el perfil acuso y triste de sus ojos como un estigma indeleble del espanto.

Mientras este suceso, silenciado durante décadas, se reproducía como una pesadilla viva que se hacía realidad ante su mirada, la mujer había ido poniendo fin a su tarareo obsesivo.
Se dio cuenta de que en ese instante helado, ella había abierto los párpados y clavando en el infinito dos cuencas oscuras como serones de brea se quejaba de su suerte en el tono apagado y monocorde de los muertos quebrados:

-El dolor me puede…muchacho…no sé cómo he conseguido… salir del agujero…me falta el hijo…me lo mataron…sin nacer el pobre…me lo mataron,… sin nacer el pobre…por eso le canto, en el infinito…le canto, ¿sabes?...me lo mataron…me lo mataron…la tierra me ha escupido, no me quiere dentro…para conjurar el olvido, la tierra me ha escupido, porque me mataron al hijo…me lo arrancaron…me lo mataron, ¿sabes quién soy?...Valeriana me llamaba…ese era mi nombre, Valeriana…la del cabello azabache y la tez de nácar, me decían, Valeriana, me llamaba …me mataron al hijo, me lo mataron…me lo mataron…me lo mataron…me lo…mmmmm…por eso mmmmm…



miércoles, 27 de marzo de 2013

Una historia sobre la soledad

El cuento que viene a continuación es una historia sobre la soledad. Se titula "Vacío", porque trata sobre los efectos que provoca la soledad no elegida, sino impuesta por circunstancias adversas, inadvertidas y/o fortuitas sobre una mujer que fió su estabilidad única y exclusivamente a su relación de pareja. Cuando esta se termina sin previo aviso, ella comienza a mutar físicamente y va como desapareciendo, perdiendo hasta el color en ese vacío en el que se ha convertido su vida. 

La fotografía que le acompaña se la realicé a una amiga que se prestó amablemente a posar en circunstancias de iluminación extraña, y el resultado ha sido su transformación en una especie de espíritu sin rostro, una figura a punto de desaparecer.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


Contraluz














Vacío

La mujer en blanco y negro deambula por su casa de forma automática. Parece el personaje de una fotografía antigua, recién salida de una imagen lúgubre de postguerra. Desde que introduce la llave en la cerradura y traspasa el umbral de la puerta de su piso, hasta que se acuesta, recorre cada estancia sin reparar en nada. Es como una de esas muñecas con cuerda que caminan por impulso, mecánicamente, del pasillo a su habitación, de su habitación otra vez por el pasillo hacia el cuarto de baño, del cuarto de baño a la cocina, de la cocina al salón, del salón de vuelta al pasillo para recalar en la habitación de nuevo.

La mujer en blanco y negro hace días que no se mira en el espejo. La última vez que lo hizo se dio cuenta de que la mitad de su rostro estaba inexpresivo y sin tonalidad alguna que coloreara sus mejillas. El pelo se encontraba deslucido y alterado por una plaga fraccionada de mechas grises, como si la hubieran estado revelando en un laboratorio y el proceso se hubiera quedado sin concluir. Se quita la ropa como si fuera una autómata y se coloca una bata de andar por casa rosa pálida, que contrasta con la tonalidad grisácea en la que se ha ido transformando la piel de sus brazos con el paso de los días.

La mujer en blanco y negro se prepara un vaso de leche caliente y unas galletas para ocupar el vacío de hueco de ascensor en el que se ha convertido tu estómago y siente sus piernas flojas, como si fueran la tripa blanda de un acordeón estropeado. Últimamente come lo que sea, lo imprescindible para no desfallecer, porque se ha dado cuenta de que ingiera lo que ingiera su piel continua inexorable su metamorfosis hacia las tonalidades propias de un papel de periódico. Por eso, simplemente toma lo que sea y se va a la cama. Una cama demasiado grande para una sola persona.

La mujer en blanco y negro ocupa su lugar de siempre, el lado izquierdo de la cama según se mira desde la puerta. A su costado queda un gran espacio muerto, un espacio que se queda frío como una plancha de aluminio pulido, desde hace quince meses y veintiún días.

La mujer en blanco y negro lleva quince meses y veintiún días sin abrir el otro lado del armario de su habitación. Quince meses y veintiún días sin tocar la otra mesilla, que está cubierta por una ligera capa de polvo que tamiza el color de la madera y extirpa cualquier atisbo de vida; quince meses y veintiún días sin girar la llave del grifo del lavabo de la derecha; quince meses y veintiún días sin entrar en la habitación del fondo; quince meses y veintiún días sin... Su casa se ha llenado de espacios muertos, lugares callados, invadidos por una quietud propia de las estampas de época, espacios en los que no vive nadie, nadie los da uso, nadie los toca.

Su propio cuerpo se ha convertido en un espacio muerto y de color imposible. La mujer en blanco y negro lleva quince meses y veintiún días sin una caricia íntima, sin un beso apresurado en la mejilla antes de salir a trabajar, sin un roce suave entre las sábanas, sin un abrazo ante el espejo del baño. Quince meses y veintiún días sin… es mucho tiempo.

La mujer en blanco y negro vive rodeada de un vacío agobiante, que gime por las noches y extiende un eco sordo de caverna desierta dentro de su cabeza, un hueco imposible de llenar. ¿Dónde está él? ¿Por qué ha desaparecido sin dejar rastro? Estas dos preguntas ocupan el único espacio del cerebro gris de la mujer en blanco y negro que no está muerto.

Carmen Barrios.

domingo, 16 de diciembre de 2012

Una pesada carga


Pego un cuento que no es un cuento, casi es la pura realidad, que supera tantas veces la ficción que sobrecoge. Esta semana leí una noticia en el periódico que me dejó helada, muda, sin aliento. 

La noticia ha dado paso a este relato corto que cuenta la historia de una mujer joven que decidió traspasar, o la obligaron a ello (eso no lo contaba la información) miles de límites físicos y seguramente psíquicos. Ella hacía la función de transporte de cocaína, su cuerpo fragil de mujer de veinte años era el propio recipiente del transporte. 

Llegó al aeropuerto de Barcelona en muy malas condiciones, porque la cocaína ya había pasado a su sangre.

En este mundo hay personas que tienen que perder la propia vida para intentar tener una mínima oportunidad de vivir, y se arriesgan y se juegan todo a una carta: la del comercio más brutal, en la que solo ganan los de siempre. 

La fotografía que pego con el relato la hice en una calleja de Nápoles y muestra la figura maltratada de una mujer con los brazos abiertos, completamente entregada a un destino, ¿a cuál?


Este relato corto ha sido publicado también en la web: www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


Con los brazos abiertos





Una pesada carga

La mujer joven que parece un cadáver tiene el pelo castaño y los ojos brillantes, con ese tipo de brillo que empaña la mirada de los enfermos cuando la fiebre supera todas las previsiones. Sale del finger que une su avión con el vestíbulo de llegada al aeropuerto de Barcelona pasadas las seis de la mañana hora española, y camina como si su cuerpo pesara una tonelada, igual que un paquidermo de doscientos años, aunque es ligera y frágil como una hoja de violeta. Atraviesa la puerta y llega a la cola de control de pasaportes un poco encorvada, pero intentando esbozar una sonrisa fresca.

La mujer joven que parece un cadáver andante viene de Colombia y oculta una carga demasiado pesada para aguantar un vuelo transatlántico. Es la primera vez que sale de su pueblo, un lugar pantanoso a orillas del Amazonas en el que la vida de las mujeres pobres vale menos que una moneda que da vueltas en el aire.

La carga que lleva oculta es demasiado pesada para un cuerpo tan frágil. Pesa tanto, que la mujer policía que está al cargo de la fila del control de pasaportes se da cuenta de que el encorvamiento en el cuerpo de la mujer joven no es normal para su edad.

La policía del control de pasaportes tiene un ademán firme, como una figura de acero dentro de su uniforme azul y ve el miedo y la desesperación en el brillo que empaña la mirada de la mujer joven. La aparta de la fila y la lleva a un cuarto contiguo donde se hacen los registros reglamentarios.

El cuarto para el registro es un lugar frío y sin ventanas, en el que solo hay una silla desnuda y una especie de camilla cubierta con una sábana blanca de las que se usan en las consultas médicas. La mujer policía comienza su trabajo y nota como la mujer joven tirita sin control mientas le hace el cacheo reglamentario. Cuando la policía del uniforme azul pasa su mano por el contorno del pecho de la mujer joven percibe que tiene un dolor que supera todas las previsiones, un dolor que galopa desbocado por el cuerpo de la mujer joven, que afloja las rodillas y está a punto de caer sobre el pavimento.

La mujer joven que parece un cadáver tiene que ponerse derecha y es obligada a desvestirse. Lo hace muy despacio, porque casi no puede mover los brazos y desabrocha los botones de la blusa amplia que la cubre con una lentitud que impacienta a la policía del uniforme azul. La blusa cae al suelo y la policía que parece una figura de acero dentro de su uniforme azul ve que en la parte baja del sostén de la mujer joven se atisba una gasa empapada de un líquido viscoso y rojizo que tapa una herida sin cerrar. La mujer policía la conmina a quitarse el sostén y al levantar la gasa con mucho cuidado descubre con horror cómo una especie de rebaba de bolsa de plástico asoma por la boca de la herida sin cerrar bajo los pechos de la mujer joven.

La mujer joven que parece un cadáver andante mira a los ojos de la policía del uniforme azul y sabe que está muerta, todavía más muerta que antes de subirse a ese avión, porque no podrá entregar la pesada carga que transporta en su interior, un kilo y 180 gramos de cocaína pura guardada en unas bolsas que simulan unas prótesis mamarias ocultas bajo la carne de sus pechos.

Carmen Barrios