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lunes, 17 de febrero de 2014

Cuento de la mujer rota

La mujer rota

























Los inicios de la Guerra Civil española fueron muy duros en muchos pueblos que quedaron dentro del bando de los golpistas fascistas. Se asesinaba con usura, como dice uno de los protagonistas de los cuatro cuentos que componen el libro "Los girasoles ciegos". Se mataba para terminar con los que no pensaban igual, daba lo mismo si se trataba de jornaleros, antiguos concejales, maestros o maestras, o lo que fuera. Cualquier pequeño detalle que delatara simpatías por la II República o comportamientos demasiado liberales podía significar una acusación de cargo que llevara a una cuneta o a una fosa improvisada. Se trataba también de infundir un miedo que traspasara las fronteras de las generaciones, porque se hacía desaparecer a los muertos, malenterrándolos en cualquier parte y no se permitía a los familiares darles una sepultura decente en un cementerio ni llorar a sus muertos.

Muchos de los derechistas, falangistas y golpistas que se levantaron contra el gobierno legítimo de España, iniciando una guerra atroz, aprovecharon la coyuntura para enriquecerse, porque se apropiaban sin pudor alguno de las tierras,  de las casas y de las pertenencias de los asesinados y, cuando terminó la contienda, de los que perdieron la guerra.

El cuento que pego a continuación es una fábula un poco fantástica, en la que el cuerpo de una mujer asesinada con brutalidad se pasea por los campos como un pedazo de memoria retornada, que se sale del tiempo y vaga por ahí hasta que se haga justicia. 

Valeriana existió, y la mataron por envidias, junto a otras dos mujeres. Era muy joven y la torturaron con inquina antes de darle muerte. Cuentan los del pueblo de Poyales, que tras matar a estas mujeres dejaron sus cuerpos a la intemperie del camino, para que todos pudieran ver de lo que eran capaces los alzados. Dos días después, un hombre del pueblo no pudo más y enterró sus cuerpos, señalando el lugar con un hito de piedra. El hombre se murió de pena a la semana siguiente. 

Este relato está basado en hechos reales sucedidos a finales de diciembre de 1936 en el pueblo de Poyales del Hoyo (en las faldas de la Sierra de Gredos), donde fueron asesinadas tres mujeres al inicio de la guerra cuyos cuerpos fueron enterrados en una cuneta de la carretera hacia Candeleda y que costó mucho recuperar, porque las autoridades locales, del Partido Popular se negaban a ello. En la comarca del Valle del Tietar se asesinó a más de mil personas, y muchos de estos cuerpos todavía siguen bajo tierra, porque los alcaldes no dan los permisos para desenterrarlos. La represión aquí fue brutal y las gentes de estos pueblos todavía guardan memoria de lo sucedido y recuerdan que uno de sus vecinos, un falangista apodado el 501, fue el responsable de la muerte de 501 personas, se hizo poderoso tras la guerra y vivió felizmente hasta que se murió de viejo.

La fotografía que acompaña el relato la hice en una calle del barrio de Lavapiés en Madrid. Me topé con esta imagen rasgada sobre la pared, tan tétrica y tan brutal, un día de luz incierta en la calle del Oso. Otra vez un artista urbano me ha tendido el testigo que recojo, la fotografía es perfecta para este relato.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es, en la sección de cultura.


Valeriana, la del cabello azabache y la tez de nácar.

El camino estaba revuelto. Terrones rojos, como si estuvieran regados con la sangre de un jabalí recién abatido a tiros, destacaban sobre lo que parecía una cicatriz que desgarraba el suelo. Se había acercado hasta allí, donde reposa el hito al filo de la vereda que lleva hacia el valle, porque su hermano afirmaba que en ese lugar ocurría algo extraño. Cuando llegó a la zona señalada tuvo la certeza de que algo o alguien había salido desde las entrañas de la tierra hasta alcanzar la superficie con una obstinación desesperada, y que en su empeño, las piedras y las raíces que fijaban el firme habían rasgado su carne.

A pesar de que la tarde se fundía y caminaba entre luces, pudo percibir un rastro purpúreo que conducía hasta el interior del bosque. Apartando sus temores, decidió seguirlo amparado en la compañía fiel del arma de caza que heredó de su abuelo. Conforme se adentraba en la espesura, una calma inusual iba invadiendo el enramado. Las copas de los árboles ascendían buscando el cielo hasta el infinito, y sus ramas -plagadas de hojas que impedían el paso de la escasa luz del crepúsculo- permanecían muy quietas, como si todo el bosque se hubiera contagiado con un estatismo propio de las naturalezas muertas.

Detuvo su marcha unos instantes para fijar bien el rumbo de la marca escarlata que tatuaba la piel del bosque, y en medio de la quietud escuchó una canción entre susurros que competía con su propia respiración para hacerse oír. Levantó los ojos del suelo y examinó el espacio, fijando bien la mirada, para escrutar con detalle todo lo que le rodeaba, intentando averiguar el lugar exacto del que provenía el murmullo. A escasa distancia, clareando en la espesura, pudo distinguir una especie de bulto que tiritaba al entonar la melodía de una canción de cuna. Al acercarse un poco más, vio que se trataba del cuerpo de una mujer en camisa de dormir, cuya tela clara destacaba sobre la áspera negrura de un tronco partido por un rayo.

La mujer tenía una extraña belleza, enturbiada por surcos de sangre reseca que se mezclaban con residuos de barro sobre el perfil de una piel macerada por la oscuridad del tiempo. Su pelo largo y negro estaba deslucido por un fango grana, que delataba que de la cabeza de la mujer había manado sin frontera una herida ya taponada. Tenía los ojos cerrados, pero de su boca continuaban saliendo las estrofas confusas de una nana muy triste, propia de una época atizada por los estragos atroces de la guerra. Con un espanto que asía sus pies por los tobillos y los incrustaba en el suelo como si fueran estacas, reparó en que el camisón de la mujer tenía varios orificios de sombra negra por los que podía colarse su dedo índice, que describían una media luna de pánico sobre su vientre. Sin duda eran impactos de bala. Esa mujer había sido fusilada.

Desde que era un niño había escuchado historias terribles referidas a media voz, que a veces asaltaban sus sueños y daban vueltas en su cabeza sin parar, como las aspas de un molinillo a mereced del viento. Se contaban en un tono casi inaudible para los vivos, pero suficiente para que la llama de la memoria no se apagara. Eran historias de dolor, de odio, de crueldad sin límite, de venganza y de pillaje, historias que contenían la savia ardiente de los secretos manchados por la muerte. Algunos aseguraban que una parte importante de los campos de cultivo de los alrededores del pueblo eran cementerios improvisados. Que la tierra abrigaba con un poderoso manto de tiempo y de olvido cerca de mil cuerpos de vecinos del valle asesinados al inicio de la guerra. Que un solo hombre (apodado “el 501”) era el responsable de la desaparición de la mitad de ellos y que todos estaban malsepultados por ahí, esparcidos bajo los sembrados de centeno, de trigo y de maíz, o al borde de las cunetas de los caminos que unían unos pueblos con los otros.

Cuando vio a la mujer malograda, abatida sobre el tronco ceniciento del árbol roto y percibió su fragilidad en ruinas, se materializaron todas las habladurías registradas en su cerebro a trompicones. Mientras miraba su cuerpo, tuvo la certeza de que delante de sus ojos yacía una de las tres mujeres que fueron asesinadas en los tiempos lejanos de su abuelo, en la vereda del camino que unía su pueblo con el valle. Se acordaba bien de esa historia que había escuchado muchas veces a las mujeres de su familia, pero a retales y entre silencios opacos, porque cuando él estaba cerca se apagaban los murmullos. Durante años cosechó frases sueltas y palabras ahogadas, uniendo poco a poco las piezas desperdigadas del relato hasta completar el puzle del horror, porque no hay nada que llame más la atención de un niño que los secretos desguazados.

Un grupo de hombres azules sacaron a rastras de sus casas a tres mujeres y dos niñas, una noche gélida de finales de diciembre de 1936. Asesinaron con crueldad a las mujeres, regando con su sangre la cuneta del camino. A la más vieja la mataron por ser protestante y a la de en medio por leer El Socialista. Con la más joven -toda ella preñada de vida- se ensañaron especialmente, porque su hermosura lastimaba de envidia a más de una beata. Le arrancaron de sus entrañas el niño que llevaba dentro y rellenaron el hueco con los hierbajos podridos y los guijarros sucios del camino, antes de coser su cuerpo con una descarga de tiros de pistola. Las niñas sobrevivieron a este crimen atroz, pero los gritos de pavor que rompieron esa noche negra permanecieron grabados en el perfil acuso y triste de sus ojos como un estigma indeleble del espanto.

Mientras este suceso, silenciado durante décadas, se reproducía como una pesadilla viva que se hacía realidad ante su mirada, la mujer había ido poniendo fin a su tarareo obsesivo.
Se dio cuenta de que en ese instante helado, ella había abierto los párpados y clavando en el infinito dos cuencas oscuras como serones de brea se quejaba de su suerte en el tono apagado y monocorde de los muertos quebrados:

-El dolor me puede…muchacho…no sé cómo he conseguido… salir del agujero…me falta el hijo…me lo mataron…sin nacer el pobre…me lo mataron,… sin nacer el pobre…por eso le canto, en el infinito…le canto, ¿sabes?...me lo mataron…me lo mataron…la tierra me ha escupido, no me quiere dentro…para conjurar el olvido, la tierra me ha escupido, porque me mataron al hijo…me lo arrancaron…me lo mataron, ¿sabes quién soy?...Valeriana me llamaba…ese era mi nombre, Valeriana…la del cabello azabache y la tez de nácar, me decían, Valeriana, me llamaba …me mataron al hijo, me lo mataron…me lo mataron…me lo mataron…me lo…mmmmm…por eso mmmmm…



sábado, 21 de diciembre de 2013

La importancia de la recuperación de la memoria



La grieta


El relato que va a continuación habla de la importancia de la recuperación de la memoria histórica. Los españoles como país tenemos una deuda enorme con todos los represaliados y asesinados de la guerra civil española y del franquismo, porque fueron masacrados por reclamar la democracia y la justicia social. Las instituciones de la democracia todavía no han reconocido lo que pasó, ni se ha honrado a todos los desaparecidos en las cunetas y a los encarcelados de la posguerra y del franquismo como se debería haber hecho en una democracia. La derecha española domina todavía determinados resortes relacionados con la Justicia -y con las estructuras de la economía- que parecen inamovibles, y los crímenes del franquismo están teniendo que ser juzgados desde  Argentina. 

La fotografía que acompaña el relato es la imagen de un muro crudo tomada en la calle. Me llamó la atención esa enorme grieta, que parece una herida que todavía sangra, una herida profunda en las entrañas de una ciudad como Madrid, que tanto sufrió los embates de los franquistas. Lo peor es que aun hoy los seguimos sufriendo. El fascismo es una losa que todavía nos lastra y las heridas siguen sangrando como la de este muro.
Esta imagen es una auténtica metáfora visual por sí sola, acompañando el relato se apoyan de nuevo la imagen en la palabra y viceversa.

Tanto el relato como la fotografía han sido publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es, en la sección de cultura.

La habitación del olvido

143.353 nombres innombrables han permanecido ocultos en el enorme archivo de la habitación del olvido, fueron relegados allí para borrar cualquier rastro de su existencia. Son nombres de personas reales que sonreían, besaban, se rascaban la cabeza, comían lentejas o pan con tomate, trabajaban o charlaban con sus vecinos si les apetecía, protestaban ante las injusticias o asistían a la taberna a jugar una partida de dominó, nombres de personas normales que desparecieron sin más.

Alguien con un plan de odio desmedido, ocupando su cabeza, decidió que había que arrancar hasta la última raíz de disidencia y consiguió los aliados necesarios para separarlos de este mundo y hacerlos desaparecer. Los 143.353 nombres innombrables fueron borrados uno a uno de la faz de la historia durante un puñado de días terribles de venganza y de vergüenza. Un puñado de días de sangre, de fuego, de barro y de infamia, que atronó los campos con estallidos de fusiles y preñó de temor la tierra de las cunetas, pero nunca, nunca han podido ser borrados de la memoria de aquellos que los amaron. Han permanecido intactos en el recuerdo de sus hijos y hoy son evocados por los hijos de sus hijos.

Sus nombres, sus caras, sus acciones, sus rasgos y su risa han pasado calladamente, dibujados con gestos casi inapreciables, de memoria en memoria, una generación tras otra. Igual que el testigo pasa de mano en mano en una carrera olímpica hasta llegar a la meta gracias a un código compartido, la memoria de los desaparecidos ha llegado hasta nosotros, saltando sin pértiga por encima de los obstáculos del tiempo.

Tampoco sus verdugos han olvidado lo que hicieron. Sucede lo mismo cuando se escribe una frase con un lapicero sobre un trozo de papel y se borra con una goma, deja de existir, desaparece físicamente, pero permanece en la memoria del que la ha escrito. Sus actos infames han permanecido grabados en su memoria y también en la de sus descendientes.

Durante una multitud de años, pesados como miles de yunques a lomos del presente histórico, intentaron hacer desaparecer sus cuerpos y sus nombres, ocultándolos bajo candados de miedo y de silencio, que aseguraban la puerta del enorme archivo de la habitación del olvido.

Pero la memoria es obstinada y del mismo modo que los colores del arco iris unen un lado del valle con el otro, formando una puerta abierta al infinito tras la tormenta, o el humo de una hoguera asciende en el aire hasta fundirse con las nubes, las manos de los que recuerdan han empuñado el testigo hasta levantar la cancela de la habitación del olvido y poco a poco han ido rescatando todos los nombres.

Sus verdugos y sus descendientes siguen negando con la cabeza la posibilidad de restituir el derecho a la memoria. Pero cuando cae la noche, la melodía de tantos actos viles se escapa de sus cabezas y envuelve sus almohadas con los acordes de una nana negra como la pólvora de las balas desnudas, enfangando su descanso hasta el alba. 

Aun así, vuelven a levantarse cada día con un “no” muy duro escrito en sus caras.
143.353 nombres de hombres y mujeres están siendo nombrados uno por uno, para restituir sus vidas y su existencia cierta. En todos los rincones se gritan sus nombres, se rebuscan sus rostros entre los papeles de la historia y se rescatan sus recuerdos y sus cuerpos del fondo de la tierra. 

El enorme archivo de la habitación del olvido está abierto, los hijos de los hijos de los asesinados iluminan los nombres de sus seres queridos con una lamparita de esperanza, que permite leer en alto todos sus datos.

Ahora queda reparar una deuda grande con la historia y colocar a cada uno en el lugar que le corresponde.

Carmen Barrios