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martes, 19 de julio de 2016

El perro de la casa grande

Perro en la ventana

El 18 de julio de este verano se han cumplido 80 años del golpe de Estado contra la II República, que dio lugar a una guerra atroz. En la provincia de Burgos el golpe triunfó desde los primeros momentos y la represión fue brutal. Los fascistas purgaron los pueblos de la provincia para no dejar ni rastro de republicanos. 
Desde el principio acudieron en su ayuda tropas nazis. En muchos de los pueblos del norte de Burgos las casas de los republicanos depurados, desaparecidos, asesinados, fueron ocupadas por soldados nazis, como sucedió en la comarca de las Merindades en la localidad de Gayangos. 
Es una historia que se conoce poco. Yo he tenido noticias gracias a la memoria de Esperanza López, que me relató la historia triste del perro guardián de su familia, que murió de pena al ver como los soldados invasores ocupaban la casa familiar y él no podía hacer nada. 
Fabulando, y tomando como percha la leyenda del perro de la familia de Esperanza, he construido esta historia -que pego a continuación- un poco real, un poco inventada. Quiero que sirva de homenaje a todas esas personas que han resistido sin olvidar y que nos relatan lo sucedido. También a los perro, a los gatos, a los burros o los caballos, a cualquier bicho viviente que resiste y no se doblega ante los invasores. Y por supuesto quiero dedicársela a quienes han cogido el testigo y siguen indagando para saber qué sucedió en nuestra guerra, en nuestra larga postguerra y durante la dictadura franquista. Es algo necesario si queremos ser capaces de entender mejor nuestro presente. El 18 de julio debería aparecer teñido de luto en el calendario español, para recordarnos el día de la infamia, algo que no debe volver a producirse. Para ello es necesario juzgar el franquismo. Este país dará un paso histórico hacia una democracia sin lastres cuando lo haga. Mientras espero, continuaré escribiendo, rescatando historias, fabulando, relatando...
Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.radicaleslibres.es en su sección Open Kultur: http://radicaleslibres.es/perro-la-casa-grande/ 
Además, este relato forma parte de una colección de cuentos publicados en el libro Rojas. Relatos de mujeres luchadoras de la editorial Utopía libros utopialibros.com que he presentado recientemente en Madrid http://radicaleslibres.es/tarde-entre-rojas/.

El perro de la casa grande
Las botas negras de los soldados estaban relucientes. Brillaban tanto que en su lustre se reflejaban los ojos húmedos del perro pastor de la casa grande. Eso es lo que mejor recuerdo de aquellos días. Las botas negras y relucientes de los soldados y los ojos húmedos del perro. Me daba miedo mirar para arriba. Los soldados eran auténticos gigantes oscuros, que hablaban con tono desabrido y seco, como si con cada palabra cortaran el aire como el hacha corta el cuello de una gallina, ¡cracs!, en un idioma áspero que no entendía. Hablaban en el idioma de los invasores. Yo no quería mirarles. Solo miraba hacia el suelo. Veía sus botas y los ojos húmedos del perro reflejados en ellas. El perro de la casa grande, que se había vuelto viejo de repente.

Estaba convencida de que si les miraba directamente me ocurriría algo malo. Me convertiría en piedra, tal como sucede en los cuentos cuando una niña mira a un brujo malvado a la cara. O me podría ocurrir algo peor. Podría desaparecer para siempre. Como le había pasado a mi abuela y a mi madre, que se las habían llevado y hacía días que no se sabía nada de ellas. Y no digamos de los hombres de la familia, habíamos perdido la cuenta de los días, parecía que se los había tragado la tierra. Mi tía y yo éramos las únicas que todavía permanecíamos en la casa. Bueno, mi tía, el perro y yo.

Mi tía era una mujer fuerte, decidida. Era la hermana pequeña de mi madre. Creció de golpe durante aquellos días. A pesar de todo la recuerdo erguida, caminaba con la cabeza alta, como si no hubiera ocurrido nada. Cuando se llevaron a mi madre y a mi abuela a ella también se la llevaron. La soltaron al día siguiente, al fin y al cabo no tenía más de quince años. Eso sí, cuando apareció en la puerta de la casa con cuatro soldados -vestidos con ese uniforme negro- detrás de ella, casi no la reconozco, porque le habían arrancado el pelo a mechones y tenía la cabeza como si hubiera pillado la sarna. Pero la que se escondía dentro de esa figura destartalada era su voz, era ella. Le habían arrancado el pelo, pero no habían conseguido quebrar su voz. Tampoco sus andares altaneros. El perro pastor la reconoció antes que yo y se fue hacia ella como para protegerla, enseñando los colmillos como un lobo.

Yo solo le había visto así una vez que iba con mi padre por el campo y vimos un oso de lejos. El perro se colocó delante de nosotros, se puso tenso con el pelo del lomo erizado y sacó sus colmillos. Recuerdo que mi padre le dijo: “Vamos Rollo, deja de enseñar los dientes, ya se va el oso, buen perro, buen perro…”. Y efectivamente lo era. Era un buen perro. Grande, con el pelo oscuro, con una mezcla entre perro pastor y mastín que le daba un aspecto imponente. Mi padre le llamó Rollo, un nombre que no hacía justicia a nuestro perro, que se tenía que haber llamado Trueno o Tormenta, como quería mi madre. Pero mi padre se empeñó en ese nombre porque decía que así se llamaba el perro de Jack London, un escritor de novelas de aventuras que le gustaba mucho. A menudo nos leía párrafos de una novela que trataba la historia de un perro de trineo…cómo disfrutaba yo con esa historia. Es curioso, si cierro los ojos todavía puedo escuchar la voz de mi padre leyendo historias para mí al caer la tarde.
-“¿Dónde estás, padre?, ¿dónde?, ¿cómo es posible que todavía no hayamos podido encontrarte?”

Uno de los soldados le dio un golpe seco, con la culata de su fusil, y luego otro y otro y otro…Lo dejó tirado como un fardo y lo ató al portón de la entrada del pajar. Sobrevivió de milagro a ese primer día.Yo corrí y me senté a su lado, y le sujeté la cabeza sobre mis piernas. El soldado me gritó algo que no entendí…mientras otro tiraba de él y entraban en la casa detrás de mi tía. Los ojos de Rollo estaban abiertos y húmedos. Nunca había visto llorar a un perro. Nunca volví a ver llorar a ningún otro perro. Pero estoy segura de que Rollo lloraba. Lloraba de impotencia, para dentro, como lloran las personas que presencian una injusticia y no pueden defender a sus seres queridos, ni tampoco a sí mismas. En ese momento me pareció que Rollo era una persona metida en el cuerpo de un perro y que estaba ahí, presa, dentro de un cuerpo peludo de cuatro patas que no le correspondía. Se merecía un cuerpo de dos patas y dos manos, como el mío. Pero también recuerdo que pensé que quizás gracias a su forma de perro se había salvado, si hubiera tenido un cuerpo de persona se lo habrían llevado como a mi padre, a mis tíos, a mi madre y a mi abuela.

Desde ese día Rollo ya no fue el mismo. Caminaba con la cabeza gacha, como si arrastrara su cuerpo, vencido por una impotencia amarga, espesa y tenaz, que se pegaba a sus patas como la brea. Cuando oía las voces broncas de los soldados mandar a mi tía o a mí se le caían las orejas y los ojos se le llenaban de agua. El pelo se le volvió gris de repente. En unos pocos días Rollo había pasado de ser un perro fuerte, que no llegaba a los siete años, a convertirse en un anciano lleno de achaques. Yo podía ver con claridad como cada grito de los soldados, cada golpe que le daban a mi tía o cada empujón que me propinaban se convertía en un mal que minaba la vida del perro de la casa grande como solo puede hacerlo un terrible veneno.

Los soldados se quedaron en la casa una larga temporada. Ocuparon los mejores cuartos, los de arriba. Mi tía y yo nos convertimos en sus criadas. Yo no llegué nunca a mirar más arriba de sus rodillas. Solo veía sus botas negras. Se me quedaron tan grabadas en la memoria que setenta y cinco años después, aun me parece ver esas botas negras y relucientes pisotear con marcialidad las losas pulidas del salón de la casa grande.Y los ojos húmedos del perro reflejados en ellas.

Rollo se murió de pena. Su vida se apagó en un mes. No duró más. Los soldados se quedaron en la casa y él no pudo soportarlo. Dejó de comer y se dejó morir, se apagó despacio, como lo hacen las luciérnagas del río si se les mojan las alas.

Mi tía y yo sobrevivimos a los soldados, que volvieron a su país cuando terminó la guerra en nuestro pequeño mundo. Se llevaron sus botas y sus cruces negras. Arrasaron nuestra casa, se comieron los cerdos y las gallinas, dejaron sin leche las ubres de la vaca, que se secaron para siempre; rompieron todos los libros que había en la casa y arrancaron los retratos familiares de las paredes. Pero no pudieron con mi tía ni conmigo, que quedamos en pié para recordar, para buscar respuestas, para contar lo sucedido y conjurar el futuro. Somos viejas, pero fuertes como los juncos del río, que soportan sequías y locas tormentas y siguen ahí, inclinándose lo justo para no ser quebrados por los vientos adversos. 

Hoy, 12 de junio de 2011 hemos tenido noticias de que era posible que los cuerpos de mi madre y de mi abuela estuvieran entre los restos encontrados en la finca de los Tilos, al norte del Valle Encendido. De mi padre y de mis tíos seguimos sin pistas. Han pasado setenta y cinco años, no los olvidamos.












domingo, 17 de abril de 2016

El olmo marca un lugar para la memoria


El banco de Tomás


Recupero un cuento que escribí hace tiempo. Una relato que se enreda en los recodos oscuros de nuestra memoria histórica. No es una historia que se refiera a alguien en especial, nadie me contó nada parecido. A la luz de todo lo que se va conociendo, bien pudiera ser la historia común de muchos de los asesinados y desaparecidos, y también de alguno de los asesinos, que han sabido convivir con su odio asesino fresco en su interior sin arrepentirse y sin llegar a sentir empatía o compasión ni por los muertos ni por sus familias, que todavía les buscan una generación tras otra.

Todavía son demasiados los pueblos y lugares de España en los que los asesinos o sus descendientes conocen o intuyen los lugares en los que están los cuerpos de los republicanos ajusticiados y se niegan a revelarlos o a contribuir a que se abra la tierra y se proceda al reconocimiento de las víctimas.

La fotografía que acompaña el texto la realicé este verano en un precioso jardín botánico que hay en el centro de Coimbra, un lugar especial que es un auténtico canto a la naturaleza y a la biodiversidad forestal, que alberga preciosos árboles y flores traídos de muchos lugares del mundo. En uno de sus rincones, abrigados por una penumbra casi permanente, se encontraba este banco cubierto de un musgo espeso, que parecía el lecho de un semillero.


El olmo

Me gusta el viejo olmo de la era de los “Tomasines”. ¿Cuántos años lleva aquí? Quién sabe,  doscientos, trescientos  años… Toda mi vida he admirando su magnífico tronco, sus ramas recias, la fuerza que emana de su presencia. Aunque desde que tuvo esa enfermedad de los olmos, ¿cómo se llama?, ¿grafiosis?, -sí, creo que se llama así- ya no es el mismo. Ha perdido las hojas y está como yo calvo y anciano, pero aun conserva  su tronco imponente y en primavera todavía se permite el lujo de echar unos cuantos brotes.  Son solo un pequeño fogonazo de luz, que colorean de motas verdes la corteza polvorienta del árbol. Más de uno en el pueblo le dio por muerto hace unos años. 

Se le cayeron todas la hojas y pasó por él un año entero sin un solo brote, y claro, algunos listillos del ayuntamiento quisieron hacerlo astillas, pero los más viejos nos opusimos, faltaría más, ¡si este árbol ha estado aquí siempre! ¿Qué sabrán esos politiquillos venidos a más? Menos mal que conseguimos frenar aquello y lo respetaron. Hace un par de años volvió a tener hojas, ha revivido el pobre y ahí está, en el  mejor sitio del nuevo parque. 

Hay que reconocer que en esto sí que han acertado los del ayuntamiento. El parque nuevo le ha dado vida al pueblo. Lo que son las cosas, la antigua era de los “Tomasines” convertida en parque municipal, con su fuente, su buen estanque, ¡y lo que refresca en verano, el jodío estanque!, pero lo mejor son estos bancos tan cómodos para descansar. 

Está un poco retirado del centro del pueblo, pero el paseo es agradable. Sobre todo ahora en primavera. Da gusto llegarse hasta aquí y sentarse un ratito bajo el olmo,  ya lo dice don Francisco el médico, “no hay nada como un buen paseo para controlar la tensión”. Y yo le hago caso, faltaría más, no se llega los 89 años sentado en un sillón, no señor. 

Con lo que me gusta a mí venir cada día hasta el viejo olmo de la era de los “Tomasines”, me da fuerzas. Respirar su aliento me alarga la vida. 

Hay, los “Tomasines”, los “Tomasines”,…no queda ni uno. 

Tomás, el padre, y los tres hijos, todos muertos…, je, je…y bien enterrados. Lo que es la vida. Ellos tan fuertes, tan leídos, tan bien alimentados…¡mira que tenían buenas tierras los “Tomasines”!…pero se equivocaron. Y anda que no le advertimos veces al viejo Tomás, “por ahí no, Tomás”, “con esos no, Tomás”, ¡Qué pesado se puso Tomás con presentarse a alcalde por los republicanos! ¡Y encima salió! ¿Y cuando se le ocurrió traer un maestro de la capital para la escuela? ¡Pero si aquí siempre dio clase el cura! ¿Y la que lió con los contratos de los jornaleros?... No eran tiempos para eso, Tomás… 
Así acabó, enterrado ahí, debajo del olmo. Él y sus hijos, no dejamos vivo ni al pequeño, no fuera a ser que con el tiempo…El tiempo…, el tiempo…¿Cuánto tiempo ha pasado ya?...¿setenta años? ¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo! Y los que les quedan, esos no salen de debajo del olmo, como me llamo Anselmo.

Carmen Barrios

jueves, 26 de junio de 2014

Una carta y una petaca de licor para la anciana Dolores


Dolores se mece sobre el río






El cuento que pego a continuación es una historia de amor, de ternura y de espera. Es también un relato sobre la derrota en el pasado y la determinación para sobreponerse a ella en el presente. 

Cuento una historia totalmente ficticia que se me ocurrió viendo la fotografía de una petaca de licor del ejército rojo, que me mostró un amigo. La había sacado en un mercadillo de Palermo, y cuando la vi, comencé a imaginarme una vida para esa petaca de licor de un soldado ruso en Europa. Como tengo querencia por los asuntos relacionados con nuestra memoria, situé a mi soldado ruso en la guerra civil española, un brigadista en el lado de los buenos, el de los republicanos, que es mi lado, el lado de los míos, el lado de los que defendían la legalidad democrática, el lado de la dignidad, el lado de la igualdad, de la justicia y de la libertad. 

La fotografía la saqué en Praga, en un atardecer suave en uno de esos puentes maravillosos sobre el río. Me ha parecido que podría ser un retrato imaginario de Dolores, una de las protagonistas de mi cuento.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


La petaca

Manuela lleva una semana arrastrando los pies para acudir al trabajo. La han escogido para hacer inventario en la sede central de Correos, un edificio histórico con aires de fortaleza que ha sido vendido a una gran compañía del sector de las telecomunicaciones. En un principio no le pareció mal pero, desde que le anunciaron que tenía que bajar al sótano del edificio con el auditor para catalogar con detalle lo que allí queda, una desazón áspera como una roncha enrojecida se instaló en la boca de su estómago formando una corona de ascuas. Siempre que su úlcera arde sabe que algo extraño está a punto de suceder. Este trabajo ya resulta para ella una labor penosa en sí, porque certifica la venta de Correos al sector privado y estampa el sello de liquidación a una lucha que todos han perdido, como para encima tener que soportar los rigores físicos de una dolencia que, en su caso, siempre ha estado asociada con la llegada a su vida de acontecimientos inevitables, que suelen torcer el presente y volver su mundo del revés. Para colmo, el sótano de Correos es un lugar poco frecuentado y sobre el que se cuentan historias fantásticas y raras.

Nunca había estado allí, ni sola ni acompañada, pero en cuanto el encargado de la auditoría y ella comienzan a avanzar por el largo pasillo, que desemboca en la sala principal, Manuela advierte que es un lugar singular. Con cada paso, mastica la sensación ácida de que allí planean las sombras de acontecimientos mal resueltos.

El sótano está a unos cuantos metros bajo tierra, parece una especie de búnker empotrado en el subsuelo a una profundidad que casi compite con las calderas del infierno. Su apariencia lúgubre y su decrepitud se ven multiplicadas por una iluminación muy precaria, tenue, que apenas alcanza para ubicar con claridad los límites del espacio y otorga a los escasos objetos, que se distinguen a duras penas, una apariencia incorpórea de siluetas espectrales en medio de un gran teatro oprimido por un raro vacío.

Al aproximarse a la pared del fondo, distinguen una estantería con archivadores. Cuando comienzan a retirar unos cuantos para ver su contenido se percatan de que el tabique tiene un hueco grande que comunica con otra sala. Deciden empujar la estantería con cuidado para acceder a ese lugar y, casi sin darse cuenta, caminan unos cuantos pasos hacia el más allá, hacia una etapa del pasado  que permanece secuestrado en el tiempo. La estancia es colosal y se encuentra llena de estantes ocupados por cartas y paquetes cubiertos por el polvo denso de una desolación que cuenta con más de medio siglo de olvido. Los objetos acomodados allí parecen pequeños cadáveres momificados, dispuestos en las repisas por orden alfabético y por fechas de recepción. Los matasellos oscilan entre 1938 y 1955 y todos tienen el sello de un águila imperial de gesto adusto y ojos carroñeros, sobre cuya cabeza reza el lema “España, Una, Grande, Libre”. Manuela y el auditor están atónitos, observan que muchas de las cartas provienen de cárceles o campos de reclusión e internamiento. ¿Qué hacen allí esas cartas todavía? ¿Es que nunca llegaron a sus destintatios? Se preguntan. En ese instante, ante sus ojos, se está desnudando una de las sentencias del olvido.

Manuela percibe con claridad la importancia de esas cartas. Allí parece que se amontonan miles de documentos que atestiguan la existencia de una voluntad cruel, encaminada a interrumpir la comunicación entre los vencidos y sus parientes, para infligir más miedo y desesperación, e introducir en las gentes la incertidumbre sobre el destino último de sus seres queridos. En esos anaqueles todavía duermen los relatos de miles de vidas al límite que no consiguieron tocar con sus palabras el ánimo de sus allegados para trasladar o encontrar un poco de consuelo y, sobre todo, para notificar cuál fue su destino.

A medida que digiere la magnitud del hallazgo, un dolor agudo, que pugna con todo ese tiempo malogrado, se clava en sus entrañas y mortifica a Manuela con la idea firme de que esas cartas y esos paquetes tienen que ver la luz, aunque sea con 80 años de retraso. En el interior de ese sótano respira todavía un número indeterminado de alientos contenidos y su deber es intentar recomponer el friso desbaratado de tantas historias silenciadas. Mientras Manuela se deja llevar por un susurro inaudible instalado muy dentro, que la impele a extender la mano y coger un pequeño paquete, el auditor de la compañía niega de forma insistente con la cabeza:

-¿Qué hace usted? ¡¡¡Eso ni tocarlo!!!, no es cosa nuestra. Damos parte y ya-, la increpa alterado mientras inenta sujetar la mano de Manuela con fuerza, mirándola inquisitivamente a los ojos, porque ha leído en ellos la extraña determinación que se ha apoderado de su subordinada.

Manuela, sin embargo, no le oye, solo se escucha a sí misma, a esa voz interior que la anima a actuar y al fuego de su estómago, que arde y que la impulsa con fuerza a desvelar el contenido de ese paquete. El remitente parece ruso, Pavel Mikhailov pone, la dirección desde la que está enviado es la de un campo de concentración, Castuera -en Extremadura- y su destinataria es una tal Dolores Aranda, C/ Olmo, 5, 2º-A, escalera principal; la fecha del matasellos es del 24 de julio de 1939.

Mientras lo abre con mucho cuidado, como si acariciara la mano diminuta de un niño recién nacido, comienza a sentir una desconocida sensación de melancolía antes de extraer lo que se oculta en su interior: una petaca de metal, recubierta de cuero negro, sobre el que resalta una estrella roja de cinco puntas y el símbolo del martillo y la hoz perfilado en relieve sobre el corazón de la estrella. Además, el paquete también contiene un papel doblado en cuatro, que parece una carta. Sin vacilar ni un instante, despliega el escrito y lo lee en voz alta para acallar las amenazas del auditor, que no para de gritarla que mantenga eso en su sitio, que se está buscando una sanción o incluso que la despidan, que su trabajo es otro, que no está allí para leer el correo, ni mucho menos para encargarse de eso, que es una irresponsabilidad, que si se ha vuelto loca, que…:

Mi querida Dolores, me apresaron hace unos diez días y tengo las fuerzas muy mermadas. En este campo, en Castuera, en La Serena, estamos recluidos miles de hombres hacinados y hambrientos, el calor es agobiante y la sed nos derrota. Por la claridad de esta carta, ya te habrás dado cuenta de que no la escribo yo, ya sabes lo torpe que soy todavía con el español. Un capitán de artillería me está haciendo el favor de poner estas letras en claro para que sepas que sigues en mi corazón, que el recuerdo de tus ojos profundos acariciando mi alma y de tus manos suaves sobre mi vientre es lo más valioso que me llevo de este viaje por una vida que me ha dado la satisfacción de sentir que he hecho cosas que merecían la pena, como entregarme a ti y a la lucha por la libertad de esta tierra. Sé que todo acabará pronto, este recinto es un moridero. Por eso quiero pedirte que sigas, que no te rindas, que continúes, que camines y que no te detengas, y siempre riendo, con los ojos y con la boca, con el corazón y con las manos, ya sabes cuánto me gusta tu risa. Te envío lo único que me queda, esa petaca en la que te di a probar, por primera vez en tu vida, un trago de vodka que te supo a fuego del infierno, pero que transformó tus mejillas en dos soles abrasadores y alegres en medio de tu rostro. Por favor, guárdala, así siempre que poses tus labios en su boquilla los sentiré como besos de seda sobre mi propia boca”. Pavel Mikhailov, 22 de julio de 1939.

Cuando termina de leer, el auditor ya se ha perdido camino del ascensor. Manuela permanece muy quieta durante algunos minutos, como si pudiera ver la silueta de Pavel sin fuerzas casi para sostener el último aliento, reclinado sobre el hombro del Capitán de artillería que le hacía de amanuense. Comienza a respirar hondo para calmar las brasas de su estómago y es consciente de que la única forma de aplacar el vértigo que la invade es cumplir con el rito que fue interrumpido tantos años atrás: entregar esos paquetes en su destino. Empezará por el que sostiene en las manos.

Es casi media mañana cuando sale a la calle con el paquete de Pavel bien resguardado dentro de su bolso y camina con la ligereza de quien sabe que, por una vez, puede suavizar un daño suspendido en un limbo del pasado.

Sobre la una del medio día llama al timbre del 2º piso del número 5 de la calle del Olmo. Una voz femenina le abre la puerta del portal después de escuchar parte de su relato y asegurarle que sí, que esa es la casa de su abuela Dolores. Cuando alcanza el descansillo del segundo piso una mujer de unos cuarenta y cinco años, alta y con la piel muy clara, la espera en el rellano. Manuela se presenta, le tiende el paquete y ella la invita a pasar.

- Pase, pase, por favor, pase y siéntese –le dice mientras le indica el sofá con una expresión entre alegre y expectante-. Voy a buscar a la abuela, que está en su cuarto, es muy mayor, ¿sabe?, pero tiene una salud de hierro…y un ánimo…, fíjese, acaba de cumplir 98 y está tan fresca…y dice usted que le trae un paquete fechado en 1939. ¿Está usted segura?
Y, mientras Manuela le tiende el paquete para que ella misma lo vea, exclama:-¡¡¡qué barbaridad!!!, pues sí que ha tardado en llegar el paquete…pero parece que ha sido abierto…

-Sí -se apresura a explicar Manuela- cuando encontramos toda esa correspondencia almacenada allí, en una especie de cuarto grande del sótano de la central de Correos, no sé, un impulso que no pude controlar me llevó hasta este paquete y, tras ver su contenido y leer la carta de Pavel para su abuela, que está dentro, perdóneme, pero no lo pude evitar, me asaltó una emoción enorme y… en fin, que decidí que este reparto histórico tenía que llegar a su destino,...yo, en fin, que no sé…

-Sí, sí, la comprendo, no se preocupe, a mi me habría pasado algo parecido…bueno voy al cuarto de la abuela, a ver si la ayudo a salir –afirma mientras su voz se pierde al fondo del pasillo.

Al poco rato aparece en el salón llevando de su brazo a una anciana sonriente, de rostro casi transparente, que la saluda estrechando su mano con parsimonia y mientras se sienta en una butaca, que la sujeta muy derecha, comienza a expresarse con calma:

-Señorita…dice mi nieta que trae usted un paquete para mi…de Pavel…Pavel…Pavel…,¿está segura?

-Lo puede ver usted misma -asegura Manuela mientras le tiende el paquete-, también hay una carta para usted, que va dentro.

La anciana se coloca sus gafas y lee el remite repitiendo el nombre de Pavel varias veces, como si cada repetición le permitiera dibujar en su mente una parte del rostro del ruso hasta recomponer su estampa por completo. Cuando sus manos liberan la petaca de su tosco envoltorio una sonrisa juvenil, como de niña pillada en falta, ilumina toda su cara y por un momento parece que Dolores ha vuelto a los veinte años. Le pide a su nieta que lea la carta en alto, porque tiene los ojos empañados por un brillo de emoción que actúa de velo y, según confesa, las palabras navegan sin control sobre el papel como si fueran barquitos de vela. Escucha con atención cada frase. Cuando su nieta concluye se ha declarado un incendio en sus mejillas, que están teñidas por un rojo intenso, tal como describía Pavel en su carta.

-Ya sabía yo que era imposible que Pavel me hubiera abandonado,...ya sabía yo que era imposible…lo sentía muy dentro, siempre lo he sentido pegadito aquí, a mi lado, siempre a mi lado –expresa con sosiego, mientras entorna los ojos para posar sus labios en la boquilla de la petaca con mucha placidez, como si en ese acto se estuviera fundiendo en un largo beso con su amante ruso.

Carmen Barrios.






lunes, 17 de febrero de 2014

Cuento de la mujer rota

La mujer rota

























Los inicios de la Guerra Civil española fueron muy duros en muchos pueblos que quedaron dentro del bando de los golpistas fascistas. Se asesinaba con usura, como dice uno de los protagonistas de los cuatro cuentos que componen el libro "Los girasoles ciegos". Se mataba para terminar con los que no pensaban igual, daba lo mismo si se trataba de jornaleros, antiguos concejales, maestros o maestras, o lo que fuera. Cualquier pequeño detalle que delatara simpatías por la II República o comportamientos demasiado liberales podía significar una acusación de cargo que llevara a una cuneta o a una fosa improvisada. Se trataba también de infundir un miedo que traspasara las fronteras de las generaciones, porque se hacía desaparecer a los muertos, malenterrándolos en cualquier parte y no se permitía a los familiares darles una sepultura decente en un cementerio ni llorar a sus muertos.

Muchos de los derechistas, falangistas y golpistas que se levantaron contra el gobierno legítimo de España, iniciando una guerra atroz, aprovecharon la coyuntura para enriquecerse, porque se apropiaban sin pudor alguno de las tierras,  de las casas y de las pertenencias de los asesinados y, cuando terminó la contienda, de los que perdieron la guerra.

El cuento que pego a continuación es una fábula un poco fantástica, en la que el cuerpo de una mujer asesinada con brutalidad se pasea por los campos como un pedazo de memoria retornada, que se sale del tiempo y vaga por ahí hasta que se haga justicia. 

Valeriana existió, y la mataron por envidias, junto a otras dos mujeres. Era muy joven y la torturaron con inquina antes de darle muerte. Cuentan los del pueblo de Poyales, que tras matar a estas mujeres dejaron sus cuerpos a la intemperie del camino, para que todos pudieran ver de lo que eran capaces los alzados. Dos días después, un hombre del pueblo no pudo más y enterró sus cuerpos, señalando el lugar con un hito de piedra. El hombre se murió de pena a la semana siguiente. 

Este relato está basado en hechos reales sucedidos a finales de diciembre de 1936 en el pueblo de Poyales del Hoyo (en las faldas de la Sierra de Gredos), donde fueron asesinadas tres mujeres al inicio de la guerra cuyos cuerpos fueron enterrados en una cuneta de la carretera hacia Candeleda y que costó mucho recuperar, porque las autoridades locales, del Partido Popular se negaban a ello. En la comarca del Valle del Tietar se asesinó a más de mil personas, y muchos de estos cuerpos todavía siguen bajo tierra, porque los alcaldes no dan los permisos para desenterrarlos. La represión aquí fue brutal y las gentes de estos pueblos todavía guardan memoria de lo sucedido y recuerdan que uno de sus vecinos, un falangista apodado el 501, fue el responsable de la muerte de 501 personas, se hizo poderoso tras la guerra y vivió felizmente hasta que se murió de viejo.

La fotografía que acompaña el relato la hice en una calle del barrio de Lavapiés en Madrid. Me topé con esta imagen rasgada sobre la pared, tan tétrica y tan brutal, un día de luz incierta en la calle del Oso. Otra vez un artista urbano me ha tendido el testigo que recojo, la fotografía es perfecta para este relato.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es, en la sección de cultura.


Valeriana, la del cabello azabache y la tez de nácar.

El camino estaba revuelto. Terrones rojos, como si estuvieran regados con la sangre de un jabalí recién abatido a tiros, destacaban sobre lo que parecía una cicatriz que desgarraba el suelo. Se había acercado hasta allí, donde reposa el hito al filo de la vereda que lleva hacia el valle, porque su hermano afirmaba que en ese lugar ocurría algo extraño. Cuando llegó a la zona señalada tuvo la certeza de que algo o alguien había salido desde las entrañas de la tierra hasta alcanzar la superficie con una obstinación desesperada, y que en su empeño, las piedras y las raíces que fijaban el firme habían rasgado su carne.

A pesar de que la tarde se fundía y caminaba entre luces, pudo percibir un rastro purpúreo que conducía hasta el interior del bosque. Apartando sus temores, decidió seguirlo amparado en la compañía fiel del arma de caza que heredó de su abuelo. Conforme se adentraba en la espesura, una calma inusual iba invadiendo el enramado. Las copas de los árboles ascendían buscando el cielo hasta el infinito, y sus ramas -plagadas de hojas que impedían el paso de la escasa luz del crepúsculo- permanecían muy quietas, como si todo el bosque se hubiera contagiado con un estatismo propio de las naturalezas muertas.

Detuvo su marcha unos instantes para fijar bien el rumbo de la marca escarlata que tatuaba la piel del bosque, y en medio de la quietud escuchó una canción entre susurros que competía con su propia respiración para hacerse oír. Levantó los ojos del suelo y examinó el espacio, fijando bien la mirada, para escrutar con detalle todo lo que le rodeaba, intentando averiguar el lugar exacto del que provenía el murmullo. A escasa distancia, clareando en la espesura, pudo distinguir una especie de bulto que tiritaba al entonar la melodía de una canción de cuna. Al acercarse un poco más, vio que se trataba del cuerpo de una mujer en camisa de dormir, cuya tela clara destacaba sobre la áspera negrura de un tronco partido por un rayo.

La mujer tenía una extraña belleza, enturbiada por surcos de sangre reseca que se mezclaban con residuos de barro sobre el perfil de una piel macerada por la oscuridad del tiempo. Su pelo largo y negro estaba deslucido por un fango grana, que delataba que de la cabeza de la mujer había manado sin frontera una herida ya taponada. Tenía los ojos cerrados, pero de su boca continuaban saliendo las estrofas confusas de una nana muy triste, propia de una época atizada por los estragos atroces de la guerra. Con un espanto que asía sus pies por los tobillos y los incrustaba en el suelo como si fueran estacas, reparó en que el camisón de la mujer tenía varios orificios de sombra negra por los que podía colarse su dedo índice, que describían una media luna de pánico sobre su vientre. Sin duda eran impactos de bala. Esa mujer había sido fusilada.

Desde que era un niño había escuchado historias terribles referidas a media voz, que a veces asaltaban sus sueños y daban vueltas en su cabeza sin parar, como las aspas de un molinillo a mereced del viento. Se contaban en un tono casi inaudible para los vivos, pero suficiente para que la llama de la memoria no se apagara. Eran historias de dolor, de odio, de crueldad sin límite, de venganza y de pillaje, historias que contenían la savia ardiente de los secretos manchados por la muerte. Algunos aseguraban que una parte importante de los campos de cultivo de los alrededores del pueblo eran cementerios improvisados. Que la tierra abrigaba con un poderoso manto de tiempo y de olvido cerca de mil cuerpos de vecinos del valle asesinados al inicio de la guerra. Que un solo hombre (apodado “el 501”) era el responsable de la desaparición de la mitad de ellos y que todos estaban malsepultados por ahí, esparcidos bajo los sembrados de centeno, de trigo y de maíz, o al borde de las cunetas de los caminos que unían unos pueblos con los otros.

Cuando vio a la mujer malograda, abatida sobre el tronco ceniciento del árbol roto y percibió su fragilidad en ruinas, se materializaron todas las habladurías registradas en su cerebro a trompicones. Mientras miraba su cuerpo, tuvo la certeza de que delante de sus ojos yacía una de las tres mujeres que fueron asesinadas en los tiempos lejanos de su abuelo, en la vereda del camino que unía su pueblo con el valle. Se acordaba bien de esa historia que había escuchado muchas veces a las mujeres de su familia, pero a retales y entre silencios opacos, porque cuando él estaba cerca se apagaban los murmullos. Durante años cosechó frases sueltas y palabras ahogadas, uniendo poco a poco las piezas desperdigadas del relato hasta completar el puzle del horror, porque no hay nada que llame más la atención de un niño que los secretos desguazados.

Un grupo de hombres azules sacaron a rastras de sus casas a tres mujeres y dos niñas, una noche gélida de finales de diciembre de 1936. Asesinaron con crueldad a las mujeres, regando con su sangre la cuneta del camino. A la más vieja la mataron por ser protestante y a la de en medio por leer El Socialista. Con la más joven -toda ella preñada de vida- se ensañaron especialmente, porque su hermosura lastimaba de envidia a más de una beata. Le arrancaron de sus entrañas el niño que llevaba dentro y rellenaron el hueco con los hierbajos podridos y los guijarros sucios del camino, antes de coser su cuerpo con una descarga de tiros de pistola. Las niñas sobrevivieron a este crimen atroz, pero los gritos de pavor que rompieron esa noche negra permanecieron grabados en el perfil acuso y triste de sus ojos como un estigma indeleble del espanto.

Mientras este suceso, silenciado durante décadas, se reproducía como una pesadilla viva que se hacía realidad ante su mirada, la mujer había ido poniendo fin a su tarareo obsesivo.
Se dio cuenta de que en ese instante helado, ella había abierto los párpados y clavando en el infinito dos cuencas oscuras como serones de brea se quejaba de su suerte en el tono apagado y monocorde de los muertos quebrados:

-El dolor me puede…muchacho…no sé cómo he conseguido… salir del agujero…me falta el hijo…me lo mataron…sin nacer el pobre…me lo mataron,… sin nacer el pobre…por eso le canto, en el infinito…le canto, ¿sabes?...me lo mataron…me lo mataron…la tierra me ha escupido, no me quiere dentro…para conjurar el olvido, la tierra me ha escupido, porque me mataron al hijo…me lo arrancaron…me lo mataron, ¿sabes quién soy?...Valeriana me llamaba…ese era mi nombre, Valeriana…la del cabello azabache y la tez de nácar, me decían, Valeriana, me llamaba …me mataron al hijo, me lo mataron…me lo mataron…me lo mataron…me lo…mmmmm…por eso mmmmm…