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miércoles, 15 de abril de 2020

LAS VIDAS DE NATALIA

Natalia Joga, verano de 2015



EN MEMORIA DE NATALIA JOGA
En la tarde del 8 de abril de 2020 falleció Natalia Joga, luchadora antifranquista, mujer comunista del PCE, feminista y fundadora junto a otras, del Movimiento Democrático de Mujeres (MDM) a la que debemos derechos y libertades, que reclamó poniendo el cuerpo y la inteligencia libre para todas nosotras. Tuve la gran suerte de conocerla y de tratarla en los últimos años de su vida. Tuve la gran suerte de poder hablar con ella y de escucharla con emoción y agradecimiento, por lo que significaron sus esfuerzos y el de tantas otras mujeres que labraron el camino que hoy recorremos un poco más llano gracias a ellas.
Natalia nació el 1 de enero de 1928, tenía 92 años de luchas a sus espaldas cuando falleció. Su vida da para el guión de una buena peli de espías y clandestinas luchado de forma épica por las libertades en la España de los años 60 y 70 del siglo pasado.
Le rindo homenaje y comparto un relato sobre su vida que publiqué en el libro Rojas, Violetas y Espartanas. Mujeres en lucha (Utopía Libros, 2018) y que recogí a través de los testimonios que ella misma me relató, acompañada de su inseparable Vicente Llopis, su marido, que hizo de apuntador, una tarde de verano de 2015. Reproduzco aquí el texto con alguna modificación sustanciosa de fechas, que he conocido con posterioridad a la publicación del libro.
El texto va acompañado por una fotografía que le hice aquella tarde, en ella se ve a una Natalia Joga muy ella, con sonrisa amable de mujer libre y un cigarro en la mano siempre hasta el final. Quedará registrada así en mi memoria.

Las vidas de Natalia

La Pepona de Natalia

La muñeca tenía una expresión de pánico impropia de un juguete. Estaba tumbada boca arriba en medio del salón, con los ojos abiertos a un cielo irreal, empañado por el polvo de los cascotes recién reventados. Así la encontró Natalia tras el impacto, tendida y como muerta, rodeada de escombro, con el pelo polvoriento y las ropas arrebujadas como si fuera una muñeca del arroyo.

Una bomba había volado el salón de la casa de los padres de Natalia. Una casa con patio, situada dos cuadras detrás de la iglesia, en un recodo que llevaba hacia el final del pueblo, una zona elevada sobre los trigales. Afortunadamente las habitaciones donde dormía toda la familia estaban intactas. Todos se habían despertado con el rugir de la bomba, que abrió un cráter en medio de la calle, llevándose también el muro exterior y parte del tejado.

Natalia salió atónita de su habitación, era pequeña y no entendía bien lo que sucedía. Solo veía todo desparramado por el suelo, los adornos de las paredes caídos y desconchados, los escasos muebles astillados entre los cascotes y su muñeca como muerta en medio de ese remolino de enseres. Antes de ir a dormir Natalia la había dejado sentada en uno de los butacones del salón, tapada con un trozo de tela a modo de manta, bordada con un festón de colores, que le había cosido su madre, para que la pobre no pasara frío por la noche.

Natalia estaba orgullosa de esa manta. Su señorita del cole le había confiado cuidar a la Pepona, así la llamaban en clase, durante una semana. Y ella la tenía bien limpia, con los cabellos desenredados y dos moñetes a los lados que daban a la Pepona un aspecto de niña tratada con mimo y recién peinada para acudir a la escuela. Natalia adoraba a esa muñeca. Estaba deseosa de que le tocara a ella cuidarla durante el fin de semana. La maestra llevaba un orden riguroso, porque todas las niñas querían disfrutar de la Pepona. No era de ninguna y era de todas, la cuidaban, la aseaban, la mimaban, la hablaban y era partícipe de todos los juegos. Gracias al primor con que cada alumna atendía a la Pepona, la muñeca se había convertido en la niña mejor vestida y con más variedad de atuendos de la escuela.

Natalia recuerda a su maestra muy vivamente. En ocasiones tiene los recuerdos un poco confusos, las vidas largas, muy largas, es lo que tienen, que se pueden confundir los acontecimientos, mezclar fechas o nombres, o simplemente olvidar, olvidar, olvidar…Pero Natalia es una luchadora inagotable y ahora lucha contra el olvido. Y se le distraen algunos hechos en los pasillos de la memoria, otros simplemente se esconden tras una esquina, pero consigue girar y allí están esperando para ser revividos, sí, y los más valiosos, esos están todavía a la luz de un gran ventanal abierto, y son tan nítidos que los puede compartir casi sin esfuerzo. El recuerdo de su maestra y de esos pocos años de colegio forman parte de ellos… la señorita Sara, la Pepona, el aprendizaje en el aula o en las eras, los paseos por el río, las canciones, los cuadernos donde clasificaban las hojas de los árboles, el libro de los insectos, repleto de imágenes que ayudaban a identificar cada bicho que capturaban por los caminos, las compañeras de escuela, la Pepona, Sara, los bichos, los caminos, el río, Sara, Sara otra vez, siempre su señorita Sara, con sus cuentos y sus canciones, siempre Sara…son recuerdos indelebles, no se borran.

Por mucho tiempo que pase, ahí está Sara, enseñando los números como si fueran los personajes cantarines de un teatrillo, que se mueven al ritmo frenético de las multiplicaciones o cabecean en el vaivén leeeento de las divisiones, o las letras del abecedario, dibujadas como gráciles bailarinas haciendo equilibrios imposibles en una línea infinita que desborda la pizarra y recorre las paredes del aula sin ningún límite. De eso sí que se acuerda bien Natalia.

Cuidar a la Pepona entre todas fue estimulante y positivo. Eran niñas de ocho años, que tenían una responsabilidad compartida, atender a alguien muy querido y se esforzaban como si la Pepona pudiera sentir o padecer, o hablar o reír, o llorar, o simplemente jugar y jugar, la Pepona tenía vida para ellas, …Y en esas estaba Natalia, en su turno de asistir a la Pepona, cuando cayó la bomba, cuando cayeron las bombas de los aviones alemanes sobre su pueblo, y destrozaron el salón de la casa de sus padres y casi se llevan por delante a todos los miembros de su familia, a ella misma… y a su querida muñeca.

Menudo disgusto se llevó Natalia al ver así a la Pepona. Empañada por la polvareda, con los pelos estropajosos y opacados por una capa fina de estuco, como si hubiera metido la cabeza en un saco de cemento, con la ropa engurruñada como una muñeca del arroyo y con la mirada fija, clavada en un techo inexistente, que había saltado por los aires como por arte de magia.

Sí, la magia de las bombas, ¿tienen magia las bombas?, más bien magia negra, porque cuando las bombas aparecen en la vida de las personas todo se trastoca y comienzan padecimientos que pueden llegar a ser definitivos, insalvables.

La familia de Natalia tuvo que dejar su casa y su pueblo cuando aparecieron las bombas. A principios de 1937 su pueblo estaba en pleno frente de guerra. De hecho, Natalia recuerda que había un campamento de soldados de muchos países, establecidos muy cerca de su casa, y recuerda también que su madre la enviaba de vez en cuando con un puchero de lentejas con algún trozo de costilla nadando en el caldo para ellos, que eran simpáticos y hablaban todos con acentos variados que no conseguía entender, pero no le importaba, porque eran generosos y en ocasiones volvía con un poco de chocolate o con tabaco para su padre.

Las bombas sacaron de casa a la familia de Natalia y la llevaron a instalarse en un barrio a las afueras de la Capital, en casa de unos parientes de su madre. Natalia recuerda que su madre le dio a ella y a sus hermanos un trozo de tela con un palo a cada uno, para hacerse un hatillo en el que poder meter sus cosas y transportarlas con facilidad. Lo primero que ella metió en el hatillo fue a la Pepona, que ocupaba buena parte del mismo, porque tenía que cuidarla –ese era el mandato de su maestra- hasta que pudiera volver a la escuela, también derrumbada y cerrada por las bombas. Menuda responsabilidad, pensaba Natalia. Arregló a la muñeca, la curó de las heridas que le había causado la bomba y la dejó radiante, eso sí, no pudo conseguir que la Pepona superara esa mirada de pánico. Se le quedó la expresión pasmada de quién recibe un susto de muerte, que le hiela el alma para el resto de su existencia.

Natalia cuidó a la Pepona durante años y años. Nunca pudo devolverla a la escuela. No volvió a ver a su maestra ni a sus compañeras. Las bombas efectivamente lo trastocaron todo, tanto, que la vida de Natalia dio un vuelco completo. Y la de su maestra, Sara, y
las de sus compañeras de clase, y la de tantas personas que se quedaron ahí, pilladas en el recuerdo de otros y no se supo nunca qué fue de ellas.

Cuando terminó la guerra Natalia tenía once años. Los felices días de escuela quedaron enterrados en el rugir de las bombas. Nunca volvió a ser la misma. Lo único que quedó de su niñez fue la Pepona, el testigo precioso de que un día existió la infancia y que ella formó parte de un mundo amable de juegos y de amistades infantiles, un mundo de aprendizaje, de canciones en el aula y de manos que comparten un corro infinito de carrusel en medio del patio de la escuela. Un mundo de lecturas y de historias narradas con cadencia por Sara, su maestra, una mujer que desapareció sin dejar rastro. La escuela fue borrada. Igual que Sara, su maestra, probablemente apartada, desaparecida, o algo mucho peor, ¿quizás marcada como un libro seleccionado para quemar en la hoguera?, se pregunta Natalia durante esos días en los que la luz retorna a esa parte de su memoria que se resiste a sucumbir al encanto indolente del olvido.

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Natalia contra el muro
La prisión de Burgos. Los muros altos, ciegos, fríos, húmedos. Los muros que apartan. Los muros que recluyen la vida, la expresión, la protesta, el amor. Los muros que cercenan. Los muros de una prisión que llora vidas, que contiene lamentos y gritos de dolor, que alberga presos de conciencia desde el final de la guerra. Ahí están esos muros de la prisión de Burgos, elevados e inexpugnables, insolentes, ante todas la madres con sus hijos, ante las hermanas y las abuelas, la hijas y las nietas…ahí están, con los portones cerrados, sellados, en el único día festivo, el 23 de septiembre, el Día de la Merced, en el que se permite a las familias de los presos traspasar la frontera del presidio, la frontera del odio, para abrazar las vidas tan queridas, secuestradas en las tripas de ese monstruo ávido, de mil estómagos, que es el franquismo.

A las puertas cerradas de la cárcel de Burgos del 23 de septiembre de 1963 está Natalia, nuestra Natalia, que ya no lleva a su Pepona en un hatillo, se quedó sentada, cuidada como una reina, en un butacón del salón de la casa familiar, se ha convertido en un símbolo de supervivencia del que los padres de Natalia no se saben desprender. Ahora lleva a su hijo, que no tiene un año, en sus brazos, sujeto en su cadera, que balbucea el nombre de su padre, Vicente, al que todavía no conoce. Natalia está a las puertas de la prisión más triste de España desde casi el alba. Lleva una bolsa llena de viandas para compartir con su marido, uno de los presos del expediente Grimau, que está recluido desde hace casi un año. Natalia está impaciente, porque ve que las puertas no se abren y comienza a revolverse en la cola.

-Compañeras, ¿qué pasa?, esto no es normal. Deberían haber abierto las puertas a las nueve –grita interrumpiendo los murmullos entrecortados del silencio. Aumentan los cuchicheos, pero nadie responde. Los niños y las niñas comienzan a revolverse. Y Natalia arenga.
-¿Qué sucede?, ¿por qué no nos dejan entrar?, este Día de la Merced es nuestro, tenemos derecho a ver a nuestros hombres y a que nuestros hijos jueguen con sus padres…

Natalia se sale de la cola y va resuelta a la puerta a preguntar qué sucede, por qué no abren ya.

El funcionario le informa lacónico y con tono desabrido que las puertas permanecerán cerradas, que no se permitirán visitas. Y Natalia grita, grita fuerte, muy fuerte… arenga a las mujeres y pide explicaciones. Se organiza un revuelo tan grande a la puerta de la cárcel, que sale un funcionario de mayor rango a informar a las familias. Se han suspendido las visitas porque los presos se han declarado en huelga de hambre y se niegan a ir a misa. Y sin misa, no se celebra el Día de la Merced. Se han suspendido todas las actividades oficiales del día. Las autoridades salen de la prisión, se quieren escabullir como sabandijas, sin mirar a las mujeres ni a los niños, evitando cualquier contacto visual o físico con ellas. Nadie se para a hablar con ellas excepto en Obispo de Burgos, que las escucha y se escuda en la dirección de la prisión, diciendo que él no puede hacer nada, que si los presos no acuden a la misa es muy difícil que se pueda celebrar la festividad de la Virgen. El Obispo, el todopoderoso Obispo de Burgos, dice que no puede hacer nada.

Natalia sabe que los presos de la prisión de Burgos se han organizado para reclamar derechos. Los presos comunistas han decidido exigir mejoras, que tienen que ver con todos los órdenes de la vida en prisión, mejoras para el cuerpo y para el alma, mejoras como que se respete la libertad religiosa de cada uno, porque proporciona dignidad humana, una dignidad necesaria para soportar la reclusión, significa ganar un pequeño espacio de libertad dentro de los muros húmedos del penal más gris de España.

Natalia está organizada desde hace tiempo. Pertenece al Partido Comunista de España desde que su marido, Vicente, fue hecho preso y es una de las personas más activas en la organización de las mujeres de los presos para asistir solidariamente el bienestar de los reclusos políticos en las cárceles. Natalia intuía que el Día de la Merced podía pasar algo. Pero lo que ha sucedido, aplicar un castigo tan ruin sobre las familias negándoles la posibilidad de abrazar a sus seres queridos, negándoles el único contacto físico directo al año a los padres con sus hijos, a las mujeres con sus espesos, a las hermanas con sus hermanos, a las madres con sus hijos…¿cabe más crueldad?...

Ella, Natalia, deja a su hijo sentado en el suelo un momento y saca una tela blanca doblada. La despliega rápidamente y escribe con una barra roja de carmín: “Hoy día de la Merced no nos han dejado ver a nuestros padres”. Los niños portan la pancarta, había más de cincuenta niños y niñas ese día, todos queriendo llevar un trocito de la tela.

Rápidamente se improvisa una pequeña protesta y las protestonas, con sus hijos y sus hijas de la mano, cargando sus bolsos llenos de comida para una fiesta frustrada, deciden ir a pasear su grito, su exigencia, su dolor, su sed de Justicia, por las calles de Burgos, en ese día festivo tan señalado en el calendario del franquismo. Deciden irse a comer al mismísimo centro de la ciudad, mostrando su disgusto y su rabia delante de la puerta de la Catedral.
Llegan hasta el Paseo del Espolón, el lugar donde las familias acomodadas de Burgos acuden a tomar el aperitivo los días festivos como ese. Y son increpadas y la policía las acosa, las empuja y las amenaza. Un comisario de policía de aspecto fúnebre, con dentadura temblona, las exigen que se callen porque están llamando a atención, pues eso pretenden llamar la atención lo más posible, para eso están ahí, le contestan airadas y la policía carga, las empuja, las quieren asustar.
Ellas resisten, son fuertes, son osadas, son jóvenes y saben que la Justicia y la razón están de su parte. Y se dispersan, pero vuelven a juntarse otra vez en el Paseo del Espolón. No pueden con ellas. Visualizaron el dolor del miedo hace mucho tiempo. Hoy vuelven a vencer su miedo y siguen desfilando entre empujones con su pequeña pancarta, sosteniendo a sus hijos y a sus hijas, acarreando las bolsas de comida, que tendrán que volver a llevarse cada una a su destino.
La memoria sabe que ese hecho existió. Sabe que un grupo de mujeres se manifestaron por las calles de Burgos, bravas, decididas, con sus hijos y sus hijas durante el Día de la Merced de 1963. La memoria sabe que exigieron el derecho a la caricia, el derecho a estrechar el amor entre los padres presos y los hijos y las hijas, y las esposas y las madres y las hermanas, exigieron el derecho humano a la visita, al calor, a compartir el tiempo, unas migajas de tiempo nada más con los seres queridos privados de libertad. La memoria sabe que esa fue la primera manifestación de protesta que hubo en la ciudad de Burgos desde que esta población castellana fue aplastada por la victoria del águila negra. La memoria lo sabe, porque hay mujeres que todavía recuerdan que actuaron, porque además hay un testimonio gráfico que lo corrobora, un fotógrafo inmortalizó el momento y envió la imagen a Francia. A través de los canales del Partido Comunista de España llegó a un periódico de ese país, que la publicó junto a una crónica detallada de los hechos de esa jornada histórica.
Natalia Joga me relató esta historia, asistida por Vicente Llopis, su marido y apuntador de su frágil memoria, un día de finales de verano del año 2015. No olvido esa tarde, porque Vicente miraba a Natalia, su Nata, como él la llamaba, con arrobo, con un amor y una dulzura que me conmovió. Vicente LLopis ya ha fallecido y ha dejado a su Nata al albur de las vueltas que puedan dar sus recuerdos. La memoria de Natalia era ya perezosa y se escondía a menudo. Gracias a las palabras clave que Vicente pulsaba con habilidad y conocimiento total de los mecanismos que hacían retornar a su Nata, compartiendo una cerveza fría en el jardín de su casa, ella consiguió encender la luz de sus recuerdos dos veces más para mí, que tuve la suerte vital de conocer de la viva voz de esta mujer Roja los hechos que relato.

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Natalia clandestina
Natalia tiene varias vidas, y todas ellas las vive con fuerza, con determinación, incluso con una especie de alegría revolucionaria.
Nuestra Natalia sabe que la alegría es una manera de no rendirse y así actúa. Para los presos es muy importante ver a las mujeres fuertes y alegres. Para los hijos es fundamental también ver a sus madres alegres, los niños no deben aprender el odio, piensa con firmeza Natalia, nunca el odio. Ella, todas ellas, se esfuerzan en explicar a los hijos la realidad de su familia, quienes son ellos y por qué sus padres padecen cárcel, por qué son presos políticos y lo que eso significa.

La alegría sirve de canal y proporciona a Natalia el ímpetu suficiente para llevar a cabo acciones peligrosas, impensables para una mujer cualquiera de su época, acciones clandestinas que casi sitúan a Natalia en el perfil de una espía de novela negra. Eso sí, una espía peculiar, que acude a las acciones que la encomiendan con su pequeño hijo en brazos.

Cuando vuelven a Madrid después del agitado Día de la Merced, un grupo de mujeres de los presos deciden ir a ver al Abad de Monserrat, que es un cura progre, le llevan un cuadro pintado por Agustín Ibarrola, que también está en la cárcel, para pedirle que interceda por los presos. A la Iglesia siempre hay que darle su diezmo para que ayude. El Abad está dispuesto y escribe una carta que se publica con posterioridad en el diario francés Le Monde. Natalia, que ha tenido una educación católica, es la encargada de acudir a esa entrevista con el Abad, que le facilitará los contactos necesarios para que la misión que le van a encomendar salga bien.

En Barcelona Natalia recibe un encargo importante de El Partido a través de La Peque, Tomasa Cuevas, es una acción peculiar y peligrosa. Natalia será la encargada de sacar un documento, una carta de apoyo a los presos políticos, que pide la amnistía, un documento importante en el que se detalla la situación dramática de los presos políticos en España y el maltrato al que son sometidos, las palizas, la insalubridad de las cárceles, la ignominia de estar privados de libertad solo por sus ideas políticas. Esa carta lleva estampada la firma de más de 1.500 intelectuales españoles, que la signan de su puño y letra y que tiene que llegar al mismísimo Papa de Roma, a Juan XXIII.

El encargo consiste en llevar las firmas al Papa, vía París. Le entregan una maleta con doble fondo donde guarda la carta con las preciadas firmas de los intelectuales, y además recibe 100 pesetas para el viaje. Durante un par de semanas estuvo aprendiendo algo de francés, para poder defenderse en París, y allí llega con su maleta y su hijo en brazos. El ajetreo del viaje y los nervios, la angustia del miedo agarrada al estómago  hacen que el cuerpo de Natalia se revuelva y se pasa el viaje en los váteres del tren, con descomposición y vómitos. Ella nunca ha salido de España, y menos en esas condiciones, con las firmas en el doble fondo, y con su hijo en brazos, que en realidad es su mejor tapadera. Aunque no lleva a su hijo con ella por ese motivo, sino porque no tiene con quien dejarlo.
Cuando llega a París tiene que reunirse con la hija de Pere Albiaca, un viejo comunista, que es su contacto. Ella es la encargada de llevarla a Roma. La busca en la dirección que tiene, La Casa de las Flores, y no la encuentra. Se dedica a vagar todo el día por París y vuelve a casa de ella por la noche. Allí se encuentran por fin y Natalia puede descansar, que ha tenido un día duro. Por la mañana parten a Roma en coche. Qué dirá el santo padre/que viven en Roma/ que le están degollando a sus palomas. Llevan las firmas en la maleta de doble fondo y el ánimo puesto en una misión que puede poner en evidencia al Gobierno de Franco si sale bien.
Ya en Roma se alojan en un hotel y se entrevistan con representantes de muchos partidos políticos, hasta con uno de la Democracia Cristiana. En el colegio de España les facilitan la entrada al Vaticano, pero no consiguen ver al Papa. Dejan la carta con las firmas y se van.
Esta nueva historia que me cuenta Natalia se mezcla con otras muchas historias de cartas y firmas de peticiones de amnistía a instancias internacionales, que hicieron las mujeres de los presos políticos españoles durante los años sesenta y setenta. He podido leer que la petición más importante que llegó a Juan XIII fue la de que intercediera para que Franco conmutara la pena de muerte a Julián Grimau. He podido comprobar que la misiva y las firmas de todos estos intelectuales, más de 1.500, llevada por Natalia arriesgando su vida y la de su hijo, no es esta. Esta petición fue posterior y en ella se insistía en reclamaciones de justicia y solidaridad con los presos políticos españoles, que seguían padeciendo represión y seguía habiendo presos condenados a muerte un años después del asesinato de Grimau.
Juan XIII no llegó a enviar a Franco ninguna petición de indulto para Grimau, que fue fusilado el 20 de abril de 1963. Sí llegó la del arzobispo de Milán, Cardenal Montini, que luego sería elegido papa dos meses después, el 21 de junio, con el nombre de Pablo VI. Las firmas que entregó Natalia en el invierno de 1964 llegaron a manos del nuevo papa Pablo VI.

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Epílogo de lucha

Natalia Joga es una mujer hermosa, hermosa y fuerte. Morena, con una voz firme. Con los recuerdos un poco revueltos a veces, pero ahí están, volando libres de vez en cuando para ayudarnos a entender la grandeza de la historia de estas mujeres que lucharon tanto por todas nosotras.

Y lucharon hasta el final, toda la vida. El último capítulo de lucha de la vida de Natalia Joga se produjo en 2006 ya cuando era muy mayor. Natalia con 78 años y su amiga Agustina Luengo de 67, se propusieron recuperar la memoria de las Trece Rosas. Se pasearon por el barrio de Madrid que acoge el cementerio de la Almudena y la valla en la que fueron fusiladas las Trece Rosas al grito de “Que mi nombre no se borre de la Historia” recogieron entre las dos 3.200 firmas para presentar una moción en el pleno del Ayuntamiento de Madrid.

Las firmas sirvieron para que se pusiera una calle con su nombre. Y más adelante una placa conmemorativa en el muro del cementerio de la Almudena, en el que fueron fusiladas un 5 de agosto de 1939 el grupo de jóvenes republicanas. La placa recuerda los nombres de las Trece Rosas, para que “no se borren de la historia”, tal como pidió Julia Conesa, una de las fusiladas, a su madre en una carta que ha quedado para la historia.
Carmen Barrios Corredera, octubre de 2018.


jueves, 1 de noviembre de 2018

Rojas, Violetas y Espartanas. Mujeres en lucha comienza su recorrido de diálogo con l@s lector@s

Hedy Lamarr, la mirada inteligente desde un muro del Trastévere.


Rojas, Violetas y Espartanas. Mujeres en lucha comienza su andadura de diálogo con l@s lector@s. 
Este es un libro con el que me siento emocional y vitalmente enredada. Lo he tenido que cerrar en una etapa de mi vida difícil, muy difícil, porque de repente me faltó el suelo debajo de los pies, el de los quereres y el físico. Ha sido gracias a mis amigas, mis mujeres, todas las fabulosas mujeres que me rodean, contando también con mi madre, mi hija y mi tía, como he conseguido salir del agujero y centrarme en escribir y terminar este libro. 

He de decir que también ha habido algún que otro amigo que me ha empujado y me ha dado alas para volver a volar. Menos mal.

Los relatos que componen este libro son un recorrido por las luchas y también por los padecimientos y las explotaciones que se hacen sobre las mujeres. Está dividido en tres partes, Rojas, relatos sobre un puñado de luchadoras contra el franquismo que nos han precedido y han allanado el camino para las generaciones venideras; Violetas, cuentos basados en hechos reales sobre las violencias que se se ejercen sobre nosotras las mujeres; y Espartanas, relatos sobre las luchas de ahora, en las que estamos siendo protagonistas una vez más. La revolución será feminista o no será. Estamos en un periodo de la historia en el que cuando han caído los héroes nos hemos levantado nosotras, las mujeres, porque nosotras somos como las Cariátides milenarias de los templos griegos, eternas, siempre estamos sujetando la vida. 
                                           
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Empezamos en Madrid el miércoles 14 de noviembre a las 19,00h en la sala 'Trece Rosas' de CCOO (Lope de Vega 38).
Será un orgullo para mi y un lujazo sentarme con Elena Sevillano, que me ha hecho el gran favor de escribir un prologo fabuloso para este libro sobre nosotras las mujeres y nuestras luchas, que es una diputada del pueblo a la que admiro. Salió elegida por Podemos y pisa la calle a diario para encontrarse con todas esas mujeres y esos hombres que hacen la historia cada día reclamando derechos. Una diputada de verdad, que se preocupa por las personas, así da gusto.

Además también me acompañará Carmen Banquetero, Espartana de #cocacolaenlucha, una mujer especial que pertenece un grupo de personas que están haciendo historia del movimiento obrero y que me han dado la oportunidad de contarlo. 

Y que decir de Pilar Morales, Secretaria de Mujer de CCOO Madrid, que lleva toda su vida reclamando derechos de igualdad para las mujeres; o de Pedro Delgado, Secretario de Cultura de CCOO Madrid, amigo de largo recorrido. Una persona especial para mi, que me ha dado la mano en un momento difícil, en que me hacía mucha falta.

Hago un especial agradecimiento a Rikardo González, mi editor, que ha confiado en mi de nuevo para sacar a delante este proyecto y que estará conmigo en Madrid presentando este libro.





El jueves 15 de noviembre a las 18,00 voy a Toledo de la mano de Helena Galán, Concejala de Participación Ciudadana, una luchadora por la dignidad y la calidad de la Sanidad Pública como la copa de un pino, que ella misma tiene una historia personal de ejemplo para todas nosotras que espero poder contar en un siguiente libro.

Gema Gil, Espartana también de #cocacolaenlucha me acompañará en la mesa, mucho recorrido juntas Gema y yo y lo que nos queda, me gusta mucho escuchar a Gema porque es la voz de la sensatez y la lucidez en las luchas hecha mujer.

Y por último a Toledo vendrá también Alejandra Acosta, periodista y gran amiga. Alejandra comparte conmigo la inquietud de contar lo que nos pasa a las mujeres y de reclamar nuestro sitio en la historia. Ella realizó una serie fabulosa sobre luchadoras en el diario El País bajo el pseudónimo de Alex Niño, que debería convertir en un buen libro.

Como digo, estamos empezando una gran andadura.
-El 18 de noviembre en Colmenar Viejo, acudiré por la mañana al vermout rojo de IU.
-El 21 de noviembre a las 19,00 en el local de Podemos de Usera.
-En fecha aun por determinar a las 18,00 en Acrola, Asociación Cultural y de Vecinos de la   Urbanización Rosa Luxemburgo de Aravaca.
-El 11 de diciembre a las 19,00 en La Moradita de Moratalaz (local de Podemos de mi barrio).
-El 19 de diciembre  a las 19.00 en La Morada de Arganzuela, local de Podemos de Madrid Ciudad.
-El 14 de enero en el Marx Madera a las 19h.
-El 15 de enero acudiré al Circulo de Podemos de Canillejas-La Peineta las 19h
-El 18 de enero estaré en Córdoba
-El 25 de enero a las 19.00 estaré en la Moradita de Vallekas.
-El 28 de febrero a las 18.00 en CCOO de Valencia.
-El 14 de marzo a las 19.00 estaré en CCOO de Alicante.
-El 11 de abril a las 19.00 en Rivas, en el Centro Cultural.
-Presentaciones en Móstoles, Alcorcón, Leganés, Fuenlabrada, Getafe y Cádiz, sin fecha todavía pero ya previstas.


La fotografía que abre esta entrada la realicé el verano pasado en una pared del barrio del Trastévere en Roma. De aquí ha salido la portada de Rojas, Violetas y Espartanas. Esta portada tiene una bella historia de casualidades vitales detrás, que contaré el día de la presentación. 


Carmen Barrios Corredera


martes, 19 de julio de 2016

El perro de la casa grande

Perro en la ventana

El 18 de julio de este verano se han cumplido 80 años del golpe de Estado contra la II República, que dio lugar a una guerra atroz. En la provincia de Burgos el golpe triunfó desde los primeros momentos y la represión fue brutal. Los fascistas purgaron los pueblos de la provincia para no dejar ni rastro de republicanos. 
Desde el principio acudieron en su ayuda tropas nazis. En muchos de los pueblos del norte de Burgos las casas de los republicanos depurados, desaparecidos, asesinados, fueron ocupadas por soldados nazis, como sucedió en la comarca de las Merindades en la localidad de Gayangos. 
Es una historia que se conoce poco. Yo he tenido noticias gracias a la memoria de Esperanza López, que me relató la historia triste del perro guardián de su familia, que murió de pena al ver como los soldados invasores ocupaban la casa familiar y él no podía hacer nada. 
Fabulando, y tomando como percha la leyenda del perro de la familia de Esperanza, he construido esta historia -que pego a continuación- un poco real, un poco inventada. Quiero que sirva de homenaje a todas esas personas que han resistido sin olvidar y que nos relatan lo sucedido. También a los perro, a los gatos, a los burros o los caballos, a cualquier bicho viviente que resiste y no se doblega ante los invasores. Y por supuesto quiero dedicársela a quienes han cogido el testigo y siguen indagando para saber qué sucedió en nuestra guerra, en nuestra larga postguerra y durante la dictadura franquista. Es algo necesario si queremos ser capaces de entender mejor nuestro presente. El 18 de julio debería aparecer teñido de luto en el calendario español, para recordarnos el día de la infamia, algo que no debe volver a producirse. Para ello es necesario juzgar el franquismo. Este país dará un paso histórico hacia una democracia sin lastres cuando lo haga. Mientras espero, continuaré escribiendo, rescatando historias, fabulando, relatando...
Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.radicaleslibres.es en su sección Open Kultur: http://radicaleslibres.es/perro-la-casa-grande/ 
Además, este relato forma parte de una colección de cuentos publicados en el libro Rojas. Relatos de mujeres luchadoras de la editorial Utopía libros utopialibros.com que he presentado recientemente en Madrid http://radicaleslibres.es/tarde-entre-rojas/.

El perro de la casa grande
Las botas negras de los soldados estaban relucientes. Brillaban tanto que en su lustre se reflejaban los ojos húmedos del perro pastor de la casa grande. Eso es lo que mejor recuerdo de aquellos días. Las botas negras y relucientes de los soldados y los ojos húmedos del perro. Me daba miedo mirar para arriba. Los soldados eran auténticos gigantes oscuros, que hablaban con tono desabrido y seco, como si con cada palabra cortaran el aire como el hacha corta el cuello de una gallina, ¡cracs!, en un idioma áspero que no entendía. Hablaban en el idioma de los invasores. Yo no quería mirarles. Solo miraba hacia el suelo. Veía sus botas y los ojos húmedos del perro reflejados en ellas. El perro de la casa grande, que se había vuelto viejo de repente.

Estaba convencida de que si les miraba directamente me ocurriría algo malo. Me convertiría en piedra, tal como sucede en los cuentos cuando una niña mira a un brujo malvado a la cara. O me podría ocurrir algo peor. Podría desaparecer para siempre. Como le había pasado a mi abuela y a mi madre, que se las habían llevado y hacía días que no se sabía nada de ellas. Y no digamos de los hombres de la familia, habíamos perdido la cuenta de los días, parecía que se los había tragado la tierra. Mi tía y yo éramos las únicas que todavía permanecíamos en la casa. Bueno, mi tía, el perro y yo.

Mi tía era una mujer fuerte, decidida. Era la hermana pequeña de mi madre. Creció de golpe durante aquellos días. A pesar de todo la recuerdo erguida, caminaba con la cabeza alta, como si no hubiera ocurrido nada. Cuando se llevaron a mi madre y a mi abuela a ella también se la llevaron. La soltaron al día siguiente, al fin y al cabo no tenía más de quince años. Eso sí, cuando apareció en la puerta de la casa con cuatro soldados -vestidos con ese uniforme negro- detrás de ella, casi no la reconozco, porque le habían arrancado el pelo a mechones y tenía la cabeza como si hubiera pillado la sarna. Pero la que se escondía dentro de esa figura destartalada era su voz, era ella. Le habían arrancado el pelo, pero no habían conseguido quebrar su voz. Tampoco sus andares altaneros. El perro pastor la reconoció antes que yo y se fue hacia ella como para protegerla, enseñando los colmillos como un lobo.

Yo solo le había visto así una vez que iba con mi padre por el campo y vimos un oso de lejos. El perro se colocó delante de nosotros, se puso tenso con el pelo del lomo erizado y sacó sus colmillos. Recuerdo que mi padre le dijo: “Vamos Rollo, deja de enseñar los dientes, ya se va el oso, buen perro, buen perro…”. Y efectivamente lo era. Era un buen perro. Grande, con el pelo oscuro, con una mezcla entre perro pastor y mastín que le daba un aspecto imponente. Mi padre le llamó Rollo, un nombre que no hacía justicia a nuestro perro, que se tenía que haber llamado Trueno o Tormenta, como quería mi madre. Pero mi padre se empeñó en ese nombre porque decía que así se llamaba el perro de Jack London, un escritor de novelas de aventuras que le gustaba mucho. A menudo nos leía párrafos de una novela que trataba la historia de un perro de trineo…cómo disfrutaba yo con esa historia. Es curioso, si cierro los ojos todavía puedo escuchar la voz de mi padre leyendo historias para mí al caer la tarde.
-“¿Dónde estás, padre?, ¿dónde?, ¿cómo es posible que todavía no hayamos podido encontrarte?”

Uno de los soldados le dio un golpe seco, con la culata de su fusil, y luego otro y otro y otro…Lo dejó tirado como un fardo y lo ató al portón de la entrada del pajar. Sobrevivió de milagro a ese primer día.Yo corrí y me senté a su lado, y le sujeté la cabeza sobre mis piernas. El soldado me gritó algo que no entendí…mientras otro tiraba de él y entraban en la casa detrás de mi tía. Los ojos de Rollo estaban abiertos y húmedos. Nunca había visto llorar a un perro. Nunca volví a ver llorar a ningún otro perro. Pero estoy segura de que Rollo lloraba. Lloraba de impotencia, para dentro, como lloran las personas que presencian una injusticia y no pueden defender a sus seres queridos, ni tampoco a sí mismas. En ese momento me pareció que Rollo era una persona metida en el cuerpo de un perro y que estaba ahí, presa, dentro de un cuerpo peludo de cuatro patas que no le correspondía. Se merecía un cuerpo de dos patas y dos manos, como el mío. Pero también recuerdo que pensé que quizás gracias a su forma de perro se había salvado, si hubiera tenido un cuerpo de persona se lo habrían llevado como a mi padre, a mis tíos, a mi madre y a mi abuela.

Desde ese día Rollo ya no fue el mismo. Caminaba con la cabeza gacha, como si arrastrara su cuerpo, vencido por una impotencia amarga, espesa y tenaz, que se pegaba a sus patas como la brea. Cuando oía las voces broncas de los soldados mandar a mi tía o a mí se le caían las orejas y los ojos se le llenaban de agua. El pelo se le volvió gris de repente. En unos pocos días Rollo había pasado de ser un perro fuerte, que no llegaba a los siete años, a convertirse en un anciano lleno de achaques. Yo podía ver con claridad como cada grito de los soldados, cada golpe que le daban a mi tía o cada empujón que me propinaban se convertía en un mal que minaba la vida del perro de la casa grande como solo puede hacerlo un terrible veneno.

Los soldados se quedaron en la casa una larga temporada. Ocuparon los mejores cuartos, los de arriba. Mi tía y yo nos convertimos en sus criadas. Yo no llegué nunca a mirar más arriba de sus rodillas. Solo veía sus botas negras. Se me quedaron tan grabadas en la memoria que setenta y cinco años después, aun me parece ver esas botas negras y relucientes pisotear con marcialidad las losas pulidas del salón de la casa grande.Y los ojos húmedos del perro reflejados en ellas.

Rollo se murió de pena. Su vida se apagó en un mes. No duró más. Los soldados se quedaron en la casa y él no pudo soportarlo. Dejó de comer y se dejó morir, se apagó despacio, como lo hacen las luciérnagas del río si se les mojan las alas.

Mi tía y yo sobrevivimos a los soldados, que volvieron a su país cuando terminó la guerra en nuestro pequeño mundo. Se llevaron sus botas y sus cruces negras. Arrasaron nuestra casa, se comieron los cerdos y las gallinas, dejaron sin leche las ubres de la vaca, que se secaron para siempre; rompieron todos los libros que había en la casa y arrancaron los retratos familiares de las paredes. Pero no pudieron con mi tía ni conmigo, que quedamos en pié para recordar, para buscar respuestas, para contar lo sucedido y conjurar el futuro. Somos viejas, pero fuertes como los juncos del río, que soportan sequías y locas tormentas y siguen ahí, inclinándose lo justo para no ser quebrados por los vientos adversos. 

Hoy, 12 de junio de 2011 hemos tenido noticias de que era posible que los cuerpos de mi madre y de mi abuela estuvieran entre los restos encontrados en la finca de los Tilos, al norte del Valle Encendido. De mi padre y de mis tíos seguimos sin pistas. Han pasado setenta y cinco años, no los olvidamos.












domingo, 17 de abril de 2016

El olmo marca un lugar para la memoria


El banco de Tomás


Recupero un cuento que escribí hace tiempo. Una relato que se enreda en los recodos oscuros de nuestra memoria histórica. No es una historia que se refiera a alguien en especial, nadie me contó nada parecido. A la luz de todo lo que se va conociendo, bien pudiera ser la historia común de muchos de los asesinados y desaparecidos, y también de alguno de los asesinos, que han sabido convivir con su odio asesino fresco en su interior sin arrepentirse y sin llegar a sentir empatía o compasión ni por los muertos ni por sus familias, que todavía les buscan una generación tras otra.

Todavía son demasiados los pueblos y lugares de España en los que los asesinos o sus descendientes conocen o intuyen los lugares en los que están los cuerpos de los republicanos ajusticiados y se niegan a revelarlos o a contribuir a que se abra la tierra y se proceda al reconocimiento de las víctimas.

La fotografía que acompaña el texto la realicé este verano en un precioso jardín botánico que hay en el centro de Coimbra, un lugar especial que es un auténtico canto a la naturaleza y a la biodiversidad forestal, que alberga preciosos árboles y flores traídos de muchos lugares del mundo. En uno de sus rincones, abrigados por una penumbra casi permanente, se encontraba este banco cubierto de un musgo espeso, que parecía el lecho de un semillero.


El olmo

Me gusta el viejo olmo de la era de los “Tomasines”. ¿Cuántos años lleva aquí? Quién sabe,  doscientos, trescientos  años… Toda mi vida he admirando su magnífico tronco, sus ramas recias, la fuerza que emana de su presencia. Aunque desde que tuvo esa enfermedad de los olmos, ¿cómo se llama?, ¿grafiosis?, -sí, creo que se llama así- ya no es el mismo. Ha perdido las hojas y está como yo calvo y anciano, pero aun conserva  su tronco imponente y en primavera todavía se permite el lujo de echar unos cuantos brotes.  Son solo un pequeño fogonazo de luz, que colorean de motas verdes la corteza polvorienta del árbol. Más de uno en el pueblo le dio por muerto hace unos años. 

Se le cayeron todas la hojas y pasó por él un año entero sin un solo brote, y claro, algunos listillos del ayuntamiento quisieron hacerlo astillas, pero los más viejos nos opusimos, faltaría más, ¡si este árbol ha estado aquí siempre! ¿Qué sabrán esos politiquillos venidos a más? Menos mal que conseguimos frenar aquello y lo respetaron. Hace un par de años volvió a tener hojas, ha revivido el pobre y ahí está, en el  mejor sitio del nuevo parque. 

Hay que reconocer que en esto sí que han acertado los del ayuntamiento. El parque nuevo le ha dado vida al pueblo. Lo que son las cosas, la antigua era de los “Tomasines” convertida en parque municipal, con su fuente, su buen estanque, ¡y lo que refresca en verano, el jodío estanque!, pero lo mejor son estos bancos tan cómodos para descansar. 

Está un poco retirado del centro del pueblo, pero el paseo es agradable. Sobre todo ahora en primavera. Da gusto llegarse hasta aquí y sentarse un ratito bajo el olmo,  ya lo dice don Francisco el médico, “no hay nada como un buen paseo para controlar la tensión”. Y yo le hago caso, faltaría más, no se llega los 89 años sentado en un sillón, no señor. 

Con lo que me gusta a mí venir cada día hasta el viejo olmo de la era de los “Tomasines”, me da fuerzas. Respirar su aliento me alarga la vida. 

Hay, los “Tomasines”, los “Tomasines”,…no queda ni uno. 

Tomás, el padre, y los tres hijos, todos muertos…, je, je…y bien enterrados. Lo que es la vida. Ellos tan fuertes, tan leídos, tan bien alimentados…¡mira que tenían buenas tierras los “Tomasines”!…pero se equivocaron. Y anda que no le advertimos veces al viejo Tomás, “por ahí no, Tomás”, “con esos no, Tomás”, ¡Qué pesado se puso Tomás con presentarse a alcalde por los republicanos! ¡Y encima salió! ¿Y cuando se le ocurrió traer un maestro de la capital para la escuela? ¡Pero si aquí siempre dio clase el cura! ¿Y la que lió con los contratos de los jornaleros?... No eran tiempos para eso, Tomás… 
Así acabó, enterrado ahí, debajo del olmo. Él y sus hijos, no dejamos vivo ni al pequeño, no fuera a ser que con el tiempo…El tiempo…, el tiempo…¿Cuánto tiempo ha pasado ya?...¿setenta años? ¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo! Y los que les quedan, esos no salen de debajo del olmo, como me llamo Anselmo.

Carmen Barrios

viernes, 10 de julio de 2015

LITERATURA Y MEMORIA

Mujeres en el muro


Subo la reseña de Las tres bodas de Manolita, un libro que me conmovió. Soy lectora habitual de Almudena Grandes, pero desde que se dedica a refrescarnos la memoria histórica con sus particulares Episodios de una guerra interminable me he convertido en una auténtica fan de sus novelas.

La fotografía que he colocado como cabecera de esta reseña la realicé en una calle de Madrid. Los muros en los que intervienen los artistas urbanos también contribuyen a refrescarnos la memoria en ocasiones. Esta imagen me lleva inevitablemente a ese Madrid de la postguerra, y cuando estaba leyendo este libro sin proponérmelo la veía en mi memoria. La foto la realicé antes de leer el libro, y las caras de estas mujeres se colaron en las páginas de Las tres bodas de Manolita gracias a un cóctel de la imaginación, proporcionando rostro y figura a personajes del relato. Por eso he decidido utilizarla para abrir este post.

LAS TRES BODAS DE MANOLITA

Tu risa me hace libre/ me pone alas/ soledades me quita/ cárcel me arranca. Cuando terminé de leer Las tres bodas de Manolita, tercera entrega de los Episodios de una guerra interminable de Almundena Grandes, se me vinieron inmediatamente a la mente estos versos de las Nanas de la cebolla de Miguel Hernández. Porque la risa, conservar la alegría -aunque doliera- es uno de los rasgos de resistencia más dignos presente en el carácter de los personajes vencidos que llenan las páginas de esta última novela de Almudena Grandes.

La autora reivindica la fortaleza de resistentes de los vencidos en la guerra civil en este tercer libro, en el que un elenco de personajes inolvidables reconstruyen el friso trágico que se vivió en Madrid desde que los casadistas, traicionando al Gobierno de Negrín, se rindieron a Franco poniendo fin a la guerra y entregando a los resistentes al ejército golpista. El sufrimiento impuesto a las gentes durante el Madrid de la posguerra fue tremendo, porque Franco tenía claro que era necesario dominar con la fuerza de las armas, del miedo y de la muerte a una ciudad de resistentes. Las penalidades que se infligieron sobre los señalados del bando perdedor, tanto dentro como fuera de las cárceles, cuesta describirlas con las palabras adecuadas, Almudena lo consigue.
Almudena Grandes exprime su voluntad creativa en este libro para colocar palabras como ladrillos perfectos en la reconstrucción de una parte importante de nuestra memoria histórica reciente, que se ha hurtado con la fuerza del silencio y se ha manipulado con el descaro de supuestos historiadores, primero por los vencedores y después -aun hoy padecemos la lacra de la impostura- por sus herederos ideológicos.
Esta novela tiene la virtud de conmover desde las primeras líneas y de aferrar al lector a sus páginas con fuerza. El ritmo del relato y la trama consiguen crear unos lazos con los personajes que impiden que se abandone su lectura hasta llegar al final. La forma de narrar de Almudena, haciendo piruetas temporales magistrales, que atrapan y mantienen el ritmo vivo de cada cauce por el que se bifurca el relato, hacen de este libro, y también de los otros dos precedentes, joyas de la literatura contemporánea que no se pueden dejar de lado. Uno de los aspectos que más me han gustado de la novela es que la conecta con las dos anteriores a través de hilos sutiles, aunque tan consistentes como el sedal de pesca, para unir tramas y personajes. Esto permite que el lector se pueda hacer una composición global de lo sucedido durante esos Episodios de una guerra interminable.
He leído en alguna entrevista que Almundena Grandes es una gran admiradora de Benito Pérez Galdós y que con esta saga ambiciona componer una especie de Episodios nacionales sobre la etapa de la historia comprendida entre el final de la guerra y la muerte del dictador. Sin duda es una empresa arriesgada, pero por ahora estos tres libros ya publicados -de los seis que tiene proyectados- cumplen con creces con ese propósito.
Almudena Grandes está consiguiendo llenar un vacío literario muy necesario para poder entender –con la ayuda de la literatura y desde el punto de vista de la cultura, que es una de las formas más firmes de explicar el pasado- realmente qué fue lo que sucedió una vez que termino la guerra y “en lugar de llegar la paz, llegó la victoria”.
Recomiendo este libro porque además de ser una monumental novela, escrita con una prosa prodigiosa, es también un territorio literario en el que florece la memoria. En las páginas de Las tres bodas de Manolita se abren muchas puertas que han permanecido cerradas durante demasiado tiempo y se da voz a miles de gentes silenciadas durante décadas, que padecieron esa terrible guerra interminable durante la “paz” de Franco.