domingo, 9 de junio de 2013

Extraño cuento de domingo


El relato que pego a continuación es una historia extraña, un poco fantástica, que tiene que ver en parte con una experiencia familiar (por la parte de mi madre), ocurrida durante la guerra civil y la postguerra.  Lo que sucede en este cuento es naturalmente un poco exagerado, aunque se puede afirmar, que lo realmente desmesurado fue la represión tremenda sufrida por el pueblo de Madrid a partir de la entrada de los franquistas en la capital y el miedo perpetuo y constante que se instaló sobre sus habitantes a partir de ese momento. El miedo y la miseria -tanto la intelectual como la física- caminaron de la mano durante muchos años, acompañando a la falta de libertad, que acaso quedaba recluida al universo de los sueños.

La fotografía que acompaña al relato la realicé en una de esas calles de Madrid que fueron testigo de los sucesos de ese tiempo, algún artista urbano tuvo el acierto de colocar sobre una puerta vieja, que parece dispuesta para la eternidad, este retrato de una diva del cine mudo que con el deterioro propio del paso de los días se fue quedando ahí para siempre, como un tatuaje, sobre la piel de la puerta.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es  en la sección de cultura.


Mirada desde un sueño

Fideos

Los fideos se amontonan sobre la mesa de la cocina y la desbordan. La máquina de hacer fideos trabaja a pleno rendimiento. A pesar de tener un tamaño un poco más grande que el de un molinillo de café, una cantidad ingente de engrudo entra por su depósito superior y los pequeños orificios cilíndricos, que forman su ojo frontal de acero, escupen millones de finos hilos como cabellos rubios de sirena, que caen formando una cascada interminable de condumio para sopa. Parece que la masa de fideos tiene vida propia y progresa en movimiento constante hasta cruzar la puerta de la cocina del viejo piso de Buenavista de la casa de mis tías.

Contemplar como avanzan todos esos fideos -que no dejan de multiplicarse como un maná inesperado que crece y crece y se expande con rumor crepitante llenando la cocina y el pasillo y que se disponen a alcanzar la puerta de la calle como un magma espeso y amarillo- me produce una sensación muy agobiante.

Desde el fondo del pasillo veo como se acerca hacia mí la masa brillante, que se ha convertido ya en una inundación en toda regla y amenaza con ahogarme. Abro con determinación la puerta de la calle para liberar el caudal de fideos, mediante una ruta de alivio, y compruebo satisfecha que la escalera de la finca cumple a la perfección ese cometido.

A los pocos instantes escucho voces que provienen del fondo de la escalera. Las vecinas del bloque gritan jubilosas y dan gracias al cielo por la cantidad ingente de fideos que mana de la casa de mis tías, como si de una fuente mágica e inagotable de suministros se tratara. Miro por la ventana que da a la pequeña plaza del barrio viejo y veo una fila interminable de personas que acuden al portal con una fuente, con un balde o con cualquier otro recipiente con capacidad suficiente para llenarlo de la mayor cantidad de fideos posibles. Esa visión me despeja la presión y me permite sacudirme el agobio. Me entran ganas de gritar a los cuatro vientos que ya nadie va a pasar hambre en Madrid nunca más.

Como si una tijera cortara la cinta de una película por la parte más dulce, con la agilidad de un zarpazo de gato un golpe seco me ha sacado en un segundo cruel de lo mejor de mi sueño. Los gritos de la funcionaria de la prisión me han borrado en un instante la estampa de mis vecinas con sus cazuelas repletas de fideos, y me han hecho situarme, con el desvelo instalado en el pecho, en mi realidad negra de encarcelada.

Mientras la funcionaria me empuja por el pasillo, no dejo de pensar en mi sueño y en la máquina de hacer fideos. Gracias a ella mis tías y yo sobrevivimos en los peores días de escasez que provocó el asedio que las tropas rebeldes nos infligían a los habitantes de la capital. La máquina se hizo tan popular en la plaza del barrio viejo, que por la casa de mis tías desfilaban cada día muchas vecinas que venían a fabricar sus propios fideos con cualquier sobra que fuera susceptible de transformarse en sustento para la sopa. Un poco de arroz, pan duro o incluso mondas de patatas cocidas, cualquier cosa valía para distraer el hambre y calmar el estómago por un rato.

A los pocos días de entrar en Madrid las tropas de los alzados, alguien nos denunció, nos incautaron la máquina de hacer fideos y nos llevaron a la cárcel de mujeres de las Ventas. A las penalidades de la derrota se han sumado la humillación, la desconfianza hacia las vecinas de toda la vida y el miedo, que pesan en mi ánimo y en el de mis tías como las gruesas cadenas de forja que sujetan a los barcos mercantes firmes al muelle.

Mientras camino tras la funcionaria vestida con el atuendo inconfundible de las sección femenina de Falange por el largo pasillo, que lleva hasta el lugar en el que me van a juzgar -todavía no sé de qué delito me acusan-, me pregunto ¿dónde estará la máquina?, ¿qué habrá sido de ella? A lo mejor está también recluida, presa en algún almacén lleno de objetos personales incautados a los vencidos. Es posible que en este momento esté vomitando sin parar toneladas y toneladas de finos hilos de fideos como cabellos rubios de sirena, para ahogar la miseria de todos los que sufren esta derrota sin pan, sin libertad y sin esperanza.

Carmen Barrios



sábado, 13 de abril de 2013

De fantasmas y vidas robadas



El relato que pego a continuación habla de fantasmas y vidas robadas. De personas que se evaporaron al nacer, que fueron robadas a sus madres para comerciar con sus vidas. 

¿Puede existir un hecho más cruel que arrebatarle el hijo recién nacido a una mujer y decirle que ha muerto?

Miles de familias españolas han abierto un proceso de búsqueda de sus hijos, búsquedas complicadas porque es un largo proceso de robos que se remonta mucho en el tiempo. 

Esta práctica comenzó tras el final de la guerra civil robándole los hijos a las presas republicanas con el fin de reeducarlos. Después, continuó como un negocio del que se lucraban una red de médicos sin escrúpulos y monjas que les ayudaban. Los últimos casos registrados son de robos realizados a medicados de los años 80 del siglo XX.

La fotografía que acompaña el relato está tomada en una calle de Madrid y remite a todos esos pasos que están dando las madres y los hijos e hijas para encontrarse.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la web 
de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


La mujer que ha visto un fantasma

La mujer que ha visto un fantasma llega a su casa con la duda clavada como un puñal en el centro de su pecho y una expresión inconfundible de dolor marcada en el rostro. Mientras deja las llaves encima de la repisa que hay sobre el aparador del salón mantiene un diálogo consigo misma que la impedirá pensar sobre ningún otro asunto que no sea lo que acaba de ver en el autobús.

La mujer que ha visto un fantasma recuerda a la perfección el cuello del hombre que iba sentado en el autobús en la fila de delante de ella. El espacio comprendido entre el perfil donde finalizaba el lóbulo de su oreja y nacía el cuello de la camisa ha conectado su memoria con el paisaje eterno que ha identificado a los varones de su familia durante generaciones. El pequeño trozo de piel que ha tenido delante de sus ojos durante el recorrido mostraba una marca con la forma de una pequeña hoja de perejil que si no fuera por su color marrón oscuro, típico de una huella en la piel de nacimiento, parecería el adorno alegre de una receta culinaria.

La mujer que ha visto un fantasma es madre de dos mujeres que le alegran la vida. Pero tenía enterrado en un hueco de su memoria, tran profundo como una sima en el mar, la carita enrojecida y llorosa del primer hijo que parió: un varón que no sobrevivió a su primera noche en este mundo. El muchacho fue su primogénito y la hermana Sor María, que la atendió durante el alumbramiento, le dijo a la mañana siguiente que había muerto por un problema respiratorio. A ella le costó creerlo, porque en el momento del parto escuchó a su hijo saludar la vida con un llanto firme y lo vio bien estirado boca abajo, sujeto de los pies por las manos recias del médico, fuerte como el tallo fresco de un olivo. Pero después le mostraron su cuerpecito desmadejado, envuelto en una manta de tonos crema de hospital, y le pareció tan vulnerable e indefenso que consumió sus dudas entre el cansancio y las fiebres del posparto.

La mujer que ha visto un fantasma ha rescatado de las profundidades de su memoria el recuerdo que más le duele, la carita enrojecida y llorosa de su hijo al nacer, adornado con una marca en su cuello con la forma de una pequeña hoja de perejil, la huella de nacimiento que ha identificado a los varones de su familia durante generaciones.

La mujer que ha visto un fantasma ha comentado muchas veces con sus hijas el rosario de noticias sobre niños robados al nacer que llenan los telediarios y los periodicos y ahora se siente sacudida por la misma angustia vital que ha visto retratada en los rostros de las familias que sospechan que han podido ser víctimas de un hecho tan cruel.

La mujer que ha visto un fantasma ha llegado hoy a su casa con la duda clavada como un puñal en el centro de su pecho, una duda que comienza a ahogarla en el pozo infinito de los sucesos inexplicables. Se repite a sí misma que el hombre que ha visto en el autobús con la huella inconfundible de una pequeña hoja de perejil es imposible que sea su hijo. Si lo fuera, sería el primer varón de su familia, adornado con el código de caducidad de la hoja de perejil, que supera la edad de quince años.

La mujer que ha visto un fantasma mantiene una expresión inconfundible de dolor marcada en el rostro, porque se da cuenta de que lo único que puede hacer para poder digerir sus dudas es recorrer el mismo camino todos los días hasta dar con el hombre del autobús. Hoy ha entrado a formar parte del grupo de todas esas familias que sospechan haber sido víctimas de un hecho muy cruel y su deber es buscar la verdad, aunque piense que son muy remotas las posibilidades de que el hombre que ha visto en el autobús sea su hijo.
Carmen Barrios

miércoles, 27 de marzo de 2013

Una historia sobre la soledad

El cuento que viene a continuación es una historia sobre la soledad. Se titula "Vacío", porque trata sobre los efectos que provoca la soledad no elegida, sino impuesta por circunstancias adversas, inadvertidas y/o fortuitas sobre una mujer que fió su estabilidad única y exclusivamente a su relación de pareja. Cuando esta se termina sin previo aviso, ella comienza a mutar físicamente y va como desapareciendo, perdiendo hasta el color en ese vacío en el que se ha convertido su vida. 

La fotografía que le acompaña se la realicé a una amiga que se prestó amablemente a posar en circunstancias de iluminación extraña, y el resultado ha sido su transformación en una especie de espíritu sin rostro, una figura a punto de desaparecer.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


Contraluz














Vacío

La mujer en blanco y negro deambula por su casa de forma automática. Parece el personaje de una fotografía antigua, recién salida de una imagen lúgubre de postguerra. Desde que introduce la llave en la cerradura y traspasa el umbral de la puerta de su piso, hasta que se acuesta, recorre cada estancia sin reparar en nada. Es como una de esas muñecas con cuerda que caminan por impulso, mecánicamente, del pasillo a su habitación, de su habitación otra vez por el pasillo hacia el cuarto de baño, del cuarto de baño a la cocina, de la cocina al salón, del salón de vuelta al pasillo para recalar en la habitación de nuevo.

La mujer en blanco y negro hace días que no se mira en el espejo. La última vez que lo hizo se dio cuenta de que la mitad de su rostro estaba inexpresivo y sin tonalidad alguna que coloreara sus mejillas. El pelo se encontraba deslucido y alterado por una plaga fraccionada de mechas grises, como si la hubieran estado revelando en un laboratorio y el proceso se hubiera quedado sin concluir. Se quita la ropa como si fuera una autómata y se coloca una bata de andar por casa rosa pálida, que contrasta con la tonalidad grisácea en la que se ha ido transformando la piel de sus brazos con el paso de los días.

La mujer en blanco y negro se prepara un vaso de leche caliente y unas galletas para ocupar el vacío de hueco de ascensor en el que se ha convertido tu estómago y siente sus piernas flojas, como si fueran la tripa blanda de un acordeón estropeado. Últimamente come lo que sea, lo imprescindible para no desfallecer, porque se ha dado cuenta de que ingiera lo que ingiera su piel continua inexorable su metamorfosis hacia las tonalidades propias de un papel de periódico. Por eso, simplemente toma lo que sea y se va a la cama. Una cama demasiado grande para una sola persona.

La mujer en blanco y negro ocupa su lugar de siempre, el lado izquierdo de la cama según se mira desde la puerta. A su costado queda un gran espacio muerto, un espacio que se queda frío como una plancha de aluminio pulido, desde hace quince meses y veintiún días.

La mujer en blanco y negro lleva quince meses y veintiún días sin abrir el otro lado del armario de su habitación. Quince meses y veintiún días sin tocar la otra mesilla, que está cubierta por una ligera capa de polvo que tamiza el color de la madera y extirpa cualquier atisbo de vida; quince meses y veintiún días sin girar la llave del grifo del lavabo de la derecha; quince meses y veintiún días sin entrar en la habitación del fondo; quince meses y veintiún días sin... Su casa se ha llenado de espacios muertos, lugares callados, invadidos por una quietud propia de las estampas de época, espacios en los que no vive nadie, nadie los da uso, nadie los toca.

Su propio cuerpo se ha convertido en un espacio muerto y de color imposible. La mujer en blanco y negro lleva quince meses y veintiún días sin una caricia íntima, sin un beso apresurado en la mejilla antes de salir a trabajar, sin un roce suave entre las sábanas, sin un abrazo ante el espejo del baño. Quince meses y veintiún días sin… es mucho tiempo.

La mujer en blanco y negro vive rodeada de un vacío agobiante, que gime por las noches y extiende un eco sordo de caverna desierta dentro de su cabeza, un hueco imposible de llenar. ¿Dónde está él? ¿Por qué ha desaparecido sin dejar rastro? Estas dos preguntas ocupan el único espacio del cerebro gris de la mujer en blanco y negro que no está muerto.

Carmen Barrios.

viernes, 8 de marzo de 2013

8 de marzo: siempre reclamando la igualdad




El 8 de marzo es un día para celabrar y reivindicar. Pego un cuento  que está dedicado a todas las mujeres que llevan reclamando derechos de igualdad desde que existen las piedras, desde que sale el Sol cada mañana y la Luna viene y se va para completar un ciclo de 28 días, a todas esas valientes mujeres que se han plantado alguna vez ante los poderosos para decir NO, y con su acción han contribuido a que se den pasos adelante. ¡!!!Feliz 8 de marzo¡¡¡ 

El relato va acompañado por una fotografía que realicé en una callejuela de Marrakech en la que se puede ver el mimo que puso el artista o la artista para retratar una mujer pensativa y mirando al frente tranquila. El rojo de los muros de esta ciudad hacen resaltar con vida propia esta imagen tan bella. 

El relato  y la fotografía también han sido publicados en la web www.nuevatribuna.es
en la sección de cultura. 

Va el cuento:

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso lleva guiando su autobús en el primer turno del día tanto tiempo como las columnas que sujetan la casa de Hades sobre la faz del Inframundo. Sortea los flujos de coches que se concentran durante las horas punta con la misma destreza que Caronte, el mítico tripulante que inauguró la línea y cubre el turno vespertino hace una eternidad. Ella es consciente de la pesadumbre que habita las almas de los usuarios, que se acomodan en los asientos del vientre de acero del vehículo como un rebaño de corderos mansos listos para llegar a su destino.
  
La conductora de la línea Cementerio-Paraíso es muy concienzuda en su trabajo. Nunca deja nada al azar. Antes de comenzar a deslizarse por las calles revisa cada día la presión de las ruedas, la respuesta de los frenos y el buen estado de uso de los asientos y los asideros. Considera de una importancia extraordinaria que los usuarios de la línea realicen el trayecto con seguridad, pues han pagado el precio por adelantado para llegar a la última parada sin sobresaltos ni incomodidades que puedan perturbar su dignidad.

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso es una mujer experta, que tiene entre sus manos un volante privilegiado para el tránsito. Cuando finaliza su jornada siente la inquietud punzante de la duda si algún pasajero toma el camino de vuelta, porque eso significa que puede quedarse suspendido entre dos mundos como una sombra errante.

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso está segura de la importancia del trabajo que realiza, de la responsabilidad sagrada que atiende cada día, pues debe cumplir con todos los requisitos del ritual de tránsito sin escamotear un solo minuto al tiempo asignado por Crono para cada trayecto. Y lo cumple con la rigurosidad de la salida del Sol o la llegada puntual de la Luna nueva.

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso siente una opresión espesa que exprime su corazón, porque no entiende el motivo por el que Zeus, el dueño de la empresa que la contrató hace ya tanto tiempo, prefiere fijarse en lo bien que le sienta el uniforme en lugar de reparar en el trabajo que ella realiza. Se ha enterado de que Zeus recompensa sus esfuerzos muy por debajo de la asignación que recibe Caronte, cuando ella ha demostrado con creces que sus capacidades son igual de buenas que las de su compañero del turno vespertino.

La conductora de la línea Cementerio-Paraíso ha decidido detener de forma indefinida su vehículo en la parada del lago Lete como muestra de protesta, en el distrito de Inframundo -a medio camino entre Cementerio y Paraíso- donde los usuarios que tienen el alma blanda pueden detenerse para borrar todos sus recuerdos. Los demás, los que no tienen el alma blanda, han elevado una queja contundente, porque si hay que hacer una pausa indefinida ellos prefieren que sea en Mnemósine, donde pueden beber las aguas del saber y de la consciencia eterna.

El lío monumental que se ha montado en Inframundo ha llegado a los oídos de Zeus, el dueño y señor de la empresa, que está escandalizado por el curso que han tomado los acontecimientos, con cientos de almas errando por Inframundo sin encontrar solución a su destino y miles haciendo cola en Cementerio, al principio de la línea. Está enfurecido y ha amenazado con abrir un expediente terrible a la conductora del primer turno del día de la línea Cementerio-Paraíso.

Sin embargo, ella está tranquila y totalmente dispuesta a persistir en su protesta durante toda la eternidad si hiciera falta, hasta conseguir el mismo trato, el mismo reconocimiento y la misma recompensa que recibe Caronte. Está convencida de que su exigencia es un asunto de justicia y teme con más intensidad las malas pasadas que le puede infligir su propia conciencia si cede, que a un jefe con el carácter de un dios enfurecido.

Carmen Barrios


domingo, 10 de febrero de 2013

La indignación se viste de imaginación

Gangas

El cuento que pego a continuación es un homenaje a todos aquéllos que no se quedan quietos ante las injusticias y que protestan para exigir que las cosas cambien y mejoren para el conjunto de los ciudadanos. He recogido algunas de esas frases ingeniosas (que comenzaron a aparecer con las protestas del 15M y que han proliferado desde entonces) con las que las personas se han significado en las multitudinarias manifestaciones que hay casi cada día contra los recortes, aportando imaginación a la indignación.

La fotografía que lo acompaña la realicé en El Rastro, uno de esos días mágicos en los que el desorden del final de la mañana hacen de la calle un escenario preparado para el arte.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es


El lugar en el que nunca pasa nada


El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que recorren los pasillos como las cucarachas sorprendidas por un rayo de luz. Nadie sabe quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en el salón de las comidas en la que puede leerse: “Si no nos dejáis soñar, no os dejaremos dormir”. La pintada ha sido descubierta un día después  de que se suspendieran las clases de teatro en las que participaban más de la mitad de los residentes. La dirección del centro aseguró en una circular que se suprimían debido a un recorte en el presupuesto.

El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que atruenan los pasillos como un grupo de adolescentes en un concierto heavy. Nadie sabe  quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en el frontispicio de la capilla en la que puede leerse: “No nos falta dinero, nos sobran ladrones”. La pintada ha sido descubierta después de que se supiera que las monjitas que atienden a los residentes han sido las principales beneficiarias del testamento de tres ancianos con demencia senil recientemente fallecidos.

El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que retumban en los pasillos como golpes de hambre en las paredes de los estómagos de los niños. Nadie sabe quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en la que puede leerse: “Violencia es dejarnos sin galletas”. La pintada ha sido descubierta un día después de que se dejaran de repartir galletas en la merienda de los residentes. La dirección del centro aseguró en una circular que se suprimían las galletas en las meriendas debido a un recorte en el presupuesto.

El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que inundan los pasillos como el agua que rebosa los pantanos en una crecida tras una noche de lluvias torrenciales. Nadie sabe quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en el consultorio médico en la que puede leerse: “¡Exigimos que nos traten como personas, no tenemos prisa para morirnos!”. La pintada ha sido descubierta un día después de que un residente muriera de una subida de tensión justo la noche en la que entraba en vigor la nueva norma por la que se han eliminado las guardias médicas nocturnas. La dirección del centro aseguró en una circular que se suprimían las guardias médicas nocturnas debido a un recorte en el presupuesto.

El lugar en el que nunca pasa nada está comido por los murmullos, que ensordecen los pasillos como una salva de cañonazos. Nadie sabe quién lo ha hecho, pero ha aparecido una pintada en la recepción del centro, frente a la puerta del director, en la que puede leerse: “Si luchas puedes perder, si no luchas estás perdido”. La pintada ha sido descubierta un día después de que se repartiera una circular en la que se advertía de que comenzarán a cobrarse los medicamentos, se suspenderá el servicio de comedor para las cenas y se eliminará la consulta de fisioterapia y estimulación.

El lugar en el que nunca pasa nada, ha sido invadido por un grito sordo y unánime de protesta. Todos los ancianos de la residencia se han concentrado delante de la fachada del centro con una brocha en la mano para realizar una pintada gigante de múltiples colores en la que pueda leerse: “Cada corazón es una célula revolucionaria”. Han acampado en el jardincillo que hay a la entrada del centro con la intención de no moverse hasta que readmitan a Bernardino y a Francisca, los dos residentes del segundo piso a los que pillaron hace dos días con el spray del delito en la mano, justo después de finalizar una pintada en la que podía leerse: “Si no hay platos para todos, romperemos la vajilla”. Los dos admitieron ser los autores de las pintadas que han hecho de esta residencia de ancianos un lugar en el que han comenzado a pasar muchas cosas.

Carmen Barrios

domingo, 20 de enero de 2013

Urgencias

La mujer de negro




La sanidad pública está siendo objeto de un ataque sin tregua por parte de la derecha en España. Han emprendido un cambio de modelo profundo para privatizarla y cada día nos levantamos con una agresión nueva en cualquier punto de la geografía española. 

Siguen la técnica de la gota malaya.  Cada día una medida nueva encaminada al objetivo: la privatización total del sistema de salud español. Han visto una presa suculenta y no la sueltan. Quieren hacer el negocio del siglo a costa de nuestra salud con impuestos injustos e inconstitucionales sobre los medicamantos -el euro por receta-, privatizaciones de servicios hospitalarios, transformación de hospitales públicos de referencia en centros asistenciales, privatizaciones de grandes hospitales en Madrid (que ellos llaman "externalizaciones" haciendo piruetas con el lenguaje), amenaza de privatizaciones de los centros de salud y del sistema en general de la sanidad madrileña, ...y un largo etcétera. 

Hace unos días le tocó el turno a las urgencias de pueblos pequeños de Castilla la Mancha, que el Gobierno del PP de María Dolores de Cospedal quiere cerrar para ahorrar. Los habitantes de esos pueblos se han puesto en marcha para defender un servicio que consideran esencial, porque salva vidas. 

El cuento que pego a continuación va sobre este tema, que considero escandaloso, terrible y un gran retroceso. No se puede permitir que se cierren las urgencias, son vitales. La vida de los ciudadanos está por encima de cualquier consideración económica. Las urgencias son un servicio público que constituyen una inversión para la vida. ¡¡¡LA SANIDAD PÚBLICA NO SE VENDE, SE DEFIENDE!!!

La fotografía que ilustra el cuento es de Torres de Albarracín, un bello pueblo de la provincia de Teruel, que tuve la suerte de conocer gracias a un buen amigo. Este pueblo no está afectado por esta medida, pero la imagen representa un pequeño pueblo cualquiera de la geografía española al que le podría tocar, si las cosas siguen caminando por esta vereda tan regresiva.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.

Va el cuento:

Urgencias
“Me desperté otra vez entre tus brazos/ me desperté llorando de alegría/tu me querías decir, no sé qué cosa/ pero callé tu boca con mis besos/ y así pasaron muchas…pero que muchas horas…”.  Con los ojos cerrados, bulle todavía entre las sábanas crudas, mientras suena esa canción muy bajito y, a continuación, enseguida escucha el “piii”- “piii” de la señal horaria de Radio Nacional.

Las siete de la mañana, hora de levantarse.  Pero esta mañana le cuesta salir de entre las sábanas. La canción de la radio ha puesto un punto de tristeza tibia en el inicio del día. La misma melodía sonaba la tarde de mediados de enero que se puso de parto, hace casi cincuenta años, en la salita de estar de la casa de sus padres.

El viento y la lluvia azotan con fuerza las contraventanas de su casa y los recuerdos pasan de una estancia a otra de su memoria con la urgencia de un yunque, lentos, causándole una zozobra vital que sujeta su cabeza más tiempo de lo debido a la almohada de su cama.

El final de la señal horaria ha dado paso al inicio de las noticias, que siguen amenazando con el anuncio del cierre de las urgencias médicas para todos los pueblos pequeños del valle donde vive.
Pobo de Dueñas, su pueblo, es uno de los afectados. Como otros tantos de la comarca se va a quedar sin atención sanitaria a partir de las ocho de la tarde. Parece mentira. Es una información que no puede soportar. Es superior a ella. Y encima, para añadir tristeza a su enojo, la escucha después de esa canción, que sonaba por la radio el día que se puso de parto de Adelita, su hija, una niña preciosa con la piel blanca y limpia, pero con el entendimiento frágil como la capa de caramelo que cubre las natillas.  

Adelita nació con muchas dificultades, porque no nacía, se quedó ahí encajada y el médico no llegaba, tenía que venir desde Guadalajara y la vecina de su madre, la señora Jacinta, que había hecho de partera en muchas ocasiones, esta vez no supo qué hacer para ayudarla. Cuando llegó el médico y consiguió sacar a su hija de sus entrañas, ayudado por una especie de pinzas metálicas que la asían de la cabeza, ya era un poco tarde para Adelita, que nació privada y tiempo después la catalogaron como afectada de “debilidad mental”.

Falta de oxígeno a la hora de nacer, esta es la causa de la “debilidad mental” de Adelita, que dentro de unos días cumplirá cincuenta años y sigue tan tierna como si tuviera cuatro. Lleva clavado en el alma que el mal de Adelita se podría haber evitado, que fue una cuestión de tiempo. 

Qué importante es el tiempo para algunas cosas. Unos minutos pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte, entre vivir del todo o con una tara para el resto de la existencia. Esos minutos terribles de espera marcaron la diferencia para su hija, la convirtieron en una niña perpetua, pero con carita de vieja. Por eso le indigna tanto lo del cierre de las urgencias. No entiende que se diga que las urgencias son caras, ¿es caro prevenir la muerte? ¿Les están diciendo a los de su comarca, que su vida vale menos que la vida de la gente que habita en las ciudades? Porque estamos hablando de la vida de las personas, que es preciosa, y única, y no se puede medir con dinero.

Todos los días se pregunta qué va a ser de Adelita cuando ella falte, porque están solas las dos y ella está camino de cumplir los setenta y tres. Y más ahora, que parece que todo se desmorona. “La vida ha cambiado”, “estamos en crisis”, “somos víctimas de un cambio de ciclo económico”, “la culpa es de todos, por vivir por encima de nuestras posibilidades”, “la sanidad es cara”, “las medicinas son caras”, “no se podrán costear las pensiones, porque son caras”…son frases que escucha todos los días por la radio. Pero ella se pregunta por encima de dónde ha vivido…si no se ha movido del pueblo y lo único que ha hecho ha sido trabajar y trabajar para sacar adelante a Adelita. Y ahora esto…lo de las urgencias.

Ella nunca había prestado mucha atención a la política, pero se ha dado cuenta que ahora la política ha cambiado. Se practica un tipo de política que ignora a las personas.  Y este tipo de política la tiene en el punto de mira, se ha fijado en ella de una manera física, brutal, que hiere, como si ella fuera un blanco fácil en una cacería, igual que se ha fijado en sus vecinos de Campillo, y en los de Peralejos, y en los de Checa, y en los de Blancas, y en los de Ojos Negros…a todos los quieren condenar antes de tiempo, al dejarlos huérfanos de atención médica.   

El cierre de las urgencias médicas en la comarca la devuelven a ella y a sus vecinos a cincuenta años atrás, cuando la gente se moría porque el médico llegaba tarde, o la vida quedaba condicionada para siempre por unos minutos de retraso vitales en la atención de un parto. Ella no quiere que nadie más vuelva a pasar por eso. Sabe que no se puede permitir que se cierren las urgencias médicas. Y está dispuesta a lo que sea. A sus setenta y tres años está dispuesta a lo que sea.

Esta mañana fría de enero, cuando faltan diez días para que Adelita cumpla cincuenta años, tiene la certeza de que “la vida ha cambiado”, sí, y de que “estamos en crisis”, sí, pero que ella no es culpable de nada, ni su hija, ni sus vecinos de la comarca, que no han parado de trabajar en toda su vida y seguro que tampoco van a permitir que los manden de vuelta así -por mandato de María Dolores- cincuenta años atrás. 

Carmen Barrios


lunes, 7 de enero de 2013

"Cualquier parecido con la realidad es ...."

El ansia


Pego un cuentecito en el que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Lo que se narra podría haber sicedido en cualquier parte, incluso en la comunidad autónoma en la que vivo. 

La fotografía que lo acompaña la realicé en una calle de Nápoles y es bien elocuente, es una imagen sobre el ansia, el ansia viva, que dirían algunos, ese ansia por amasar y por quedarse con todo que parece dirigir la vida de la gente que nos gobierna. 


Este relato también se ha publicado en la sección de cultura de la revista web www.nuevatribuna.es

La sonrisa del hijo del concejal de abastos

El hijo del concejal de abastos se ha criado rodeado de viandas y sale en todos los retratos con una sonrisa de satisfacción, propia de quien percibe desde la cuna que tiene la vida resuelta. 

Pertenece a ese grupo de familias de orden que siempre han sabido donde tenían que situarse en la iglesia y lo más importante, qué es lo que tenían que hacer para engordar su cartera. Su padre se tiene por un liberal, como lleva escrito en su propio apellido y realizó una brillante carrera como Concejal-Delegado de Mercados y Abastos en una época en la que se llegaba a los cargos públicos de la mano de un padrino del Movimiento y no era necesario montar todo ese lío de organizar unos comicios y presentarse a elecciones.



El hijo del concejal de abastos se peina con una raya marcada como un hachazo sobre el lado derecho de su cabeza y desborda pasión por las corbatas de colores y los gemelos caros. Disfruta como un hipopótamo en una charca de fango jugando al pádel y enviando “bromitas” a golpe de tuit en las que se denigra a las mujeres, pero le irrita sobremanera que se proteste reclamando justicia y se altere el orden que necesitan los de su clase para que no se resientan sus negocios. Como su padre, supo situarse en la iglesia. Se arrimó a la sobrina más ambiciosa del poeta y se pegó a ella como el chocolate fundido a una galleta príncipe.


La sobrina más ambiciosa del poeta ha pagado sus servicios exclusivos, colmándolo de esperanza, con un puestazo en las altas esferas: lo ha colocado con tecnología digital -y sin necesidad de montar todo ese lío de tener que organizar unas elecciones- como presidente de su comunidad, porque está segura de que él velará por sus intereses incluso mejor que ella misma. Sabe que es tan liberal como ella y tiene la misma idea fija en la cabeza: apropiarse de los bienes públicos, convirtiendo a los ciudadanos en clientes de las empresas hurtadas por ellos y por la gente de su iglesia.

El hijo del concejal de abastos ha prosperado mucho desde que “aprobó” aquellas oposiciones al ayuntamiento con la ayuda inestimable de los amigos de la familia y ahora, desde que está en el puestazo de presidente de su comunidad, es un hombre feliz. Se siente el patriarca benefactor de todas esas familias de su iglesia que se frotan las manos y ven montañas de dinero a su alcance cuando miran un hospital, un solar sin urbanizar, una estación de metro o una escuela. Sale en todos los retratos con una sonrisa de depredador saciado, a pesar de los problemas y los sufrimientos que está causando a la gran mayoría de los ciudadanos de su comunidad.

Los ciudadanos de la comunidad del hijo del concejal de abastos no soportan su sonrisa y no se cansan de denunciar las tropelías de Robin Hodd inverso que practica, robando lo que es de todos para repartirlo con los amigos ricos de su iglesia.

La comunidad que gobierna el hijo del concejal de abastos está al borde del desquicie, repleta de huelgas y manifestaciones de protesta, con miles de personas sin trabajo y la pobreza golpeando con fuerza en los estómagos de las gentes. Los empleados de los transportes públicos hacen paros todos los días, y están pensando en pernoctar por turnos en las cabinas del metro y de los autobuses, igual que ya hacen los médicos y las enfermeras de los hospitales y de los centros de salud, que duermen en su lugar de trabajo para impedir que el hijo del concejal de abastos y sus amigos se apropien de ellos.

Los maestros de escuela también se han unido a esta rebelión y pasean por las calles vestidos de verde para recordarle al hijo del concejal de abastos que ellos no pertenecen al club liberal, sino a una mayoría social que está en pie de guerra para defender lo público.

También protestan los de la tele -que lleva semanas fundida en negro-, porque el hijo del concejal de abastos quiere poner el ente en almoneda y barrer a los profesionales como si fueran una montaña de cáscaras de nueces; y los de la radio; y los bomberos; y los vecinos que son desahuciados de sus casas; y los de las tiendecitas de barrio, que se van a pique con la ley de “liberalización” de horarios comerciales; y los empleados de los bancos y los que luchan para que el agua del canal no se convierta en otro negocio más; y los que se oponen a que en medio de su comunidad se construya el mayor casino de Europa y los barrenderos y todos los empleados públicos, y Manuel, y Luis, y Jacinta y Pepa y Blanca y María y…

Pero el hijo del concejal de abastos sigue con su única idea fija en la cabeza: quedarse con todo. Está tan convencido de su fuerza que no se le borra la sonrisa de depredador saciado. Se siente seguro en su puesto, tanto que quiere terminar con las protestas como se hacía en la época aquélla en la que su padre se enriqueció como concejal de abastos, cuando no era necesario montar todo ese lío de la democracia y estaban prohibidas las protestas y las huelgas y las reuniones de más de tres personas.

Los ciudadanos de la comunidad del hijo del concejal de abastos se han conjurado para borrarle su sonrisa de depredador saciado y han montado una acampada permanente en la puerta de su casa para recordarle que son miembros de una mayoría social que prefiere que los bienes públicos sigan siendo patrimonio de todos. Han extendido una pancarta inmensa en la que puede leerse desde la Luna: “¡¡¡LOS SERVICIOS PÚBLICOS NO SE VENDEN, SE DEFIENDEN!!!”.
Carmen Barrios