miércoles, 7 de octubre de 2015

LA COMANECI QUE LLEVAMOS DENTRO

Salto desde dentro

Nadia Comaneci era una diosa del Olimpo de la gimnasia, una auténtica heroína, cuando yo era pequeña. Literalmente volaba sobre la barra fija, y no digamos en las paralelas o haciendo saltos mortales y piruetas imposibles sobre el suelo. Era asombrosa, perfecta. Era tan famosa como ahora puede serlo un jugador de fútbol de esos globales, como Messi o como lo fue Maradona. A las niñas de mi generación nos encantaba. Yo aprendí a hacer el pino y volteretas laterales solo para intentar emularla. Hasta que fui adulta nunca reparé en que había personas que solo las pueden hacer con la imaginación. 

Pego un cuento que habla de los deseos de integración de una niña -que yo he conocido de adulta- con una discapacidad que la impide andar, pero nunca le ha impedido desarrollarse o realizar lo que se haya propuesto y menos que nada luchar con energía para cambiar las cosas. Luci, así se llama ella, es una de las personas con más determinación y más alegría en los ojos que conozco. Este cuento es un homenaje a ella y a la Nadia Comaneci que todas llevamos dentro.

La fotografía que lo acompaña ya la publiqué en este blog, pero no he encontrado otra mejor para ilustrar esta historia. La imagen representa un salto mágico hacia un lugar muchas veces inalcanzable: nosotras mismas. Esta foto la tomé en la catedral de Lisboa mientras mi hija y la hija de mi pareja jugaban a dar saltos imposibles.  

Volar como Nadia Comaneci

Cuando era pequeña me volvía loca dar volteretas laterales sin parar. Quería ser como Nadia Comaneci sobre la barra fija, una mariposa etérea capaz de volar sobre las punta de los dedos. De todos los dedos, los de las manos y los de los pies, sobre todo los de los pies. El lugar en el que más me gustaba dar las volteretas era en el patio de la escuela, un espacio grande, que olía a cuerda, a goma de saltar, a arenilla y a bocadillo de chorizo. En el distribuidor central del edificio del colegio había una gran cristalera desde la que se veía todo el patio, yo me situaba frente a ella y desde allí mismo asomaba mi nariz y comenzaba a dar una voltereta tras otra sin cansarme.

Mientras revoloteaba dando mis espectaculares brincos, mis compañeras de la escuela jugaban a la comba o a saltar a la goma, tarareando canciones. Yo pasaba entre ellas ágil, como un aspa que gira sin tocar casi el suelo, lo hacía deprisa y con gracia, con la elegancia de una mariposa, batiendo mis alas como la Comaneci, pero ellas no me veían. No me veían. Nunca me veían.

Me entristecía que no me vieran. Además de mis saltos acrobáticos era capaz de hacer otras cosas increíbles, tan increíbles como amaestrar grillos y ponerlos a cantar a media mañana para anunciar las doce. Pero si nadie más lo presenciaba, ¿qué sentido podía tener que un grillo cantara fuera de su horario solo para mí? Ninguno. Así es que, solo me quedaba parar de dar vueltas y observar a mis compañeras disfrutar con sus juegos favoritos, a ver si alguna se percataba y me ofrecía el otro extremo de la cuerda de saltar. Pero no ocurría. No me invitaban y yo seguía sola, inmóvil sobre mis dos piernas pesadas en un extremo del patio mirándolas jugar, con mi grillo calladito en un bolsillo del babi y mis volteretas girando dentro de mi cabeza, mientras me comía el bocadillo de chorizo que me había hecho mi abuela.

En general, la escuela era para mi un lugar extraño. Por una parte me encantaba ir, porque nada más entrar por el portalón me inundaba una especie de extraña alegría. Miles de expectativas se abrían cada día. La amistad era la principal. Necesitaba el calor de las complicidades de la amistad, necesitaba reírme con niñas de mi edad y jugar y hacer planes. Necesitaba ser una niña como las demás.

Yo contaba con una sonrisa más luminosa que el mejor día de verano, una imaginación como la de Julio Verne, unos ojos negros chispeantes y una predisposición para la amistad a prueba del peor de los desencantos. Pero no era suficiente, porque mi cuerpo no encajaba con el aspecto común de los cuerpos de las otras niñas. Mi cuerpo no entendía de cánones.

Hasta el momento en el que entré en el colegio mi mejor amiga era mi abuela, que era la única persona incondicional que conocía. Ella siembre jugaba conmigo a los juegos más arriesgados, locos y estrafalarios. Como nuestro juego favorito para las interminables tardes de invierno: ver cuál de las dos aguantaba más con los mofletes llenos de polvorón sin estallar en una carcajada, que inundara la estancia de polvo de almendra y de manteca. Recuerdo que una vez mi abuela se llenó tanto los mofletes y se aguantó tanto, que cuando estalló salpicó de pasta de polvorón hasta el techo del salón y la lámpara de cristalitos quedó plagada de pegotillos de manteca. Mi madre enfureció al verlo y nos tuvo a mi abuela y a mí limpiando la lámpara hasta las doce de la noche. La dejamos reluciente. Esa noche no pude dormir debido a la excitación. Cuando cerraba los ojos veía los mofletes de mi abuela en primer plano, hinchados como dos zepelines a punto de reventar, y me entraba una risa incontenible y tenía que ir a hacer pis, con el trabajo que me costaba hacerlo a mi sola. Tuve tal trajín toda la noche, que al día siguiente me costó un esfuerzo sobrehumano ir al colegio. Mereció la pena.

Ese día llegué llena de ojeras a la escuela. Me parecía más que nunca a la gimnasta rumana que quería ser. Ojeras violáceas y profundas, la marca indeleble del esfuerzo, y una agilidad infernal para las volteretas laterales y los saltos mortales sobre la barra fija. Así éramos Nadia y yo, insuperables, pensaba para mis adentros.

El caso es que ese día ocurrió lago inesperado y mágico, por la simpleza con que se produjo, que me borró las ojeras y me sacó de las volteretas como si hubiera sido tocada por la barita de un hada benéfica, aunque las razones del hada estuvieran más guiadas por su propio egoísmo que por la beneficencia. Cuando me disponía a comerme mi bocadillo de chorizo, observando como cualquier otra mañana los juegos en el recreo, una niña se acercó a mi y me ofreció su extremo de la cuerda de saltar.

La niña se llamaba Gracia. Ella solo quería saltar, odiaba dar a la cuerda. Era práctica.  Se dio cuenta de que la deformidad de mis piernas me impedían saltar y correr, pero no dar a la comba o tararear canciones sin parar. Me convertí en el poste perfecto. Un puesto fijo. A partir de ese momento tuve un lugar permanente en los recreos, sujetando uno de los extremos de la cuerda, así las demás niñas solo tenían que turnarse una vez.

Encontré un sitio entre las otras niñas, un espacio para el juego, las risas y las canciones. Me integré. Eso sí, nunca abandoné mi pasión por las volteretas laterales y los saltos mortales sobre la barra fija de mi imaginación.
Más de cuarenta años después mi mayor deseo sigue siendo poder volar como Nadia Comaneci.

Carmen Barrios




jueves, 10 de septiembre de 2015

Nosotros, la gente

La protesta


NOSOTROS, LA GENTE

Las fachadas de las calles de cualquier ciudad ofrecen bastante información, ya sea sobre la riqueza o no de sus materiales, o sobre el estado de las gentes que las habitan. A mí sobre todo me interesa este último aspecto, cómo se encuentran las personas que viven en las ciudades.

Este verano, paseando por una pequeña localidad de Portugal, la villa de Tomar, hice la fotografía que da pie a este artículo. En ella se ve una pintada que dice: “Tanta gente sin casa, tanta casa sin gente”. Liliana, la firmante de la pintada, hace una denuncia en toda regla. Como sabemos, Portugal es otro de los países de Sur de Europa a los que la troyka ha empobrecido con sus políticas de austeridad, que sirven para esquilmar grandes mayorías en beneficio de unos cuantos poderosos. Sus gentes, como las de Grecia y tantos otros lugares en Europa, como las nuestras, como muchos de nuestros vecinos y vecinas, como nosotros, la gente, sufren –sufrimos- una emergencia social y una devaluación vital que se grita de forma sorda estampando denuncias en las fachadas de las casas. El 4 de octubre los portugueses acuden a las urnas, tienen la oportunidad de transformar el clamor en acción política.

La ciudad de Madrid se llenó de palabras de denuncia en mayo de 2011. Gentes que surgieron de todos los rincones, salieron de detrás de los muros de las calles y ocuparon la Puerta del Sol durante varios días. Portaban pequeñas pancartas con sus reflexiones personales, eslóganes que una vez desarrollados en grupos de trabajo amplios dieron lugar a un proyecto de gobierno ciudadano. Unieron sus voces en un clamor contra un sistema económico antisocial, que no respeta la democracia, que crea desempleo, pobreza, desigualdad, graves carencias vitales, destruye derechos sociales que creíamos consolidados y aboca a una tristeza que empequeñece. Sus voces de protesta traspasaron nuestras propias fronteras.

La continuidad en la aplicación de dichas políticas por parte del Gobierno del PP han provocado que muchas personas perdieran su casa, se quedaran sin trabajo, sin poder estudiar o sin atención médica.

El grito de la Puerta del Sol de Madrid fue el inicio de un nuevo camino. Con el tiempo, personas que acudieron allí a protestar, decidieron dar el paso para elaborar una propuesta ciudadana que aglutinara a quienes querían un cambio en la ciudad de Madrid. Se consiguió tejer un movimiento de participación y de organización política amplio (en el que estaba Podemos, Ganemos, Equo, gentes de IU aglutinados en torno a Cambiar Madrid, Convocatoria por Madrid, gentes del movimiento asociativo vecinal, etc y muchas personas activistas sin partido ni organización concreta), que se conformó como el bloque Ahora Madrid, un espacio para la confluencia municipal en el que muchas y muchos de nosotros, la gente, nos implicamos para poner freno a esas políticas. Con diálogo, mucho trabajo y toneladas de ilusión hemos sido capaces de reconquistar el Ayuntamiento de Madrid y hemos conseguido que Manuela Carmena y los concejales de Ahora Madrid sean los representantes de las personas. En Madrid, y en otras ciudades en las que se conformaron candidaturas de confluencia para el cambio, que triunfaron, se consiguió que la protesta cristalizara en un movimiento amplio organizado. Eso dio sus frutos y ahora estamos en un peldaño más alto. La organización ha dado paso a la acción política. Ahora estamos en la fase de poner en práctica el programa con el que Ahora Madrid concurrió a las elecciones.

Los Ayuntamientos para el cambio que apuestan por políticas para el bien común, entre los que se encuentra el de Madrid, están dando lecciones de iniciativa política al Gobierno del Partido Popular, que no gobierna para las personas, para nosotros, la gente, sino para los prebostes que se reparten nuestra riqueza a través de los beneficios de las empresas del Ibex 35.

Estos Ayuntamientos se han puesto a trabajar para responder a los problemas diarios de las personas. Están proporcionando soluciones reales a las situaciones de emergencia social de las gentes que se han quedado sin casa o que están a punto de perderla. Desde los servicios sociales de estos Ayuntamientos se trabaja sin descanso para atajar situaciones de pobreza, de necesidad, de atención social que no se puede retrasar por más tiempo, porque hay familias en las que se pasa hambre, hay ancianas y ancianos que están solos, hay vecinos y vecinas que no tienen atención médica, porque este Gobierno de la derecha les expulsó del sistema porque venían de otro lugar.

Los Ayuntamientos de la gente le han dado otra lección más al Gobierno del Partido Popular. Esta vez ha sido una lección de solidaridad y de dignidad humana. Ante la emergencia de las personas que huyen de la guerra de Siria, y de tantos lugares de África, o de Oriente Próximo, que llaman desesperados a la puerta de esta isla denominada Europa estos municipios se están organizando para ofrecer su ayuda a los que vienen. Y lo más importante es que lo han hecho apoyados por nosotros, la gente. Porque muchos y muchas consideramos que cualquier persona, venga de donde venga, tiene derecho a techo, a escuela, sanidad, pan y libertad. Todos tenemos derecho a la cultura, a disfrutar de una vida digna. Tenemos derecho al pan y a las rosas, como reza uno de los eslóganes más bellos de la historia del movimiento obrero.

Es emocionante el momento histórico y político que estamos viviendo en España y en Europa. Las gentes estamos tomando conciencia de que tenemos que actuar para cambiar una realidad obstinada, que no quiere contar con la gran mayoría de las personas.

Lo que la historia ha demostrado es que cuando las personas cooperan y trabajan unidas en amplias mayorías para el bien común, las sociedades avanzan hacia lugares inclusivos en los que no se abandona a nadie. Otro Madrid es posible con la implicación de las gentes. Otro país es posible. Otra Europa es posible. Otro mundo es posible.

Nosotros, la gente, tenemos la fuerza que se necesita para cambiar las cosas. Hay que actuar. Hay que implicarse.

*Me pidieron un texto para el tercer boletín editado por Ahora Moratalaz, mi barrio, y me ha salido esto. Dejo el enlace del resto del boletín por si alguien quiere más información: http://us11.campaign-archive1.com/?u=118dfd2898140d10d25fb6e8c&id=58c3d82e88

Carmen Barrios





viernes, 7 de agosto de 2015

CUENTO PARA UNA CALUROSA TARDE DE VERANO


El hombre sin rostro

El cuento que publico en el blog es un relato relajado, para enfrentar las torridas tardes del verano con un poco de chispa. La histotia se desarrolla entre juegos de niños que están a punto de ser adultos y de adultos que no se sabe muy bien a punto de qué están.
La fotografía que acompaña el relato la realicé en una calle de Praga. El escaparate me llamó la atención porque represeta un maniquí masculino sin rostro. Es poco habitual. Casi siempre son los maniquíes femeninos los que se representan sin cara, como si solo importara el cuerpo y no la mente. 
Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la  web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.

EL GALLITO CIEGO
-¿Quieres que juguemos al gallito ciego, mi amooooooor?- le pregunta ella melosa, redondeando la “o” de “amor” todo lo que puede con esos labios de manteca, bien pegados al hueco más receptivo de su oído.

Mientras su cuerpo se tensa electrificado por un escalofrío que le recorre como un relámpago desde la coronilla hasta el dedo gordo del pie izquierdo, le contesta que sí, sí, sí… El juego del gallito ciego, muuuhhh!! …ella ha vuelto a pronunciar esas palabras mágicas que le conducen de forma instantánea a las tardes bochornosas de los veranos de su infancia, cuando jugaba con su primo Teo a la hora de la siesta en el jardín trasero de la casona de sus abuelos. 

Teo y él tenían un código preciso, que se repetía cada tarde. Justo después de comer, cuando todo el mundo se amodorraba por el calor en cualquier rincón de la casa, Teo le guiñaba un ojo y con un imperceptible movimiento de cabeza le invitaba a salir al patio. Se refugiaban bajo una gran morera del sol intenso del verano para practicar su juego favorito. Teo, que era corpulento y tres años mayor que él, le cubría los ojos con el pañuelo negro del juego de magia y le susurraba al oído: “gallito, gallito ciego, gira como un espiral de viento y encuentra a tu primo Teo”. Entonces él giraba y giraba sujeto entre las manos firmes y calientes de Teo, que palpaban su cuerpo de púber un poco al azar, rozando por aquí y por allá una y otra vez, hasta que daba tantas vueltas que perdía el equilibrio.

Cuando se recomponía buscaba a tientas a su primo que le murmuraba palabras sueltas  como suspiros perdidos: “gallito, gallito ciego…gallito, extiende la mano y acaricia mi aliento”… “gallito, gallito ciego…¡ay gallito!, atiende mi voz y bebe mi aliento”… “gallito, gallito ciego…”, hasta que de repente se topaba con él por sorpresa, y le abrazaba y sentía su cuerpo fuerte y sudado, y notaba su propio corazón rebotar con fuerza contra el pecho de su primo y empapaba sus sentidos con su olor salino y se dejaba llevar por Teo… se dejaba llevar hasta un lugar gozoso, regalado, un lugar compartido, hecho a la medida de dos muchachos abrasados por una fiebre rebelde, que renacía y se apagaba cada tarde de aquellos veranos ardientes de la incipiente adolescencia.

-“Teo, ¿dónde estás ahora?, ¿sigues jugando al gallito ciego?...¿dónde estás?” -murmura perdido-, mientras ella le ciñe, bien fuerte, sobre los ojos un pañuelo negro de seda….

-“Vamos, mi amoooor, gira como un espiral de viento y encuentra a tu nena fiera, ¡ay mi gallito!, gallito ciego”…-repite con mimo-, mientras le manosea y le impulsa con fuerza a dar vueltas y más vueltas hasta que pierde el equilibrio.

Cuando él consigue levantarse impera la oscuridad y el silencio. Agudiza el oído hasta que escucha el roce sutil de unas manos sobre una tela suave. Se concentra y casi puede percibir, como si lo estuviera viendo, cómo ella se acaricia los pechos sobre la tela se su vestido y persigue atento el sonido de su mano cuando desciende hacia la parte baja del vientre. Escucha con devoción y se muerde los labios hasta hacerse sangre. La desea. En ese momento la desea tanto como deseaba a su primo Teo cualquier cálida tarde de verano. Desea llegar hasta ella y abrazarla, y embriagarse hasta la borrachera con su olor dulzón. Se orienta como un sonámbulo hacia un nuevo rumor de fricción, que aprecia cada vez más frenético, y la imagina sentada al borde de la cama con las piernas separadas, conteniendo el aliento y tragándose los suspiros de placer mientras se frota con la mano una y otra vez sobre la tela humedecida de sus bragas. Cuando está a punto de llegar hasta ella se da cuenta de que ha estallado una bomba de silencio. No se escucha nada. El sonido provocado por la fricción ha cesado de súbito.

-“Cariño -le dice con voz suplicante- continúa, no te pares, no descanses, no frenes, ya casi…casi…”. Pero no obtiene ninguna respuesta. Con ademán temeroso y el corazón detenido por la frustración se quita con desgana el pañuelo de los ojos y la ve caída, sin energía alguna, desmadejada e inerte sobre la cama.

-“¡No puede ser!. ¡Otra vez no! -grita frenético-. ¡Otra vez no!. Si te acabo se reparar, te puse hasta una batería nueva. ¡¡Es la segunda vez que te estropeas en un mes!!”.

Carmen Barrios


miércoles, 22 de julio de 2015

LA CABEZA DEL HÉROE


*La cabeza
LA CABEZA DEL HÉROE

Los héroes son derrotados en muchas ocasiones. Y puede que hasta su cabeza ruede por el suelo, pero dejan una impronta sobre los demás que borra los perfiles del tiempo, traspasa eternidades y sus hazañas pueden llegar a perdurar en la memoria durante siglos.

Los griegos saben mucho de leyendas y de héroes. Puede que en parte por eso hayan dado una lección de dignidad y de democracia al resto de Europa, aunque su firmeza les costara la primera derrota en la batalla contra la Troyka.

Los medios de toda Europa y los poderosos de las finanzas, que les sustentan, respiraron aliviados al poder “vender” en sus portadas la cabeza de Varufakis y casi la de Tsipras, tras la última imposición del Eurogrupo -capitaneado con saña por Schaübel, el ministro de finanzas alemán- sobre el pueblo griego. Según las lecturas de estos días Tsipras se ha rendido a la Troyka.

Los que mueven los hilos del dinero y la Gran Coalición de liberal-conservadores y socialdemócratas (solo de nombre, porque de eso ya tienen poco) que les hacen el coro político en Europa estaban muy interesados en escarmentar a los griegos, que se atrevieron a desafiar dos veces su poder, su orden europeo y al Estado alemán, que quiere imponer sus políticas por encima de lo razonable en la Unión, aunque las costuras revienten: la primera eligiendo a un Gobierno de izquierdas, de Syriza, y la segunda teniendo la tremenda osadía de someter a votación democrática los acuerdos con la Troyka. El miedo no pudo subvertir el sentido de las votaciones en Grecia, porque sus habitantes decidieron que sus derechos democráticos estaban por encima de imposiciones económicas que huelen a un imperialismo de otras épocas. Total sus vidas ya estaban por el barro, pero la dignidad no se arrastra.

Los griegos mantuvieron su dignidad democrática y la respuesta de la Troyka ha sido sitiarlos. Las condiciones leoninas que Tsipras ha tenido que aceptar para que no les echaran del Euro han sido tan duras que los miembros del club europeo ya se están arrepintiendo. El poder se ha quitado la máscara, mostrando su verdadero rostro de verdugo implacable ante los necesitados. La historia enseña que a veces los excesos cuestan muy caros. Y querer aplastar así a los débiles, pero justos, ha sido un exceso que es difícil de explicar. En la propia Alemania ya están surgiendo voces que critican en la prensa la actitud despiadada de sus dirigentes.

Todos sabían de antemano que la deuda griega era impagable. Ahora, tras la última vuelta de tuerca, se están dando cuenta que los excesos de los ordoliberales alemanes al final pueden costar muy caros a la Unión. El Eurogrupo, liderado por Alemania, se está saltado todos los valores que sustentan la Unión Europea al apostar por políticas de austeridad a ultranza para los países del Sur que subyugan y empobrecen a muchos millones de ciudadanos, no solo griegos. En virtud de estas políticas en los países del Sur, se producen, en serie, parados y contratados precarios. En millones de casos la devaluación vital está cruzando la peligrosa línea del derecho a una vida digna. En la propia España la cifra de parados supera con creces los cinco millones de personas y el desempleo entre los jóvenes es casi del 50%, el más alto de Europa (incluso por encima del de los griegos). El trabajo precario se ha convertido en lo habitual, como si se estuviera volviendo a unas condiciones laborales propias del inicio del siglo XX, pero con pueblos y con personas educados en los valores y en los derechos del XXI. Un coctel difícil de sostener en la Europa actual.

PULSO DESIGUAL
Si para algo ha servido el pulso desigual mantenido por los griegos ha sido para que todos los ciudadanos de la Unión visualizáramos con nitidez el escaso valor democrático que otorga la Europa acreedora a los países deudores y cuánto les sobran a algunos dirigentes y poderosos los valores de solidaridad, igualdad, derechos y principios democráticos sobre los que se fundó la Unión Europea, cuando se trata de mantener determinados intereses.

La Troyka le ha impuesto al Gobierno de Syriza, para conceder el tercer rescate (y permitir su permanencia en el Euro), un nuevo paquete de duros recortes, que afectan a pensiones y derechos laborales, un trágala que confronta con el programa de este partido. Tsipras, con su partido (aunque dividido) detrás, no ha tenido más remedio que aceptar porque era eso o salir del euro, algo que tal y como está diseñada la política económica dentro de Europa se veía como un suicidio. Suponía pasar de muy mal a mucho peor que mal.

El Gobierno griego ha conseguido quedarse dentro del euro y ganar tiempo, algo extremadamente importante en política, porque después del verano hay elecciones en varios países del Sur, entre ellos España, y puede haber sorpresas. Pero a mi juicio ha conseguido algo mucho más importante que no se había producido hasta ahora: ha removido el panorama europeo y aunque derrotados y con la cabeza de alguno de sus héroes por el suelo, todos en Europa saben que la posición de Grecia era la correcta y no así la de Alemania y los países centrales. Todos saben hoy que el Gobierno de Tsipras actuó bien, democráticamente, como se debería hacer siempre, consultando a sus ciudadanos, que los griegos hicieron bien votando que NO, que así no se hacen las cosas, que la deuda griega tiene que ser reestructurada e incluso tendrá que haber una quita, como ya sucedió con Alemania tras la Segunda Guerra Mundial.

Todos sabemos hoy que no era una cuestión económica la que se dirimía. Sino política. Que se trataba de escarmentar en la cabeza de los griegos a futuros navegantes (como ha advertido recientemente en una entrevista Ignacio Fernández Toxo). Que ese mantra repetido hasta la saciedad de que las deudas hay que pagarlas y que los tratados no permiten lo contrario (como aseguraba Schaübel) es una falacia. Porque de sobra hemos visto, por ejemplo en España, como se han perdonado las deudas millonarias de personas poderosas vía amnistías fiscales cuando ha sido conveniente, o cómo se ha rescatado a entidades financieras privadas con ingentes cantidades de dinero público, que han pasado a convertirse en una deuda contraída por los Estados. Parece ser que sí ha habido dinero para rescatar depende a quiénes, pero no lo ha habido para rescatar a los griegos, básicamente porque votaron a Syiriza, una opción de izquierdas que no convenía a los intereses de la Troyka ni a los de algunos dirigentes políticos muy cortos de vista.

Hoy todos en Europa sabemos que la Unión de los valores de solidaridad y de respeto, la Unión que aboga por la defensa del Estado del Bienestar y la salvaguarda de los derechos humanos y sociales ha estado defendida, con todo el coraje de los héroes que luchan por la Justicia, por un pequeño país, Grecia (su economía solo representa el 2% del PIB de la UE), en el que gobierna un partido de izquierdas que cree que la construcción de Europa tiene que ir por otros caminos, en los que haya cohesión, derechos, solidaridad y dignidad vital para las personas. Otra Europa es posible. No se puede seguir construyendo la Unión Europea con las desigualdades tan sustantivas que se están desarrollando tanto dentro de los países como entre los países. Así no se construye Europa.

Los héroes griegos se han levantado y han caído, de momento, en esta batalla desigual. Pero otros surgirán. Porque los pueblos de Europa están repletos de personas dignas, de personas que se sacarán el lastre del miedo de los bolsillos cuando llegue el momento, y volarán, volaremos muy alto.

En España tenemos muy cerca una cita con las urnas. Es de esperar que las fuerzas transformadoras sean capaces de agruparse en un movimiento amplio, se llame como se llame (Podemos, Ahora en Común sí Podemos, Podemos todos en común… o lo que sea), pero lo suficientemente representativo para vencer las políticas de austeridad y a esa Gran Coalición que las apuntala.

Esa cabeza del héroe que está en el suelo nos recuerda que estuvo en pié, que se levantó, que su lucha fue justa, sí, pero que para poder vencer en esta guerra económica y política contra el poder económico necesitamos millones de héroes unidos, necesitamos millones de personas liberadas del lastre del miedo y unidas para ganar, porque no queremos ser héroes caídos. Españoles, portugueses, Italianos…los griegos nos esperan.


*La fotografía que acompaña este texto la tomé en Agrigento (Sicilia), en las ruinas de la Magna Grecia. La cabeza es una escultura moderna, realizada en bronce y de tamaño monumental, de Igor Mitoraj. Cuando visité este valle tuve la suerte de encontrarme con una exposición de este gran escultor de origen polaco, que ha dedicado una parte importante de su obra a los héroes caídos. Esta fotografía es una metáfora en sí misma, que dialoga con el texto escrito y le proporciona un imaginario preciso.

Tanto el texto como la fotografía han sido publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es

Carmen Barrios

viernes, 10 de julio de 2015

LITERATURA Y MEMORIA

Mujeres en el muro


Subo la reseña de Las tres bodas de Manolita, un libro que me conmovió. Soy lectora habitual de Almudena Grandes, pero desde que se dedica a refrescarnos la memoria histórica con sus particulares Episodios de una guerra interminable me he convertido en una auténtica fan de sus novelas.

La fotografía que he colocado como cabecera de esta reseña la realicé en una calle de Madrid. Los muros en los que intervienen los artistas urbanos también contribuyen a refrescarnos la memoria en ocasiones. Esta imagen me lleva inevitablemente a ese Madrid de la postguerra, y cuando estaba leyendo este libro sin proponérmelo la veía en mi memoria. La foto la realicé antes de leer el libro, y las caras de estas mujeres se colaron en las páginas de Las tres bodas de Manolita gracias a un cóctel de la imaginación, proporcionando rostro y figura a personajes del relato. Por eso he decidido utilizarla para abrir este post.

LAS TRES BODAS DE MANOLITA

Tu risa me hace libre/ me pone alas/ soledades me quita/ cárcel me arranca. Cuando terminé de leer Las tres bodas de Manolita, tercera entrega de los Episodios de una guerra interminable de Almundena Grandes, se me vinieron inmediatamente a la mente estos versos de las Nanas de la cebolla de Miguel Hernández. Porque la risa, conservar la alegría -aunque doliera- es uno de los rasgos de resistencia más dignos presente en el carácter de los personajes vencidos que llenan las páginas de esta última novela de Almudena Grandes.

La autora reivindica la fortaleza de resistentes de los vencidos en la guerra civil en este tercer libro, en el que un elenco de personajes inolvidables reconstruyen el friso trágico que se vivió en Madrid desde que los casadistas, traicionando al Gobierno de Negrín, se rindieron a Franco poniendo fin a la guerra y entregando a los resistentes al ejército golpista. El sufrimiento impuesto a las gentes durante el Madrid de la posguerra fue tremendo, porque Franco tenía claro que era necesario dominar con la fuerza de las armas, del miedo y de la muerte a una ciudad de resistentes. Las penalidades que se infligieron sobre los señalados del bando perdedor, tanto dentro como fuera de las cárceles, cuesta describirlas con las palabras adecuadas, Almudena lo consigue.
Almudena Grandes exprime su voluntad creativa en este libro para colocar palabras como ladrillos perfectos en la reconstrucción de una parte importante de nuestra memoria histórica reciente, que se ha hurtado con la fuerza del silencio y se ha manipulado con el descaro de supuestos historiadores, primero por los vencedores y después -aun hoy padecemos la lacra de la impostura- por sus herederos ideológicos.
Esta novela tiene la virtud de conmover desde las primeras líneas y de aferrar al lector a sus páginas con fuerza. El ritmo del relato y la trama consiguen crear unos lazos con los personajes que impiden que se abandone su lectura hasta llegar al final. La forma de narrar de Almudena, haciendo piruetas temporales magistrales, que atrapan y mantienen el ritmo vivo de cada cauce por el que se bifurca el relato, hacen de este libro, y también de los otros dos precedentes, joyas de la literatura contemporánea que no se pueden dejar de lado. Uno de los aspectos que más me han gustado de la novela es que la conecta con las dos anteriores a través de hilos sutiles, aunque tan consistentes como el sedal de pesca, para unir tramas y personajes. Esto permite que el lector se pueda hacer una composición global de lo sucedido durante esos Episodios de una guerra interminable.
He leído en alguna entrevista que Almundena Grandes es una gran admiradora de Benito Pérez Galdós y que con esta saga ambiciona componer una especie de Episodios nacionales sobre la etapa de la historia comprendida entre el final de la guerra y la muerte del dictador. Sin duda es una empresa arriesgada, pero por ahora estos tres libros ya publicados -de los seis que tiene proyectados- cumplen con creces con ese propósito.
Almudena Grandes está consiguiendo llenar un vacío literario muy necesario para poder entender –con la ayuda de la literatura y desde el punto de vista de la cultura, que es una de las formas más firmes de explicar el pasado- realmente qué fue lo que sucedió una vez que termino la guerra y “en lugar de llegar la paz, llegó la victoria”.
Recomiendo este libro porque además de ser una monumental novela, escrita con una prosa prodigiosa, es también un territorio literario en el que florece la memoria. En las páginas de Las tres bodas de Manolita se abren muchas puertas que han permanecido cerradas durante demasiado tiempo y se da voz a miles de gentes silenciadas durante décadas, que padecieron esa terrible guerra interminable durante la “paz” de Franco.












viernes, 3 de julio de 2015

A PASO LENTO...POR LA VERA


A paso lento…por La Vera
Viajar, se puede viajar de muchas maneras, en coche, en moto, en bicicleta o andando, en barco o avión y hasta con la imaginación, que algunos dicen que es la forma que nos permite llegar más lejos, solo hay que echar un vistazo a cualquier relato de Julio Verne para darse cuenta de lo lejos que consiguió llegar él.
José Delgado, impulsor de A paso lento.com http://apasolento.com, no ha llegado tan lejos como Verne, que consiguió poner un pié en la luna y otro en el centro de la tierra, pero él ha movido el tiempo, haciendo retroceder el calendario unos cuántos años para atrás para llevarnos de viaje como lo hacían los antiguos, en una carreta.
En A paso lento organizan recorridos en carreta por la comarca de La Vera, en Cáceres, de un día, un fin de semana o una semana. El paisaje de La Vera es muy lindo, frondoso, lleno de pozas de río donde darse un buen baño, es un lugar muy agradable para hacer turismo por el interior de la península. Y los viajes en carreta tienen la virtud de que se está en contacto con la naturaleza de una manera mucho más directa, no se agrede al medio ambiente y de disfruta mucho del paseo.
Esta forma de viajar permite contemplar cómo se desplazan las nubes, cómo florecen los árboles y cómo bailan las hojas al ritmo del viento… sin salirse del camino, porque siempre se tiene tiempo de rectificar el rumbo con un leve tirón de las riendas.


José enseña el manejo de las riendas del caballo, que es una experiencia divertida, (tanto para los niños como para los adultos) porque al caballo, además de conducirle con las riendas hay que hablarle alto, hay que comunicarse con él con las palabras, porque necesita recompensas auditivas del tipo: “Vamos bonito, vamos Caramelo, lo estás haciendo muy bien, vamos Caramelo…” y así ... Los niños también disfrutan mucho dándole de comer a Caramelo, que es un goloso, apasionado por los higos secos.

Para poder realizar esta experiencia de ecoturismo hay que llegar a Madrigal de la Vera, en Cáceres, hasta la finca de José. Está a unos 200 kilómetros de Madrid (un poco más de un par de horas de viaje) y estar dispuestos a experimentar un viaje paciente, agradablemente lento.
La carreta es muy confortable, tiene espacio para que puedan descansar y pasar la noche cuatro personas. También tiene una cocina con sus armarios y enseres básicos. Está muy bien aprovechado el espacio. El propio José construyó la carreta, que está hacha pensando en la comodidad y decorada con colores alegres.

Carmen Barrios