Mostrando entradas con la etiqueta Chorizo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chorizo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de octubre de 2015

LA COMANECI QUE LLEVAMOS DENTRO

Salto desde dentro

Nadia Comaneci era una diosa del Olimpo de la gimnasia, una auténtica heroína, cuando yo era pequeña. Literalmente volaba sobre la barra fija, y no digamos en las paralelas o haciendo saltos mortales y piruetas imposibles sobre el suelo. Era asombrosa, perfecta. Era tan famosa como ahora puede serlo un jugador de fútbol de esos globales, como Messi o como lo fue Maradona. A las niñas de mi generación nos encantaba. Yo aprendí a hacer el pino y volteretas laterales solo para intentar emularla. Hasta que fui adulta nunca reparé en que había personas que solo las pueden hacer con la imaginación. 

Pego un cuento que habla de los deseos de integración de una niña -que yo he conocido de adulta- con una discapacidad que la impide andar, pero nunca le ha impedido desarrollarse o realizar lo que se haya propuesto y menos que nada luchar con energía para cambiar las cosas. Luci, así se llama ella, es una de las personas con más determinación y más alegría en los ojos que conozco. Este cuento es un homenaje a ella y a la Nadia Comaneci que todas llevamos dentro.

La fotografía que lo acompaña ya la publiqué en este blog, pero no he encontrado otra mejor para ilustrar esta historia. La imagen representa un salto mágico hacia un lugar muchas veces inalcanzable: nosotras mismas. Esta foto la tomé en la catedral de Lisboa mientras mi hija y la hija de mi pareja jugaban a dar saltos imposibles.  

Volar como Nadia Comaneci

Cuando era pequeña me volvía loca dar volteretas laterales sin parar. Quería ser como Nadia Comaneci sobre la barra fija, una mariposa etérea capaz de volar sobre las punta de los dedos. De todos los dedos, los de las manos y los de los pies, sobre todo los de los pies. El lugar en el que más me gustaba dar las volteretas era en el patio de la escuela, un espacio grande, que olía a cuerda, a goma de saltar, a arenilla y a bocadillo de chorizo. En el distribuidor central del edificio del colegio había una gran cristalera desde la que se veía todo el patio, yo me situaba frente a ella y desde allí mismo asomaba mi nariz y comenzaba a dar una voltereta tras otra sin cansarme.

Mientras revoloteaba dando mis espectaculares brincos, mis compañeras de la escuela jugaban a la comba o a saltar a la goma, tarareando canciones. Yo pasaba entre ellas ágil, como un aspa que gira sin tocar casi el suelo, lo hacía deprisa y con gracia, con la elegancia de una mariposa, batiendo mis alas como la Comaneci, pero ellas no me veían. No me veían. Nunca me veían.

Me entristecía que no me vieran. Además de mis saltos acrobáticos era capaz de hacer otras cosas increíbles, tan increíbles como amaestrar grillos y ponerlos a cantar a media mañana para anunciar las doce. Pero si nadie más lo presenciaba, ¿qué sentido podía tener que un grillo cantara fuera de su horario solo para mí? Ninguno. Así es que, solo me quedaba parar de dar vueltas y observar a mis compañeras disfrutar con sus juegos favoritos, a ver si alguna se percataba y me ofrecía el otro extremo de la cuerda de saltar. Pero no ocurría. No me invitaban y yo seguía sola, inmóvil sobre mis dos piernas pesadas en un extremo del patio mirándolas jugar, con mi grillo calladito en un bolsillo del babi y mis volteretas girando dentro de mi cabeza, mientras me comía el bocadillo de chorizo que me había hecho mi abuela.

En general, la escuela era para mi un lugar extraño. Por una parte me encantaba ir, porque nada más entrar por el portalón me inundaba una especie de extraña alegría. Miles de expectativas se abrían cada día. La amistad era la principal. Necesitaba el calor de las complicidades de la amistad, necesitaba reírme con niñas de mi edad y jugar y hacer planes. Necesitaba ser una niña como las demás.

Yo contaba con una sonrisa más luminosa que el mejor día de verano, una imaginación como la de Julio Verne, unos ojos negros chispeantes y una predisposición para la amistad a prueba del peor de los desencantos. Pero no era suficiente, porque mi cuerpo no encajaba con el aspecto común de los cuerpos de las otras niñas. Mi cuerpo no entendía de cánones.

Hasta el momento en el que entré en el colegio mi mejor amiga era mi abuela, que era la única persona incondicional que conocía. Ella siembre jugaba conmigo a los juegos más arriesgados, locos y estrafalarios. Como nuestro juego favorito para las interminables tardes de invierno: ver cuál de las dos aguantaba más con los mofletes llenos de polvorón sin estallar en una carcajada, que inundara la estancia de polvo de almendra y de manteca. Recuerdo que una vez mi abuela se llenó tanto los mofletes y se aguantó tanto, que cuando estalló salpicó de pasta de polvorón hasta el techo del salón y la lámpara de cristalitos quedó plagada de pegotillos de manteca. Mi madre enfureció al verlo y nos tuvo a mi abuela y a mí limpiando la lámpara hasta las doce de la noche. La dejamos reluciente. Esa noche no pude dormir debido a la excitación. Cuando cerraba los ojos veía los mofletes de mi abuela en primer plano, hinchados como dos zepelines a punto de reventar, y me entraba una risa incontenible y tenía que ir a hacer pis, con el trabajo que me costaba hacerlo a mi sola. Tuve tal trajín toda la noche, que al día siguiente me costó un esfuerzo sobrehumano ir al colegio. Mereció la pena.

Ese día llegué llena de ojeras a la escuela. Me parecía más que nunca a la gimnasta rumana que quería ser. Ojeras violáceas y profundas, la marca indeleble del esfuerzo, y una agilidad infernal para las volteretas laterales y los saltos mortales sobre la barra fija. Así éramos Nadia y yo, insuperables, pensaba para mis adentros.

El caso es que ese día ocurrió lago inesperado y mágico, por la simpleza con que se produjo, que me borró las ojeras y me sacó de las volteretas como si hubiera sido tocada por la barita de un hada benéfica, aunque las razones del hada estuvieran más guiadas por su propio egoísmo que por la beneficencia. Cuando me disponía a comerme mi bocadillo de chorizo, observando como cualquier otra mañana los juegos en el recreo, una niña se acercó a mi y me ofreció su extremo de la cuerda de saltar.

La niña se llamaba Gracia. Ella solo quería saltar, odiaba dar a la cuerda. Era práctica.  Se dio cuenta de que la deformidad de mis piernas me impedían saltar y correr, pero no dar a la comba o tararear canciones sin parar. Me convertí en el poste perfecto. Un puesto fijo. A partir de ese momento tuve un lugar permanente en los recreos, sujetando uno de los extremos de la cuerda, así las demás niñas solo tenían que turnarse una vez.

Encontré un sitio entre las otras niñas, un espacio para el juego, las risas y las canciones. Me integré. Eso sí, nunca abandoné mi pasión por las volteretas laterales y los saltos mortales sobre la barra fija de mi imaginación.
Más de cuarenta años después mi mayor deseo sigue siendo poder volar como Nadia Comaneci.

Carmen Barrios




martes, 19 de mayo de 2015

Manuela Carmena: el optimismo de la razón viaja en bicicleta





Berta, Pedro, María, Luis, Manuel, Julia, Carmen, Omar, Paula, Juanjo, Daniela, Juan, Alejandra, Carlos, Alberto, Jesús, Paloma, Guille, Petra, Javier, Pura, Luis, Pepa, Bruno, Quique, Pilar, Beni, Jimena, Ana, Mar...y no se cuántos millones de madrileños y madrileñas más forman parte de un vendaval de ilusión que va a cambiar el azul gaviota del Ayuntamiento de Madrid por los colores del arco iris, depositando su voto el 24 de mayo para que Manuela Carmena sea la alcaldesa de Madrid.
Votar a Manuela ahora es mucho más que un tramite electoral cualquiera. Votar a Manuela es depositar una papeleta cargada de futuro para poder construir la ciudad que queremos, una ciudad que se mire en los ojos de las personas.
Carmena dialoga con los vecinos en la Plaza de Olavide


La candidatura de Ahora Madrid, que encabeza la jurista Manuela Carmena, ha conseguido despertar a los habitantes de Madrid de un letargo fofo, de una realidad sin ética, de un estado de anomia que parecía inamovible e imposible de superar. La candidatura municipal de Manuela lleva escrita la letra de un cambio político transformador de fondo en su programa, cuyos objetivos principales son recuperar las políticas decentes y la DEMOCRACIA en esta ciudad tan malograda por la corrupción y las apropiaciones indebidas de los amigos de la condesa de las mamandurrias.
El programa de Ahora Madrid es el resultado de las aportaciones de muchos vecinos y vecinas de Madrid, que distrito a distrito, barrio a barrio, plaza a plaza han ido estudiando las necesidades de su entorno y pensando en el bien común han elaborado un proyecto político para Madrid innovador e inclusivo.
Manuela Carmena escucha a una vecina en la Plaza de Olavide


Madrid necesita una alcaldesa como Manuela Carmena que está comprometida con las personas y escucha y dialoga abiertamente sobre los problemas de la ciudad, como se está pudiendo comprobar en cada encuentro político que está realizando en los barrios  y en los distritos durante esta intensa y emocionante  campaña electoral.
Precisamente, una de las particularidades del programa de Ahora Madrid www.programa.ahoramadrid.org  es su apuesta por la participación, por los presupuestos participativos, como fórmula de transformación de la ciudad, para implicar a los vecinos y vecinas en la construcción de otro Madrid más amable, más inclusivo, más humano. La corresponsabilidad y la apuesta colaborativa es una fórmula nueva para hacer política desde cada hogar de esta ciudad.
Manuela Carmena junto a José Manuel López, candidato de Podemos a la Comunidad de Madrid

Ahora Madrid lleva en su programa un amplio y ambicioso proyecto económico comprometido con la igualdad, que apuesta por la transparencia en la gestión de los asuntos públicos. Entre sus primeros objetivos está auditar la gestión económica, los procesos de privatización y la deuda, porque es una exigencia ética que las personas que habitamos esta ciudad y que contribuimos cada día con nuestros esfuerzos a su mantenimiento, conozcamos el estado real de nuestro Ayuntamiento.
Se contemplan medidas enfocadas a propiciar un cambio de modelo económico basado en la innovación y el desarrollo sostenible, que respete el medio ambiente, que genere empleo de calidad y termine con las desigualdades y los problemas de vivienda en la ciudad de Madrid, que son muy graves y de auténtica emergencia social. En este sentido, se propone la recuperación de la EMVS como garante de la función social de la vivienda,  frenar la venta de vivienda de la EMVS y dar prioridad al alquiler estable y de calidad en las políticas de vivienda. El proyecto político de Ahora Madrid se aleja así de los programas de privatizaciones y de cesiones a fondos buitre de las viviendas que son patrimonio de los madrileños, que ha protagonizado el Partido Popular durante los negros años de su gobierno municipal y que han llenado los bolsillos de un puñado de especuladores a costa de la seguridad vital de miles de ciudadanos de Madrid.
Además, en el programa se explicita garantizar la equidad social a través del acceso universal a los servicios públicos. La apuesta de Ahora Madrid está centrada en proporcionar soluciones vitales para las personas que las necesiten, garantizando acceso a la salud, educación, alimentos, suministros básicos de luz, agua, gas, porque es insostenible que en pleno siglo XXI haya hombres, mujeres, niños o ancianas que carezcan de estos recursos básicos, cuando existen y hay para todos. Lo primero son las personas y sus vidas dignas.
Frente al modelo de privatizaciones, apropiaciones indebidas, robo manifiesto a los ciudadanos y de usura hacia los recursos de todos los madrileños perpetrado por el Partido Popular, existe una alternativa política tejida con los colores de la diversidad, de la alegría, de la honestidad, de la transparencia, de la cooperación. Esa alternativa se llama Ahora Madrid y la representa Manuela Carmena.
Carteles electorales de Ahora Madrid, una campaña financiada y realizada con el esfuerzo de la gente.


Para hacer descarrilar el tren de la especulación, del engaño y de la corrupción hay que votar la candidatura que encabeza una mujer fuerte, que ha demostrado a lo largo de su vida que se puede y se debe luchar contra las injusticias. Manuela Carmena se desplaza en una bicicleta cuya energía es el optimismo de la razón, un combustible que permite coronar las cumbres más altas, como ella misma explica en sus charlas amables con los vecinos de Madrid.
Porque Berta, Pedro, María, Luis, Manuel, Julia, Carmen, Omar, Paula, Juanjo, Daniela, Juan, Alejandra, Carlos, Alberto, Jesús, Paloma, Guille, Petra, Javier, Pura, Luis, Bruno, Pepa, Quique, Pilar, Beni, Jimena, Ana, Mar...y no se cuántos millones de madrileños y madrileñas más quieren, necesitan, tienen derecho a una ciudad vivible para sus hijos y para sus hijas, para sus mayores y para sí mismos. El momento es ahora.
Yo voto por Manuela Carmena, ¿me acompañas?.
Carmen Barrios
*Este artículo también está colgado en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de opinión.




sábado, 7 de febrero de 2015

"Pienso, luego estorbo"

Pienso, luego estorbo



La participación es la esencia de la democracia. Sin abrir cauces de participación la democracia camina arrastras, está mermada, coja. Vivimos momentos en los que una parte grande de la sociedad reclama participación, queremos ser oídas y tenidas en cuenta. Eso es lo que queremos muchas y muchos, tantas que comenzamos a ser demasiadas para los cauces por los que algunos piensan que tiene que fluir el río de la democracia en España. Pero parece que las aguas están subiendo y pueden desbordarse. De eso va el cuento que subo al blog. 

Para escribir este cuento me inspiré en Gille, el hijo mediano de mi amiga Aida, que se atrevió a presentar en su instituto un programa revolucionario. Y es que a veces, la revolución se lleva en la sangre, se mama. También en las reivindicaciones del aula de mi hija en el cole, que estaban hartos del menú de los viernes y recogieron firmas para cambiarlo, eran alumnos y alumnas de primaria y se movieron por todo el colegio hasta conseguir cambiar el menú.Ni que decir tiene que la canción "El Gallo Rojo" la escucho desde pequeña, y que a mi me la cantaban mi madre y mi padre. La recuerdo desde los peroles cordobeses en el campo los fines de semana, allá por 1969/70...y hasta hoy. Pego el enlace por si alguien la quiere escuchar: www.youtube.com/watch?v=u7r24w3nAhA



La primera fotografía que lo ilustra la hice en la puerta del Sol, como no, uno de esos días en los que la gente se reunió para expresarse, y algunos jóvenes parece que lo tiene claro.La segunda la hice en una calle de Barcelona, esa ciudad que me enamora y que tiene grandes artistas callejeros.

La tercera la tomé en una calle de Venecia, uno de esos días de verano en los que mi hija y la hija de mi compañero decidieron dar rienda suelta a su alegría adolescente. Quiero subir esta fotografía porque derrocha fuerza, optimismo y ganas. Transmite alegría de vivir, que es uno de los ingredientes fundamentales para cambiar las cosas en una dirección en la que beneficie a la inmensa mayoría. 


Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web: www.nuevatribuna.es en la sección de cultura. 
“EL GALLO ROJO”
Un gallo rojo orgulloso y expresivo exhibe su vibrante plumaje en el muro frontal del patio grande de la escuela. Los alumnos y los profesores se empujan para poder ver mejor los trazos detallados y perfectos que dotan al gallo rojo grabado en pared de una autenticidad sobrenatural. “Es una obra maestra”, se le escapa -en medio del silencio reverencial que se ha creado- al joven profesor de plástica, mientras se restriega los ojos con los nudillos como si necesitara cerciorarse de que lo que está viendo es real.
Nadie entra en las aulas, todos quieren observar con detalle la silueta del gallo rojo. El director del colegio, escoltado por los jefes de estudio y un grupo de alumnos pelotas y mamporreros, se abre paso con dificultad en medio del tumulto de chiquillería, para intentar que se deshaga la maraña y todos entren en las aulas a paso ligero. Pero no parece que vaya a ser una tarea fácil.
Desde el comienzo del curso, se fue dibujando con trazo suave pero firme una realidad de cambio en el ambiente, que tiene descolocada a la dirección de la escuela. Un viento de optimismo sin límite empuja a los estudiantes subidos con ímpetu a una ola que amenaza con inundar de propuestas novedosas los cimientos de la institución, que lleva más de treinta años aplicando un plan de estudios caduco, que ha dejado fuera de juego por sistema las iniciativas de los estudiantes. 
Un gallo en el muro de colores
 Los acontecimientos viajan a la velocidad del correcaminos mic, mic desde que se anunciaron elecciones escolares. La escuela vive momentos históricos casi al minuto, y se tiene la sensación de que ya se toca con la punta de la lengua un futuro que sabe a macarrones con chorizo.
Nadie entiende muy bien cómo sucedió, pero este año el alumnado comenzó con ganas: algo había cambiado de raíz. La señorita apatía, que se enroscaba en las cuestiones colectivas como las ramas de una enredadera haciendo de ellas un trámite insulso y aburrido, se esfumó de repente, engullida por una ilusión que brilla tanto como una fuente de colores bailando en un abrazo frenético con el viento del norte. Los pupitres de la escuela navegan por los pasillos como pequeños veleros impulsados por un temporal de ganas, que tiene a los chicos y a las chicas enfrascados en debates interminables sobre su futuro, eso sí, con una sonrisa enorme como una raja de sandía iluminando sus rostros.
Un día de finales octubre, que parecía de principios de verano, nació el colectivo “El Gallo Rojo” en medio de la algarabía del recreo de media mañana. Una alumna de segundo de primaria canturreaba una canción que aprendió de su madre mientras jugaba a rayuela: “cuando canta el gallo negro/ es que ya se acaba el día/ si cantara el gallo rojo/ otro gallo cantaría (…)”. Uno de cuarto que la escuchó, reflexionó en voz alta para quien quisiera enterarse: “Así somos nosotros, como el gallo rojo, el cole va a cambiar, porque es de todos y nos tienen que atender”. Y entre risas de caracola, saltos y toques de piedra con la punta de los pies surgió el nombre y la imagen de un grupo heterogéneo que mantiene desde ese momento a la dirección de la escuela y al equipo de los alumnos más disciplinados y pelotas navegando sin brújula y contra el viento.
El colectivo “El Gallo Rojo” fue tomando fuerza a base de escuchar, de abrir bien las orejas para atender las peticiones de los alumnos y las alumnas del centro, que se sintieron protagonistas de su propio futuro. Por primera vez en la historia de la escuela se elaboró un sencillo bloque de demandas en las que conviven propuestas realizadas por estudiantes de todas las edades, que van desde sustituir el aburrido potaje de los viernes, ¡¡puaajjjj!!, por unos sabrosos macarrones con chorizo, que pone a salivar sin freno las bocas de los niños y de las niñas de primaria, hasta colocar una máquina expendedora de preservativos en los pasillos que conducen a los lavabos, acompañada de un mural bien grande en la pared que explique cómo se colocan, porque como señaló con acierto una alumna de primero de instituto: “hay que prevenir los embarazos en este cole, que en mi clase ya van tres, las que han pinchado”. La lista incluyó también alguna que otra propuesta un poco más elevada, como la de poner en marcha un taller para aprender a navegar en globos aerostáticos, defendida con ardor por una de sus precursoras, con el argumento de que “si los humanos han pisado la Luna hace casi un siglo no veo porqué nosotras no podemos apreder a dar un simple paseo flotando por encima del patio del colegio, no tiene que ser algo tan complicado”. 
Alegría
 Pero la cuestión que trastornó del todo las cabezas de los inmovilistas del cuerpo directivo docente, y de algunos profesores a los que supera su propia incapacidad para comunicarse, fue la atrevida proposición de crear una comisión de evaluación de la calidad del trabajo del profesorado formada por los representantes de los alumnos, con capacidad para tomar decisiones.
El día en el que ha aparecido la hermosa silueta del gallo rojo, tatuada con genialidad en el muro frontal del patio grande, es el día en el que comienza una campaña electoral escolar preñada de esperanza para la inmensa mayoría de los alumnos y las alumnas de este cole, que resisten con alegría las presiones y los desatinos de todos aquellos para los que la palabra transformación es sinónimo de catástofre. Lo que se consiga aquí trasciende las fronteras de este micromundo, porque sobre la acción del colectivo “El Gallo Rojo” se han posado millones de ojos que aletean con brío como mariposas alegres, dispuestas a polinizar otras flores de participación y a fecundar multitud de matorrales de sensibilidad. Otras escuelas en distintos lugares prestan oídos, están repletas de seres que cada día iluminan con sus preguntas atrevidas y sus demandas utópicas el futuro de un mundo que necesita incluir todas las mentes chispeantes para continuar arando el camino.
Carmen Barrios



sábado, 28 de septiembre de 2013

Las palabras sí importan

La resistencia












El cuento que pego a continuación es una metáfora sobre la importancia que le da el poder al control del lenguaje y al significado de las palabras, algo que podemos comprobar cada día al abrir cualquier periódico o al escuchar las noticias de radio o televisión. 

La fotografía que lo acompaña ha hice en París en una plaza cercana al centro Pompidou. Me encantó esta imagen de los artistas callejeros que animan a la resistencia ante las injusticias. En ella se reconoce la figura de Víctor Laszlo (el tercero según se mira desde la izquierda), el personaje revolucionario perseguido por los nazis en Casablanca, cantando la Marsellesa a voz en cuello. A su derecha y a su izquierda hay otros personajes que no reconozco, pero que representan distintas épocas de lucha en Francia, la revolución francesa, la época actual, la resistencia contra los nazis y el mayo del 68. Al menos esto es lo que yo he interpretado.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura. 


SIN PALABRAS

Hacía ya muchos años que en ese país habían desaparecido las palabras. Estaban secuestradas, presas en algún lugar oculto, controlado férreamente por los más poderosos. Nadie podía tener palabras, y mucho menos utilizarlas. Estaba prohibido hablar, o escribir. Solo un pequeño grupo de poderosos a los que denominaban “Los sabios” estaba autorizado a usarlas para nombrar las cosas según su conveniencia. Para los demás, poseer palabras y usarlas se había convertido en un delito castigado con la pena máxima.



Las personas se comunicaban con gestos y ya nadie leía. Los únicos libros y revistas que se publicaban tenían espectaculares ilustraciones que abusaban de los colorines, pero estaban desprovistos del más mínimo atisbo de lenguaje escrito. Por la radio solo se emitía un hilo musical permanente, cuajado de monotonía, que convertía cualquier estancia en una vulgar sala de espera. La televisión vomitaba imágenes superpuestas, que salían de la pantalla como si se tratara de una gran cascada repleta de irrealidad.



Al no utilizar el lenguaje, la memoria colectiva se estaba perdiendo y la mayoría de las personas se comportaba con una mansedumbre propia de las ovejas de corral. Las calles eran lugares ordenados, en donde las gentes se desplazaban en un silencio solo interrumpido por las bocinas de los coches o los gemidos turbios de los tubos de escape de las motocicletas.

Ya nadie recordaba lo que había pasado.

Nadie, excepto una mujer casi centenaria que había decidido desobedecer desde el principio y que se dedicó a recopilar y a conservar palabras. Para que no la descubrieran guardó todas las palabras que tenía almacenadas en su cerebro en una especie de armario gigante que construyó camuflado bajo la pared del salón de su casa. El armario estaba lleno de cajones ordenados alfabéticamente y en cada uno de ellos había depositado las palabras que se iniciaban por la letra que daba nombre al cajón. 

Así, en el cajón dedicado a la letra “A” estaban guardadas “alforja”, “alambre”, “almíbar”, “arbusto”, “araña”, “ameno”, “amor”, “amistad”, “alucinante”, “alevoso”, “aire”…, y miles de palabras más, todas las que ella había podido recordar. Lo mismo sucedía con el cajón dedicado a la “S” o con el de la “M” o con el de la “T”. Había consagrado su vida entera a escribir todas las palabras en pequeños trocitos de papel y a la tarea inmensamente peligrosa de conservarlas. 

Ella tenía predilección por el cajón destinado a la letra “P”, porque dentro de él se encontraba la palabra “pesadilla”, una palabra que parecía inocua, pero que llegó a convertirse en un término revolucionario. Esta fue la primera palabra proscrita por las autoridades. La palabra “pesadilla” fue prohibida el día dos de octubre del año 2015, justo cuando ella cumplió treinta años, por eso lo recordaba tan bien.

La palabra “pesadilla” se decía mucho por aquellos entonces, la gente no paraba de repetirla para describir la situación que se vivía y las autoridades terminaron por prohibir el uso de esa palabra, como si así todo mejorara de forma automática y se dejara de vivir en una “pesadilla” por arte de magia.

La mujer casi centenaria que decidió desobedecer desde el principio recuerda ahora que comenzaron las señales de alarma muy pronto, pero que casi nadie se daba cuenta de ello. Los maniquíes de los escaparates empezaron a fabricarse sin boca, sobre todo los que representaban la figura de las mujeres. Se convirtió en una moda, todos los maniquíes femeninos se creaban sin boca. Aquello era una premonición, pero nadie lo veía. Luego vinieron todos los demás, los que representaban a los hombres o a los niños y a las niñas.

Otra de las señales fue que se popularizó abusar de los eufemismos y dejó de llamarse a las cosas por su nombre. Por ejemplo, nadie denominaba “culo” al “culo”, las gentes se dejaron arrastrar por la moda estúpida de llamarle “pompi”. Y no digamos ya cosas importantes como “hambre”, no se pronunciaba, se sustituía por “necesidad”. Como si el hambre dejara de existir por cambiarle en nombre.

El hecho fue que la situación se hizo insostenible para las autoridades y como vieron que no era suficiente con cambiar el nombre de las cosas, decidieron que lo mejor para conservar su poder era prohibir las palabras, terminar con ellas. Y así se inició toda una campaña de reeducación brutal, donde se emplearon todos los métodos. Simplemente el lenguaje pasó a mejor vida. Todas las palabras fueron recluidas, secuestradas, prohibidas.

Cuando la mujer casi centenaria recordaba la secuencia de los acontecimientos le entraban unas ganas tremendas de gritar palabras a voz en cuello a los cuatro vientos y de abrir todos los cajones del armario de su salón para que volaran libres y salieran por los ventanales como las mariposas que anuncian la primavera, buscando el aire fresco para inundar las calles.

El momento de la liberación de las palabras estaba cerca. Había soñado con ese momento  muchas veces y tenía que hacer realidad sus propios sueños. No podía irse a la tumba con ese anhelo cosido a su hígado.

Dentro de cuatro días, el dos de octubre de 2085, iba a cumplir cien años y había llegado la hora de comenzar a luchar. Se haría un regalo. Su pequeña revolución consistiría en abrir los cajones del armario de las palabras y los ventanales del salón para colocarse en el centro de la galería con un megáfono, dispuesta para gritar una por una todas las palabras según el orden en que habían sido prohibidas: “pesadilla”, “hambre”, “educación”, “consuelo”, “solidaridad”, “física”, “boca”, “amor”, “revolución”, “igualdad”, “cuerpo”, “matemáticas”, “literatura”, “sangría”, “chorizo”, “resistencia”, “carne”, “libertad”…así miles y miles de ellas, hasta la última que nombraría, que sería la palabra “pensar”.

El momento de la liberación de las palabras estaba cerca.

Carmen Barrios