sábado, 28 de septiembre de 2013

Las palabras sí importan

La resistencia












El cuento que pego a continuación es una metáfora sobre la importancia que le da el poder al control del lenguaje y al significado de las palabras, algo que podemos comprobar cada día al abrir cualquier periódico o al escuchar las noticias de radio o televisión. 

La fotografía que lo acompaña ha hice en París en una plaza cercana al centro Pompidou. Me encantó esta imagen de los artistas callejeros que animan a la resistencia ante las injusticias. En ella se reconoce la figura de Víctor Laszlo (el tercero según se mira desde la izquierda), el personaje revolucionario perseguido por los nazis en Casablanca, cantando la Marsellesa a voz en cuello. A su derecha y a su izquierda hay otros personajes que no reconozco, pero que representan distintas épocas de lucha en Francia, la revolución francesa, la época actual, la resistencia contra los nazis y el mayo del 68. Al menos esto es lo que yo he interpretado.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura. 


SIN PALABRAS

Hacía ya muchos años que en ese país habían desaparecido las palabras. Estaban secuestradas, presas en algún lugar oculto, controlado férreamente por los más poderosos. Nadie podía tener palabras, y mucho menos utilizarlas. Estaba prohibido hablar, o escribir. Solo un pequeño grupo de poderosos a los que denominaban “Los sabios” estaba autorizado a usarlas para nombrar las cosas según su conveniencia. Para los demás, poseer palabras y usarlas se había convertido en un delito castigado con la pena máxima.



Las personas se comunicaban con gestos y ya nadie leía. Los únicos libros y revistas que se publicaban tenían espectaculares ilustraciones que abusaban de los colorines, pero estaban desprovistos del más mínimo atisbo de lenguaje escrito. Por la radio solo se emitía un hilo musical permanente, cuajado de monotonía, que convertía cualquier estancia en una vulgar sala de espera. La televisión vomitaba imágenes superpuestas, que salían de la pantalla como si se tratara de una gran cascada repleta de irrealidad.



Al no utilizar el lenguaje, la memoria colectiva se estaba perdiendo y la mayoría de las personas se comportaba con una mansedumbre propia de las ovejas de corral. Las calles eran lugares ordenados, en donde las gentes se desplazaban en un silencio solo interrumpido por las bocinas de los coches o los gemidos turbios de los tubos de escape de las motocicletas.

Ya nadie recordaba lo que había pasado.

Nadie, excepto una mujer casi centenaria que había decidido desobedecer desde el principio y que se dedicó a recopilar y a conservar palabras. Para que no la descubrieran guardó todas las palabras que tenía almacenadas en su cerebro en una especie de armario gigante que construyó camuflado bajo la pared del salón de su casa. El armario estaba lleno de cajones ordenados alfabéticamente y en cada uno de ellos había depositado las palabras que se iniciaban por la letra que daba nombre al cajón. 

Así, en el cajón dedicado a la letra “A” estaban guardadas “alforja”, “alambre”, “almíbar”, “arbusto”, “araña”, “ameno”, “amor”, “amistad”, “alucinante”, “alevoso”, “aire”…, y miles de palabras más, todas las que ella había podido recordar. Lo mismo sucedía con el cajón dedicado a la “S” o con el de la “M” o con el de la “T”. Había consagrado su vida entera a escribir todas las palabras en pequeños trocitos de papel y a la tarea inmensamente peligrosa de conservarlas. 

Ella tenía predilección por el cajón destinado a la letra “P”, porque dentro de él se encontraba la palabra “pesadilla”, una palabra que parecía inocua, pero que llegó a convertirse en un término revolucionario. Esta fue la primera palabra proscrita por las autoridades. La palabra “pesadilla” fue prohibida el día dos de octubre del año 2015, justo cuando ella cumplió treinta años, por eso lo recordaba tan bien.

La palabra “pesadilla” se decía mucho por aquellos entonces, la gente no paraba de repetirla para describir la situación que se vivía y las autoridades terminaron por prohibir el uso de esa palabra, como si así todo mejorara de forma automática y se dejara de vivir en una “pesadilla” por arte de magia.

La mujer casi centenaria que decidió desobedecer desde el principio recuerda ahora que comenzaron las señales de alarma muy pronto, pero que casi nadie se daba cuenta de ello. Los maniquíes de los escaparates empezaron a fabricarse sin boca, sobre todo los que representaban la figura de las mujeres. Se convirtió en una moda, todos los maniquíes femeninos se creaban sin boca. Aquello era una premonición, pero nadie lo veía. Luego vinieron todos los demás, los que representaban a los hombres o a los niños y a las niñas.

Otra de las señales fue que se popularizó abusar de los eufemismos y dejó de llamarse a las cosas por su nombre. Por ejemplo, nadie denominaba “culo” al “culo”, las gentes se dejaron arrastrar por la moda estúpida de llamarle “pompi”. Y no digamos ya cosas importantes como “hambre”, no se pronunciaba, se sustituía por “necesidad”. Como si el hambre dejara de existir por cambiarle en nombre.

El hecho fue que la situación se hizo insostenible para las autoridades y como vieron que no era suficiente con cambiar el nombre de las cosas, decidieron que lo mejor para conservar su poder era prohibir las palabras, terminar con ellas. Y así se inició toda una campaña de reeducación brutal, donde se emplearon todos los métodos. Simplemente el lenguaje pasó a mejor vida. Todas las palabras fueron recluidas, secuestradas, prohibidas.

Cuando la mujer casi centenaria recordaba la secuencia de los acontecimientos le entraban unas ganas tremendas de gritar palabras a voz en cuello a los cuatro vientos y de abrir todos los cajones del armario de su salón para que volaran libres y salieran por los ventanales como las mariposas que anuncian la primavera, buscando el aire fresco para inundar las calles.

El momento de la liberación de las palabras estaba cerca. Había soñado con ese momento  muchas veces y tenía que hacer realidad sus propios sueños. No podía irse a la tumba con ese anhelo cosido a su hígado.

Dentro de cuatro días, el dos de octubre de 2085, iba a cumplir cien años y había llegado la hora de comenzar a luchar. Se haría un regalo. Su pequeña revolución consistiría en abrir los cajones del armario de las palabras y los ventanales del salón para colocarse en el centro de la galería con un megáfono, dispuesta para gritar una por una todas las palabras según el orden en que habían sido prohibidas: “pesadilla”, “hambre”, “educación”, “consuelo”, “solidaridad”, “física”, “boca”, “amor”, “revolución”, “igualdad”, “cuerpo”, “matemáticas”, “literatura”, “sangría”, “chorizo”, “resistencia”, “carne”, “libertad”…así miles y miles de ellas, hasta la última que nombraría, que sería la palabra “pensar”.

El momento de la liberación de las palabras estaba cerca.

Carmen Barrios







sábado, 14 de septiembre de 2013

Un cuento sobre Alicia

Ella, él y el conejo.


























Tras el largo paréntesis de las vacaciones pego un cuento sobre Alicia, una Alicia que se ha hecho mayor y que quiere recuperar lo que de verdad importa, lo que da sentido a su vida por encima de todas las trampas que ofrece la seguridad. 

Es un relato sobre lo que significan el deseo y la libertad, y cómo se añoran cuando se han expulsado de la vida y se han sustituido por la monotonía del deber.


La fotografía que lo acompaña está realizada en una calle de Barcelona. Como siempre, uno de esos magníficos artistas urbanos ha estado ahí y se ha comunicado conmigo para ayudarme a crear este relato.


Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la sección de cultura de la web de información www.nuevatribuna.es.


Alicia

Cuando creció, Alicia comenzó a sentir una admiración muy grande por el sastre de su pueblo. Tanta, que se casó con él, era lo normal. Confeccionaba las mejores casacas y los sombreros más bellos y elegantes de la comarca. Su madre decía que el sastre era un hombre serio, que pondría el orden necesario en su vida y la haría bajar de las nubes de una vez por todas.

Y Alicia se dejó llevar. Ella veía que las personas que acudían a la sastrería terminaban transformadas por completo. Como si fuera cosa de magia, todo el que adquiría una casaca o un sombrero en el establecimiento del sastre sufría una metamorfosis asombrosa, que le catapultaba hacia un estado de dicha cerana al nirvana y salía de allí casi levitando.

Sin embargo, en ella nunca se produjo semejante milagro. Desde que Alicia atravesó el dintel de la puerta de la sastrería, convertida en esposa del sastre, camina con los pies bien pegados al suelo y por fin es una persona de orden, que trabaja y ayuda a su marido con dedicación, como quería su madre, pero cuando intenta sonreír, le sale una mueca inexpresiva que no se parece en nada a una sonrisa.

Hace ya bastante tiempo que no ríe. Sus ojos están empañados por la luz artificial del taller del sastre: solo ven el tibio sol de primera hora una vez cada siete días, los domingo por la mañana muy temprano, cuando acude con su marido al oficio de la iglesia. Casi todo su tiempo lo dedica a cortar telas, armar patrones, ordenar ovillos de hilo y planchar las piezas ya confeccionadas. Cuando intenta una sonrisa, es incapaz de dotar a sus labios de la flexibilidad necesaria para borrar de su cara la rigidez que atenaza sus facciones. El perfil de su boca está cosida por una hilera fina de arrugas, que parecen un festón de vainica doble. Ella, que tenía los labios tersos y rojos, luminosos como la piel de una manzana de caramelo, tan llamativos que hacían morir de envidia a la Reina de Corazones.

Han pasado los años, y se siente cansada y vieja. Alicia se ha dado cuenta de que la admiración y la dedicación no tienen nada que ver con el amor. El sastre es un hombre trabajador, sí, y le ha dado todo, sí, y le admira, sí. Pero el amor es otra cosa. 

El amor era eso que sentía caer sobre su cuerpo en forma de lluvia fina que acariciaba su cabello y humedecía su rostro y sus brazos, cuando agitaba las ramas de los árboles en compañía del conejo. 

El amor era eso que se manifestaba como un cosquilleo alegre, que subía a lo largo de sus piernas hasta la cara interna de los muslos, cuando permitía que el conejo rodeara sus pantorrillas con los tallos de las hojas de la hiedra fresca, creando espirales imposibles. 

El amor era eso que aparecía escondido entre las antenas delicadas de los caracoles, que recorrían la piel de su vientre hasta la frontera de sus pechos, cuando el conejo los colocaba allí para celebrar una carrera olímpica de animales que llevan su casa a cuestas. Saboreaba el amor, y lo notaba dentro de su garganta al caer la tarde, cuando bebía con el conejo la melaza dulce de las campanillas gigantes, que crecían como una jungla rebosante de colores en el interior del bosque.

Alicia sabe ahora que, en realidad, siempre estuvo enamorada del conejo. Le recuerda bien. Sus ojos tiernos y locos de animal desorbitado, sus largas orejas como antenas de algodón de azucar, sus patas carnosas y mullidas y el tacto suave de sus mejillas febriles nunca la han abandonado. Añora tanto las tardes de correrías por el bosque y las escandalosas tertulias interminables del té de las cinco en compañía del conejo, que ha decidido dejar las telas, los patrones y los ovillos de hilo y salir corriendo para recuperar su vida.  

Carmen Barrios

lunes, 22 de julio de 2013

El factor humano
























El título de esta entrada no es mío. "El factor humano" es el título de una de las novelas de espías que más me han gustado, obra del maestro Graham Greene. 

Lo he elegido porque, desde mi punto de vista, el factor humano puede resumir muchos de los acontecimientos recientes que están sucediendo en el mundo. Me refiero a hechos relacionados con las difusiones masivas de informaciones sensibles que afectan a la "seguridad" de los Estados y de los poderosos, como son los casos de las filtraciones de informaciones que hizo el soldado Manning y que se difundieron a través de Wikileaks, las revelaciones sobre evasores de impuestos y corrupción que hemos conocido gracias al ingeniero de sistemas Hervé Falciani, y lo más reciente: el tremendo asunto de los espionajes masivos que hemos conocido gracias al ex empleado de CIA y de la NSA Edward Snowden. 

El cuento que pego a continuación está inspirado en uno de estos casos y es un homenaje a estas personas, que arriesgan su vida para que los demás conozcamos lo que hay debajo. Afortunadamente lo que Greene llamaba "el factor humano" sigue intacto y no se puede controlar.

La fotografía que acompaña el cuento está realizada en una callejuela del barrio gótico de Barcelona, y le va asombrosamente bien a este texto. Entre el artista callejero que realizó esta intervención y yo ha habido una conexión inesperada y magnífica. 

Tanto el cuento como la fotografía están publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es

EL HOMBRE DE LA FOTOGRAFÍA

El hombre de la fotografía tiene aspecto de estudiante en tránsito. Mira el mundo a través de unas gafas corrientes, de esas cuadraditas que utilizan las personas que están leyendo continuamente. Su rostro ha atravesado las puertas de las casas de todos los habitantes del planeta gracias a las pantallas de televisión y a las páginas de los periódicos, haciéndose tan conocido y reconocible que todo el mundo sabe cómo se llama y lo que ha hecho. 

No se puede decir que su cara sea especial, de esas que se recuerdan al primer golpe de vista. No. Sus facciones son bastante corrientes, de hecho si estuviera rodeado de gente no llamaría la atención, pasaría desapercibido como un tomate vulgar dentro de un cesto lleno de tomates vulgares. Seguramente, su aspecto corriente ayudó mucho a que le contrataran en el lugar del que se ha despedido.

Cuando se despidió de su trabajo dejó se ser como un tomate más del cesto, no por el hecho de despedirse, sino por las razones que le empujaron a ello. Sus razones dieron la vuelta al mundo en pocos minutos y los medios de comunicación hicieron del hombre de la fotografía una rareza de la especie, capaz de ser reconocido por cualquiera. Lo más paradójico es que se había entrenado durante años para ser invisible. Y lo había conseguido. Tenía dos identidades, la suya y otra identidad oculta encriptada dentro de un código secreto, tan secreto que su nombre era una clave de acceso: S-164265216. Pero algo comenzó a ir mal, tan mal que obligó al hombre de la fotografía a contar una parte de lo que sabe y difundirlo a los cuatro vientos.

La parte que contó ha llenado de inquietud a los mandatarios de su país, un país enorme, no solo por su tamaño, que lo tiene, sino por el miedo que infunde a los otros países, tanto si son sus aliados como si no lo son. Los mandatarios de los demás países también están inquietos, eso sí por distintas razones. Muchos ciudadanos del Planeta han reaccionado con indignación, porque de repente se han dado cuenta de que el Gran Hermano de Orwell ha dejado de ser una distopía de la noche a la mañana y se ha convertido en una radiografía de la realidad.

Lo que difundió a los cuatro vientos el hombre de la fotografía es que su país, ese gran país que en las películas de marcianos se identifica con el Planeta entero, espía a todo el mundo: a los aliados, a los enemigos, a los ciudadanos corrientes, a los que no lo son, a los delincuentes, a los terroristas, a los que no son delincuentes ni terroristas, a los menores de edad, a los mayores, a los ancianos, a los empleados, a los que están desempleados, a los que consumen, a los que beben, a los que fuman, a los que aman, a los que no…en fin, se han dado cuenta de que se espía hasta a los gatos gracias a los avances de la tecnología y a la colaboración inestimable de las empresas que se dedican a la comunicación. 

También se ha sabido que los aliados ayudan a espiar a ese gran país y además se espían entre ellos y son espiados a su vez, en una especie de locura planetaria de ojos y oídos que todo lo ven y todo lo escuchan. El hombre de la fotografía ha explicado que se guarda en enormes archivos informáticos hasta los pálpitos de los corazones de todos los habitantes de la Tierra.

S-164265216 sabía todas las cosas que ha decidido difundir a los cuatro vientos porque era una de las piezas del engranaje, formaba parte de los miles de trabajadores de los servicios de inteligencia de ese gran país. Su trabajo consistía en examinar todos los pálpitos para detectar las arritmias y lo que es peor, las posibles taquicardias.

Un día se dio cuenta que examinar todos esos pálpitos le estaba produciendo un nudo enorme en sus principios y decidió contar una parte de lo que sabe, porque él no podía vivir con ese barullo, permanentemente haciendo lo contrario de lo que dicta su conciencia.

Su identidad saltó a la fama y tuvo que darse a la fuga con toda celeridad, porque los mandatarios de su país le acusaron de traición a la patria y dictaron una orden internacional de busca y captura inmediata. Su rostro de estudiante en tránsito ocupó la escena mundial, igual que las fotografías de los malhechores de las películas de vaqueros aparecían pegadas hasta en la corteza del último árbol seco del desierto más perdido de Nuevo México, ocupando cada hueco disponible.

El hombre de la fotografía no es el primer caso de disidencia que sucede, desde el inicio de los tiempos muchos como él han sido capaces de poner al límite del abismo al poder de turno, porque los mandatarios, por mucho que se esfuercen, nunca han podido controlar el factor humano.

Los mandatarios tienen miedo, por eso se han esforzado tanto en acorralar a S, que se ha refugiado en una de esas salas de tránsito de los aeropuertos internacionales y lleva allí más de un mes. Afortunadamente es un lugar seguro, porque según una de las pocas normas que todos respetan esas salas son inviolables, funcionan como si fueran nuevos templos sagrados en los que se ponen a salvo las almas en tránsito.

El hombre de la fotografía no está solo. Miles y miles de disidentes, con un nudo enorme en sus principios, han decidido salir del cesto de los tomates y acudir a las salas de tránsito de los aeropuertos internacionales para contar lo que saben.

Los mandatarios del mundo están acorralados.





martes, 18 de junio de 2013

“Plantamos palabras vivas”, pero las quieren segar

Ojos rasgados








“Plantamos palabras vivas”, pero las quieren segar.  

“Ni una palabra/brotará de mis labios/ que no sea/ verdad. / Ni una sílaba/ que no sea/ necesaria. (…) Planté palabras vivas. / Ni una sola/ sometí…  Estos versos de Blas de Otero encajan en lo que durante casi veinte años ha estado haciendo la revista Temas para el debate, una publicación mensual de pensamiento político en el ámbito de la izquierda en la que se ha intentado siempre “plantar palabras vivas, sin someterlas”,  para contribuir al necesario debate de las ideas abiertas.

El Partido Popular quiere segar las palabras, terminar con el pensamiento crítico, como demuestran sus pasos a medida que avanza la legislatura. La Secretaría de Estado de Cultura, que dirige el señor Lassalle se ha convertido en un ariete ideológico de la derecha más rancia. Además de todos los retrocesos que se están produciendo en el ámbito de la Educación, el sector de la Cultura no deja de sufrir agresiones y recortes presupuestarios siempre en la misma dirección, la de silenciar la voz del pensamiento crítico.

La revista Temas para el debate  se acaba de convertir en una nueva víctima de las políticas antidemiocráticas de dicho ministerio: Temas ha sido totalmente excluida de las ayudas a la edición y a las suscripciones que tenía desde 1996.

Un poco de historia
En este punto es necesario detenerse para hacer un poco de historia. Prácticamente durante todo el ciclo de la Transición, el Ministerio de Cultura ha mantenido un programa de ayudas a las revistas culturales y de pensamiento, sin tener en cuenta el ámbito político al que pertenecieran ni su línea ideológica. Las ayudas se concedían tras participar en un concurso público en el que un grupo de expertos independientes y de prestigio nombrados por el Ministerio decidían a qué publicaciones se le concedían en virtud de una serie de parámetros de calidad, interés y relevancia. Temas optó con éxito a las ayudas desde 1996, manteniéndolas sin problemas hasta el concurso de 2013, en el que ha sido totalmente excluida de forma arbitraria y sin justificación alguna.

Ya el año pasado sufrió un grave recorte en la ayuda (cercano al 30%). Pero, desde Temas se encajó como razones presupuestarias debidas a la crisis. Pero lo que ha sucedido en 2013, con su exclusión total de las ayudas, es una agresión que raya la injusticia antidemocrática más flagrante. Y digo esto porque a la Revista Temas se le ha retirado la ayuda baremando con puntuación superior a algunas publicaciones que sí la han seguido percibiendo.
A esto hay que añadir una serie de irregularidades en todo en proceso de concurso que van desde la propia composición del grupo de “expertos” -que han formado la comisión de evaluación- hasta posibles errores detectados en la adjudicación de los puntos que han hecho que Temas puntúe muy por debajo de lo que debería, de acuerdo a los propios parámetros establecidos por el Ministerio.  

Un hecho sin precedentes
Pero hay un hecho que es realmente grave. La revista Temas, con José Félix Tezanos como Director de la  publicación a la cabeza, se ha dirigido al señor Lassalle, Secretario de Estado de Cultura, para intentar recabar algunas informaciones necesarias que aclaren lo sucedido para poder presentar un recurso o una reclamación a la que la publicación tiene derecho, y se ha encontrado con un muro de negaciones. Desde la Secretaría de Estado se ha informado a Temas de que no harán rectificaciones, “ni aunque hubieran existido errores materiales o de cómputo” ya que la Comisión ha asignado todos los fondos posibles en la convocatoria, sin que se haya guardado ningún remanente -como es habitual en este tipo de concursos, precisamente por si hay reclamaciones y se tienen que atender-.  Este hecho, conculca gravemente el derecho de los ciudadanos y/o las entidades afectadas a poder ser atendidas en sus recursos. La negación a la posibilidad de atender un recurso es un hecho sin precedentes, que causa total indefensión ante posibles irregularidades en las que pueda incurrir una Administración.

La actitud cerrada y errónea de la Secretaría de Estado de Cultura lleva a pensar que ha actuado así por motivos ideológicos, porque no tiene explicación que haya habido errores de cómputo y que a pesar de tener puntuación superior a otras publicaciones, a Temas se le nieguen.

Para más inri, hay otro hecho que corrobora esta tesis: si se consultan los datos públicos sobre las adjudicaciones de las ayudas de este año, es muy sospechoso que además de Temas se hayan quedado sin ayuda publicaciones como “Gaceta Sindical” (revista del sindicato CCOO), “El cronista del Estado Social y Democrático de Derecho”, “Raíces” (revista de cultura judía), una revista vinculada a SOS-Racismo, otra dedicada a la difusión de la cultura gitana, etc. Es decir todo un repertorio que afecta a espacios sociales a los que la derecha ultramontana, que parece dirigir el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, parece querer callar también, en un ejercicio de terminar con lo diferente, impidiendo la difusión de otras formas de pensamiento. Sin embargo, sí se han mantenido a las ayudas a publicaciones con una línea ideológica compatible con las expectativas de los dirigentes ministeriales actuales, como son la “Revista de Occidente” con 19.901,35 euros (en la que el propio Secretario de Estado señor Lassalle ha participado publicando artículos con asiduidad), “Nueva Revista” con 10. 505,02 euros o “Cuadernos de Pensamiento Político” con 12.298,59 euros (publicación vincula a FAES).

La revista Temas es una publicación con una trayectoria impecable en la defensa de la democracia de calidad y participativa, de los valores de solidaridad, libertad e igualdad que ayudan a avanzar a las sociedades. Su plataforma está abierta al debate de las ideas críticas, que puedan arrojar luz sobre los problemas políticos, sociales, económicos y culturales por los que atraviesa  nuestro país. Una publicación así es necesaria en tiempos como los actuales. 

Temas es un huerto fértil para “plantar palabras vivas”. La Secretaría de Estado de Cultura niega el agua para regar el huerto al que esta publicación tiene derecho. Desde Temas existe la determinación de continuar “plantando palabras vivas”, porque es necesario conjurar la vuelta a esa España negra de los años cincuenta del siglo pasado en la que Blas de Otero escribió estos versos y que parece estar en el adn de algunos dirigentes del Partido Popular.

Carmen Barrios

domingo, 9 de junio de 2013

Extraño cuento de domingo


El relato que pego a continuación es una historia extraña, un poco fantástica, que tiene que ver en parte con una experiencia familiar (por la parte de mi madre), ocurrida durante la guerra civil y la postguerra.  Lo que sucede en este cuento es naturalmente un poco exagerado, aunque se puede afirmar, que lo realmente desmesurado fue la represión tremenda sufrida por el pueblo de Madrid a partir de la entrada de los franquistas en la capital y el miedo perpetuo y constante que se instaló sobre sus habitantes a partir de ese momento. El miedo y la miseria -tanto la intelectual como la física- caminaron de la mano durante muchos años, acompañando a la falta de libertad, que acaso quedaba recluida al universo de los sueños.

La fotografía que acompaña al relato la realicé en una de esas calles de Madrid que fueron testigo de los sucesos de ese tiempo, algún artista urbano tuvo el acierto de colocar sobre una puerta vieja, que parece dispuesta para la eternidad, este retrato de una diva del cine mudo que con el deterioro propio del paso de los días se fue quedando ahí para siempre, como un tatuaje, sobre la piel de la puerta.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es  en la sección de cultura.


Mirada desde un sueño

Fideos

Los fideos se amontonan sobre la mesa de la cocina y la desbordan. La máquina de hacer fideos trabaja a pleno rendimiento. A pesar de tener un tamaño un poco más grande que el de un molinillo de café, una cantidad ingente de engrudo entra por su depósito superior y los pequeños orificios cilíndricos, que forman su ojo frontal de acero, escupen millones de finos hilos como cabellos rubios de sirena, que caen formando una cascada interminable de condumio para sopa. Parece que la masa de fideos tiene vida propia y progresa en movimiento constante hasta cruzar la puerta de la cocina del viejo piso de Buenavista de la casa de mis tías.

Contemplar como avanzan todos esos fideos -que no dejan de multiplicarse como un maná inesperado que crece y crece y se expande con rumor crepitante llenando la cocina y el pasillo y que se disponen a alcanzar la puerta de la calle como un magma espeso y amarillo- me produce una sensación muy agobiante.

Desde el fondo del pasillo veo como se acerca hacia mí la masa brillante, que se ha convertido ya en una inundación en toda regla y amenaza con ahogarme. Abro con determinación la puerta de la calle para liberar el caudal de fideos, mediante una ruta de alivio, y compruebo satisfecha que la escalera de la finca cumple a la perfección ese cometido.

A los pocos instantes escucho voces que provienen del fondo de la escalera. Las vecinas del bloque gritan jubilosas y dan gracias al cielo por la cantidad ingente de fideos que mana de la casa de mis tías, como si de una fuente mágica e inagotable de suministros se tratara. Miro por la ventana que da a la pequeña plaza del barrio viejo y veo una fila interminable de personas que acuden al portal con una fuente, con un balde o con cualquier otro recipiente con capacidad suficiente para llenarlo de la mayor cantidad de fideos posibles. Esa visión me despeja la presión y me permite sacudirme el agobio. Me entran ganas de gritar a los cuatro vientos que ya nadie va a pasar hambre en Madrid nunca más.

Como si una tijera cortara la cinta de una película por la parte más dulce, con la agilidad de un zarpazo de gato un golpe seco me ha sacado en un segundo cruel de lo mejor de mi sueño. Los gritos de la funcionaria de la prisión me han borrado en un instante la estampa de mis vecinas con sus cazuelas repletas de fideos, y me han hecho situarme, con el desvelo instalado en el pecho, en mi realidad negra de encarcelada.

Mientras la funcionaria me empuja por el pasillo, no dejo de pensar en mi sueño y en la máquina de hacer fideos. Gracias a ella mis tías y yo sobrevivimos en los peores días de escasez que provocó el asedio que las tropas rebeldes nos infligían a los habitantes de la capital. La máquina se hizo tan popular en la plaza del barrio viejo, que por la casa de mis tías desfilaban cada día muchas vecinas que venían a fabricar sus propios fideos con cualquier sobra que fuera susceptible de transformarse en sustento para la sopa. Un poco de arroz, pan duro o incluso mondas de patatas cocidas, cualquier cosa valía para distraer el hambre y calmar el estómago por un rato.

A los pocos días de entrar en Madrid las tropas de los alzados, alguien nos denunció, nos incautaron la máquina de hacer fideos y nos llevaron a la cárcel de mujeres de las Ventas. A las penalidades de la derrota se han sumado la humillación, la desconfianza hacia las vecinas de toda la vida y el miedo, que pesan en mi ánimo y en el de mis tías como las gruesas cadenas de forja que sujetan a los barcos mercantes firmes al muelle.

Mientras camino tras la funcionaria vestida con el atuendo inconfundible de las sección femenina de Falange por el largo pasillo, que lleva hasta el lugar en el que me van a juzgar -todavía no sé de qué delito me acusan-, me pregunto ¿dónde estará la máquina?, ¿qué habrá sido de ella? A lo mejor está también recluida, presa en algún almacén lleno de objetos personales incautados a los vencidos. Es posible que en este momento esté vomitando sin parar toneladas y toneladas de finos hilos de fideos como cabellos rubios de sirena, para ahogar la miseria de todos los que sufren esta derrota sin pan, sin libertad y sin esperanza.

Carmen Barrios



sábado, 13 de abril de 2013

De fantasmas y vidas robadas



El relato que pego a continuación habla de fantasmas y vidas robadas. De personas que se evaporaron al nacer, que fueron robadas a sus madres para comerciar con sus vidas. 

¿Puede existir un hecho más cruel que arrebatarle el hijo recién nacido a una mujer y decirle que ha muerto?

Miles de familias españolas han abierto un proceso de búsqueda de sus hijos, búsquedas complicadas porque es un largo proceso de robos que se remonta mucho en el tiempo. 

Esta práctica comenzó tras el final de la guerra civil robándole los hijos a las presas republicanas con el fin de reeducarlos. Después, continuó como un negocio del que se lucraban una red de médicos sin escrúpulos y monjas que les ayudaban. Los últimos casos registrados son de robos realizados a medicados de los años 80 del siglo XX.

La fotografía que acompaña el relato está tomada en una calle de Madrid y remite a todos esos pasos que están dando las madres y los hijos e hijas para encontrarse.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la web 
de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


La mujer que ha visto un fantasma

La mujer que ha visto un fantasma llega a su casa con la duda clavada como un puñal en el centro de su pecho y una expresión inconfundible de dolor marcada en el rostro. Mientras deja las llaves encima de la repisa que hay sobre el aparador del salón mantiene un diálogo consigo misma que la impedirá pensar sobre ningún otro asunto que no sea lo que acaba de ver en el autobús.

La mujer que ha visto un fantasma recuerda a la perfección el cuello del hombre que iba sentado en el autobús en la fila de delante de ella. El espacio comprendido entre el perfil donde finalizaba el lóbulo de su oreja y nacía el cuello de la camisa ha conectado su memoria con el paisaje eterno que ha identificado a los varones de su familia durante generaciones. El pequeño trozo de piel que ha tenido delante de sus ojos durante el recorrido mostraba una marca con la forma de una pequeña hoja de perejil que si no fuera por su color marrón oscuro, típico de una huella en la piel de nacimiento, parecería el adorno alegre de una receta culinaria.

La mujer que ha visto un fantasma es madre de dos mujeres que le alegran la vida. Pero tenía enterrado en un hueco de su memoria, tran profundo como una sima en el mar, la carita enrojecida y llorosa del primer hijo que parió: un varón que no sobrevivió a su primera noche en este mundo. El muchacho fue su primogénito y la hermana Sor María, que la atendió durante el alumbramiento, le dijo a la mañana siguiente que había muerto por un problema respiratorio. A ella le costó creerlo, porque en el momento del parto escuchó a su hijo saludar la vida con un llanto firme y lo vio bien estirado boca abajo, sujeto de los pies por las manos recias del médico, fuerte como el tallo fresco de un olivo. Pero después le mostraron su cuerpecito desmadejado, envuelto en una manta de tonos crema de hospital, y le pareció tan vulnerable e indefenso que consumió sus dudas entre el cansancio y las fiebres del posparto.

La mujer que ha visto un fantasma ha rescatado de las profundidades de su memoria el recuerdo que más le duele, la carita enrojecida y llorosa de su hijo al nacer, adornado con una marca en su cuello con la forma de una pequeña hoja de perejil, la huella de nacimiento que ha identificado a los varones de su familia durante generaciones.

La mujer que ha visto un fantasma ha comentado muchas veces con sus hijas el rosario de noticias sobre niños robados al nacer que llenan los telediarios y los periodicos y ahora se siente sacudida por la misma angustia vital que ha visto retratada en los rostros de las familias que sospechan que han podido ser víctimas de un hecho tan cruel.

La mujer que ha visto un fantasma ha llegado hoy a su casa con la duda clavada como un puñal en el centro de su pecho, una duda que comienza a ahogarla en el pozo infinito de los sucesos inexplicables. Se repite a sí misma que el hombre que ha visto en el autobús con la huella inconfundible de una pequeña hoja de perejil es imposible que sea su hijo. Si lo fuera, sería el primer varón de su familia, adornado con el código de caducidad de la hoja de perejil, que supera la edad de quince años.

La mujer que ha visto un fantasma mantiene una expresión inconfundible de dolor marcada en el rostro, porque se da cuenta de que lo único que puede hacer para poder digerir sus dudas es recorrer el mismo camino todos los días hasta dar con el hombre del autobús. Hoy ha entrado a formar parte del grupo de todas esas familias que sospechan haber sido víctimas de un hecho muy cruel y su deber es buscar la verdad, aunque piense que son muy remotas las posibilidades de que el hombre que ha visto en el autobús sea su hijo.
Carmen Barrios

miércoles, 27 de marzo de 2013

Una historia sobre la soledad

El cuento que viene a continuación es una historia sobre la soledad. Se titula "Vacío", porque trata sobre los efectos que provoca la soledad no elegida, sino impuesta por circunstancias adversas, inadvertidas y/o fortuitas sobre una mujer que fió su estabilidad única y exclusivamente a su relación de pareja. Cuando esta se termina sin previo aviso, ella comienza a mutar físicamente y va como desapareciendo, perdiendo hasta el color en ese vacío en el que se ha convertido su vida. 

La fotografía que le acompaña se la realicé a una amiga que se prestó amablemente a posar en circunstancias de iluminación extraña, y el resultado ha sido su transformación en una especie de espíritu sin rostro, una figura a punto de desaparecer.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


Contraluz














Vacío

La mujer en blanco y negro deambula por su casa de forma automática. Parece el personaje de una fotografía antigua, recién salida de una imagen lúgubre de postguerra. Desde que introduce la llave en la cerradura y traspasa el umbral de la puerta de su piso, hasta que se acuesta, recorre cada estancia sin reparar en nada. Es como una de esas muñecas con cuerda que caminan por impulso, mecánicamente, del pasillo a su habitación, de su habitación otra vez por el pasillo hacia el cuarto de baño, del cuarto de baño a la cocina, de la cocina al salón, del salón de vuelta al pasillo para recalar en la habitación de nuevo.

La mujer en blanco y negro hace días que no se mira en el espejo. La última vez que lo hizo se dio cuenta de que la mitad de su rostro estaba inexpresivo y sin tonalidad alguna que coloreara sus mejillas. El pelo se encontraba deslucido y alterado por una plaga fraccionada de mechas grises, como si la hubieran estado revelando en un laboratorio y el proceso se hubiera quedado sin concluir. Se quita la ropa como si fuera una autómata y se coloca una bata de andar por casa rosa pálida, que contrasta con la tonalidad grisácea en la que se ha ido transformando la piel de sus brazos con el paso de los días.

La mujer en blanco y negro se prepara un vaso de leche caliente y unas galletas para ocupar el vacío de hueco de ascensor en el que se ha convertido tu estómago y siente sus piernas flojas, como si fueran la tripa blanda de un acordeón estropeado. Últimamente come lo que sea, lo imprescindible para no desfallecer, porque se ha dado cuenta de que ingiera lo que ingiera su piel continua inexorable su metamorfosis hacia las tonalidades propias de un papel de periódico. Por eso, simplemente toma lo que sea y se va a la cama. Una cama demasiado grande para una sola persona.

La mujer en blanco y negro ocupa su lugar de siempre, el lado izquierdo de la cama según se mira desde la puerta. A su costado queda un gran espacio muerto, un espacio que se queda frío como una plancha de aluminio pulido, desde hace quince meses y veintiún días.

La mujer en blanco y negro lleva quince meses y veintiún días sin abrir el otro lado del armario de su habitación. Quince meses y veintiún días sin tocar la otra mesilla, que está cubierta por una ligera capa de polvo que tamiza el color de la madera y extirpa cualquier atisbo de vida; quince meses y veintiún días sin girar la llave del grifo del lavabo de la derecha; quince meses y veintiún días sin entrar en la habitación del fondo; quince meses y veintiún días sin... Su casa se ha llenado de espacios muertos, lugares callados, invadidos por una quietud propia de las estampas de época, espacios en los que no vive nadie, nadie los da uso, nadie los toca.

Su propio cuerpo se ha convertido en un espacio muerto y de color imposible. La mujer en blanco y negro lleva quince meses y veintiún días sin una caricia íntima, sin un beso apresurado en la mejilla antes de salir a trabajar, sin un roce suave entre las sábanas, sin un abrazo ante el espejo del baño. Quince meses y veintiún días sin… es mucho tiempo.

La mujer en blanco y negro vive rodeada de un vacío agobiante, que gime por las noches y extiende un eco sordo de caverna desierta dentro de su cabeza, un hueco imposible de llenar. ¿Dónde está él? ¿Por qué ha desaparecido sin dejar rastro? Estas dos preguntas ocupan el único espacio del cerebro gris de la mujer en blanco y negro que no está muerto.

Carmen Barrios.