sábado, 14 de marzo de 2015

Calles interiores

Otoño II

La ciudad de Madrid está repleta de calles interiores fabulosas. Aunque la porquería y el desastre urbano pueblen algunos de sus rincones más céntricos, la luz de Madrid permite conectar con la belleza dulcemente, casi sin esfuerzo. Recorriendo esos lugares percibo que en esta ciudad está apunto de pasar algo grande. De hecho, tiene que pasar algo grande, la alegría tiene que volver a poblar las calles de Madrid.

Las fotografías que cuelgo hoy están todas realizadas en el centro de Madrid, durante paseos mágicos en los que las imágenes me asaltaban y me llenaban los ojos con esa luz tan especial que tiene Madrid.

De la primera de ellas nació un poema sobre esta ciudad que pego también para su lectura:

Calles interiores

Este Madrid 
se desespera 
y se desgana.
Se intuye a bocinazos sordos.

Este Madrid
se espanta
y no resuelve.
Se deja calzar
por una marea de zapatos castellanos.

Pero existe 
otra ciudad 
que palpita,
¡bulle tras las grandes avenidas!

En sus calles interiores 
hay marcas y huellas 
de buhoneros de otros soles,
y la vida fluye, de derrama
en otro empeño de existencia.
De cine

Las paredes desconchadas
cobijan las escenas 
de culturas
que se expresan 
con grafismos y colores distintos.

Otro Madrid
se despereza,
comienza a elevar las manos,
a alzar las voces,
a llenar los muros
de pruebas de vida.

Miles de pies 
en remolino
ocuparán de nuevo la Gran Vía,
despejarán de azul gaviota
las fachadas.
Calle del Calvario
Nosotros,
los de las camisetas
de adolescentes eternos,
zapatillas de loneta
y pinceles de colores,
encenderemos
este Madrid que aun
se desespera
y se desgana.

Saldremos
desde las calles interiores
y recuperaremos
el rojo y el violeta
para vistir de nuevo
a la Diosa Cibeles.

sábado, 7 de febrero de 2015

"Pienso, luego estorbo"

Pienso, luego estorbo



La participación es la esencia de la democracia. Sin abrir cauces de participación la democracia camina arrastras, está mermada, coja. Vivimos momentos en los que una parte grande de la sociedad reclama participación, queremos ser oídas y tenidas en cuenta. Eso es lo que queremos muchas y muchos, tantas que comenzamos a ser demasiadas para los cauces por los que algunos piensan que tiene que fluir el río de la democracia en España. Pero parece que las aguas están subiendo y pueden desbordarse. De eso va el cuento que subo al blog. 

Para escribir este cuento me inspiré en Gille, el hijo mediano de mi amiga Aida, que se atrevió a presentar en su instituto un programa revolucionario. Y es que a veces, la revolución se lleva en la sangre, se mama. También en las reivindicaciones del aula de mi hija en el cole, que estaban hartos del menú de los viernes y recogieron firmas para cambiarlo, eran alumnos y alumnas de primaria y se movieron por todo el colegio hasta conseguir cambiar el menú.Ni que decir tiene que la canción "El Gallo Rojo" la escucho desde pequeña, y que a mi me la cantaban mi madre y mi padre. La recuerdo desde los peroles cordobeses en el campo los fines de semana, allá por 1969/70...y hasta hoy. Pego el enlace por si alguien la quiere escuchar: www.youtube.com/watch?v=u7r24w3nAhA



La primera fotografía que lo ilustra la hice en la puerta del Sol, como no, uno de esos días en los que la gente se reunió para expresarse, y algunos jóvenes parece que lo tiene claro.La segunda la hice en una calle de Barcelona, esa ciudad que me enamora y que tiene grandes artistas callejeros.

La tercera la tomé en una calle de Venecia, uno de esos días de verano en los que mi hija y la hija de mi compañero decidieron dar rienda suelta a su alegría adolescente. Quiero subir esta fotografía porque derrocha fuerza, optimismo y ganas. Transmite alegría de vivir, que es uno de los ingredientes fundamentales para cambiar las cosas en una dirección en la que beneficie a la inmensa mayoría. 


Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web: www.nuevatribuna.es en la sección de cultura. 
“EL GALLO ROJO”
Un gallo rojo orgulloso y expresivo exhibe su vibrante plumaje en el muro frontal del patio grande de la escuela. Los alumnos y los profesores se empujan para poder ver mejor los trazos detallados y perfectos que dotan al gallo rojo grabado en pared de una autenticidad sobrenatural. “Es una obra maestra”, se le escapa -en medio del silencio reverencial que se ha creado- al joven profesor de plástica, mientras se restriega los ojos con los nudillos como si necesitara cerciorarse de que lo que está viendo es real.
Nadie entra en las aulas, todos quieren observar con detalle la silueta del gallo rojo. El director del colegio, escoltado por los jefes de estudio y un grupo de alumnos pelotas y mamporreros, se abre paso con dificultad en medio del tumulto de chiquillería, para intentar que se deshaga la maraña y todos entren en las aulas a paso ligero. Pero no parece que vaya a ser una tarea fácil.
Desde el comienzo del curso, se fue dibujando con trazo suave pero firme una realidad de cambio en el ambiente, que tiene descolocada a la dirección de la escuela. Un viento de optimismo sin límite empuja a los estudiantes subidos con ímpetu a una ola que amenaza con inundar de propuestas novedosas los cimientos de la institución, que lleva más de treinta años aplicando un plan de estudios caduco, que ha dejado fuera de juego por sistema las iniciativas de los estudiantes. 
Un gallo en el muro de colores
 Los acontecimientos viajan a la velocidad del correcaminos mic, mic desde que se anunciaron elecciones escolares. La escuela vive momentos históricos casi al minuto, y se tiene la sensación de que ya se toca con la punta de la lengua un futuro que sabe a macarrones con chorizo.
Nadie entiende muy bien cómo sucedió, pero este año el alumnado comenzó con ganas: algo había cambiado de raíz. La señorita apatía, que se enroscaba en las cuestiones colectivas como las ramas de una enredadera haciendo de ellas un trámite insulso y aburrido, se esfumó de repente, engullida por una ilusión que brilla tanto como una fuente de colores bailando en un abrazo frenético con el viento del norte. Los pupitres de la escuela navegan por los pasillos como pequeños veleros impulsados por un temporal de ganas, que tiene a los chicos y a las chicas enfrascados en debates interminables sobre su futuro, eso sí, con una sonrisa enorme como una raja de sandía iluminando sus rostros.
Un día de finales octubre, que parecía de principios de verano, nació el colectivo “El Gallo Rojo” en medio de la algarabía del recreo de media mañana. Una alumna de segundo de primaria canturreaba una canción que aprendió de su madre mientras jugaba a rayuela: “cuando canta el gallo negro/ es que ya se acaba el día/ si cantara el gallo rojo/ otro gallo cantaría (…)”. Uno de cuarto que la escuchó, reflexionó en voz alta para quien quisiera enterarse: “Así somos nosotros, como el gallo rojo, el cole va a cambiar, porque es de todos y nos tienen que atender”. Y entre risas de caracola, saltos y toques de piedra con la punta de los pies surgió el nombre y la imagen de un grupo heterogéneo que mantiene desde ese momento a la dirección de la escuela y al equipo de los alumnos más disciplinados y pelotas navegando sin brújula y contra el viento.
El colectivo “El Gallo Rojo” fue tomando fuerza a base de escuchar, de abrir bien las orejas para atender las peticiones de los alumnos y las alumnas del centro, que se sintieron protagonistas de su propio futuro. Por primera vez en la historia de la escuela se elaboró un sencillo bloque de demandas en las que conviven propuestas realizadas por estudiantes de todas las edades, que van desde sustituir el aburrido potaje de los viernes, ¡¡puaajjjj!!, por unos sabrosos macarrones con chorizo, que pone a salivar sin freno las bocas de los niños y de las niñas de primaria, hasta colocar una máquina expendedora de preservativos en los pasillos que conducen a los lavabos, acompañada de un mural bien grande en la pared que explique cómo se colocan, porque como señaló con acierto una alumna de primero de instituto: “hay que prevenir los embarazos en este cole, que en mi clase ya van tres, las que han pinchado”. La lista incluyó también alguna que otra propuesta un poco más elevada, como la de poner en marcha un taller para aprender a navegar en globos aerostáticos, defendida con ardor por una de sus precursoras, con el argumento de que “si los humanos han pisado la Luna hace casi un siglo no veo porqué nosotras no podemos apreder a dar un simple paseo flotando por encima del patio del colegio, no tiene que ser algo tan complicado”. 
Alegría
 Pero la cuestión que trastornó del todo las cabezas de los inmovilistas del cuerpo directivo docente, y de algunos profesores a los que supera su propia incapacidad para comunicarse, fue la atrevida proposición de crear una comisión de evaluación de la calidad del trabajo del profesorado formada por los representantes de los alumnos, con capacidad para tomar decisiones.
El día en el que ha aparecido la hermosa silueta del gallo rojo, tatuada con genialidad en el muro frontal del patio grande, es el día en el que comienza una campaña electoral escolar preñada de esperanza para la inmensa mayoría de los alumnos y las alumnas de este cole, que resisten con alegría las presiones y los desatinos de todos aquellos para los que la palabra transformación es sinónimo de catástofre. Lo que se consiga aquí trasciende las fronteras de este micromundo, porque sobre la acción del colectivo “El Gallo Rojo” se han posado millones de ojos que aletean con brío como mariposas alegres, dispuestas a polinizar otras flores de participación y a fecundar multitud de matorrales de sensibilidad. Otras escuelas en distintos lugares prestan oídos, están repletas de seres que cada día iluminan con sus preguntas atrevidas y sus demandas utópicas el futuro de un mundo que necesita incluir todas las mentes chispeantes para continuar arando el camino.
Carmen Barrios



domingo, 21 de diciembre de 2014

La violencia contra las mujeres, como la gota malaya, no cesa



El relato que pego a continuación ha nacido de un poema ya publicado en estas páginas. Alude al tema de la violencia contra las mujeres, un hecho triste que no cesa, se repite con la cadencia dañina  y dolorosa de la gota malaya. Cada mujer que cae tendida sobre la tierra, como consecuencia de la violencia machista, es una herida que desgarra el corazón del cuerpo social. 

La fotografía que compaña el cuento se titula "Mujer en volandas" y la realicé en una calle de Lisboa, un día luminoso de primavera.

Tanto la fotografía como el relato han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.

Debajo pego el poema del que ha nacido este relato.

Náyade. (relato nacido de un poema)

 Hay palabras hermosas cuyo significado nunca aprendemos a conocer del todo, que se pegan a la superficie de los sueños como el caramelo derretido a la piel de una manzana colorada. Eso es lo que le pasó a Lina con la palabra “Náyade”. Desde que podía recordar, esa palabra estaba unida a ella. Las náyades llenaban sus ensueños de la infancia, cuando se reconocía entre las ninfas suaves y mágicas como una más. Se veía emerger sin esfuerzo del interior de un lago de aguas plateadas, como uno de esos seres mitológicos que pueblan los cuentos milenarios. Se imaginaba como una náyade de cabellos largos y negros, envuelta en pétalos de nenúfar, siempre ágil y rodeada de alegres truchas viajeras y escurridizas.

Las ninfas y las truchas jugaban alegres en los remolinos de los ríos que inundaban su fantasía de niña, dando vueltas y más vueltas como molinillos agitados por la mano del viento. En ocasiones, cuando despertaba de sus sueños salía de las sábanas empapada y con la cabeza ocupada por un mareo persistente, como si de verdad hubiera pasado toda la noche sumergida en un carrusel de espuma a lomos de las aguas. Tenía la misma sensación que los marineros cuando pisan tierra después de llevar varios días embarcados, sufren un mareo que les mueve el suelo bajo los pies como si todavía pisaran la cubierta de un barco.

El paso del tiempo, que todo lo trastoca, fue borrando poco a poco el rastro de estos sueños mágicos.

Desde que se casó, las noches de Lina están ocupadas por una realidad negra como la boca de una sima perdida en lo más profundo de las aguas, que se traga su cuerpo derrotado hasta la madrugada y lo escupe agotado y cubierto por una baba espesa y pringosa al tocar el alba. 
Cuando se tiende en la cama, permanece rígida e inmóvil como el esqueleto seco de una jibia, para intentar pasar desapercibida. Un miedo recurrente la visita cada noche y la mantiene atenta a todo lo que sucede a su alrededor, pendiente del menor gesto, del mínimo crepitar de las sábanas, del ínfimo movimiento del individuo que yace a su lado, pero nunca alcanza a evitar el tormento. Él se obstina en poseerla por la fuerza abrigado por la oscuridad, succionándola hasta engullirla dentro de su cascarón, áspero y oscuro como la piedra de pizarra. Su marido se transforma cada noche en un mejillón de río, un ser bivalvo que coloniza su cuerpo y se adhiere a ella con el vigor penetrante de un parásito.

Lina se ha dado cuenta demasiado tarde de que una náyade ha vuelto a ocupar sus noches, pero esta náyade de su edad adulta nada tiene que ver con aquéllas ninfas alegres de su infancia. Ella se ha convertido en el alojamiento estable de un huésped abusador, que lastra sus tobillos con la pesadez de un yunque y la mantiene sumergida en el fondo de un río invadido por el lodo, del que ya no puede salir a la superficie ni para exhalar un poco de aire.


Nayade 
Tengo la cabeza ocupada por Náyade.
¿Es una o un?
Deseo que Náyade
sea ninfa del río,
como en un cuento mitológico,
un ser frágil, ágil, suave, mágico.
Pero no lo es.
Es un parásito,
un huevo alojado en las branquias de un pez,
que torna en concha negra
y se prende al lodo del fondo del río.
Náyade
no es un ser frágil, ágil, suave ni mágico.
Náyade es Náyade.
Una palabra hermosa
empapada de realidad.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Duelo entre la risa y el miedo

Dar el salto








La sátira y la burla, la risa, "cuando lo impregnan todo permiten una liberación del alma que invita a torcer el brazo del miedo y puede, incluso, llegar a alterar las relaciones de dominación". De eso va el cuento que pego hoy, de la fuerza de la sátira para cuestionar el poder y de cómo reacciona este.

En mi cuento, como, por desgracia, tantas veces en la vida (solo hay que echar un vistazo a lo ocurrido en México con los 43 muchachos estudiantes de magisterio asesinados, hecho que inspira este relato), el poder reacciona perdiendo la razón y ejerciendo la más brutal de las represalias, tan brutal que puede servir de catalizador de un cambio, que no sería posible si la semilla de la rebelión no estuviera ya sembrada. 

La fotografía que lo acompaña la realicé en una calle de Madrid, retraté uno de esos cierres metálicos cargados de señales, que a menudo pasan despercibidos a nuestros ojos. Si tenemos la suerte de saber profundizar con la mirada podemos encontrar toda una maravillosa fuente de expresión en cualquier rincón de nuestras calles. 

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


Libreto satírico

“El muñeco” fue el primero en caer abatido sobre el fango pringoso de la fosa. Como una marioneta a la que hubieran mutilado de un tijeretazo limpio, su cuerpo se aflojó sin resistencia cuando una bala le rompió el corazón, abriendo un orificio bruno a la altura del bolsillo izquierdo de su camisa, por el que penetró la muerte para evacuar su vida durante el tiempo que se tarda en emitir un suspiro.

“El muñeco” era conocido por una afición a las representaciones clásicas que nadie entendía, porque a su rostro redondo como el de un bebé de juguete no le iban nada bien los personajes graves y solemnes del teatro shakesperiano que se empeñaba en representar. Hasta que un día, cambió de registro. Llevó al escenario un libreto satírico que sorprendió a todo el mundo.

El éxito desbordó a “El muñeco” y a sus compañeros del grupo de teatro de la escuela superior, causando un regocijo exultante entre sus vecinos que competía con el nacimiento de un eco mortal de ira entre los integrantes del Cártel de la Comarca Alta.

El libreto satírico de “El muñeco” contenía un mensaje sencillo pero liberador, espontáneo y franco como la risa de un niño, que se propagó entre las gentes con la eficacia de un virus. Los diálogos de la obra se repetían en los corrillos de los bares y de las plazas como si se tratara de los versos del más popular de los corridos. Palabras y expresiones que llevaban lustros sin escucharse, que estaban proscritas por la presión de las circunstancias impuestas por un poder en la sombra, pero salvaje, volvieron a escucharse con un tono jocoso y socarrón, el tono de la sátira y de la burla, que cuando  lo impregna todo permite una liberación del alma que invita a torcer el brazo del miedo y puede, incluso, llegar a alterar las relaciones de dominación.

Los integrantes del Cártel de la Comarca Alta comenzaron a notar a su paso el zumbido de un desprecio agudo, celebrado entre risas, eso sí, que interpretaron como lo que significaba.

En una reunión presidida por un temor antiguo, que se resiste a los cambios, sentenciaron a muerte al grupo de osados comediantes capitaneados por “El muñeco”.

Cuando finalizó la que iba a ser la última de las representaciones del ya triunfal libreto satírico, los jóvenes se evaporaron. Pasaron de las tablas del teatro a cavar sus propias fosas en la vereda de un monte desmochado.

Todo sucedió muy rápido, en una noche pastosa, salpicada por una llovizna que terminó en tromba, desaparecieron para siempre veintitrés muchachos en un infierno de fango que devoró sus cuerpos, pero que no pudo ocultar semejante evidencia del horror. 
El hueco profundo e insondable de tantas ausencias alumbró el principio del fin de una era de pánico, dominada por el poder del código del silencio.

Carmen Barrios

viernes, 26 de septiembre de 2014

Los árboles de Madrid mueren de melancolía

Lágrimas rojas

























Los árboles de Madrid tienen una extraña enfermedad. Este verano se suicidaron dos ejemplares aplastando en su caída a dos ciudadanos, uno en el parque de El Retiro y otro en el distrito de Vallecas. Además, en algún que otro barrio han caído más árboles sin causar víctimas, afortunadamente. 

Los jardineros madrileños alertan de que el estado de los árboles de la capital no es bueno. Y no lo es, como tantas otras cosas, debido a los recortes, que también están afectado al estado de la floresta, que se cuida poco, porque no hay personal suficiente, se riega mal y no se vigila con el cuidado y el mimo que se requiere. Como en tantos otros asuntos importantes en nuestra ciudad, el equipo de gobierno municipal, con su alcaldesa al frente, ni se inmuta. Deben pensar que obviando los problemas se van a solucionar solos o que simplemente dejan de existir. 

La muerte de los árboles es una metáfora sangrante de lo deteriorada que está Madrid, cuyas calles están sucias e incluso algunas huelen mal y muchos parques se ven abandonados. Los mandatarios madrileños solo limpian las calles comerciales, porque conciben el espacio urbano como una gran centro comercial y no como un lugar para la convivencia de los ciudadanos.

Las informaciones aparecidas sobre el desplome de los árboles me sugirió el relato que pego a continuación.

La fotografía está realizada en una calle de París. Me venía muy bien la imagen de este joven que llora lágrimas de sangre, ante una  señal de prohibición de paseo de viandantes. Muchos madrileños estamos a punto de llorar lágrimas de sangre al contemplar el estado de abandono y de desidia que tiene nuestra ciudad. 

Urge un cambio, sería de agradecer a todas la izquierdas de este Madrid, que se pusieran de acuerdo para Ganar Madrid y arrebatársela de una vez a esta derecha depredadora, privatizadora, neoliberal, desidiosa y meapilas que nos gobierna.

Tanto la fotografía como el relato también han sido publicados en la web www.nuevatribuna.es en la sección de medio ambiente.


Va el relato:

LA CIUDAD EN LA QUE MUEREN LOS ÁRBOLES



La ciudad en la que fallecen los árboles tiene la piel de las aceras tatuada con millones de hojas muertas, que caen abatidas sobre el asfalto como los cabellos de los enfermos terminales, sin que medie el esfuerzo del viento. Los árboles comenzaron a enfermar cuando se olvidaron de ellos. Las calles, los parques y las plazas ofrecen un aspecto deslucido y sucio, y están teñidos por el color gris de la desidia. Los humos tóxicos, que vomitan vehículos y chimeneas, impregnan el ambiente de una brisa espesa, que se pega a cualquier superficie como el tul de una mortaja.

Los más viejos recuerdan que un día anodino y sin fecha apareció caído el árbol más longevo de la ciudad, un ciprés tetracentenario situado en el centro del cementerio de las personas ilustres. Nadie conoce las razones por las que cayó el ciprés, pero el hecho cierto es que ese magnífico ejemplar se desplomó sin previo aviso sobre las tumbas desgastadas, causando un caos de raíces resecas, tierras removidas y lápidas reducidas a cascotes justo a la hora en la que se ocultaba el sol.

El derrumbe del ciprés tetracentenario marcó el inicio de una era de pánico en la ciudad. Desde entonces, miles de árboles sufren el mismo destino dramático que el ciprés del cementerio, se desmoronan desde sus alturas sin avisar, sin contar con nadie, originando desastres continuos y muertes de ciudadanos por aplastamiento en una sucesión de bajas forestales y humanas, que nadie entiende.

La ciudad se ve triste y desangelada, anegada por las ausencias, como si fuera el decorado de una película que ha sido sentenciado hace décadas al abandono. Las gentes evitan caminar por las calles, y si no tienen más remedio que salir, lo hacen con celeridad, corriendo de portal en portal para evitar pasar cerca de cualquier árbol. Los ancianos y los niños han dejado de frecuentar los parques y los jardines, que recuerdan el escenario yermo de una batalla, con ejemplares abatidos y con las raíces desnudas como tripas resecas, expuestas al viento sobre una cuenca de tierra revuelta.

Los árboles que permanecen en pie han entrado en un estado de letargo indolente. Como si estuvieran en un otoño perpetuo, sobreviven con las copas y las ramas calvas y sin hojas ni brotes que testimonien el mínimo atisbo de vida.

Un grupo de jóvenes ha comenzado a hacerse preguntas sobre tanta muerte arbórea y humana sin sentido. Han exigido a los mandatarios municipales, que hacen como si nada, que averigüen qué les sucede a los árboles, por qué han renunciado a renovar su vestuario cada primavera y caen desplomados cuando menos se espera.

La primera reacción de los mandatarios fue meter la cabeza debajo de los papeles, escondiéndose en sus despachos como topos temerosos ante el avance de la luz. Pero los jóvenes no han dado tregua, y las autoridades municipales han tenido que buscar soluciones ante la turba de personas que ha acudido a manifestar su indignación a la puerta del Consistorio.

Finalmente se ha contratado a un equipo de especialistas en botánica, que tras tomar muestras de los ejemplares que todavía están en pié y analizar con cuidado la situación en la que se encuentran, han dado su diagnóstico: la floresta sufre, tiene estrés, no se siente querida, ni atendida, no se podan sus ramas, no se abona ni se riega su suelo como se debe, sus hojas respiran malos humos, y para colmo, los niños y las niñas ya no juegan al corro de la patata rodeando sus troncos centenarios ni los enamorados registran en sus cortezas el testimonio eterno de su amor.

Los botánicos afirman con inquietud que los árboles no están físicamente enfermos, y que por lo tanto no se caen, sino que se tiran, se suicidan, ponen fin a sus vidas, así, de repente, como se hacen estas cosas, sin previo aviso.

Los botánicos han concluido que la enfermedad de los árboles tiene nombre: se denomina Melancolía.

Carmen Barrios



miércoles, 3 de septiembre de 2014

Náyades en las paredes

Mujer en volandas


























Esta "Mujer en volandas" acudió al objetivo de mi cámara una tarde de junio, mientras paseaba por una calleja de Lisboa. Me llamó la atención, porque parecía una Ninfa de los bosques suspendida en la pared de un edificio en ruinas. Me gustó su fragilidad, y su ritmo de estática bailarina eternamente pegada a un muro condenado al derribo.

La poesía que acompaña esta fotografía habla de la tensión perpetua entre el poder de la magia y el mazazo de la realidad. 

Imagen y poesía vuelven a caminar unidas, para dar coherencia a la expresión de un run run que se debate a menudo en nuestras mentes.


Náyade

Tengo la cabeza ocupada por Náyade.
¿Es una o un?, 
me preguntas tu,
mientras mi mirada 
coquetea con el brillo sonrosado del ocaso.


Deseo que Náyade
sea ninfa del río,
como en un cuento mitológico,
un ser frágil, ágil, suave, 
mágico.
Pero no lo es.

Es un parásito,
un huevo alojado en las branquias 
de un pez,
que torna en concha negra
y se prende 
al lodo del fondo del río.

Náyade
no es un ser frágil, ágil, suave 
ni mágico.
Náyade es Náyade.
Una palabra hermosa
bañada de realidad.



domingo, 13 de julio de 2014

Poema de la hora dulce

Contorno de luz










Estoy aquí

Hoy estoy aquí,
un poco yo,
un poco tú.

Hoy estoy aquí,
un poco pies pequeños,
un poco manos grandes.

Hoy estoy aquí,
un poco trenzas,
un poco barba.

Hoy estoy aquí,
un poco nalga,
un poco pierna.

Hoy estoy aquí,
un poco miel,
un poco crema.

Hoy estoy aquí,
un poco dentro,
un poco fuera.

Hoy estoy aquí,
en la hora dulce
del espacio lento.