jueves, 26 de junio de 2014

Una carta y una petaca de licor para la anciana Dolores


Dolores se mece sobre el río






El cuento que pego a continuación es una historia de amor, de ternura y de espera. Es también un relato sobre la derrota en el pasado y la determinación para sobreponerse a ella en el presente. 

Cuento una historia totalmente ficticia que se me ocurrió viendo la fotografía de una petaca de licor del ejército rojo, que me mostró un amigo. La había sacado en un mercadillo de Palermo, y cuando la vi, comencé a imaginarme una vida para esa petaca de licor de un soldado ruso en Europa. Como tengo querencia por los asuntos relacionados con nuestra memoria, situé a mi soldado ruso en la guerra civil española, un brigadista en el lado de los buenos, el de los republicanos, que es mi lado, el lado de los míos, el lado de los que defendían la legalidad democrática, el lado de la dignidad, el lado de la igualdad, de la justicia y de la libertad. 

La fotografía la saqué en Praga, en un atardecer suave en uno de esos puentes maravillosos sobre el río. Me ha parecido que podría ser un retrato imaginario de Dolores, una de las protagonistas de mi cuento.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es en la sección de cultura.


La petaca

Manuela lleva una semana arrastrando los pies para acudir al trabajo. La han escogido para hacer inventario en la sede central de Correos, un edificio histórico con aires de fortaleza que ha sido vendido a una gran compañía del sector de las telecomunicaciones. En un principio no le pareció mal pero, desde que le anunciaron que tenía que bajar al sótano del edificio con el auditor para catalogar con detalle lo que allí queda, una desazón áspera como una roncha enrojecida se instaló en la boca de su estómago formando una corona de ascuas. Siempre que su úlcera arde sabe que algo extraño está a punto de suceder. Este trabajo ya resulta para ella una labor penosa en sí, porque certifica la venta de Correos al sector privado y estampa el sello de liquidación a una lucha que todos han perdido, como para encima tener que soportar los rigores físicos de una dolencia que, en su caso, siempre ha estado asociada con la llegada a su vida de acontecimientos inevitables, que suelen torcer el presente y volver su mundo del revés. Para colmo, el sótano de Correos es un lugar poco frecuentado y sobre el que se cuentan historias fantásticas y raras.

Nunca había estado allí, ni sola ni acompañada, pero en cuanto el encargado de la auditoría y ella comienzan a avanzar por el largo pasillo, que desemboca en la sala principal, Manuela advierte que es un lugar singular. Con cada paso, mastica la sensación ácida de que allí planean las sombras de acontecimientos mal resueltos.

El sótano está a unos cuantos metros bajo tierra, parece una especie de búnker empotrado en el subsuelo a una profundidad que casi compite con las calderas del infierno. Su apariencia lúgubre y su decrepitud se ven multiplicadas por una iluminación muy precaria, tenue, que apenas alcanza para ubicar con claridad los límites del espacio y otorga a los escasos objetos, que se distinguen a duras penas, una apariencia incorpórea de siluetas espectrales en medio de un gran teatro oprimido por un raro vacío.

Al aproximarse a la pared del fondo, distinguen una estantería con archivadores. Cuando comienzan a retirar unos cuantos para ver su contenido se percatan de que el tabique tiene un hueco grande que comunica con otra sala. Deciden empujar la estantería con cuidado para acceder a ese lugar y, casi sin darse cuenta, caminan unos cuantos pasos hacia el más allá, hacia una etapa del pasado  que permanece secuestrado en el tiempo. La estancia es colosal y se encuentra llena de estantes ocupados por cartas y paquetes cubiertos por el polvo denso de una desolación que cuenta con más de medio siglo de olvido. Los objetos acomodados allí parecen pequeños cadáveres momificados, dispuestos en las repisas por orden alfabético y por fechas de recepción. Los matasellos oscilan entre 1938 y 1955 y todos tienen el sello de un águila imperial de gesto adusto y ojos carroñeros, sobre cuya cabeza reza el lema “España, Una, Grande, Libre”. Manuela y el auditor están atónitos, observan que muchas de las cartas provienen de cárceles o campos de reclusión e internamiento. ¿Qué hacen allí esas cartas todavía? ¿Es que nunca llegaron a sus destintatios? Se preguntan. En ese instante, ante sus ojos, se está desnudando una de las sentencias del olvido.

Manuela percibe con claridad la importancia de esas cartas. Allí parece que se amontonan miles de documentos que atestiguan la existencia de una voluntad cruel, encaminada a interrumpir la comunicación entre los vencidos y sus parientes, para infligir más miedo y desesperación, e introducir en las gentes la incertidumbre sobre el destino último de sus seres queridos. En esos anaqueles todavía duermen los relatos de miles de vidas al límite que no consiguieron tocar con sus palabras el ánimo de sus allegados para trasladar o encontrar un poco de consuelo y, sobre todo, para notificar cuál fue su destino.

A medida que digiere la magnitud del hallazgo, un dolor agudo, que pugna con todo ese tiempo malogrado, se clava en sus entrañas y mortifica a Manuela con la idea firme de que esas cartas y esos paquetes tienen que ver la luz, aunque sea con 80 años de retraso. En el interior de ese sótano respira todavía un número indeterminado de alientos contenidos y su deber es intentar recomponer el friso desbaratado de tantas historias silenciadas. Mientras Manuela se deja llevar por un susurro inaudible instalado muy dentro, que la impele a extender la mano y coger un pequeño paquete, el auditor de la compañía niega de forma insistente con la cabeza:

-¿Qué hace usted? ¡¡¡Eso ni tocarlo!!!, no es cosa nuestra. Damos parte y ya-, la increpa alterado mientras inenta sujetar la mano de Manuela con fuerza, mirándola inquisitivamente a los ojos, porque ha leído en ellos la extraña determinación que se ha apoderado de su subordinada.

Manuela, sin embargo, no le oye, solo se escucha a sí misma, a esa voz interior que la anima a actuar y al fuego de su estómago, que arde y que la impulsa con fuerza a desvelar el contenido de ese paquete. El remitente parece ruso, Pavel Mikhailov pone, la dirección desde la que está enviado es la de un campo de concentración, Castuera -en Extremadura- y su destinataria es una tal Dolores Aranda, C/ Olmo, 5, 2º-A, escalera principal; la fecha del matasellos es del 24 de julio de 1939.

Mientras lo abre con mucho cuidado, como si acariciara la mano diminuta de un niño recién nacido, comienza a sentir una desconocida sensación de melancolía antes de extraer lo que se oculta en su interior: una petaca de metal, recubierta de cuero negro, sobre el que resalta una estrella roja de cinco puntas y el símbolo del martillo y la hoz perfilado en relieve sobre el corazón de la estrella. Además, el paquete también contiene un papel doblado en cuatro, que parece una carta. Sin vacilar ni un instante, despliega el escrito y lo lee en voz alta para acallar las amenazas del auditor, que no para de gritarla que mantenga eso en su sitio, que se está buscando una sanción o incluso que la despidan, que su trabajo es otro, que no está allí para leer el correo, ni mucho menos para encargarse de eso, que es una irresponsabilidad, que si se ha vuelto loca, que…:

“Mi querida Dolores, me apresaron hace unos diez días y tengo las fuerzas muy mermadas. En este campo, en Castuera, en La Serena, estamos recluidos miles de hombres hacinados y hambrientos, el calor es agobiante y la sed nos derrota. Por la claridad de esta carta, ya te habrás dado cuenta de que no la escribo yo, ya sabes lo torpe que soy todavía con el español. Un capitán de artillería me está haciendo el favor de poner estas letras en claro para que sepas que sigues en mi corazón, que el recuerdo de tus ojos profundos acariciando mi alma y de tus manos suaves sobre mi vientre es lo más valioso que me llevo de este viaje por una vida que me ha dado la satisfacción de sentir que he hecho cosas que merecían la pena, como entregarme a ti y a la lucha por la libertad de esta tierra. Sé que todo acabará pronto, este recinto es un moridero. Por eso quiero pedirte que sigas, que no te rindas, que continúes, que camines y que no te detengas, y siempre riendo, con los ojos y con la boca, con el corazón y con las manos, ya sabes cuánto me gusta tu risa. Te envío lo único que me queda, esa petaca en la que te di a probar, por primera vez en tu vida, un trago de vodka que te supo a fuego del infierno, pero que transformó tus mejillas en dos soles abrasadores y alegres en medio de tu rostro. Por favor, guárdala, así siempre que poses tus labios en su boquilla los sentiré como besos de seda sobre mi propia boca”. Pavel Mikhailov, 22 de julio de 1939.

Cuando termina de leer, el auditor ya se ha perdido camino del ascensor. Manuela permanece muy quieta durante algunos minutos, como si pudiera ver la silueta de Pavel sin fuerzas casi para sostener el último aliento, reclinado sobre el hombro del Capitán de artillería que le hacía de amanuense. Comienza a respirar hondo para calmar las brasas de su estómago y es consciente de que la única forma de aplacar el vértigo que la invade es cumplir con el rito que fue interrumpido tantos años atrás: entregar esos paquetes en su destino. Empezará por el que sostiene en las manos.

Es casi media mañana cuando sale a la calle con el paquete de Pavel bien resguardado dentro de su bolso y camina con la ligereza de quien sabe que, por una vez, puede suavizar un daño suspendido en un limbo del pasado.

Sobre la una del medio día llama al timbre del 2º piso del número 5 de la calle del Olmo. Una voz femenina le abre la puerta del portal después de escuchar parte de su relato y asegurarle que sí, que esa es la casa de su abuela Dolores. Cuando alcanza el descansillo del segundo piso una mujer de unos cuarenta y cinco años, alta y con la piel muy clara, la espera en el rellano. Manuela se presenta, le tiende el paquete y ella la invita a pasar.

- Pase, pase, por favor, pase y siéntese –le dice mientras le indica el sofá con una expresión entre alegre y expectante-. Voy a buscar a la abuela, que está en su cuarto, es muy mayor, ¿sabe?, pero tiene una salud de hierro…y un ánimo…, fíjese, acaba de cumplir 98 y está tan fresca…y dice usted que le trae un paquete fechado en 1939. ¿Está usted segura?
Y, mientras Manuela le tiende el paquete para que ella misma lo vea, exclama:-¡¡¡qué barbaridad!!!, pues sí que ha tardado en llegar el paquete…pero parece que ha sido abierto…

-Sí -se apresura a explicar Manuela- cuando encontramos toda esa correspondencia almacenada allí, en una especie de cuarto grande del sótano de la central de Correos, no sé, un impulso que no pude controlar me llevó hasta este paquete y, tras ver su contenido y leer la carta de Pavel para su abuela, que está dentro, perdóneme, pero no lo pude evitar, me asaltó una emoción enorme y… en fin, que decidí que este reparto histórico tenía que llegar a su destino,...yo, en fin, que no sé…

-Sí, sí, la comprendo, no se preocupe, a mi me habría pasado algo parecido…bueno voy al cuarto de la abuela, a ver si la ayudo a salir –afirma mientras su voz se pierde al fondo del pasillo.

Al poco rato aparece en el salón llevando de su brazo a una anciana sonriente, de rostro casi transparente, que la saluda estrechando su mano con parsimonia y mientras se sienta en una butaca, que la sujeta muy derecha, comienza a expresarse con calma:

-Señorita…dice mi nieta que trae usted un paquete para mi…de Pavel…Pavel…Pavel…,¿está segura?

-Lo puede ver usted misma -asegura Manuela mientras le tiende el paquete-, también hay una carta para usted, que va dentro.

La anciana se coloca sus gafas y lee el remite repitiendo el nombre de Pavel varias veces, como si cada repetición le permitiera dibujar en su mente una parte del rostro del ruso hasta recomponer su estampa por completo. Cuando sus manos liberan la petaca de su tosco envoltorio una sonrisa juvenil, como de niña pillada en falta, ilumina toda su cara y por un momento parece que Dolores ha vuelto a los veinte años. Le pide a su nieta que lea la carta en alto, porque tiene los ojos empañados por un brillo de emoción que actúa de velo y, según confesa, las palabras navegan sin control sobre el papel como si fueran barquitos de vela. Escucha con atención cada frase. Cuando su nieta concluye se ha declarado un incendio en sus mejillas, que están teñidas por un rojo intenso, tal como describía Pavel en su carta.

-Ya sabía yo que era imposible que Pavel me hubiera abandonado,...ya sabía yo que era imposible…lo sentía muy dentro, siempre lo he sentido pegadito aquí, a mi lado, siempre a mi lado –expresa con sosiego, mientras entorna los ojos para posar sus labios en la boquilla de la petaca con mucha placidez, como si en ese acto se estuviera fundiendo en un largo beso con su amante ruso.

Carmen Barrios.






viernes, 30 de mayo de 2014

La vida...más allá de un pié

En la arena



























Una fotografía conecta con un poema gracias al poder de las imágenes. En ambos son las imágenes las que comunican, las que conmueven, las que evocan.

En el caso de esta fotografía y el poema que hay debajo, las conexiones son tan sencillas y tan naturales que hay poco que explicar, porque, ¿cómo explicar por qué algunas imágenes dan vueltas dentro de nuestra cabeza, hasta que las dejamos salir?

Realicé esta fotografía en una playa desierta. Sé que evoca lo peor, porque un pié inerte rebozado en arena anuncia derrota, la última derrota. Pero nunca se sabe, ¿qué es lo que hubo o lo que puede haber más allá de un pié? 

¿Qué hay más allá de un pié?

¿Qué hay más allá de un pié?

Un ojo izquierdo
conectado a un dedo gordo,
que marca el universo
con su huella digital.
Se halla tu risa
de niño maduro
unida al meñique llorón,
por una cadena oculta
de rastros en la piel.

¿Qué hay más allá de un pié?

Un pensamiento sonoro
que bulle en tu cabeza
y asalta mi oreja
de caracola,
y se instala allí
y da vueltas y vueltas
y más vueltas,
hasta colonizar esta tierra sin defensas.

¿Qué hay más allá de un pié?

Un manotazo sordo,
una caricia suave,
un salto hacia delante,
el mar infinito,
el sol radiante,
la vida plena,
un hombre muerto,
un punto y parte.

Cualquier cosa cabe,
más allá de un pié.

lunes, 12 de mayo de 2014

El vuelo de la gacela

El vuelo de la gacela



De vuelos interiores

Una mujer vuela, da un salto interior que la catapulta hacia otro espacio, hacia otro tiempo, hacia otra dimensión, lugares todos ellos que se encontraban dentro de lo más íntimo de su ser, pero no los veía. Ella tuvo la sensación de que se salía de sí misma, para poder encontrarse de nuevo con la persona que fue. Era como si volara, como si su cuerpo se hubiera transformado en una especie de tul impulsado por la brisa y dio un salto ágil como el vuelo de una gacela.

Representar este vuelo daba vueltas dentro de mi cabeza y una fructífera mañana de invierno, visitando el interior de la catedral de Lisboa, supe que iba a conseguir captar esa imagen. Vi cómo mi hija y la hija de mi compañero se divertían dando saltos -como auténticos vuelos de gacela- por los pasillos desiertos del claustro de la catedral. La iluminación era perfecta, envolvente, suave y decadente, una auténtica invitación para poder plasmar mis pensamientos. Comencé a disparar fotografías mientras ellas jugaban y conseguí captar esta imagen tan armoniosa, tan bella y tan etérea.  

Al contemplarla, se eleva una con ella, se diría que el cuerpo de la niña se ha descompuesto durante el salto, casi ha desaparecido, para volver a recomponerse después, justo cuando su pié llegue por fin a hacer contacto con el suelo. Pero esta recomposición se recrea solo dentro de nuestras cabezas, como un acto mágico de la imaginación que necesita cerrar la cadencia del salto, porque la fotografía solo muestra el instante del impulso, el ímpetu del inicio de la acción del salto.

Me gusta mucho esta fotografía, porque el estatismo frío y muerto de la piedra contrasta con el ímpetu y la fuerza de la vida. Además, el encuadre triangular es perfecto y equilibrado y la luz acaricia la imagen con magia, lo suficiente para que se pueda ver el cuerpo difuminado de la saltadora, acentuando así la fuerza del impulso y del movimiento.

Escribí este poema antes de tomar la fotografía. Puede ser un complemento para la foto, porque habla de vuelos interiores, de aquellos vuelos cotidianos que solo puede dar una misma.

Vuelo

Vuelo,
con zapatillas nuevas
de andar por casa.

Vuelo,
con zapatillas nuevas,
de mi lecho a otro lecho.

Vuelo,
con zapatillas nuevas,
de mi casa a otra casa.

Vuelo,
con zapatillas nuevas,
de mi vida a otra vida.

Vuelo,
con zapatillas nuevas,
con la luz encendida.
De mi lecho a otro lecho,
de mi casa a otra casa,
de mi vida a otra vida,
con zapatillas nuevas,
de andar por casa.




viernes, 4 de abril de 2014

Líneas mágicas de fuga



La entrada





















Con aires de bolero

Pego un poema que escribí para esta fotografía, que destila aires de bolero moderno. Tomé esta foto una tarde de finales de verano a la entrada de un bar del barrio neoyorquino de Queens. Y escribí el poema esa misma noche, sentada en la cama mientras contemplaba la imagen en la pantalla de la cámara. 

Vi la foto en mi cabeza antes de hacerla, cuando entré en la cafetería y miré para atrás. Encajé en el espacio todas esas líneas mágicas de fuga que proyectaba la puerta con la estructura férrea que cierra el fondo de la imagen y disparé justo cuando entraba la persona que me seguía.  

El resultado es esta instantánea tan activa, tan de ciudad, tan callejera, tan arquitectónica, pero a la vez tan melancólica como la letra de un bolero. Podría pasar por una fotografía antigua, pero, si nos fijamos un poco, la indumentaria del modelo desmiente esa posibilidad. El blanco y negro le proporciona ese sabor a eternidad que solo se consiguen en algunas imágenes que adquieren personalidad propia.

Va el poema:

Contigo aprendí  

Contigo aprendí
Que el tiempo
Es caricia suave
Que se enrosca en los tobillos.

Contigo aprendí
Que el espacio
Está suspendido
Entre tus manos y la mías.

Contigo aprendí
Que la vida
No es un lugar
Para el olvido.

Contigo aprendí
Que la distancia
Tan solo es una línea imperfecta
Dibujada en un mapa.

Contigo aprendí
A saciarme de tiempo
A cubrir mi pecho con espacio
A cocinar la vida en ensalada
A esconder la distancia
En la espiral infinita
De tu huella dactilar.

Contigo aprendí…

lunes, 17 de febrero de 2014

Cuento de la mujer rota

La mujer rota

























Los inicios de la Guerra Civil española fueron muy duros en muchos pueblos que quedaron dentro del bando de los golpistas fascistas. Se asesinaba con usura, como dice uno de los protagonistas de los cuatro cuentos que componen el libro "Los girasoles ciegos". Se mataba para terminar con los que no pensaban igual, daba lo mismo si se trataba de jornaleros, antiguos concejales, maestros o maestras, o lo que fuera. Cualquier pequeño detalle que delatara simpatías por la II República o comportamientos demasiado liberales podía significar una acusación de cargo que llevara a una cuneta o a una fosa improvisada. Se trataba también de infundir un miedo que traspasara las fronteras de las generaciones, porque se hacía desaparecer a los muertos, malenterrándolos en cualquier parte y no se permitía a los familiares darles una sepultura decente en un cementerio ni llorar a sus muertos.

Muchos de los derechistas, falangistas y golpistas que se levantaron contra el gobierno legítimo de España, iniciando una guerra atroz, aprovecharon la coyuntura para enriquecerse, porque se apropiaban sin pudor alguno de las tierras,  de las casas y de las pertenencias de los asesinados y, cuando terminó la contienda, de los que perdieron la guerra.

El cuento que pego a continuación es una fábula un poco fantástica, en la que el cuerpo de una mujer asesinada con brutalidad se pasea por los campos como un pedazo de memoria retornada, que se sale del tiempo y vaga por ahí hasta que se haga justicia. 

Valeriana existió, y la mataron por envidias, junto a otras dos mujeres. Era muy joven y la torturaron con inquina antes de darle muerte. Cuentan los del pueblo de Poyales, que tras matar a estas mujeres dejaron sus cuerpos a la intemperie del camino, para que todos pudieran ver de lo que eran capaces los alzados. Dos días después, un hombre del pueblo no pudo más y enterró sus cuerpos, señalando el lugar con un hito de piedra. El hombre se murió de pena a la semana siguiente. 

Este relato está basado en hechos reales sucedidos a finales de diciembre de 1936 en el pueblo de Poyales del Hoyo (en las faldas de la Sierra de Gredos), donde fueron asesinadas tres mujeres al inicio de la guerra cuyos cuerpos fueron enterrados en una cuneta de la carretera hacia Candeleda y que costó mucho recuperar, porque las autoridades locales, del Partido Popular se negaban a ello. En la comarca del Valle del Tietar se asesinó a más de mil personas, y muchos de estos cuerpos todavía siguen bajo tierra, porque los alcaldes no dan los permisos para desenterrarlos. La represión aquí fue brutal y las gentes de estos pueblos todavía guardan memoria de lo sucedido y recuerdan que uno de sus vecinos, un falangista apodado el 501, fue el responsable de la muerte de 501 personas, se hizo poderoso tras la guerra y vivió felizmente hasta que se murió de viejo.

La fotografía que acompaña el relato la hice en una calle del barrio de Lavapiés en Madrid. Me topé con esta imagen rasgada sobre la pared, tan tétrica y tan brutal, un día de luz incierta en la calle del Oso. Otra vez un artista urbano me ha tendido el testigo que recojo, la fotografía es perfecta para este relato.

Tanto el cuento como la fotografía han sido publicados en la web de información www.nuevatribuna.es, en la sección de cultura.


Valeriana, la del cabello azabache y la tez de nácar.

El camino estaba revuelto. Terrones rojos, como si estuvieran regados con la sangre de un jabalí recién abatido a tiros, destacaban sobre lo que parecía una cicatriz que desgarraba el suelo. Se había acercado hasta allí, donde reposa el hito al filo de la vereda que lleva hacia el valle, porque su hermano afirmaba que en ese lugar ocurría algo extraño. Cuando llegó a la zona señalada tuvo la certeza de que algo o alguien había salido desde las entrañas de la tierra hasta alcanzar la superficie con una obstinación desesperada, y que en su empeño, las piedras y las raíces que fijaban el firme habían rasgado su carne.

A pesar de que la tarde se fundía y caminaba entre luces, pudo percibir un rastro purpúreo que conducía hasta el interior del bosque. Apartando sus temores, decidió seguirlo amparado en la compañía fiel del arma de caza que heredó de su abuelo. Conforme se adentraba en la espesura, una calma inusual iba invadiendo el enramado. Las copas de los árboles ascendían buscando el cielo hasta el infinito, y sus ramas -plagadas de hojas que impedían el paso de la escasa luz del crepúsculo- permanecían muy quietas, como si todo el bosque se hubiera contagiado con un estatismo propio de las naturalezas muertas.

Detuvo su marcha unos instantes para fijar bien el rumbo de la marca escarlata que tatuaba la piel del bosque, y en medio de la quietud escuchó una canción entre susurros que competía con su propia respiración para hacerse oír. Levantó los ojos del suelo y examinó el espacio, fijando bien la mirada, para escrutar con detalle todo lo que le rodeaba, intentando averiguar el lugar exacto del que provenía el murmullo. A escasa distancia, clareando en la espesura, pudo distinguir una especie de bulto que tiritaba al entonar la melodía de una canción de cuna. Al acercarse un poco más, vio que se trataba del cuerpo de una mujer en camisa de dormir, cuya tela clara destacaba sobre la áspera negrura de un tronco partido por un rayo.

La mujer tenía una extraña belleza, enturbiada por surcos de sangre reseca que se mezclaban con residuos de barro sobre el perfil de una piel macerada por la oscuridad del tiempo. Su pelo largo y negro estaba deslucido por un fango grana, que delataba que de la cabeza de la mujer había manado sin frontera una herida ya taponada. Tenía los ojos cerrados, pero de su boca continuaban saliendo las estrofas confusas de una nana muy triste, propia de una época atizada por los estragos atroces de la guerra. Con un espanto que asía sus pies por los tobillos y los incrustaba en el suelo como si fueran estacas, reparó en que el camisón de la mujer tenía varios orificios de sombra negra por los que podía colarse su dedo índice, que describían una media luna de pánico sobre su vientre. Sin duda eran impactos de bala. Esa mujer había sido fusilada.

Desde que era un niño había escuchado historias terribles referidas a media voz, que a veces asaltaban sus sueños y daban vueltas en su cabeza sin parar, como las aspas de un molinillo a mereced del viento. Se contaban en un tono casi inaudible para los vivos, pero suficiente para que la llama de la memoria no se apagara. Eran historias de dolor, de odio, de crueldad sin límite, de venganza y de pillaje, historias que contenían la savia ardiente de los secretos manchados por la muerte. Algunos aseguraban que una parte importante de los campos de cultivo de los alrededores del pueblo eran cementerios improvisados. Que la tierra abrigaba con un poderoso manto de tiempo y de olvido cerca de mil cuerpos de vecinos del valle asesinados al inicio de la guerra. Que un solo hombre (apodado “el 501”) era el responsable de la desaparición de la mitad de ellos y que todos estaban malsepultados por ahí, esparcidos bajo los sembrados de centeno, de trigo y de maíz, o al borde de las cunetas de los caminos que unían unos pueblos con los otros.

Cuando vio a la mujer malograda, abatida sobre el tronco ceniciento del árbol roto y percibió su fragilidad en ruinas, se materializaron todas las habladurías registradas en su cerebro a trompicones. Mientras miraba su cuerpo, tuvo la certeza de que delante de sus ojos yacía una de las tres mujeres que fueron asesinadas en los tiempos lejanos de su abuelo, en la vereda del camino que unía su pueblo con el valle. Se acordaba bien de esa historia que había escuchado muchas veces a las mujeres de su familia, pero a retales y entre silencios opacos, porque cuando él estaba cerca se apagaban los murmullos. Durante años cosechó frases sueltas y palabras ahogadas, uniendo poco a poco las piezas desperdigadas del relato hasta completar el puzle del horror, porque no hay nada que llame más la atención de un niño que los secretos desguazados.

Un grupo de hombres azules sacaron a rastras de sus casas a tres mujeres y dos niñas, una noche gélida de finales de diciembre de 1936. Asesinaron con crueldad a las mujeres, regando con su sangre la cuneta del camino. A la más vieja la mataron por ser protestante y a la de en medio por leer El Socialista. Con la más joven -toda ella preñada de vida- se ensañaron especialmente, porque su hermosura lastimaba de envidia a más de una beata. Le arrancaron de sus entrañas el niño que llevaba dentro y rellenaron el hueco con los hierbajos podridos y los guijarros sucios del camino, antes de coser su cuerpo con una descarga de tiros de pistola. Las niñas sobrevivieron a este crimen atroz, pero los gritos de pavor que rompieron esa noche negra permanecieron grabados en el perfil acuso y triste de sus ojos como un estigma indeleble del espanto.

Mientras este suceso, silenciado durante décadas, se reproducía como una pesadilla viva que se hacía realidad ante su mirada, la mujer había ido poniendo fin a su tarareo obsesivo.
Se dio cuenta de que en ese instante helado, ella había abierto los párpados y clavando en el infinito dos cuencas oscuras como serones de brea se quejaba de su suerte en el tono apagado y monocorde de los muertos quebrados:

-El dolor me puede…muchacho…no sé cómo he conseguido… salir del agujero…me falta el hijo…me lo mataron…sin nacer el pobre…me lo mataron,… sin nacer el pobre…por eso le canto, en el infinito…le canto, ¿sabes?...me lo mataron…me lo mataron…la tierra me ha escupido, no me quiere dentro…para conjurar el olvido, la tierra me ha escupido, porque me mataron al hijo…me lo arrancaron…me lo mataron, ¿sabes quién soy?...Valeriana me llamaba…ese era mi nombre, Valeriana…la del cabello azabache y la tez de nácar, me decían, Valeriana, me llamaba …me mataron al hijo, me lo mataron…me lo mataron…me lo mataron…me lo…mmmmm…por eso mmmmm…



miércoles, 1 de enero de 2014

Placeres encontrados

Rojo passsión




















La primera entrada del 2014 va de placeres encontrados. Pego un cuentito lúdico para comenzar el año degustando y paladeando platos que llenan los sentidos. En ocasiones, meterse en la cocina amplia mucho los horizontes del placer.

La fotografía que acompaña el relato la realicé en la bella Sicilia, en la ciudad de Tropea, un lugar en el que los frutos de la tierra eran exhibidos con profusión de colores en cualquier pared de la calle. Dan ganas de chupar cualquiera de estos pimientos, guindilla, tomatitos o lo que sea, aunque después arda la boca. Caer en la tentación es lo que tiene.....


Tanto el cuento como la foto han sido publicados también en la web de información: www.nuevatribuna.es, en la sección de cultura.


EL COCINERO
La cocina de Manuel está llena de sabrosas cremas, que motean la encimera de las salsas con colores irresistibles para los sentidos. Verde menta, que dispone el olfato para recibir los aromas tibios que emanan de los cuerpos desnudos; prieto azafrán, que estimula la punta de la lengua y atiza el fuego del deseo; morados arándanos, que tiñen los labios y excitan el tacto hasta provocar pálpitos en los dedos gordos de los pies; suave canela, que prepara el vientre para los excesos; amarillo limón, que yergue el vello de las axilas como los escalofríos suaves que acompañan las cosquillas; negro chocolate, que transforma las redondeces en dulces dispuestos para remojar en licor de café. Manuel lo sabe, por eso siempre que ha podido ha invitado a una amiga a disfrutar de un ratito de creación culinaria.


Ha aprendido que a ciertas mujeres les gusta sentir cómo el tacto fresco de la hoja de la albahaca se desliza con descuido por el hueco misterioso del escote, mientras las pepitas de una granada dulce estallan sin piedad en el cielo del paladar. En cambio, otras prefieren disfrutar el aroma del orégano sobre la delicada piel de la cara interior del muslo y exhalarlo hasta perder el sentido, o percibir el latigazo que provoca una cucharada de helado de frambuesa cuando se desliza, desde el perfil curvo de la babilla, hasta la frontera del monte de Venus.



Manuel sabía manejarse en la cocina, pero su magia se esfumó cuando apareció Ada. Se bloqueó y su imaginación no llegó ni para freír unos huevos con jamón durante la primera cita. Se quedó paralizado, sumergido en la miel de sus ojos almendrados, petrificado ante la posibilidad de rozar mínimamente el contorno de sus mejillas de melocotón. 


Y no puede controlar su estado. Cuando está delante de ella sus pupilas se dilatan hasta alcanzar el tamaño de una castaña y se le nubla la vista por completo. Nota cómo su cerebro se funde dentro de su cabeza como si fuera manteca caliente, sus dedos sudan hasta engordar como las salchichas cocidas y sus manos se vuelven torpes para las salsas. Sus piernas se aflojan y su cocina deviene en una selva llena de trampas, con cazuelas que hierven y queman, cuchillos afilados que hieren la piel y puntiagudos sacacorchos, que no respetan ni un desliz dentro del cajón oscuro de los utensilios de cocina.

Manuel está preocupado. Se ha dado cuenta de que se ha enamorado locamente de Ada y él nunca ha cocinado para una mujer sumergido en semejante estado de confusión de la razón. Siempre ha mantenido ese sentimiento al margen de su cocina y hasta conocer a Ada se jactaba de su destreza para manejar la cuchara de palo. Era un auténtico experto en ligar una cremosa bechamel a la nuez moscada sin un solo grumo o elaborar una salsa mayonesa de textura perfecta y suave gusto de limón.

Desde que Ada apareció en su vida, su cocina está tan desordenada como una jaula llena de monos. En este estado no sabe si podrá cocinar, pero, por otra parte, no puede renunciar a ella y han vuelto a quedar a cenar.

Esta noche hay una luna llena blanca y redonda como un plato de porcelana fina y Manuel se siente dispuesto a probar cómo sabe el paladar de Ada, aunque su corazón se le hinche bajo el pecho como una berenjena. La cena está dispuesta en la cocina. El primer plato es una crema de setas con una pizca de pimienta, lista para degustar a la temperatura interior del pequeño volcán del ombligo, y se sirve con rojos trocitos de pimiento de piquillo que lo rodean en forma de espiral. Cuando la punta de la lengua entra en contacto con la salsa, un calor eléctrico desborda el alma, y las manos adquieren la textura y el aroma de las hojas de la hierbabuena.

Manuel está tranquilo y ambos disfrutan de cada sabor. Mientras degustan un segundo plato, a base de ligeras verduras en témpura sobre sabrosas hojas de fino queso de cabra, bebe de su boca una ligera infusión de Malva y clavo, que afloja la tensión de las primeras citas y permite que la pasión fluya como la crema de chocolate caliente. El postre baña sus pies de fresa y vainilla fresca, y su fragancia delicada envuelve el ambiente, inundando los sentidos hasta hacerles volar. Ada ha cocinado para Manuel, que se ha dejado llevar de un plato a otro como si bailara un tango, sin perder el ritmo. Durante la cena ella ha demostrando una destreza exquisita para acariciar la cuchara y ha sabido aprovechar el desenfreno del amor para ligar la mejor de las salsas.
Carmen Barrios





sábado, 21 de diciembre de 2013

La importancia de la recuperación de la memoria



La grieta


El relato que va a continuación habla de la importancia de la recuperación de la memoria histórica. Los españoles como país tenemos una deuda enorme con todos los represaliados y asesinados de la guerra civil española y del franquismo, porque fueron masacrados por reclamar la democracia y la justicia social. Las instituciones de la democracia todavía no han reconocido lo que pasó, ni se ha honrado a todos los desaparecidos en las cunetas y a los encarcelados de la posguerra y del franquismo como se debería haber hecho en una democracia. La derecha española domina todavía determinados resortes relacionados con la Justicia -y con las estructuras de la economía- que parecen inamovibles, y los crímenes del franquismo están teniendo que ser juzgados desde  Argentina. 

La fotografía que acompaña el relato es la imagen de un muro crudo tomada en la calle. Me llamó la atención esa enorme grieta, que parece una herida que todavía sangra, una herida profunda en las entrañas de una ciudad como Madrid, que tanto sufrió los embates de los franquistas. Lo peor es que aun hoy los seguimos sufriendo. El fascismo es una losa que todavía nos lastra y las heridas siguen sangrando como la de este muro.
Esta imagen es una auténtica metáfora visual por sí sola, acompañando el relato se apoyan de nuevo la imagen en la palabra y viceversa.

Tanto el relato como la fotografía han sido publicados también en la web de información www.nuevatribuna.es, en la sección de cultura.

La habitación del olvido

143.353 nombres innombrables han permanecido ocultos en el enorme archivo de la habitación del olvido, fueron relegados allí para borrar cualquier rastro de su existencia. Son nombres de personas reales que sonreían, besaban, se rascaban la cabeza, comían lentejas o pan con tomate, trabajaban o charlaban con sus vecinos si les apetecía, protestaban ante las injusticias o asistían a la taberna a jugar una partida de dominó, nombres de personas normales que desparecieron sin más.

Alguien con un plan de odio desmedido, ocupando su cabeza, decidió que había que arrancar hasta la última raíz de disidencia y consiguió los aliados necesarios para separarlos de este mundo y hacerlos desaparecer. Los 143.353 nombres innombrables fueron borrados uno a uno de la faz de la historia durante un puñado de días terribles de venganza y de vergüenza. Un puñado de días de sangre, de fuego, de barro y de infamia, que atronó los campos con estallidos de fusiles y preñó de temor la tierra de las cunetas, pero nunca, nunca han podido ser borrados de la memoria de aquellos que los amaron. Han permanecido intactos en el recuerdo de sus hijos y hoy son evocados por los hijos de sus hijos.

Sus nombres, sus caras, sus acciones, sus rasgos y su risa han pasado calladamente, dibujados con gestos casi inapreciables, de memoria en memoria, una generación tras otra. Igual que el testigo pasa de mano en mano en una carrera olímpica hasta llegar a la meta gracias a un código compartido, la memoria de los desaparecidos ha llegado hasta nosotros, saltando sin pértiga por encima de los obstáculos del tiempo.

Tampoco sus verdugos han olvidado lo que hicieron. Sucede lo mismo cuando se escribe una frase con un lapicero sobre un trozo de papel y se borra con una goma, deja de existir, desaparece físicamente, pero permanece en la memoria del que la ha escrito. Sus actos infames han permanecido grabados en su memoria y también en la de sus descendientes.

Durante una multitud de años, pesados como miles de yunques a lomos del presente histórico, intentaron hacer desaparecer sus cuerpos y sus nombres, ocultándolos bajo candados de miedo y de silencio, que aseguraban la puerta del enorme archivo de la habitación del olvido.

Pero la memoria es obstinada y del mismo modo que los colores del arco iris unen un lado del valle con el otro, formando una puerta abierta al infinito tras la tormenta, o el humo de una hoguera asciende en el aire hasta fundirse con las nubes, las manos de los que recuerdan han empuñado el testigo hasta levantar la cancela de la habitación del olvido y poco a poco han ido rescatando todos los nombres.

Sus verdugos y sus descendientes siguen negando con la cabeza la posibilidad de restituir el derecho a la memoria. Pero cuando cae la noche, la melodía de tantos actos viles se escapa de sus cabezas y envuelve sus almohadas con los acordes de una nana negra como la pólvora de las balas desnudas, enfangando su descanso hasta el alba. 

Aun así, vuelven a levantarse cada día con un “no” muy duro escrito en sus caras.
143.353 nombres de hombres y mujeres están siendo nombrados uno por uno, para restituir sus vidas y su existencia cierta. En todos los rincones se gritan sus nombres, se rebuscan sus rostros entre los papeles de la historia y se rescatan sus recuerdos y sus cuerpos del fondo de la tierra. 

El enorme archivo de la habitación del olvido está abierto, los hijos de los hijos de los asesinados iluminan los nombres de sus seres queridos con una lamparita de esperanza, que permite leer en alto todos sus datos.

Ahora queda reparar una deuda grande con la historia y colocar a cada uno en el lugar que le corresponde.

Carmen Barrios