sábado, 6 de octubre de 2012

Obsesión

Marilyn




Me encontré con esta fotografía un día de otoño, mientras paseaba por una de esas calles del Rastro de Madrid que parecen  empeñarse en detener el tiempo cada domingo. Era casi mediodía, y los encargados de los puestos comenzaban a recoger los objetos que no se habían vendido. Estaba chispeando y la luz era matizada y perfecta. Cuando fui consciente de la imagen que me servía el azar, disparé una fotografía al instante. Y retraté a Marilyn así, sugerente y bella en el soporte de un aparador callejero lleno de objetos casuales para su exposición y venta. 
Esta fotografía me gustó tanto, que decidí perseguir por ahí la imagen de Marilyn. Ella está continuamente presente en nuestro imaginario, su rostro se ha convertido en una especie de clásico, forma parte de nuestra cultura visual y se ha convertido en un objeto de consumo más. 
De este empeño por perseguir a Marilyn como icono, nació también el cuento que pego a continuación. Lo he acompañado con otras imágenes de la diva que he ido recogiendo por ahí. 
El cuento lo ha publicado también la web: www.nuevatribuna.es en su sección de cultura.
Obsesión
Caminaba despacio. Parecía un día como todos los demás. Rutinario. Cinco minutos antes había salido del metro y recorría un trayecto conocido de la ciudad, el que la conducía cada mañana a su trabajo. Pero hoy era distinto. Tenía una extraña sensación. Era como si el entorno hubiera cambiado. El sol iluminaba un deseado día de primavera y los muros de las calles resplandecían con mensajes y colores brillantes que percibía por primera vez. Llegó a la plaza de Chueca y decidió sentarse en uno de los bancos bañados por el sol. Nunca lo había hecho a esa hora, porque suponía un retraso que tendría que pagar saliendo más tarde, pero hoy no pudo evitarlo. Se sentó a contemplar el espectáculo que ofrecía la plaza.
Una mujer llevaba un vestido de encaje, un tejido sutil que resaltaba sus pezones sonrosados bajo la transparencia de una tela que no ocultaba nada a la vista de los otros. Se acercaba hacia ella con un cadencioso contoneo y se avergonzó al darse cuenta de que no podía desviar la vista de los pechos de la mujer, que sonreía ante ella de forma complaciente. Se sintió turbada e incómoda, pero deseaba tocarla. La mujer se sentó a su lado y como si hubiera leído sus pensamientos, acarició su mano y la colocó con delicadeza sobre uno de sus pechos. Ella la miró intensamente a los ojos y se dio cuenta de que conocía esa cara. Hacía más de un año que perseguía su imagen por todas partes…
Destellos azules
Sudaba, daba vueltas sobre sí misma y se agitaba. Notó una mano que acariciaba su rostro y una voz tranquilizadora que la susurraba desde el lado de la consciencia. “Cariño, despierta…, ¿qué te pasa?, despierta amor, tienes una pesadilla…” -decía la voz-. Violeta por fin abrió lo ojos. Leo, su amante, sonreía e intentaba tranquilizarla con la voz muy calmosa. Tardó un rato en situarse y en comprender que salía de un extraño sueño. La cara de su amante ocupaba todo su campo de visión y poco a poco se fue borrando ese rostro de perfectos labios carnosos entreabiertos y coronados por un lunar en la parte baja de la mejilla izquierda, que eran una invitación al deseo.
Concentración
Mordió los labios de Leo con ansia, y los succionó como si necesitara beber un trago de vida tras otro. El deseo que sentía era tan intenso que sin mediar más gestos se colocó a horcajadas sobre el cuerpo de su amante, que al sentir su comportamiento animal cayó también preso de una excitación imparable. Violeta le sujetaba debajo de ella, le asía con las piernas y le presionaba con fuerza. Cuando comenzó a notar que él se inflamaba paró en seco. Ella le miraba a los ojos y veía atónita cómo el rostro de la mujer de su sueño se superponía al de su amante conforme aumentaba su grado de excitación. Había entrado en un estado como de trance, casi onírico, paseaba entre el sueño y la vigilia de la mano de Eros, que conducía su deseo espeso de una forma un poco despiadada. Pegó su mejilla a la de su amante y comenzó a narrarle su extraño sueño al oído, acariciándole el lóbulo de la oreja con cada palabra. Colocó sus pechos a la altura de la boca de su amate y por fin se sentó sobre él moviéndose en círculos. Cuando notó que se derretía, le mordió de nuevo los labios y volvió a ver el rostro de la mujer. Sólo veía su boca, roja, casi en forma de corazón, y oía gemir a Leo muy, muy lejos, como si sus gemidos vinieran de otra habitación. Cayó exhausta sobre su cuerpo y permanecieron así durante unos minutos. No sabría precisar cuántos. Cuando recobró el sentido, se dio cuenta de que Leo se había quedado adormilado debajo de ella y le despertó con suavidad. Leo la miraba con extrañeza. ¿Acaso notaba algo diferente en ella? Se daba cuenta de que incluso había perdido la noción del tiempo, olvidándose por completo de que tenía que ir a trabajar. Se notaba rara. Era consciente de que se habían despertado sus instintos más primarios al imaginarse el contacto con otra mujer, pero no se trataba de una mujer cualquiera. La imagen que había visto en su sueño era la de Marilyn Monroe, esa actriz de otra época elevada ya a la categoría de icono, que volvía de forma recurrente a la actualidad con cualquier pretexto.
Reflejo
Violeta llevaba casi un año recopilando imágenes de Marilyn. Salía con su cámara a dar paseos por la ciudad con el objetivo de retratar escenas de la vida cotidiana en las que apareciera la musa. Sentía curiosidad. Le llamaba la atención la presencia casi permanente de la imagen de una actriz que murió hacía más de medio siglo. Pero hasta ese momento, no era consciente de la obsesión que comenzaba a dominarla. Tembló. Se puso de pié y sin decir una palabra salió de la habitación y caminó descalza hasta el baño. Se metió en la ducha y abrió el grifo del agua fría. Gritó cuando el agua helada recorrió su cuerpo, pero lo necesitaba. Necesitaba sentir que se despertaba de verdad. Necesitaba sentir la realidad, la fría realidad.
Salió de su casa con prisas, llegaba muy tarde a la oficina. Leo la despidió en la puerta con un beso, que a ella casi le dolió. Sus ojos demandaban explicaciones que tendrían que esperar, porque Violeta necesitaba pensar.
El trayecto en el metro estuvo plagado de visiones irreales. No sabía si era producto de la hora, pero el vagón estaba lleno de gente peculiar. Una mujer de unos cincuenta años, pero vestida como si tuviera dieciocho y se trasladara a un concierto de Janis Joplin, atravesó el vagón tirando de un baúl de mimbre que se deslizaba sobre unas ruedas de colores. Un hombre, con la barba hasta la cintura, regalaba poemas con dibujos de flores a los presentes. Dos niñas saltaban a la comba en el centro del vagón y su abuela las aplaudía. Era extraño, más que el metro parecía el parque del Retiro un domingo por la tarde, a esa hora en la que los desocupados, los excéntricos y los observadores se pasean sin pudor y parece que puede llegar a suceder cualquier cosa. Pero lo que más llamó su atención fue una mujer que leía un libro en inglés titulado Cuadernos de Marilyn, y cuya portada era una imagen en blanco y negro de la actriz tumbada en un diván y vestida con una especie de tul casi transparente. Otra vez el fantasma de Marilyn y ella sin su cámara.
En venta
Se apeó en su estación y subió a la superficie a la carrera. Enfiló por la calle Barquillo a paso ligero. Giró a la izquierda por Augusto Figueroa y cuando llegó casi a la altura de la Bardencilla, se quedó petrificada delante del escaparate de una tienda de ropa de mujer. La imagen era surrealista. Un maniquí con cuerpo femenino estaba ataviado con el vestido de encaje transparente de su sueño, pero las redondeces del cuerpo de mujer terminaban en una grotesca cabeza de cervatilla, que hacía de la composición un llamativo reclamo. No pudo seguir. Se quedó parada mirando el escaparate, preguntándose por qué aquél curioso vestido había terminado formando parte de su sueño, si nunca lo había visto antes. No solía subir por Augusto Figueroa, porque tenía un tramo de obras que hacían de la calle un recorrido incómodo y polvoriento. Para evitarlo, últimamente, subía por la calle paralela, pero como hoy tenía prisa…
Ese lunar...
Sus prisas se quedaron en nada. Decidió no ir a trabajar. Permaneció un buen rato delante del escaparate, contemplando la espléndida tela y rememorando el redondeado cuerpo de Marilyn tal y como lo había visto en su sueño. Paseó despacio hacia la plaza de Chueca, con la intención de sentarse en el mismo banco que ocupó en su sueño. Una vez allí se acomodó esperando que apareciera Marilyn y se colocara a su lado. Naturalmente no sucedió nada parecido. La fría realidad dista mucho de parecerse a los sueños, se dijo, aunque las visiones que había tenido en el metro y ese escaparate tan surrealista presagiaran un día especial. Y tenía que reconocer que sí había pasado algo. Ella era distinta, se sentía distinta. Un poco confusa, pero con más capacidad para dirigir su destino. Sentada en ese banco se sintió libre, dueña de sí misma por primera vez en demasiado tiempo. Se había dejado enredar en una vida que la encorsetaba y en la que cada vez se reconocía menos a sí misma. La imagen de Marilyn en su sueño había producido una especie de zarandeo en el interior de su cabeza. Ahora lo veía más claro. No era tanto una obsesión, como una proyección, una especie de brisa liberadora. Perseguir la imagen de la actriz había permitido que ella se expresara de otra manera y le había proporcionado la oportunidad de descubrir otro camino. Cuando paseaba por la calle y observaba a la gente, cuando se detenía ante un muro lleno de imágenes imposibles, cuando percibía la transformación de su ciudad a través del objetivo de su cámara era más ella. Buscar a Marilyn se había convertido en un camino que la llevaba derechita hacia sí misma y a reconocerse en una actividad que de verdad la llenaba. Decidió que abrazaría su obsesión y le daría un beso en la boca.

martes, 18 de septiembre de 2012

Cuento para un atardecer de septiembre



Esta tarde de mediados de septiembre parece que va a cambiar el tiempo en Madrid. Sopla un ligero vientecillo, diríase que animado por los acontecimientos. Las vacaciones, para los que abandonamos esta ciudad, que nos agota y nos fascina, se han quedado ya en un lugar de la memoria cercana a los sueños. Las vacaciones forman ya parte del recuerdo. 

Los recuerdos ocupan un espacio en la memoria y en ocasiones se descolocan y no los encontramos, pero siempre están ahí, bailan con nosotros como las niñas que juegan al molinillo, no paran de dar vueltas y más vueltas hasta que quedan atolondradas. De ahí la fotografía que ilustra esta entrada. 

La fotografía acompaña un relato de recuerdos, que comencé a escribir antes del verano y lo he terminado ahora. Bien pudieran ser míos o de cualquier otro, a saber, son recuerdos, que ya se sabe quedan descolocados en la memoria y dan vueltas y vueltas en la cabeza, como esas niñas que juegan al molinillo hasta que quedan atolondradas...y cuando paran...suspiran un recuerdo y continúan dando vueltas y más vueltas hasta que ya no tienen más aliento...y entonces los recuerdos se escriben...o acaso...¿se sueñan?

Juego del molinillo
Ella

“Ella quiso quedarse/ cuando vio mi tristeza/ pero ya estaba escrito/ que aquella noche/ perdiera su amor”. Siempre que mi abuela cantaba ese bolero se trasladaba a un lugar muy oscuro y muy íntimo de su pasado. Yo era solo una niña, pero notaba una melancolía en su voz, que se percibía acuosa, al descender desde sus ojos a su garganta las lágrimas que se tragaba mientras la letra de “Ella” fluía libre hasta salir de su boca.

Cuando eso ocurría, teníamos por delante un día nublado, auque el sol estallara radiante  en el cielo y su luz se abriera paso sin miramientos a través de los cortinones del salón. Recuerdo que mi abuela no era una persona que pareciese triste. Solía ser habladora y comunicativa, casi alegre, pero siempre tenía un punto de amargura en la mirada. Al entonar esa canción, una sombra cargada de recuerdos y espesa como el tiempo caía sobre sus ojos, que se apagaban como la miel fría.   

Mi hermano y yo dormíamos algunas noches en casa de los abuelos. Recuerdo que era un lugar frío, un caserón sin calefacción, de techos muy altos y largos pasillos, con estancias grandes que se quedaban congeladas desde los primeros días del otoño. Nuestra habitación, a la que llamaban “Soria”, tenía una cama doble, en la que pasábamos la noche bien apretaditos el uno junto al otro para no quedarnos tiesos como las momias. 

Allí hacía tanto frío, que cuando asomábamos la boca por encima de la montaña de mantas que nos ponía mi abuela salía un vaho crudo, como si estuviéramos en una de esas neveras industriales donde se conservan las piezas de carne abiertas en canal. La imagen no es mía, es de mi hermano, que se metió a carnicero y siempre que recordamos juntos esas noches de invierno en la habitación de Soria acude a esa descripción macabra para recrear el ambiente gélido que reinaba en aquélla estancia. 

El frío regía también las relaciones entre mi abuelo y mi abuela. Ellos dormían en habitaciones separadas y distantes. Cada uno en un extremo del largo pasillo. Durante las noches sin luna era frecuente oír los sollozos entrecortados del abuelo ante la puerta de la habitación de la abuela. Le oíamos lamentarse, suplicar y llorar, imploraba con un hilo de voz que abriera la puerta, la añoraba. Deseaba sentir sus caricias y sus besos. El abuelo susurraba que necesitaba respirar su aliento y acariciar su piel, aunque solo fuera un instante. Pero ella era inflexible. La puerta se había convertido en un muro de piedra. Nunca le permitía entrar.

Una noche, mi hermano salió al pasillo para ir al cuarto de baño y lo encontró allí, arrugado sobre las baldosas desnudas como si fuera un bulto abandonado en medio de una nada de paredes interminables y puertas cerradas. Estaba arrodillado y encogido, hecho un guiñapo. Tenía el rostro ensombrecido por la barba incipiente y los ojos brillantes por el llanto. Mi hermano lo levantó como pudo y lo llevó a su cuarto. El abuelo se recostó en su cama y comenzó a hablar despacio, como si saliera de un trance:

-Desde que ocurrió aquello..., ella dejó de quererme- dijo con las palabras ahogadas en la garganta.

-¿Qué ocurrió?, preguntó mi hermano. Y cuánto se arrepintió de haber hecho esa pregunta, porque los ojos del abuelo se clavaron fijos en dirección al techo y comenzaron a palpitar como dos globitos teñidos de rojo, que fueran salir despedidos de sus órbitas en cualquier momento.

-Algo terrible, fue justo al final de la guerra. Perdimos la guerra, ¿sabes?, y yo, yo…hice algo, la obligué a hacer algo que...no se puede contar…nene yo…-

-Pero abuelo, de eso hace mucho tiempo-. Le interrumpió mi hermano para intentar aliviar su sufrimiento y cortar la confesión que estaba a punto de salir de los labios del abuelo. A mi hermano le dio miedo escuchar aquello tan terrible que había sucedido. No quiso saber qué pasó, de qué se culpaba. No hay nada peor que una culpa enquistada. Mi hermano se espantó al ser consciente de que si era partícipe de ese secreto, la sombra de amargura que enturbiaba la mirada de mi abuela podía saltar sobre su rostro y cubrirlo a él para siempre de la misma tonalidad parda que empañaba sus ojos.

-Ella no me ha perdonado. Se quedó así, vacía, sin ganas de quererme. Solo canta esa canción…la canta para…la canta para…-siguió repitiendo el abuelo como una letanía sin fin, hasta quedarse sin voz, dormido como un niño viejo y cansado en los brazos de mi hermano.

A la mañana siguiente mi abuela volvió a cantar esa canción: “Ella quiso quedarse, cuando vio mi tristeza..”. Por el pasillo oí suspirar a mi abuelo al escucharla. Comprendí que siempre cantaba esa canción para él, y siempre al día siguiente de la noche sin luna en la que él suplicaba sus besos. 


lunes, 30 de julio de 2012

La piel a tiras




La piel a tiras



La piel a tiras


Aunque sea de papel,
nos arrancan
cada día
la piel a tiras.

Aunque sea de papel,
nos roban
cada día
el tiempo a jirones.

Aunque sean de papel,
nos cierran
cada día
las ventanas al saber.


Pego un poema y una fotografía alusivos a lo que nos sucede en estos tiempos de recortes... parece que "lo quieren todo", como decía una de las camisetas que se ven estos días en las manifestaciones contra los recortes que está habiendo por toda España. Lo quieren todo, hasta nuestra piel.

domingo, 8 de julio de 2012

Poema para un atardecer de julio


Sobre tu pecho


Si pudiera... 

Si pudiera contarte
con palabras
lo que anhelo…

Si pudiera reírte
con sonrisas
lo que espero…

Si pudiera cantarte
con canciones
lo que ansío…

Si pudiera tocarte
te contaría,
te reiría,
te cantaría.

Sólo,
si pudiera tocarte.


La piel respira eterna, acariciada por la luz suave del caer de la tarde. Se dibujan las formas más cálidas, cuando una estela de luz perfila el contorno de los cuerpos. Esta fotografía goza del regalo de la luz suave del ocaso, en pleno verano. El calor se sale de la imagen y circula libre, imponiendo casi un deseo de dulce brisa que agite el tul que rodea la modelo. 

Continuo persiguiendo líneas de luz en los bellos cuerpos de los  vivos, y pego este poema sobre el deseo, el eterno deseo, que mueve tantas voluntades cuando se libera.


lunes, 18 de junio de 2012

El cuerpo, recipiente perfecto de la vida




Caricia de luz


Para reconocer la vida

Para reconocer la vida
bailo sobre los adoquines de la distancia.

Para reconocer la vida
coloreo los muros del desencuentro.

Para reconocer la vida,
dibujo una espiral de espuma de mar
sobre tu pecho

Para reconocer la vida
palpo el silencio,
subo los siete escalones de la noche
y susurro ocho veces la palabra
tentación
al oído de tu ombligo. 


Publico un poemita y una fotografía del nuevo trabajo que he iniciado sobre el cuerpo, femenino o masculino, a plena luz o en penumbra escasa, el cuerpo como materia que nos envuelve y que disfrutamos. El cuerpo como visión, tacto, caricia, fragancia, sabor, el cuerpo que descansa, que palpita, el cuerpo en plenitud a la espera de ser captado en un instante mágico. El cuerpo como recipiente perfecto de la vida. 

domingo, 20 de mayo de 2012

Tránsitos para una tarde de lluvia de mayo



La mujer del tranvía


La tarde está espesa en Madrid. Llueve un poco desaforadamente, pero no de forma continuada, sino con intervalos de intensidad en los que parece que el cielo se abre para que caiga la lluvia de una vez. Delante de mi ventana hay una nube negra, que acompaña el derroche de agua con un estruendo de truenos que estallan e invitan a la melancolía. Escucho de fondo el llanto del bebé de unos vecinos que lleva un buen rato desconsolado, ¿serán los truenos?. 


Escribiendo el poema que adjunto al final del texto he recordado una fotografía que hice hace un par de meses en Lisboa. Me ha venido a la memoria como una conexión dulce, que tenía que darse por sí misma, sin buscar demasiado en la memoria. Mientras fotografiaba uno de esos tranvías que traquetean de arriba abajo por una ciudad de calles empinadas imposibles, una mujer me miró desde dentro del vehículo, con una de esas miradas tristes, que solo pueden darse a través de la confusión de un cristal empañado por la fugacidad de un instante. Es una fotografía de tránsitos, de cruce de dos miradas que seguro no volverán a encontrarse. Por eso podría parecer una mirada de espejo, como si la mujer y yo fuésemos durante esos segundos fugaces la misma persona en tránsito. 


El poema también habla de tránsitos...los de la vida, los que nos llevan de acá para allá, movidas por impulsos de cambio, que en ocasiones parace que nos conducen muy lejos de nosotras mismas, pero cuando llegamos nos damos cuenta de que por fin nos hemos encontrado. La tenacidad de buscarse en el propio camino casi siempre tiene la recompensa de la consciencia.


Caminé
Caminé por un pasillo sin fondo,
caminé sin saber
si mi sombra estorbaba,
caminé sin esperar retorno.

Caminé suelta de mi propia mano,
caminé sin olvidar mi cuna,
caminé lenta
hasta completar el círculo de un plato de luna.

Caminé cosida a mi espalda,
sobre una hilera y del revés,
caminé haciendo equilibrio
sin que la derrota me arruinara los pies.

Caminé sin espera,
caminé sin resuello,
sin saliva en la garganta,
caminé para saber
hasta dónde alcanzaba mi ser.

domingo, 6 de mayo de 2012

Como siempre LA CALLE



Detrás de los barrotes

Como siempre LA CALLE. La calle me ayuda a imaginar, a pensar, a reflexionar sobre lo que nos sucede. Hace unos días paseaba por este Madrid que tanto quiero y me tropecé con esta obra de arte callejero, que es una metáfora de lo que nos sucede. 
Estamos ahí, contemplando la realidad, atónitos, tras los barrotes sin atrevernos a gritar a penas. 

Los "peperos" que nos gobiernan quieren mantenernos callados, sin permitirnos ni el recurso del pataleo. Quieren que permanezcamos ahí, calladitos tras los barrotes, observando con miedo la realidad, solo observando, como este niño con mirada de viejo que contempla a los transeuntes desde una ventana inexistente incrustada en el muro. Una ventana ciega, envuelta en una niebla pesada, como el papel de piedra.

Capturé la imagen y me sugirió este poema que pego a continuación:

Niebla
Una niebla pesada
como el papel de piedra
confunde los sentidos,
ciega la ilusión
y apaga el camino.

La calle amanece así
atónita,
escarchada de rostros
de pared fría,
de manos caídas,
de gargantas secas,
que no beben,
ni gritan,
ni reclaman.

La calle viaja ensimismada,
engullida,
embadurnada de absurdo
envuelta en una niebla pesada
como el papel de piedra.

También pego esta otra foto, que amplía la visión de conjunto de esta intervención urbana tan especial. Parece que el muchacho con mirada de viejo cansado se estuviera derritiendo ante nuestros ojos, consumiéndose ante la falta de expectativas, ante la negación y la imposibilidad de actuar.

Tenemos que dejar de observar y comenzar a actuar, para romper los barrotes de la inacción.